Capítulo seis #2
—Puedes dormir aquí —ofreció mientras se desenganchaba la capa y la balanceaba con un leve movimiento para colocarla sobre un par de ramas bajas.
Hizo una tienda improvisada y enrolló otra capa para ofrecérsela como almohada.
Solo entonces, sin aquellas prendas externas, Penryn alcanzó a ver las largas alas emplumadas que le brotaban de los hombros.
Unos brillantes destellos de color verde y morado destacaban en medio del negro.
Los ojos de Penryn se abrieron de par en par. Nunca había visto nada parecido: una figura casi humana con las alas de un ave enorme plegadas con elegancia a la espalda. Debió de quedarse mirando demasiado rato, porque Rafrael carraspeó antes de hablar.
—Descansa todo lo que puedas. Mañana andaremos más.
No iba a aguantar mucho más con los pies llenos de ampollas, así que Penryn se sentó y empezó a masajearse despacio las plantas de los pies para aliviar un poco el dolor que sentía. Tenía la piel machacada, hinchada y dolorida de la caminata imprevista.
—¿Cuánto más? ¿Adónde vamos?
—Creo que la lectura ha sido bastante clara, ¿no te parece? —Al ver que ella no lo entendía, suavizó la voz para explicárselo—. La Gran Casa de las Espadas, Penryn. Parece que todas las respuestas están ahí.
La miró mientras ella seguía frotándose con los pulgares los arcos de los pies y luego señaló con la cabeza hacia el riachuelo.
—Deberías ponerlos en remojo. El agua tiene propiedades curativas; las astillas saldrán solas.
Al parecer, obedecerlo era la mejor forma de conseguir que hablara y que, de paso, se mostrara algo más cercano.
Y, desde luego, ella necesitaba algo de alivio.
Pen caminó con cuidado hasta el arroyo y se subió el dobladillo del vestido para meterse en el agua.
El líquido burbujeaba a su alrededor, empapándole hasta los tobillos, y suspiró cuando, tal y como él le había prometido, sintió que parte del dolor comenzaba a remitir.
—Las Grandes Casas… —dijo ella como si lo entendiera. Esperó a que él siguiera la frase, pero no lo hizo, así que tuvo que insistir—. He oído hablar de ellas. No estaba segura de que fueran reales.
Rafrael alzó la mirada hacia ella y esbozó una sonrisa. Sus colmillos parecían haber desaparecido, quizá los había escondido porque se sentía más cómodo con su compañía. La sonrisa le suavizaba el rostro y lo hacía más agradable a la vista.
—¿A los de tu especie no les interesa nuestra historia?
Ella negó con la cabeza.
—No es eso. Es que no la conocemos —explicó—. Como nadie logra cruzar la División, todo son rumores. ¿Son… cuatro?
Él frunció los labios, debatiéndose un instante sobre si contarle más, hasta que finalmente asintió.
—Así es. Cuatro. Cada una gobernada por la realeza feérica de estas tierras. Ese símbolo, el que llevas al cuello… —Le señaló su colgante—. Los fae Kaisharii gobiernan la Casa de las Espadas. Ese es el emblema de su rey y su reino.
Ella arqueó una ceja, intrigada. Si él también era un fae, ¿significaba eso que…?
—¿Y tú? ¿Estás vinculado a alguna de las Casas?
—No todos los fae estamos sujetos a esa jerarquía. —Resopló, como si la pregunta le hubiera herido el orgullo. Levantó la cabeza mientras se erguía, alto como era, los hombros firmes, la postura imponente—. ¿Estás insinuando que todos te parecemos iguales?
Ella se quedó horrorizada ante la idea y balbuceó, buscando algo que decir para disculpar su ignorancia.
En la postura en la que estaba, parecía enorme y poderoso.
Tenía las garras ligeramente flexionadas y esos ojos inescrutables fijos en los suyos.
Notó que se le cerraba la garganta del pánico.
Ella no había querido ofenderlo, pero el fae apretaba los labios en una línea tensa e inflexible.
Rafrael la observó debatirse durante unos segundos antes de que se le curvaran las comisuras de la boca en una sonrisa, más suave esta vez. Las puntas de sus orejas, agudas, se relajaron.
—Solo te estoy tomando el pelo. Tranquila.
Ella soltó una risita nerviosa, una que hizo que le temblara todo el torso al percatarse de lo asustada que había estado. Penryn no entendía por qué su cuerpo reaccionaba así y por qué le martilleaba el corazón ahora que él la miraba con aquella calidez.
—¿Cómo van esos pies?
Pen casi se había olvidado de dónde estaba. Salió del arroyo y volvió a la hierba. El agua había hecho su efecto: mientras regresaba a su improvisada tienda para sentarse se sentía mucho mejor.
—Bien —le aseguró—. Tenías razón.
Frijol se acercó y se detuvo para lamerle las gotas de agua de los tobillos antes de acomodarse a su lado. Después, le empujó la mano con el hocico para que le prestara atención.
—Debes de tener hambre, tontorrón —le dijo Penryn con cariño, antes de recordar lo que le había dado Sasappele. Se metió la mano en el bolsillo y sacó la pieza de fruta—. Toma, para ti.
Frijol empezó a menear la cola con ganas, y cada vez más rápido, al ver a Penryn sostener aquella golosina delante de él. Ella la examinó un instante antes de enseñársela a Rafrael.
A CERTIJO 10
C ÓDI GO MORDISCO
Averigua de qué tipo de fruta se trata.
El código de referencia al final del libro te ayudará a hincarle el diente.
—¿Qué es exactamente?
—¿No tenéis estos frutos en vuestro lado de la División?
—preguntó Rafrael con una divertida sonrisa mientras veía al pobre perro esperar la comida con paciencia.
Frijol le dio un golpecito con la pata a su dueña para llamar su atención y ella, al final, bajó la mano poco a poco para que lo cogiera con calma.
—No, la verdad es…
Frijol prácticamente le arrancó la fruta de la mano, con la lengua babeante deslizándose por su piel, y Penryn retiró la mano de golpe, sorprendida por su mal comportamiento. Estaba a punto de regañarlo cuando palideció, presa de un asombro absoluto: Frijol iba cambiando a medida que masticaba.
Al principio pensó que estaba alucinando; las garras de las patas se alargaron y se volvieron más curvadas, como las zarpas de un ave. El pelaje de las patas delanteras empezó a deshacerse y fue reemplazado por… ¿Qué era eso? ¿Escamas?
«¿Escamas? Pero ¿qué narices…?».
Y no solo estaba cambiando su parte delantera: la trasera también.
Sus cuartos traseros se transformaban de la misma manera, y la cola se alargó hasta parecerse a la de un lagarto, con la punta en forma de pluma.
Un brillo de tonos verdes y morados recorrió su cuerpo mientras seguía transformándose, y de su lomo brotaron unas pequeñas alas correosas.
—¡Por todos los…!
¿Qué podía decir? Fuera lo que fuese lo que la sacerdotisa le había dado, estaba transformándolo por completo y, totalmente incrédula, Penryn observó cómo los rasgos de su viejo sabueso se transformaban en algo diferente.
Su nariz, siempre húmeda, se alargó hasta convertirse en un hocico grisáceo con las fosas nasales dilatadas.
Su cuerpo se volvió largo y serpenteante, y sus orejas puntiagudas parecían girar en dirección contraria.
Se le alargaron los dientes; de repente, tenía varias hileras de colmillos, como los de un cocodrilo…
, y luego le desapareció hasta el último pelo y la transformación se completó.
Frijol se sentó como siempre y se rascó la cabeza con una de las patas. Su comportamiento seguía siendo el de un perro, pero su cuerpo ya no lo era. Rafrael soltó una carcajada ante la inesperada transformación… y la expresión de pasmo absoluto de Penryn.
—¡Es un maldito dragón!