Reina de espadas Capítulo cinco
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Capítulo cinco

P enryn no estaba preparada para que aquello de «buscar consejo» supusiera caminar tanto.

El bosque, profundo y denso, se extendía a su alrededor.

El suelo era un rompecabezas de raíces y ramas caídas, aplastadas y convertidas en polvo y trocitos, Pen supuso que a causa de las pisadas de las criaturas que vivían allí.

Tenía las plantas de los pies llenas de astillas de las ramitas partidas que tapizaban el suelo por el que avanzaban.

Cuando quiso darse cuenta, sus pasos se volvieron más lentos, hasta que adoptó un ligero y doloroso cojear.

—¿Estás cansada?

El fae ni siquiera se giró para mirarla, pues entendía tan solo por el sonido de su caminar desigual y su respiración pesada que le estaba costando seguirle el paso.

Aun así, no redujo la marcha, como habría hecho cualquier persona normal, sino que prosiguió dando largas zancadas, centrado por completo en su objetivo.

—Dolorida, más que cansada —protestó Pen, que se apoyó durante un momento en un sicomoro, descansando el hombro contra la corteza mientras levantaba el pie para sacudirse la tierra.

Una espina en concreto, dentada y molesta, sobresalía del dedo gordo.

Pen se centró en sacarla, tirando de ella hacia fuera con la punta de las uñas.

Hizo una mueca de dolor cuando consiguió sacársela.

—¿No llevas calzado?

Se sobresaltó al oír muy cerca la voz ronca del fae y, cuando levantó la mirada, se lo encontró junto a ella otra vez, a poco más de medio metro, con su amplia sombra envolviéndola.

—No.

Él asintió en señal de reconocimiento y señaló el camino que seguían.

—Queda algo más de kilómetro y medio para para llegar a los Altos Escalones.

¿Podrás aguantar? Una vez que hayamos visto a Sasappele, espero que nos conceda refugio en su territorio para pasar la noche.

—Miró directamente a Penryn, tanteándola como si sopesara su próxima oferta—. ¿Quieres… que te lleve?

Penryn se rio a carcajadas ante aquella idea; una explosión de diversión en medio del silencio del bosque. ¿Ese… ser? ¿Tocándola, levantándola, poniéndole aquellas anchas manos encima? Solo de pensarlo se sonrojaba.

—¿Llevarme? No, gracias. —Y, movida por un instinto de cortesía hacia aquella extraña criatura, añadió—: Puedo apañármelas.

Este resopló.

—Tú misma.

Parecía ofendido después de que ella declinara la oferta y prosiguió la marcha por delante de Pen, de nuevo, sin esperarla.

Ella se sacudió los pies con presteza antes de dar ligeros saltos para alcanzar al fae, tratando de no tropezar con Frijol, que se colaba entre sus piernas, entusiasmado con la aventura.

—¡No tan deprisa! —pidió Pen, frustrada por el inquietante silencio del fae mientras avanzaba con paso firme por el bosque, adentrándose ahora en una maleza más densa al tiempo que le despejaba el camino al andar gracias a su envergadura.

Las largas hierbas parecían encogerse tan solo con verlo—. ¡Espérame!

Un momento, pero ¿qué estaba haciendo? Seguía a ese desconocido imponente y magnético cada vez más adentro de las Tierras Indómitas, sin saber sus intenciones y basándose en una confianza que ni siquiera sabía que le había concedido; era una insensatez.

Su madre le había advertido de que los fae no eran amables con los humanos, pero ese le había salvado la vida, ¿no?

La había sacado del río, donde se habría ahogado.

Podría haberse limitado a verla desaparecer bajo la corriente rugiente si hubiera querido deshacerse de ella.

Y, sin embargo, allí estaban, caminando por un bosque que se volvía cada vez más denso.

Penryn reconocía algunos árboles, mientras que otros le eran totalmente ajenos.

Le sorprendía que aún pudiera ver el camino, teniendo en cuenta que estaba anocheciendo, pero al alzar la vista hacia el dosel de hojas se quedó perpleja al descubrir el sol alto en el cielo.

Debía de haber sido la densidad del follaje lo que bloqueaba la luz del sol y mantenía la oscuridad.

Un momento, ¿cómo era posible que el sol volviera a estar arriba?

Ese lugar era más extraño de lo que habría imaginado.

—No me has respondido —dijo Pen con el ceño fruncido y aminorando un poco la marcha—. No me has dicho adónde me llevas.

Merecía saberlo, ¿verdad? No solo estaba guiándola hacia las profundidades de ese mítico paisaje, sino que estaba siguiéndolo, atraída por él y por sus respuestas irritantes y crípticas.

Estaba dejando atrás su hogar y el único mundo que conocía, abandonando a su hermana y su aldea, para seguirlo a ciegas.

Pero tenía que haber alguna razón para todo aquello. Lo había visto en sueños y sentía que lo conocía, aunque fuera un desconocido; sentía que entre ellos había una conexión más profunda que todavía no era capaz de entender.

Tras varios minutos, sus pasos se volvieron aún más lentos. Era una locura seguirlo así, sin saber qué planeaba respecto a ella. Necesitaba respuestas.

—¿Vas a hacerme daño?

No estaba segura de por qué le había preguntado aquello en particular, parecía haber salido de su interior por voluntad propia, y al final se detuvo en seco.

Lo mismo hizo él. Pareció que suspiraba, pues los hombros se le movieron por el gesto justo antes de girarse hacia ella.

—No era mi intención —declaró este—. Necesito respuestas, igual que tú.

Pen jugueteó con el borde de su manga; un viejo tic nervioso que nunca había logrado controlar.

Retorció la tela entre los dedos, incapaz de levantar la vista para enfrentarse a la intensidad de su mirada.

Estaba segura de que, si lo hacía, él podría ver directamente dentro de su cabeza…

, y la idea la inquietaba. ¿Podría hacer eso? ¿Tan fuertes eran sus poderes?

—¿Quién eres? —preguntó ella.

Él se encogió de hombros con frialdad.

—Ya te he contado suficiente sobre mí. Ni siquiera me has dicho cómo te llamas.

Penryn se quedó petrificada ante el comentario.

—Mi madre decía que nunca hay que darle tu nombre a un fae.

Él sonrió.

—¿Eso decía?

—Sí. —Se puso a la defensiva—. Porque hacerlo te daría poder sobre mí.

Él dejó escapar una risa ahogada mientras inclinaba la cabeza para quedar a su altura, a pesar de los intentos de Pen de evitar su mirada.

—Ah, ¿sí? —Al parecer, le hacía gracia la idea. Fijó la mirada en los ojos de Pen antes de preguntar con voz suave—: ¿Te gustaría que tuviera poder sobre ti, Penryn Trickett?

A ella le dio un vuelco el corazón. Una calidez desconocida le recorría la piel y notó también un hormigueo mientras la invadía un extraño apetito.

Abrió la boca para responder, pero luego la cerró…

y volvió a abrirla, pero entonces se percató de que el fae se había puesto a caminar una vez más, apartando las ramas de un sauce llorón que se hallaba más adelante.

—¿Cómo sabes mi…?

Ella apartó las largas hojas para seguirlo, pero al emerger por el otro lado de los árboles se quedó de piedra al ver lo que había allí.

Un brillo etéreo los rodeaba, filtrándose entre las ramas de gruesos árboles de baniano que crecían en todas direcciones.

Frente a ellos había un conjunto de cascadas que emanaban desde el borde de una alta cueva y discurrían por varios caminitos de un ornamentado jardín de rocalla hasta llegar a un inmenso estanque en la base.

El paisaje rebosaba de colores que nunca había visto antes, tonos que despertaban todos sus sentidos mientras se le dilataban las pupilas para no perderse un solo detalle.

El fae sonrió un poco al verla tan embelesada y señaló el camino.

Penryn entrecerró los ojos, adaptando la vista al cambio de luz.

En mitad de la caverna, justo debajo del techo abovedado, se alzaba un gran promontorio rocoso que tenía una escalera de piedra desigual tallada en la superficie.

En la cima se divisaba una figura esbelta y elegante, bañada por la luz resplandeciente que la iluminaba desde arriba.

—Sasappele —explicó el fae con un tono de admiración al mirarla. Entonces volvió a dirigirse a Pen—: ¿Podrás llegar hasta ahí?

Pen inclinó la cabeza mientras miraba los escalones ajados por el tiempo que llevaban de forma precaria hasta arriba. Debía de haber casi un centenar, pero al menos podría descansar en la cima, ¿no?

—Creo que sí.

El fae rio.

—No, no es tan sencillo como subir sin más. —Le hizo un ademán para que se acercara y Pen atisbó varios caminos y puentes a lo largo de la roca que discurrían a través de un laberinto de jardines silvestres hasta alcanzar el primer peldaño—. Antes tenemos que llegar a los escalones.

A CERTIJO 7

E L INICIO DE L OS ESCALONES

Ayuda a Pen a encontrar un camino hacia los escalones.

Cuando llegó a la cima del promontorio, Penryn estaba exhausta.

Varias gotas de sudor le recorrían la piel de un modo poco elegante incluso en el mejor de los casos.

Se apresuró a secarse la frente con la muñeca, consciente de que el fae no mostraba señales de que el esfuerzo requerido para llegar hasta allí hubiera hecho mella en él.

Los muslos le dolían y le temblaban tanto las rodillas que casi flaquearon al pisar la llana cima.

De repente, él le pasó un brazo alrededor de la espalda para sujetarla.

Pen estuvo a punto de dar un brinco ante aquella sensación, pero, si era sincera consigo misma, agradecía que la sujetara mientras recobraba las fuerzas.

Y, dioses, el fae era muy fuerte. Notaba cómo sus bíceps se tensaban contra su cuerpo, lo que provocó que se le acelerara un poco más el pulso.

Necesitaba recobrar el aliento y centrarse en qué, o en quién, habían venido a buscar.

Frente a ellos se erguía una silueta de aspecto femenino, pero que parecía centellear y encogerse como si no estuviera del todo ahí.

Iba ataviada con una túnica blanca inmaculada y, alrededor de la cintura, llevaba un único cordón dorado.

Varios mechones de pelo le caían sobre el rostro, de intenso color rosáceo y, después de un estudio más profundo, Penryn se dio cuenta de que la persona, o criatura, que tenía delante no presentaba rasgo facial alguno.

Tenía algunas marcas y esbozos de facciones, sí, pero carecía de ojos y nariz y, en lugar de labios, solo tenía una única franja que se abría para respirar.

—Mi señora.

Pen notó que su apoyo cambiaba de repente; el fae se postró en una pierna e inclinó la cabeza hacia la silueta frente a ellos, esperando a que hablara antes de continuar.

La sacerdotisa colocó una mano espectral en la cabeza del ser, posándola sobre la densa melena de pelo oscuro, y abrió la boca una vez más para expulsar un suspiro tembloroso.

Empezó a toquetearlo, tratando de sentirlo para identificarlo, y le apartó las trenzas para dar con los extremos puntiagudos de sus orejas mientras este se postraba delante de ella.

—¿Rafrael de Onoryx?

—El mismo —confirmó él con voz suave, como si estuviera saludando a un familiar anciano—. Disculpad que hayamos irrumpido aquí, mi señora.

—¿«Hayamos»?

La silueta se movió un poco y dejó de prestarle atención. Se movió hacia Penryn, a la que, evidentemente, no podía ver, y, de alguna forma, Pen supo que solo con el latido del corazón bastaba para indicarle dónde estaba.

La sacerdotisa levantó la misma mano fantasmagórica para tocar el rostro de la chica. El tacto era similar a un frío soplo de viento en la piel, ante lo que Penryn se quejó en silencio hasta que el espectro se retiró con súbita urgencia.

—Ha cruzado la División —aclaró con presteza el fae (¿cómo lo había llamado?

, ¿Rafrael?), que quería explicarse antes de que la sacerdotisa pudiera oponerse de algún modo—.

Temía por nuestras fronteras, pero… porta la marca de los Kaisharii.

Imploro por vuestra sabiduría para esclarecer la situación.

El eco de un ladrido retumbó por la cueva, lo que provocó que la silueta se enderezara de inmediato mientras su rostro vacío buscaba el origen del sonido.

Pen también miró alrededor y descubrió a Frijol sentado pacientemente al inicio de los largos escalones, esperando que le dieran permiso para subir y gimiendo antes de articular un lento quejido para llamar la atención.

El fae chasqueó los dedos para llamar al perro y Frijol se aproximó dando brincos, subiendo veloz gracias a sus patas.

Cuando llegó a lo alto, el can caminó en círculos y se tumbó a los pies de la sacerdotisa con la cabeza agachada, pero con las orejas apuntando hacia arriba. Ella sonrió con familiaridad.

—Su momento ha llegado, ¿verdad? —preguntó Sasappele. Frijol agitó la cola con calma, como si le respondiera, y ella asintió.

—¿El momento de quién?

La pregunta de Rafrael quedó sin responder, pues la sacerdotisa señaló algo detrás de Penryn. Aparecieron doce mullidos asientos colocados en círculo y la sacerdotisa se sentó en el más alejado antes de señalar los demás.

—Sentaos —insistió—, pero recordad las normas que dictan dónde debéis hacerlo.

—¿Qué normas? —susurró Penryn.

A CERTIJO 8

D ÓNDE SENTARSE

Usa las directrices de Rafrael para averiguar dónde deberían sentarse:

• Nadie debe sentarse justo enfrente de otra persona, es decir, en línea recta atravesando el centro del círculo.

• Debe haber al menos dos sitios vacíos entre una persona y otra.

• En aquellas ocasiones en las que la sacerdotisa reciba a dos visitantes, ambos deben sentarse a exactamente la misma distancia de ella.

• Los varones deben sentarse a la izquierda de la sacerdotisa, que está mirando hacia el centro.

Satisfecha al ver que habían encontrado los sitios que les corres pondían, la sacerdotisa abrió despacio una cajita junto a su asiento y sacó tres gruesas barajas de cartas: una roja, una azul y una verde.

Barajó cada uno de los mazos a conciencia, moviendo las cartas entre los dedos con una velocidad antinatural.

Al acabar, las colocó frente a la chica.

—Tócalas —la instó, animando a Penryn a posar la mano sobre las diferentes pilas. Pen hizo lo que le pedía, se dispuso a repasar cada montón con los dedos, tomándose un momento con cada uno. La sacerdotisa sonrió—. Ahora podemos comenzar.

—¿Comenzar qué? —preguntó Pen con incertidumbre mientras miraba los mazos, curiosa por lo que significaban.

—Comenzar a entender por qué estás aquí, Penryn Trickett.