Capítulo seis
E l único sonido que se oía en toda la caverna era el goteo del agua que descendía desde el techo, serpenteando por canales retorcidos hasta llegar al suelo. Eso y, por supuesto, el ruido de las cartas al barajarlas.
—¿Sabes qué son? —preguntó la sacerdotisa con un tono apenas audible y, sin embargo, inquietante y autoritario.
En un primer momento, Penryn no se percató de que Sasappele se había dirigido a ella. La ausencia de expresiones faciales hacía imposible saber con exactitud cuándo le hablaba a ella, pero dio por hecho que Rafrael ya conocía la respuesta.
—No —confesó, avergonzada. Le gustaba pensar que era una persona relativamente instruida, su madre siempre había insistido en ello, decidida a dejar en el mundo hijas sabias, pero aquellas cartas le eran del todo desconocidas—. ¿Son cartas para jugar?
La sacerdotisa sonrió. La única línea del rostro se curvó hacia arriba en un semicírculo.
—No del todo. Olvido que los mortales adoran estos simples juegos —añadió al fae con una sonrisa cómplice—. Son trionfi . Se utilizan para determinar qué te depara el futuro. O a veces lo que ya ha pasado —añadió pensativa—. Rojo para el pasado. Verde para el presente. Azul para el futuro.
Dejó las barajas una vez más antes de coger la roja. Entonces extendió las cartas, abriendo la densa baraja con facilidad.
—Elige una —insistió. Pen dudó antes de coger una del centro del mazo. Luego, se la dio a la sacerdotisa. Sasappele rio mientras le daba la vuelta; la alegría se extendía a través de aquella boca sin forma. Colocó la carta en el centro del suelo.
—¿La reina de Espadas?
La voz de Rafrael se impuso mientras se inclinaba hacia delante para verla mejor. Frijol se levantó casi de inmediato, moviendo la cola con entusiasmo al oír las palabras, antes de que la sacerdotisa lo hiciera volver a su sitio con un gesto.
Ahora era Penryn la que tenía una expresión vacía.
—¿Qué significa? —preguntó—. No lo entiendo.
—La reina de Espadas representa la sabiduría y el intelecto femenino —explicó Sasappele mientras comenzaba a barajar el mazo verde—. Resolución de problemas. Y pensamiento crítico.
—¿Está relacionada con las Grandes Casas? —preguntó Rafrael con tono de preocupación. La sacerdotisa se limitó a sonreír, sin responder a su pregunta, y extendió el mazo verde hacia Penryn.
«¿Casas?». ¿Por qué le sonaba tanto ese concepto? Si hubiera tenido la mente más despejada, se habría acordado de las historias descabelladas de Gerald, pero en ese momento estaba procesando tanta información nueva que no se le ocurrió.
—¿Tengo que escoger una carta de cada mazo? —preguntó al sentir de nuevo la fría respiración de la sacerdotisa en la piel. Esos labios sellados se curvaron en una sonrisa en el rostro del espíritu.
—En efecto, deberías.
Esta vez, Penryn optó por una carta cercana a la parte superior del mazo.
Justo cuando se la iba a dar, la carta se le escapó de entre los dedos y cayó al suelo bocarriba.
Otra reina de Espadas, esta vez girada ciento ochenta grados, invertida, con el rostro aún visible.
Penryn se apresuró a recogerla, pero Sasappele la detuvo.
—¡No! —exclamó—. Está invertida. Esa es la carta del resentimiento. De una mujer cruel. —Pareció estudiar a Penryn, aunque careciera de ojos para verla—. Es una carta peligrosa, joven Trickett.
—¿Qué significa eso? —preguntó Rafrael, esta vez con un tono más decidido.
Sasappele agitó un dedo en alto, divertida por la curiosidad del fae. Al hacerlo, el aire a su alrededor se arremolinó en volutas oscuras.
—No es tu lectura, querido. —Impaciente, empujó el último mazo—. Elige una, Penryn Trickett.
Fascinada, Penryn tocó la última carta y la sacerdotisa le dio la vuelta con un gesto teatral. Entusiasmada, primero se la enseñó a Rafrael, luego a Frijol y, por fin, a Pen. Otra vez la misma carta, esta vez en la posición correcta, igual que la primera, devolviéndole la mirada.
—Es imposible —protestó Rafrael, negando con la cabeza—. ¿Tres iguales? Las posibilidades son… —Hizo una pausa, intentando calcularlo, antes de concluir simplemente—: ínfimas.
Sasappele se encogió de hombros y sus ropajes se movieron a la par.
—Todo es posible; tú lo sabes bien. Parece que su destino ya está sellado. —Se incorporó y Penryn se levantó también con rapidez—. ¿Te gustaría conocer tus próximos pasos?
—Supongo —respondió Penryn. No, en realidad lo sabía con certeza y pensaba dejarlo claro. Tenía que haber una razón por la que estaba ahí—. Quiero saber por qué pude cruzar la División —añadió decidida.
Sasappele torció la boca.
—Creo que ya conoces la respuesta —bromeó sin ofrecer más explicación—. Rafrael sabe adónde tienes que ir. Pero puedo darte pistas que podrían serte de ayuda en el viaje.
Rafrael asintió.
—Cualquier cosa, mi señora —dijo—. Por favor.
La sacerdotisa inclinó la cabeza a su vez.
—Puedo daros los pasos, pero no puedo prometeros que vayan en orden —advirtió—. El resto tendréis que averiguarlo vosotros mismos.
A CERTIJO 9
U NA RUTA ANU NCIADA
Presta atención a lo que dice la sacerdotisa para enumerar los lugares en el orden en el que Pen debe visitarlos, comenzando por el 1 (el primero) y terminando en el 7 (el último):
Siete paradas marcaré. Prestad atención al orden:
• Debéis visitar el hogar que no es hogar como el último de estos lugares a los que llegaréis antes de encontraros por fin cara a cara con la Espada del Lamento.
• Visitad al ser sanador —si necesitáis sus cuidados— no inmediatamente después de los campos renqueantes.
• El lago brillante debe ir antes, pero no inmediatamente antes, del bosque monstruoso.
• Al ser sanador, si lo visitáis, debéis verlo justo después de abandonar la posada del Oeste.
• El hogar que no es hogar debe alcanzarse más tarde que —pero no inmediatamente después de— el bosque monstruoso.
Lago brillante
Ser sanador
Hogar que no es hogar
Campos renqueantes
Espada del Lamento
Bosque monstruoso
Posada del Oeste
—No lo entiendo. —Rafrael frunció el ceño a la vez que cruzaba los brazos.
Al hacerlo, la capa se echó hacia atrás y dejó al descubierto la fuerza y el tamaño imponente de sus músculos, lo que tomó por sorpresa a Penryn y la hizo sonrojar—.
Si no están ordenados, podrían referirse a cualquier parte de las Tierras Indómitas.
—Pero no es así. —Había cierto regodeo en la voz de la sacerdotisa que sugería que disfrutaba confundiendo al fae con su vaguedad—. Ya lleváis el mapa encima. Descansad esta noche en el valle antes de continuar. Recuperaos. Tomad las aguas y sanaos.
Le hizo una señal a Rafrael para que se acercara. Cuando este obedeció, ella inclinó la cabeza hacia delante y apoyó la frente contra la de él, acariciándole la nuca con afecto.
—Todo cobrará sentido —le aseguró antes de dejarlo marchar.
Luego, introdujo la mano en el interior de la túnica y sacó una colorida rodaja de fruta llena de semillas, que ofreció a Penryn.
—Dásela a tu mascota; se lo merece por cumplir su tarea. Pero solo cuando os vayáis de aquí —le advirtió—. Lo último que quiero es que me destroce las orquídeas de la emoción.
Confundida, Penryn aceptó la fruta y la cubrió con la mano, a pesar de los intentos inmediatos de Frijol por hacerse con ella.
—Gracias por su… ayuda —dijo sin estar segura de lo que había descubierto allí. Si acaso, tenía mil preguntas más que antes…, pero quizá esa había sido la intención de la sacerdotisa: no darle respuestas, sino las herramientas para encontrarlas por sí misma.
—De nada, muchacha —respondió la sacerdotisa, pasando una vez más la mano por el rostro de Penryn y sonriendo—. Tienes los ojos de tu padre —añadió antes de retroceder y desaparecer por completo.
«¿Qué?». ¿Su padre?
—¿Adónde ha ido? —preguntó. Necesitaba con urgencia obtener más información.
¿Por qué la sacerdotisa acababa de mencionar a su padre?
Penryn nunca lo había conocido. Su madre le había contado que era un comerciante itinerante que había pasado una sola noche allí antes de marcharse.
¿Cómo podría saber la sacerdotisa algo sobre un humano así?
Frijol comenzó a olfatearle la mano, devolviéndola al presente inmediato. Miró el espacio vacío que había frente a ella; ya no había rastro alguno de la figura. Los asientos y los mazos de cartas también se habían desvanecido.
—Suele hacerlo —comentó Rafrael con indiferencia y sin inmutarse por el comportamiento de la sacerdotisa—. Me refiero a desaparecer así. Salgamos de aquí; tenemos que montar el campamento para pasar la noche.
Salieron de la cueva con cuidado y Pen vio que el sol se estaba poniendo. ¿Qué estaba pasando?
—No lo entiendo —comentó mientras señalaba la luz menguante—. El sol se puso hace horas en Dalmorgan.
Rafrael siguió su mirada.
—Lo que ves allí y lo que vemos aquí son cosas muy distintas —explicó—. Rara vez se alinean… y solo cuando así está predestinado a ser.
«Predestinado». Otra vez esa palabra; la idea de que, de alguna manera, todo esto estaba sucediendo porque estaba destinado a suceder. Penryn volvió a pasar las manos por el vestido de su madre. «Lo que está predestinado vendrá a ti».
Rafrael los condujo a un bonito y pequeño lugar cercano, el valle que había mencionado Sasappele.
Estaba iluminado por el resplandor cálido —casi antinatural— de un sinfín de luciérnagas…
, o al menos eso supuso Penryn. Quizá eran el equivalente de las luciérnagas en las Tierras Indómitas.
Había un arroyo burbujeante cerca. Era pequeño, pero tenía bastante agua para beber y refrescarse.
Con un gesto de la cabeza, el fae señaló lo que parecía la zona más suave de hierba, que estaba bajo un peral.