Reina de espadas Capítulo tres
13%

Capítulo tres

E l sonido de las copas al brindar se había unido a las risas estridentes y a las burlas juguetonas en el claro donde se había reunido todo el mundo.

El lugar bullía de gente que visitaba los puestos, se entregaba a las bebidas y disfrutaba del festín que los lugareños habían preparado para celebrar la velada.

Los niños corrían entre las mesas y los bancos, golpeando el suelo con sus piececitos mientras se perseguían unos a otros, lanzando chillidos de emoción y protesta.

El extraño resplandor del sol titilaba sobre los Campos del Norte.

Penryn se protegió los ojos al mirar hacia arriba, intentando comprender lo que ocurría.

En efecto, había una fuente visible de luz, pero, al observar a su alrededor, vio que todo proyectaba dos sombras alargadas.

Una vez que la luz normal se había desvanecido y el sol había desaparecido tras el horizonte, los matices de un Segundo Anochecer continuarían durante horas, provinieran de donde proviniesen.

¿Surgía de las Tierras Indómitas, invisible para el ojo humano?

Sin duda, tenía que ser así. Se había debatido largo y tendido sobre eso durante años, pero en realidad nadie lo sabía.

No mientras fuera imposible cruzar el río.

—¡Pen!

Talia se acercó tambaleándose, apoyada en el brazo de un Edmund igual de achispado.

Era un muchacho desgarbado, guapo pero tímido, con el pelo dorado y revuelto y una sonrisa encantadora.

El chico estaba prendado de su hermana pequeña y hacían una buena pareja, según opinaba Penryn. Se los veía felizmente enamorados.

—El viejo Gerald va a intentar cruzar —anunció Edmund, antes de que Talia consiguiera articular las palabras con la lengua torpe por el alcohol.

Pen enarcó una ceja.

—¡No puede ser! —Sin embargo, un vistazo a sus expresiones le bastó para entender que, en efecto, iba a intentar cruzar la brecha de la División—. ¿Cuántas veces lo ha intentado ya?

—Creo que vamos por la decimoctava —dijo Talia, levantando seis dedos y soltando una risita mientras levantaba otro dedo más—. Pero lleva toda la tarde masticando estramonio, así que no atiende a razones.

Aun sin el estramonio, Gerald había bailado al ritmo de su propio tambor desde que Pen lo conocía.

Arrugado tanto por la edad como por los excesos, era una figura habitual del pueblo, lleno de historias fantásticas que contar.

Eso sí, siempre con una sonrisa en el rostro curtido , se encontrase en el estado en el que se encontrase.

Pero Pen había notado su deterioro en los últimos años y le horrorizaba la idea de que el anciano pudiese hacerse daño… o algo peor.

—Se va a romper las piernas de nuevo. —Pen frunció el ceño, preguntándose si debería detener al viejo insensato—. No entiendo cómo consiguió curarse la última vez. Tenía las rótulas hechas añicos.

Cerca del río, se empezó a congregar un pequeño grupo de gente, jaleando y animando el intento. Penryn caminó hacia allá para echarlos, seguida de Edmund y Talia, que avanzaban dando traspiés.

—¡Gerald! —lo llamó—, ¿por qué no te vienes al fuego? Te traeré una cerveza.

El viejo se giró de golpe, tentado por la oferta, pero entonces se subió los bajos de los pantalones, mostrando la piel curtida, para prepararse para cruzar.

—Esta vez lo voy a conseguir —le aseguró al ver la preocupación en su rostro—. Lo conseguiré.

¿Desde cuándo estaba tan seguro de ello? Sus intentos se habían vuelto más frecuentes últimamente, para inquietud de todos sus amigos. Penryn le tomó el brazo y lo sujetó por el codo con cuidado.

—Tal vez más tarde —lo animó, mientras Edmund se encargaba de dispersar a los curiosos y calmar el alboroto antes de que Gerald se viniera arriba—. ¿Has visto algo al otro lado esta noche?

A Gerald le brillaban los ojos cuando levantó la vista para mirarla, por suerte lo bastante distraído por la pregunta. Lo guio para que la siguiera y empezó a caminar junto a ella hacia los troncos esparcidos alrededor del fuego.

—¡Ya lo creo! —dijo Gerald—. Has visto a los centauros, ¿verdad?

Habían sido el plato fuerte de la noche.

Cuatro impresionantes caballos oscuros…, o eso parecían al principio, hasta que las miradas más atentas distinguieron que su mitad superior no era de animal, sino de humano.

Tenían el cabello largo y trenzado, la piel de un bonito marrón oscuro y los ojos de color ámbar luminoso.

Un color hipnótico que Penryn no había visto nunca.

No habían interactuado con los aldeanos —aunque Talia aseguraba que uno de ellos le había guiñado un ojo— y se habían marchado al cabo de unos minutos, pero su aparición había dejado a todo el mundo alborotado del entusiasmo.

—Sí —asintió Penryn—. Eran preciosos.

—Yo solía montarlos, ¿sabes? —Gerald sonrió para sí mismo—. Alcanzábamos unas velocidades increíbles. Sobre todo después de unas copas. Les gusta el whisky.

Edmund puso los ojos en blanco, entretenido con los desvaríos del anciano. Gerald llevaba ya algún tiempo librando su propia batalla con la cabeza, pero, a medida que pasaban los años, sus historias se habían vuelto más enrevesadas y fantasiosas. Esa, en particular, era de lo más disparatada.

—¿En serio? —Edmund chasqueó la lengua—. ¿Y qué más hacías por ahí?

Gerald se dejó caer sobre el tronco, perdiendo el control de las piernas en los últimos centímetros y sentándose con un golpe seco. Gruñó cuando su trasero dio contra la madera y miró alrededor en busca de la cerveza prometida, que Penryn le pidió con un ademán.

—Los jóvenes no sabéis nada —chistó el anciano con desaprobación, y esperó hasta que tuvo la jarra en la mano antes de continuar—. Toda vuestra vida es esto. —Agitó la mano en un amplio gesto que abarcaba la pradera, la fiesta, la aldea entera—. Hay mucho más al otro lado. Por eso quiero volver.

La idea tenía a Penryn hechizada. Tal vez fuesen los desvaríos de un viejo borracho, pero estaba fascinada, así que se reclinó más, impaciente por escuchar todo lo que tuviese que contar.

—¿Por ejemplo?

Gerald se alegró de su interés. Él también se inclinó hacia delante y le hizo una seña para que se acercara más, como si fuese a confiarle un secreto, antes de extender el brazo con solemnidad, invitando a escuchar a cualquiera que quisiera hacerlo.

—Pasados los bosques de las Tierras Indómitas —dijo, señalando al otro lado del arroyo—, hay cuatro casas.

Son como palacios. Unas fincas grandes con jardines preciosos, Penryn, plantados de una forma que nunca podrías imaginarte.

Las cenas ahí eran espectaculares, banquetes fastuosos y…

¡ay, los bailes! Celebraban los bailes más espléndidos.

Cada casa era un mundo propio, en cierto modo, con sus propios líderes.

A ver, déjame pensar…, eran cuatro nombres. Se llamaban…

Hizo una pausa y arrugó la nariz. Se rascó la barba despacio, el enredo de cabellos blancos y ásperos se movía con sus gestos de esfuerzo mientras trataba de dar con la palabra adecuada.

—Pues, mira, ahora no me acuerdo —admitió al fin, con una expresión preocupada. Sus ojos, normalmente llenos de vida, parecían vacíos mientras buscaban alguna señal de consuelo—. ¿Me ayudas?

A CERTIJO 3

L OS NOMbrES D E LAS CASAS

Ayuda a Gerald a recordar los nombres de las casas.

Obtén la información a partir de sus recuerdos inconexos.

Debajo hay una lista con las cuatro casas, pero cada letra ha sido sustituida por una combinación numérica en la forma «a:b:c».

Reemplaza cada una leyendo el párrafo «a» en la página siguiente , buscando la palabra «b» y extrayendo la letra «c» de esa palabra. Por ejemplo, 1:3:3 es «d».

Casa 1

1:22:1     1:19:6     1:17:1     1:5:1     1:27:6

Casa 2

2:7:1     2:12:3     2:23:3     2:15:2     2:10:3

2:21:4     2:31:1     2:3:3     2:18:7     2:20:3     2:11:3

Casa 3

3:10:2     3:3:1     3:9:1     3:27:9

3:39:7     3:14:3     3:24:5

Casa 4

4:3:1     4:15:6     4:5:1     4:13:2

4:7:1     4:20:1     4:24:3

Puede que todo esté aún aquí, en alguna parte

en lo más hondo de mi mente, pero es

desbloquearlo lo que cuesta tiempo. ¿Tal vez

me puedas ayudar?

Veo que, una vez que me pongo a hablar,

una cosa lleva a la otra, así que esperemos

que, cuando lleguemos al final de esta

conversación, haya sido capaz de recordar.

Antes me sabía todas estas cosas como la palma

de mi mano, pero, claro, en aquel entonces… Bueno,

cuando estaba allí, por supuesto. Antes de que ocurriera

todo, y lo único con lo que me quedé fueron

mis recuerdos. Y no soy de dar pena,

pero ya no son lo que eran.

Lo siento. Veamos, ¿he respondido a tu pregunta

ya? No recuerdo muy bien qué

querías saber, pero espero que ahora

ya tengas la respuesta.

—¡Eso es! —Chasqueó los dedos—. Copas. Y… monogramas, o lo que sea que acabes de decir.

Agitó la mano de nuevo con la esperanza de disimular que ya había olvidado lo que le acababan de decir. Talia se aguantó una risita y su hermana le dio un codazo en las costillas.

Penryn pensó que la idea era fascinante: cortes y reinos, realeza y suntuosidad… Era un mundo completamente distinto de la sencillez de Dalmorgan. ¡Qué idea tan emocionante! Una existencia extraordinaria que aguardaba al otro lado de la División para los habitantes de las Tierras Indómitas.

—¿Qué clase de criaturas son? —preguntó Pen—. ¿Quién reina en las cortes?

Gerald se inclinó de nuevo, pero esta vez su voz se volvió más baja, como un murmullo ronco desde la garganta.

—Hadas. Seres peligrosos. No me atrevo ni a decirlo en voz alta, ¿sabes?

—¿Por qué no? —lo retó Edmund.

Gerald se irguió de golpe, le dio un buen sorbo a su bebida y el bigote se le cubrió de espuma.

—Porque estarán escuchando. Tienen un oído excelente, ¿sabes? —Gerald se dio unos golpecitos en la oreja—. ¡Eso fue lo que me metió en un buen brete! Hacer demasiadas preguntas.

Talia hizo una mueca. El viejo era un borracho y, a todas luces, chocheaba.

Le pellizcó el brazo a Edmund e intentó sacarlo de la conversación para que fuese a bailar con ella, así que ambos se escabulleron de allí.

Pen, sin embargo, quería oír más. Aunque solo fuesen los desvaríos fantasiosos de un viejo amigo, quería dejarle hablar un rato más.

—¿Qué tipo de brete? —le preguntó, suavizando la voz para igualar el tono de Gerald. El anciano se sonrojó un poco y un rubor rosado le tiñó las mejillas por debajo de la barba.

A CERTIJO 4

E L SE CRETO DE G ERALD

Sigue el hilo de la conversación de Gerald a través del laberinto de abajo y lee solo las letras del camino directo desde la entrada hasta la salida. Te revelará la razón por la que Gerald ya no puede volver.

En cuanto hubo confesado, se terminó el resto de la jarra y se limpió los labios con el dorso de la mano. Su ánimo pareció venirse abajo, como si le avergonzara la historia que acababa de contar, y trató de incorporarse para irse, pero estaba ya demasiado ebrio para lograrlo.

—Con cuidado —le dijo Pen. Tenía tantas preguntas…

, y no estaba del todo segura de que lo que él contaba fuese solo fantasía.

Lo sostuvo mientras Gerald se tambaleaba sobre unos tobillos inestables, buscando un punto de apoyo.

Emanaba un aire de tristeza y parecía que quería decirle algo, pero se mordió la lengua.

En lugar de hablar, le hizo una mueca a Penryn y le acarició el pelo con cariño.

—¿Es de Marianne? —le preguntó, señalando el vestido.

Ella asintió—. Tu madre estaría muy orgullosa de ti, Penryn.

Hoy has hecho un trabajo magnífico. —Pen siguió con la mirada el gesto de Gerald hacia los farolillos y las serpentinas, hacia la alegría que inundaba el claro—.

Siempre has sido una buena chica. Ahora, vuelve a la fiesta; no hace falta que te quedes con un viejo decrépito como yo. Ya me las arreglaré para llegar a casa.

Antes de que pudiese intentar detenerlo, le dio un empujoncito y se dirigió de regreso al pueblo.

Pen no tenía ninguna duda de que se daría la vuelta en algún momento, seguiría empinando el codo e intentaría cruzar la División de todas formas, pero ya se ocuparía de eso llegado el momento. Y lo haría, seguro que lo haría.

—¡Penryn! —la llamó Talia, haciendo gestos con la mano a su hermana desde la zona del césped donde estaban los músicos—. ¡Ven con nosotros!

Pen miró hacia atrás en dirección a Gerald, pero ya había desaparecido. Con la mente revuelta por sus farfullos, se abrió paso entre la multitud para reunirse con los demás.