Capítulo cuatro
D espués de tanta fiesta, Penryn estaba tumbada a la orilla del río, sin aliento.
Tenía la cabeza apoyada entre la hierba alta y miraba hacia el cielo del atardecer.
Estaba algo nublado, y los cálidos tonos naranjas y rosas se difuminaban en la puesta de sol.
Cerró los ojos para empaparse de los últimos vestigios del calor del sol antes de que anocheciera.
—¿No ha sido genial? —preguntó Talia, dejándose caer a su lado, seguida de Frijol, que descansó la cabeza en la pierna de Pen en un gesto cariñoso.
Penryn estiró el brazo y le pasó la mano por el largo y áspero pelaje de detrás de la oreja puntiaguda.
—Hacía años que no bailaba así. ¿Por qué no lo hacemos más a menudo?
—¿Por algo que tiene que ver con el sol? Ni idea. —Talia se encogió de hombros y le dio otro trago a la petaca de piel antes de pasársela a Pen—. ¿Más vino?
—Creo que he bebido más que suficiente. Todo me da vueltas.
Talia se rio.
—Como quieras, pero yo que tú me acercaría al río a beber agua, a ver si te vas a desmayar.
Al incorporarse, a Pen se le formó un remolino en el estómago por todo lo que había bebido y sintió náuseas. Su hermana tenía razón: debía despejarse un poco si quería seguir la noche igual que el resto de los vecinos. Se pasó una mano por la cara y respiró hondo.
—Tú ganas.
Se deslizó hasta el río, sin atreverse siquiera a intentar ponerse en pie hasta que el alcohol de su cuerpo se diluyera un poco, y se inclinó para beber.
El agua era de un turquesa cristalino y brillaba a pesar de que el sol se había escondido casi del todo, y dejó que fluyera entre sus manos ahuecadas antes de llevársela a los labios.
Pen se dio cuenta de que necesitaba el agua más de lo que creía cuando el frío líquido le bajó por la garganta y apagó su fuego interior.
Algunas gotas furtivas le resbalaron por la barbilla y el cuello y cayeron sobre el colgante.
Se salpicó un poco las mejillas para aliviar el calor que le subía a la piel y se sentó sobre sus talones.
No pudo evitar mirar más allá del río, preguntándose si las criaturas que allí vivían también bailaban, bebían y festejaban como lo hacían los humanos de su orilla, pero no parecía que hubiera ya nadie en la ribera.
Salvo… él.
Al principio no lo vio. Estaba inmóvil, apoyado en el haya de la orilla más alejada. La miraba…, la observaba con detenimiento. Pen sintió cómo toda su atención se centraba en su persona, y, sin pensarlo, retrocedió a trompicones para salir de su campo de visión.
¿Quién podía ser? Era enorme, mucho más alto que un mortal, pero…
le sonaban mucho sus facciones, juraría que lo había visto antes.
Pero eso no podía ser, ¿verdad? Las criaturas de las Tierras Indómitas eran invisibles a los humanos…
, al menos hasta el Segundo Anochecer. ¿A lo mejor lo había visto hacía años en el último Anochecer?
Entonces cayó en la cuenta. Esos ojos esmeralda. Esa mirada intensa. Era el que se le había aparecido en el sueño de la noche anterior. Solo habían sido fragmentos, momentos fugaces en un sueño inquieto, pero recordaba perfectamente esa mirada…
Unos ladridos furiosos seguidos de rasguños frenéticos le robaron la atención. Pen se giró hacia el talud, donde Frijol había salido corriendo de repente. Nunca había visto al viejo perro correr tan rápido, solo de cachorro, y se levantó del suelo como pudo.
—¡Frijol! Frijol, ¿adónde vas? —Miró a Talia y vio que no tenía ninguna prisa en seguir al chucho, así que fue ella, caminando rápido por la orilla del río—. ¡Frijol!
El animal corría tan rápido que Pen tuvo que acelerar el ritmo. Con los pies descalzos golpeaba la hierba mientras trataba de alcanzarlo, siguiéndolo a lo largo del río y adentrándose en el bosque. El rugido del agua se volvía más intenso y veloz cuanto más se aproximaban al azud.
—¡Ven aquí! Serás demonio, ¿adónde vas?
El suelo se hizo más inestable y Pen comenzó a tambalearse cuando trozos de madera, ramitas y piedras empezaron a clavársele en las plantas de los pies desnudos. Se quejó, intentando pisar con más cuidado mientras silbaba para llamar la atención del perro.
—¡Por todos los dioses, Frijol, ven aquí! —gritó casi sin aliento.
Estaba demasiado cansada, le dolían las piernas de haber bailado tanto y estaba segura de que tenía las plantas de los pies repletas de astillas. Bajó el ritmo al llegar al límite del bosque, a un claro, pero no había ningún rastro de Frijol.
Cuando se preparaba para llamarlo de nuevo, oyó su característico gimoteo: ya no se encontraba en su lado del río. De alguna forma, de alguna extraña forma, se las había apañado para cruzar el río y estaba sentado al otro lado del arroyo. Completamente seco.
—Pero ¿cómo has…? —Echó un vistazo a su alrededor y se fijó en los remolinos que se formaban junto al azud.
Las rocas eran desiguales y estaban cubiertas de limo y musgo; desde fuera casi no se percibía cuáles eran lo bastante lisas para pisarlas.
¿Cómo narices había conseguido atravesar el río sin caerse?
Cruzó los brazos con indignación—. ¡Frijol! ¡Ven aquí ahora mismo!
El perro lloriqueó, pero se tumbó a esperarla con paciencia. Pen frunció el ceño. Si lograba acercarse un poco más a la otra orilla, quizá podría atraerlo lo suficiente para agarrarlo del dichoso collar y traerlo de vuelta.
A CERTIJO 5
C RUZAR EL RÍO
Ayuda a Pen a encontrar una ruta segura para cruzar el río trazando un recorrido que evite los remolinos y conecte el inicio y el final del camino dibujados en las filas superior e inferior.
Los números del exterior de la cuadrícula muestran el número de casillas que atraviesa la ruta en cada fila y columna.
Por cada casilla que forme parte del recorrido, el camino debe pasar en línea recta o girar en un ángulo de noventa grados.
La ruta no debe ramificarse, por lo que no puede haber callejones sin salida, intersecciones en T ni bucles.
Sin saber muy bien cómo, Pen consiguió pasar al otro lado y utilizó la raíz expuesta de un árbol para lanzarse a la parte alta de la orilla, concentrándose en clavar los pies en el barro del talud. Aún no había cruzado la División, gracias a los dioses, y no tenía ninguna intención de hacerlo.
—¡Frijol! —gritó, agotada—. ¡Mueve ese culo peludo y ven aquí! No estoy de broma. Ven, tenemos que irnos a casa. Estás demasiado lejos.
El barro en el que había enterrado los pies comenzó a deshacerse y se aferró a la raíz, intentando aguantar mientras se le hundían los pies en el agua.
Al lado de las rocas, el río estaba más agitado, y a Penryn le pareció que unos deditos de niño le agarraban de las piernas y del vestido, arrastrándola hacia la corriente espumosa.
Le costaba estabilizarse con el agua tan revuelta. Al final, el barro no aguantó su peso y la raíz que la mantenía fuera del agua se partió en dos. Gritó, temerosa de caer al fondo de la peligrosa corriente y a los brazos de los espíritus malignos que parecían querer atraparla.
—¡Ayuda! —gritó sin saber a quién.
Estaba sola y lo único que podía hacer era intentar salir del río por todos los medios.
Maldita fuera la División. A lo mejor, si se dejaba llevar, la escupiría en los Campos del Norte, cosa que en ese momento habría agradecido.
Apretó los dientes y trató de aferrarse a algo más estable: a una roca, una rama, o…
… a una mano. Ni siquiera se preguntó de quién era; se agarró a ella con las pocas fuerzas que le quedaban.
Intentó volver al punto de apoyo original, pero no fue necesario, ya que el dueño de la mano la sacó del río con aparente facilidad.
Antes de haber recuperado el equilibrio, algo la empujó contra un árbol e hizo que se golpeara la cabeza contra el tronco.
No tuvo tiempo para reaccionar, ya que le pusieron la hoja de una daga en el cuello.
—¿Cómo has hecho eso?
La voz era áspera y profunda; un gruñido grave que emanaba del hombre recortado contra la luz frente a ella.
Era alto y robusto, y su sola presencia la empequeñecía.
Llevaba la cabeza cubierta, oculta bajo una capucha de cuero y fieltro.
Pen solo podía verle los labios, que mostraban unos colmillos afilados, casi como los de un animal.
Al cuello llevaba un cordón de cuero del que pendía un colgante de hueso tallado.
Pen sintió que se le cortaba la respiración cuando la figura le clavó el antebrazo en el pecho para inmovilizarla. Ella se revolvió, incómoda.
—Soy más habladora cuando no me están amenazando —resopló, fingiendo un coraje del que carecía. Sus palabras no surtieron efecto. Al contrario, parecieron irritarlo más. Él apretó con más fuerza, y el filo del cuchillo le rozó la piel, arrancándole gotas de sudor que le perlaban las sienes.
—Vuelve a intentarlo.
¿Qué podía decir? Casi no había entendido la pregunta, como para saber qué respuesta quería que le diera. Pen balbuceó y sacudió la cabeza, echándole un vistazo a la daga de intrincados grabados que sostenía la figura con firmeza.
—¿Eres mortal?
Ella intentó asentir, pero el movimiento solo acercó más la hoja a su piel, así que volvió a quedarse quieta, esperando que la sumisión aplacara su agresividad.
—Soy humana. Vengo de Dalmorgan, de los Campos del Norte. —Intentó señalar hacia su ciudad natal al otro lado del río, tras el bosque.
—¿Y cómo has cruzado si eres humana?
Buena pregunta. ¿Cómo diantre lo había hecho?
Poco importaba la respuesta, ya que no le dio tiempo a contestar: fijó su atención directamente en el colgante de Pen. Lo miró con detenimiento antes de retirarse la capucha para verlo mejor. Le quitó la hoja del cuello y utilizó la empuñadura de la daga para levantar ligeramente el colgante.
—¿De dónde has sacado esto?
Pen se movió con rapidez y agarró el colgante con las dos manos en un gesto protector.
—Es mío —dijo con ímpetu—. Era de mi madre.
Él inclinó ligeramente la cabeza, como si no entendiera lo que le había dicho.
Pen tragó saliva, estudiando su rostro antes de darse cuenta de que era la misma persona que había visto al otro lado del río: era la figura del árbol, el de los ojos esmeralda.
El que había aparecido en sueños la otra noche.
—Tú… Tú eras el que me estaba observando.
Él la ignoró y señaló el colgante.
—Ese es el símbolo de los Kaisharii. No es un regalo cualquiera. ¿De dónde lo sacó tu madre?
—Yo he preguntado primero.
El hombre se rio entre dientes; una risa áspera que resonó de una forma espeluznante.
—Esto no es un juego. No deberías estar aquí.
Como para demostrar que tenía razón, señaló una losa oculta entre ortigas que crecían salvajes a su alrededor. La roca estaba grabada con toda suerte de símbolos y marcas, y Pen los miró con curiosidad, tratando frenéticamente de descifrarlos. Él chasqueó la lengua en un gesto de desdén.
—Vete a casa, pequeña. Tienes suerte de que te haya encontrado yo y no los noctívagos.
Se apartó de ella despacio y empezó a adentrarse en el bosque.
Se detuvo un instante para acariciar a Frijol con una ternura que descolocó a Pen, teniendo en cuenta la forma en la que se había presentado.
El perro, encantado con la atención que le procuraba, se paseaba entre las piernas del desconocido con alegría, para desesperación de Pen. ¿Y el perro era el animal más fiel?
—Pero ¿qué eres? Si fueras un humano, no podrías estar aquí —gritó mientras lo seguía a unos pasos de distancia—. ¿Eres un cambiaformas?
Este dejó de prestarle atención a Frijol y alzó la vista hacia ella.
—Creo que la palabra que buscas es «fae». —Chasqueó la lengua y volvió a observarla con detenimiento: su figura frente a él, las suaves curvas de su cuerpo, el modo en que fruncía los labios en un mohín—. Como te he dicho: vete a casa.
Se giró sobre los talones, dispuesto a marcharse, pero Pen carraspeó.
—No quiero —repuso ella, desafiante. Se desató el lazo que le sujetaba la trenza y se lo enrolló con cuidado en el brazo. Señaló la losa y añadió—: Sé lo que pone.
Él se detuvo en seco y se giró.
—No, no lo sabes.
—Claro que sí. —Miró las tallas en la piedra y luego la cinta que llevaba en el brazo, y vio que tenía bordados los mismos símbolos—. A lo mejor no lo leo con soltura, pero puedo traducirlo. Así que sé lo que pone.
Él soltó una carcajada ante su descaro y apoyó el hombro en un lado de la losa, proyectando una enorme sombra sobre Pen.
—De acuerdo. ¿Qué pone?
ACERTIJO 6
L A CINTA
Ayuda a Pen a traducir lo que pone en la losa. Tendrás que deducir varias letras.
Él se quedó inmóvil mientras Pen leía el texto con vacilación.
Entonces se irguió y la miró fijamente. Era la primera vez que Pen tenía la oportunidad de verlo con detenimiento, de observar a la criatura de dos metros que tenía delante.
Llevaba una túnica de cuero y una capa que le envolvía los hombros, y Pen se fijó en cómo movía los dedos bajo los bordes.
Tenía unas uñas largas —¿o eran garras?— que parecían alargarse y retraerse en las puntas.
¿Se había enfadado con ella? Sintió que se le aceleraba el corazón y que las piernas se preparaban para empezar a correr si intentaba echársele encima.
—Ven.
Con esa simple palabra hizo que un escalofrío le recorriera todo el cuerpo, desde la coronilla hasta la base de la columna. Había tanta autoridad en la forma en que se lo había dicho que comenzó a andar tras él.
—¿Adónde vamos?
Frijol caminaba a su lado, siguiendo el ritmo del fae a pesar de las grandes zancadas que le permitían sus extremidades alargadas.
—A buscar consejo.