Reina de espadas
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Prólogo
S e decía que, al otro lado del río, más allá de la aldea de Dalmorgan, había magia.
Durante gran parte del año, nadie visitaba aquel pequeño enclave. Sus gentes vivían a su aire, se bastaban unos a otros sin necesitar gran cosa del exterior. Tal vez aquello sonara anticuado, pero ¿para qué querer más cuando ya tiene uno lo suficiente?
Dalmorgan era una comunidad feliz. Había granjeros y artesanos, herreros y carpinteros.
Todos llenaban la pequeña plaza del pueblo con sus oficios y mercancías.
De vez en cuando aparecían puestecillos donde se vendía carne, sidra y productos frescos cultivados en los huertos de los lugareños.
Lo que faltaba se conseguía en las aldeas cercanas y se traía una vez al mes, si era menester.
El límite del pueblo lo marcaba un ancho arroyo de agua dulce.
Corría por el borde del lugar, dejando bien clara la línea entre aquí y allá.
Y, como Dalmorgan era el último punto habitable de las tierras mortales, para todos, salvo para sus propios habitantes, no había razón para más que una visita fugaz.
Al menos, hasta que se anunciaba un Segundo Anochecer.
Las historias susurradas se propagaban por los Campos del Norte como el fuego en la estación seca, contando las maravillas que se manifestarían en esa noche especial.
Se decía que entonces, y solo entonces, los ojos humanos podían ver a las criaturas de las Tierras Indómitas que habitaban al otro lado del solitario arroyo de Dalmorgan.
El prado del otro lado solía permanecer vacío, pese a su hierba exuberante y las flores silvestres irisadas que brillaban bajo la brisa suave. Sin embargo, según contaban, en esa noche tan poco común uno podía llegar a vislumbrar a las criaturas mitológicas.
Corrían murmullos sobre elfos y espíritus del agua.
Había quienes aseguraban haber visto tritones sumergiendo las aletas en la frescura del río.
Incluso se hablaba de centauros, con torso de hombre y cuerpo de un poderoso corcel.
Seres de pura fantasía, visibles tan solo durante unas horas para los ojos mortales.
El Segundo Anochecer ocurría muy de vez en cuando, pero en esas contadas ocasiones el crepúsculo se extendía no una, sino dos veces: un segundo disco de fuego aparecía bajo en el horizonte justo después de que el primero se hubiera ocultado, repitiendo así el espectáculo.
Durante los días previos a su llegada, los rumores sobre su inminente aparición volvían a circular por todo el reino y, a su vez, Dalmorgan se llenaba de viajeros, algo muy inusual.
Las tranquilas calles de piedra, silenciosas por lo general, pronto se tornaban ruidosas con el traqueteo de los carros y el golpeteo de las botas.
El apacible pueblecito despertaba entonces, palpitando de emoción y misterio durante unos pocos días, antes de volver, como siempre, a su estado habitual de calma y sosiego.