Reina de espadas Capítulo veintitrés #2
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Capítulo veintitrés #2

—Para la protección de las Casas —repitió ella despacio, dando un paso vacilante hacia él—. Entonces deberíamos… respetarla.

—¿Aunque…? —Los ojos de Rafrael ardían de deseo al mirarla, como si la breve ausencia de su cercanía lo hubiera dejado hambriento.

Penryn inclinó la cabeza a un lado.

—¿Aunque qué?

Él observó cómo ella daba otro paso hacia él, provocándolo.

—¿Aunque ahora mismo lo único que quiero es besarte?

No hubo forma humana de detener el rubor que le subió a las mejillas cuando él dijo aquello, y Penryn bajó la cabeza con timidez. El cabello le cayó sobre la frente y se apartó los mechones, recogiéndolos tras las orejas, mientras daba otro pasito hacia él.

—Esto parece una idea muy mala, Rafrael de Onoryx —dijo, mordiéndose el labio mientras lo miraba con coquetería—. Teniendo en cuenta las circunstancias.

—Entonces quizá no debería contarte las otras cosas que quiero hacerte —murmuró Rafrael. Flexionó los dedos, tratando de aferrarse al último retazo de autocontrol que aún le quedaba, pero Penryn veía lo mucho que le costaba. Enarcó una ceja.

—Ah, ¿no? —Otro pasito más. Se balanceó ligeramente en el sitio y el vestido onduló con el movimiento. Rafrael dejó escapar un leve gemido al ver cómo se mecía la gasa a su alrededor—. ¿Por ejemplo?

Él libraba una batalla consigo mismo mientras se apoyaba contra la pared.

Se cruzó de brazos sobre el pecho para mantener las manos quietas, y las mangas de la camisa se tensaron sobre el grosor de sus bíceps.

Penryn vio cómo se le contraían los músculos a medida que se acercaba, desafiándolo a responder.

—Quitarte ese maldito vestido.

Su voz era entrecortada y áspera, como si hubiera arrastrado las palabras sobre gravilla.

Penryn no estaba segura de si se trataba de una idea, una sugerencia o una orden, pero se detuvo frente a él y lo miró fijamente a los ojos con aire desafiante.

Era evidente que él deseaba rendirse desesperadamente, pero libraba una batalla consigo mismo.

—¿Y qué pasa con las normas? —preguntó ella, haciéndose la inocente.

Y eso fue lo que le hizo perder el control.

Rafrael dio un paso adelante, incapaz de soportar estar separado de ella ni un momento más, y gruñó mientras le agarraba el rostro con rudeza.

Posó la boca sobre la de ella, presionando con fuerza los labios contra los de Penryn.

Ella gimió ante ese contacto inesperado, pues no pensaba que él fuera a ceder, y de una forma tan impetuosa, y notó cómo la lengua de Rafrael se deslizaba en su boca.

En apenas dos pasos, la había empujado contra la encimera de la cocina, presionándola con su enorme cuerpo y dejándola inmovilizada.

—Al cuerno con las normas.

Penryn echó la cabeza hacia atrás y Rafrael empezó a besarle el cuello, recorriendo con su boca aterciopelada el contorno de la mandíbula y deteniéndose para acariciar el punto detrás de la oreja que, de otro modo, podría quedar desatendido.

—Quiero explorar hasta el último centímetro de tu cuerpo —le advirtió él, con unas palabras que eran tanto amenaza como promesa—. Lo he deseado desde el momento en que te vi por primera vez, la noche de la Luna Hueca. Desde que te saqué de ese maldito azud.

Cada pocas palabras, intercalaba unos besos fugaces, pero a la vez deliciosos.

Penryn cerró los ojos, empapándose de cada pequeño gesto, y se permitió el placer de deslizar las manos por el cuerpo de él.

Ahora lo sentía todo; su cuerpo firme contra sus palmas mientras estas se deslizaban por sus hombros y brazos.

Lenta y tímidamente, movió las manos hacia su pecho, descubriéndolo a través de la camisa.

—Dioses.

La palabra le salió gutural, desde lo más profundo de su ser, y guio los dedos de ella hacia el cuello de su camisa, animándola a desabrochar los botones superiores mientras él se desabrochaba los inferiores.

Se la quitó, dejando al descubierto su torso tonificado, y Penryn dudó, como si no estuviera segura de si podía tocar su piel.

Él le agarró la mano, presionándola contra él, guiándola hacia abajo, contra sus costillas.

—Tu… —Penryn se quedó sin palabras—. Tu cuerpo es… perfecto.

Él se rio, avergonzado, y, al agachar la cabeza, el pelo le cayó sobre los ojos.

—No, no, ni mucho menos. —Se inclinó hacia ella y le dio un delicioso beso en la boca antes de levantarle la barbilla con la punta del dedo índice—. Tú, en cambio…

Con un rápido movimiento, bajó las manos hasta su trasero y le acarició la suave piel con las palmas antes de levantarla.

El movimiento fue la mar de fácil y sin esfuerzo, como si no pesara nada para él, y la sentó con suavidad en la encimera de la cocina, separándole las piernas para poder descansar entre ellas.

Ella lo notaba, notaba la forma en que su deseo le presionaba el muslo mientras él se inclinaba hacia ella una vez más, incapaz de soportar que su boca estuviera alejada de la dulzura de su piel durante demasiado tiempo.

—Necesito saborearte —murmuró él, y sus palabras resonaron en ella cuando las pronunció en su boca—. Deja que te saboree.

No era una petición, pero Penryn tampoco iba a negarse. Asintió con la cabeza, con un movimiento mínimo, esperando que sus labios regresaran a los suyos, pero, ay, dioses, cuando se dio cuenta de que no era eso a lo que se refería él…

La boca de Rafrael descendió por su cuerpo con ansia, mordisqueando y besando la curva de sus pechos, su aliento caliente contra la piel de ella incluso a través del corsé.

Sus manos se ocuparon con rapidez de las capas de tela de la falda, alzándolas y frunciéndolas por encima del muslo antes de arrodillarse, atrayendo sus caderas hasta el mismo borde de la encimera.

—Raf… —gimió ella, sin aliento, cuando los dedos de él se deslizaron bajo su ropa interior, agarrando los bordes de la tela y arrastrándola hasta las rodillas.

Sus besos no cesaban, y recorrían ahora la parte interna de los muslos, con la punta de la nariz rozando la suave piel mientras le separaba más las piernas. Le agarró el tobillo derecho, se lo colocó sobre el hombro y la hizo reír con el movimiento, antes de presionar la lengua dentro de ella.

Su alegría se convirtió inmediatamente en puro placer al sentir cómo él la acariciaba con la lengua.

Penryn se agarró al borde de la encimera para no caer mientras él le lamía y lamía, trazando círculos en ese punto tan especial.

No tardó mucho en hacerla retorcerse, gritar y llenar la casa con el sonido de su nombre mientras él seguía sin descanso, lamiéndola una y otra vez para llevarla al clímax.

Ella se descubrió agarrándole el pelo, no solo para alejarlo un poco cuando sentía que aumentaba la sensibilidad, sino también para mantenerse firme ante aquella intensidad tan perfecta.

—No pares —gimió ella, sintiendo cómo el deseo crecía en su interior—. Qué sensación tan… ¡Por todos los dioses!

Él se detuvo un instante, con los labios húmedos por el sabor de ella, y le besó tiernamente la piel de la cadera.

—¿Estás bien? —le preguntó. Ella asintió, primero despacito y luego más rápido, con más urgencia.

—Sí. Sí, por favor, no…

No hizo falta que se lo repitiera. Volvió a colocar la boca en su sitio, le agarró una mano y con la otra la empujó contra él.

Penryn jadeó cuando la penetró lentamente con un dedo, curvándolo por dentro y ejerciendo una suave presión sobre el punto que sabía que le daría placer. Y sí, así fue, sin duda alguna.

—Quiero oírte —la animó él mientras su caricia obraba su magia en ella, adaptando su ritmo e intensidad a sus jadeos—. Quiero oír cómo te corres, y luego…, luego haré que vuelvas a hacerlo.

Menuda promesa. A Penryn se le fue toda la sangre de la cabeza y se le concentró en las caderas y las entrañas; hasta el corazón le latía con fuerza en los oídos.

¿Qué había hecho para merecer eso? ¿Ese placer abrumador?

Y él no se rendía, no, ni por un segundo; más bien al contrario, sus movimientos eran aún más intensos mientras la llevaba hacia el culmen.

Tensó su interior y le tembló el cuerpo entero cuando alcanzó la primera ola de éxtasis.

Su jadeo fue fuerte y embargado de deseo, y arqueó toda la espalda al correrse.

Rafrael se relajó un poco y retiró la mano solo cuando estuvo seguro de que había llegado bien, pero la recorrió con avidez con la lengua, saboreando hasta la última gota de placer que le había procurado.

—Dioses, qué sabor tan perfecto —la alentó, incorporándose sobre sus rodillas.

Se inclinó para besarla en la boca, dejándola experimentar la mezcla de su propia saliva y el placer de ella en sus labios.

Se quedó mirándola un momento, fijándose en el obstáculo que su ropa suponía entre ambos, y entonces sacó sus largas garras para cortar los lazos del corsé.

Ese gesto aflojó la tela lo suficiente para que ella pudiera respirar un poco mejor, y él le dedicó una pícara sonrisa y la levantó de la encimera.

Penryn le rodeó la cintura con las piernas y se aferró a él con los brazos alrededor del cuello.

No se cansaba de él, de la euforia que sentía cada vez que la besaba, y ahora, mientras la llevaba al otro lado de la habitación hasta la cama, se sentía embriagada por la excitación que él ya le había provocado.

—Te deseo —anunció él en voz baja, acariciándole el cuello con la nariz mientras se movía con ella—. Te necesito.

—Sí —respondió ella—. Sí, por favor. Yo también. Y todo lo anterior.

Él se rio entre dientes y la tumbó en la cama con ternura mientras la arropaba con la colcha.

Se inclinó sobre ella y vio cómo le miraba el cuerpo con ansia.

Penryn lo agarró por las caderas; ardía en deseos de notar lo que él sentía por ella.

Y no había duda alguna: su miembro estaba enhiesto por y para ella, se tensaba bajo la ropa al tocarlo.

—Penryn —gimió. Las palabras le salían con dificultad—. Dioses, no me tientes.