Reina de espadas Capítulo uno
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Capítulo uno

P or vez primera, Penryn Trickett era la encargada de las decoraciones para el Segundo Anochecer.

Durante muchos años, esa responsabilidad le había correspondido a su madre, y Marianne Trickett siempre montaba unas fiestas de aúpa.

No había rama, arbusto ni poste que quedara sin adornar y, ahora que le habían otorgado esa tarea, Pen estaba decidida a estar, como mínimo, a la altura de las tradiciones de su madre.

No se trataba de algo que hubiera heredado a la ligera; Marianne siempre le había dicho que ser las anfitrionas de tal evento era un honor para su casa, así que Penryn había prometido aceptarlo y…

, bueno, ahí estaba ella, llena de pintura y brillantina de pedernal en polvo. Y de barro.

La celebración siempre era bulliciosa, tanto para los lugareños como para los forasteros.

Aunque también era hermosa, con los abedules plateados que bordeaban la ribera y el mástil de mayo en el prado decorados con cintas trenzadas y serpentinas de colores.

Los niños del pueblo se pasaban semanas elaborando adornos de cristal para enhebrarlos en un cordel y colgarlos bien alto, y entonces esperaban a que el resplandor dorado de la puesta de sol preternaturalmente larga los iluminara y proyectara círculos de luz danzante en el suelo.

El resto del pueblo había estado trabajando durante horas y ahora estaba descansando.

Habían prometido volver a salir cuando despuntara el amanecer.

Sin embargo, Pen no estaba satisfecha con su progreso.

Su madre hacía que todo pareciera siempre muy fácil, como si siguiera alguna especie de guion, un ritual que no requería esfuerzo y del que tenía el honor de formar parte.

Pero Pen estaba tan empeñada en hacerlo al menos la mitad de bien que todavía no había aprendido a disfrutarlo con la misma naturalidad con que lo hacía su madre.

Quizá necesitaba un descanso. O igual tenía que dejar de exigirse tanto para poder sentirse en sintonía con el espíritu de Marianne y meterse en el papel en cuerpo y alma.

Hizo una pausa, bajó hasta la orilla del arroyo y se sentó sobre una mata alta y musgosa.

Se quitó los zapatos con los pies y hundió los dedos en la hierba para intentar conectar con la tarea que se le había asignado.

Poco después se le fue la mirada a la otra orilla, como si pudiera atisbar algo de vida en el otro lado…

, pero no. Allí no había nada más que la hierba del prado cortada casi a la perfección, siempre prístina, y, más allá, los árboles, que daban paso a un bosque denso y profundo que lo rodeaba por los otros tres lados.

Era una auténtica obra maestra, de esas que los artistas intentaban reproducir, pero, por alguna razón, nadie conseguía capturar «del todo» la magia de las Tierras Indómitas.

Quizá se conservaba tan intacto gracias a la División.

Aquella barrera casi invisible había sido una frontera infranqueable entre las dos orillas del río desde que se tenían recuerdos e, incluso ahora, a la luz del sol que se apagaba al atardecer, la veía parpadear y palpitar, provocándola con su presencia.

¿O se trataba de una advertencia? Penryn no tenía el menor deseo de atravesarla, sobre todo después de ver el intento frustrado de su hermana Talia por cruzar.

La pobre Talia estuvo cojeando durante semanas; la División la repelió con tal fuerza que aseguraba que los huesos se le habían vuelto líquidos y apenas pudo respirar durante varios días.

La había fulminado una especie de rayo, así que a Pen le parecía demasiado doloroso como para intentarlo, y no faltaban historias parecidas de otros ciudadanos igual de temerarios que habían intentado cruzar.

Pen, siempre tan prudente, prefería ahorrárselo.

Aunque, por supuesto, una pequeña parte de ella sentía curiosidad.

Era natural, ¿no? Nadie sabía realmente qué había en las Tierras Indómitas: la extensión del terreno, quién o qué lo habitaba, cómo funcionaba su sociedad —si es que existía alguna—, e incluso qué crecía allí.

Siempre había historias; a mamá le encantaba contarlas una y otra vez.

Trataban sobre reyes, reinas y mundos fantásticos, pero solo eran eso, historias increíbles que no se podían comprobar o demostrar.

Penryn despertó de sus ensoñaciones y miró la sorprendente cantidad de tierra que tenía en las manos.

Se las frotó para intentar limpiarse, pero sin éxito, así que se acercó más a la orilla y alargó los brazos para meter las manos en el agua y lavarse lo mejor posible.

Seguramente no merecía mucho la pena, ya que al día siguiente iba a estar igual de sucia cuando terminaran los preparativos para la fiesta.

Se agachó un poco más, cogió agua con las manos y se la echó por la cara.

Las gotitas le corrían por la mandíbula y el cuello mien tras exhalaba y se refrescaba, pero, justo cuando iba a cerrar los ojos para regodearse en ese momento de paz, las oyó.

Pisadas, y no eran humanas. Los pasos eran pesados, fuertes y firmes.

Abrió los ojos y miró hacia la orilla de las Tierras Indómitas, donde vio cómo se movían los matorrales.

Allí había alguien. O, por lo menos, algo, pero no distinguía de qué se trataba.

—¿Hola?

Se puso de pie mientras se secaba las manos en la falda y giró sobre sí misma para ver si el sonido procedía de algún lugar cercano.

No, no vio a nadie por ninguna parte. Miró una vez más a la otra orilla, donde ahora todo permanecía inmóvil.

Estremecedoramente inmóvil. ¿Habría sido solo un animal?

Un ciervo, quizá. O… ¿podría ser un habitante de las Tierras Indómitas?

Eso sí que sería increíble: contar al resto del grupo de decoración que ya había visto a una de las criaturas.

Sin embargo, mientras continuaba observando los arbustos, buscando alguna señal de vida, empezó a dudar de sí misma.

Estaba todo tan tranquilo, tan calmado… ¿De verdad había visto algo?

Seguro que eran imaginaciones suyas. Su mente cansada le estaba jugando una mala pasada, concluyó sacudiendo la cabeza mientras volvía hacia el prado. Lo más sensato sería irse a la cama, siguiendo el ejemplo de los demás, y regresar por la mañana, descansada y con una imaginación menos desbocada.