Capítulo dos
— ¿ H as dormido?
A Penryn la despertó su entusiasta hermana menor saltando alegre sobre la cama. Ella emitió un gemido apagado, casi un gruñido, cogió la almohada de debajo de su cabeza y se la colocó encima para intentar silenciar esos sonidos tan entusiastas.
—¡Pen! Venga, es la hora. Tenemos que vestirnos.
Talia se bajó de la cama, hundiendo otra vez el colchón, y cruzó el cuarto para acercarse al espejo mientras se alisaba el reluciente pelo cobrizo. Despacito, Pen apartó un poco la almohada, lo justo para ver a su hermana, acompañada de su viejo perro Frijol, correteando por la habitación.
—Pero si tú ya estás vestida —observó Pen.
La hermosa Talia, con su perfecta piel de porcelana y sus rasgos rosados, sonrió de oreja a oreja mientras se giraba y se pasaba las manos por el corpiño entallado.
—¿Te gusta? Edmund lo encargó para mí. —Estaba radiante de alegría mientras daba vueltas sobre sí misma, presumiendo de cómo el suntuoso tejido se le arremolinaba alrededor de las piernas mientras giraba como una peonza—. Creo que será perfecto para bailar, ¿no te parece?
Pen apretó los ojos con fuerza y parpadeó dos o tres veces antes de apartar la almohada de mala gana y sentarse poco a poco. Frijol se subió a la cama de un salto y la saludó lamiéndole la barbilla. Ella le rascó detrás de las orejas y lo bajó al suelo.
En respuesta a la pregunta de Talia: no, no había dormido más de un par de horas.
Su mente había estado inquieta con extrañas visiones, imágenes inconexas que aparecían y se desvanecían en un caótico abandono.
Había visto tantas cosas… Desde flores de todos los colores y tamaños hasta enormes animales metálicos con colmillos y garras.
Había una mujer rezando sentada en una roca y bestias extrañas que parecían humanas y animales a la vez.
Pero, sobre todo, había un hombre. O… no exactamente un hombre.
Era alto, inalcanzablemente alto; de cuerpo ancho y firme, con unos ojos verde esmeralda que asomaban tras una expresión sombría.
Tenía unos rizos rebeldes en la frente y una sonrisa de suficiencia que la aterrorizaba y, de alguna manera, la hacía estremecer.
Y juraría que tenía alas de cuervo, enormes y negras como la tinta.
Había irrumpido en sus pensamientos más de una vez, envolviéndola en cada ocasión en una especie de oscuridad que la obligaba a despertar sin aliento, con la piel perlada de sudor.
—¡Estás toda colorada! —exclamó Talia con una sonrisa divertida, tras sentarse a los pies de la cama. Buscó los dedos de los pies de Pen a través de la colcha y se los estrujó—. ¿Has tenido un sueño picante?
Profundamente ruborizada de solo pensarlo, Pen apartó la mano de su hermana de un manotazo y levantó el pie de golpe hacia ella.
—¡No! Solo… —se interrumpió—, solo estaba pensando en qué ponerme.
Eso valdría, la distraería. Y funcionó, porque Talia se incorporó de un salto y se fue hacia el arcón de madera tallada, levantó la tapa y empezó a barajar opciones.
—No me puedo creer que no quisieras nada nuevo. —Frunció el ceño, sacando una túnica verde descolorida y arrugando la nariz al verla. Talia siempre había sido la elegante; tenía un gusto exquisito y siempre sabía exactamente cuál era la última moda en todos los territorios—. Edmund dijo…
—No necesito que tu amado se ofrezca a comprarme ropa —objetó Pen mientras se deslizaba por debajo del edredón, empujando a Frijol suavemente con los pies—.
Tengo de sobra. —Con un suspiro, se miró de reojo en el espejo y se retorció los oscuros rizos entre los dedos antes de esponjar el pelo desde la raíz para tratar de darle algo de forma.
Hum, seguramente tardaría más de lo que había pensado en arreglarse.
—¿Mamá no tenía un libro sobre el Segundo Anochecer? —Talia dejó de rebuscar un momento y se puso en cuclillas, apoyada sobre sus bonitas chinelas de satén mientras miraba a su hermana—. Hoy deberías ponerte algo suyo, Pen. A ella le gustaría. Sería como si estuviera con nosotras.
¡Qué magnífica idea! Llevaban dos años sin su madre y ese iba a ser el primer Segundo Anochecer sin ella. Le parecía apropiado vestir algo suyo en esta ocasión; así seguro que Penryn sentiría su presencia aún más.
Pen asintió, tumbándose de nuevo sobre la cama para alcanzar el cuaderno de su madre, que guardaba bajo la almohada.
—Estoy segura de que dijo que había cierto color en particular que era el mejor para el Segundo Anochecer.
Solía decir: «Lo que está predestinado vendrá a ti si te lo pones».
Pero no recuerdo qué color era; a ver si puedo averiguarlo —dijo, hojeando las páginas ajadas del viejo diario—.
Ya sabes que a nuestra querida madre nunca le bastaba con una sola palabra.
Esa era una de sus cualidades más maravillosas.
Marianne siempre se implicaba mucho, siempre tenía una historia que contar, y lograba convertir cualquier anécdota en un relato largo y enrevesado.
A las niñas les encantaba sentarse a escucharla, absortas en los juegos de palabras con que las entretenía.
—Aquí. —Pen le enseñó el cuaderno a Talia en la página correcta—. Es esto, creo.
Talia miró la página frunciendo el ceño.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó, arrugando la naricita respingona mientras miraba las palabras garabateadas—. Creía que era algo relacionado con lo que tenías que ponerte.
—Y creo que lo es. —Pen dio un golpecito a la página—. Mira. Mamá nunca decía las cosas de forma sencilla, desde luego.
A CERTIJO 1
A PUNTE EN EL DIARIO DE MAMÁ
¿Qué color se esconde en este fragmento de diario?
Abajo he mezclado las letras de varias palabras coloridas y he añadido una letra más a cada una. Por ejemplo, si se reordena la primera se obtiene COLOR + M . Descífralas todas y lee las letras adicionales de arriba abajo.
CLORMO
brOMOSA
ROTON
TAMIZA
TENDIT
ANOTO
Talia frunció el ceño un rato ante el garabateo de su madre hasta que esbozó una sonrisa radiante.
—¡Pues claro! —exclamó triunfante.
Volvió al arcón de madera, sacó un vestido morado con tonos azulados hecho de tul y encaje y se lo lanzó a Pen. Su hermana tuvo buenos reflejos y consiguió cogerlo antes de que tocara el suelo.
—Necesitas toda la suerte del mundo —añadió Talia con retintín—. Igual hoy por fin te encontramos marido.
—¡Déjalo ya! —rio Pen, avergonzada solo de pensarlo y sacudiendo la cabeza—. Eso no está en mis cartas. Yo, querida hermana —dijo acercándose para plantarle un beso en la frente—, tengo muchos otros planes en la vida.
Desde luego, esperaba que Talia no insistiera en ese tema.
La verdad era que últimamente Penryn no sabía muy bien qué hacer con su vida.
Tenía veinte años, era una mujer hecha y derecha, y, desde la muerte de Marianne, era la cabeza de familia.
Tal vez su hermana tuviese razón: debería encontrar a alguien y sentar la cabeza, cumplir con sus deberes conyugales y traer al mundo nuevos pequeños Trickett para continuar con el linaje familiar…
Era un pensamiento demasiado profundo para una hora tan temprana, y más aún sin una taza de té.
Pen decidió dejar el asunto y centrarse en la tarea que tenía entre manos: el vestido que sujetaba frente a su cuerpo mientras se miraba en el espejo.
Le sentaría como un guante y realzaría sus curvas; al fin y al cabo, era casi un calco de su madre.
—¡Póntelo ya! —insistió Talia con impaciencia—. Y también necesitas un collar. El collar de mamá.
—Por lo menos, espera a que me bañe primero. —Pen se rio entre dientes—. Hay que ver qué impaciente eres.
Mientras Pen fue a asearse, Talia empezó a rebuscar en el joyero de su madre.
Sabía que había un colgante especial para ese día, porque era parte de una colección de talismanes selectos que Marianne atesoraba y que nunca había prestado a sus hijas.
Era el momento de que Penryn lo luciera con orgullo.
Talia revisó el diario de su madre otra vez y frunció el ceño mientras colocaba todos los collares del joyero sobre la cama. Eran los que ella más apreciaba y refulgían al sol de la mañana que entraba por la ventana, pero no tenía claro cuál era el adecuado.
—¡Pen! —gritó al oír que su hermana regresaba—. ¡No estoy segura de qué collar es!
Penryn asomó la cabeza por la puerta mientras se secaba el pelo con una toalla.
—¿El colgante? ¡Hay algunas notas en el cuaderno! —gritó—. ¿Algo sobre una línea continua?
Talia puso los ojos en blanco.
—Esto no tiene ni pies ni cabeza —suspiró, sujetando la página para que Pen la leyera por sí misma—. A ver si tú averiguas cuál es.
A CERTIJO 2
E L COLGANTE PENDIENTE
Uno de los colgantes de la página siguiente es más perfecto que el resto, pero ¿cuál? Solo uno de ellos contiene una única línea continua que recorre todo el borde del colgante.
Esta noche he escogido el colgante PERFECTO . La filigrana es preciosa y forma una única línea continua que fluye a lo largo de la joya.
En cuanto me lo he puesto, me he sentido como nueva y he sabido que he elegido bien. Era impecable.
Pen lo tomó con un gesto elegante, colgándolo de la punta del dedo mientras lo alzaba hacia la luz.
Parecía que el oro del entramado brillaba con picardía, casi como si le guiñara un ojo, como si supiera algo que ella desconocía.
Se pasó la cadena con cuidado sobre la cabeza antes de colocarse el colgante entre las clavículas.
Talia observó a su hermana desde la cama y sonrió con ternura.
—Pen, te queda perfecto —murmuró—. Deja que te ayude a atarte ese corsé.
Las dos hermanas se pusieron manos a la obra para ajustar los lazos hasta que Pen apenas pudo respirar. Cuando terminó, Talia pasó las manos por la espalda de Penryn admirando su trabajo y suspiró suavemente al rozar con el pulgar las numerosas cicatrices que surcaban sus omóplatos.
—Puedo traerte un chal —le ofreció Talia con suavidad.
Pen no solía prestar atención a las marcas de su piel.
Las tenía desde niña —su madre le había explicado que se había quemado por haberse acercado demasiado al fuego—, pero no quería preguntas indiscretas de desconocidos en un día como aquel.
Así pues, asintió y Talia se escabulló y volvió con un pañuelo y una cinta con intrincados adornos.
—Deberías trenzarte el pelo —la animó—. Estarás de lo más elegante. Es la moda en los Campos del Este. Toma. —Sacó la banqueta del tocador y le pidió que se sentara—. Déjame a mí.
Pen la dejó hacer y permitió que su hermana le cepillara la melena antes de recogérsela en una trenza gruesa y firme. Tardó un buen rato, pues su densa cabellera requería trabajo, pero Talia fue la mar de paciente y, para terminar, le ató el bonito lazo en la punta.
—¿Crees que veremos algo esta noche? —preguntó con los ojos brillantes de curiosidad—. Ojalá un sátiro. Siempre he querido ver uno.
—A veces me pregunto si no será que todos bebemos demasiado vino lunar y solo creemos ver esas cosas. —Pen se rio—. Pero seguro que habrá algún avistamiento. Suele haberlos.
¿Y si aparecía algo que hubiera visto en sueños? No, eso parecía poco probable. Pero ¿no sería fantástico?