Capítulo 44. Alice
Alice terminó de decorar la segunda tanda de muffin s de chocolate con copetes de glaseado perfectos y fideos de colores.
Lavó los pocos utensilios que había dejado en el fregadero.
Había llovido varias veces esa semana, lo que auguraba el principio de otro otoño húmedo en Seattle, pero esa tarde el sol les regalaba un rato glorioso.
Hacía un poco de calor en la cocina, así que abrió los ventanales y sonrió cuando vio a Tom sentado en la hamaca de la galería, donde se había instalado cuando regresó del entrenamiento.
Tenía una taza de café, el periódico y un plato con migas a su lado en el asiento.
—Si te sigues comiendo los muffin s, no va a quedar ninguno para los niños —le dijo Alice, al tiempo que su gata, Pata, saltaba de la barandilla y se le acurrucaba entre las piernas.
—El que lo encuentra se lo queda.
Alice rio y se apoyó contra el marco de la puerta. Ya había ido varias veces a trabajar a la guardería, mientras su pierna terminaba de cicatrizar, y lo disfrutaba mucho.
Volvió a mirar por encima del hombro hacia la mesa donde había una carta apoyada en una fuente con fruta. Miró a Tom. Él la observaba con ternura.
—¿Quieres abrirla ahora? —le preguntó.
—No lo sé. Tal vez.
—No debe de ser nada grave.
—¡Es de un abogado! ¿Y si hay algún problema con nuestras declaraciones?
El cartero había dejado la carta en el buzón esa mañana. Habían acordado esperar a que Tom volviera para abrirla, pero Alice se había puesto muy nerviosa. Y había cocinado sin parar.
—Vamos —dijo Tom—. La abriremos juntos.
Alice respiró hondo y entró a buscar la carta.
Se la dio a Tom y se sentó en la hamaca mientras él abría el sobre y sacaba el papel con cuidado.
No era el típico papel grueso que usaban los abogados, sino una hoja fina que parecía arrancada de un cuaderno.
Cuando Tom la desplegó, Alice vio la letra infantil escrita a lápiz.
Apoyó la cabeza en el hombro de su marido para que ambos pudieran leer al mismo tiempo.
Queridos Alice y Tom: He intentado escribir esta carta muchas veces, pero después no tengo el valor de enviarla.
Sé que debéis de odiarme. Todos los días lamento lo que Simon y yo os hicimos y me siento mal por la gente a la que hicimos daño.
No puedo reparar el daño que hice. Ojalá pudiera.
Lo único que puedo hacer es cumplir mi condena.
No tengo derecho a pediros nada, pero sois las únicas personas a las que se lo pediría, las únicas personas en las que confío.
Las madres que hay aquí me han dicho que los hogares de acogida son terribles y que se llevarán al bebé después de que nazca.
Estará a cargo del Estado, lo que significa que no podré intervenir en su vida, pero sí puedo decidir ahora, antes de que nazca.
Puedo elegir a sus padres. No quiero que termine como yo o como Simon. Quiero que tenga la mejor vida posible.
Alice, recuerdo todo lo que me contaste sobre tu casa.
La calle bonita. La galería trasera. La vecina amable.
Tu gata. Pienso en eso todo el tiempo. Pienso en la posibilidad de que mi hija crezca en una casa como esa y es lo único que me hace sonreír.
Entonces no me queda más que preguntaros: por favor, ¿podríais tú y Tom adoptar a mi bebé? ¿Puede ser vuestra hija?
No lo hago porque esté arrepentida o quiera que me perdonéis.
No es por eso. Tú y Tom sois las mejores personas que he conocido.
Cuando Simon dijo que deseaba que fueras mi madre, era verdad.
Si hiciera una lista de las cosas que querría que tuviera una madre, sería una descripción de ti.
Tuve un buen padre por un tiempo. Tom me recordaba a él. Sé que se habrían llevado bien.
Estoy segura de que Tom la llevará a esos bailes escolares de padre e hija.
Le enseñará a jugar a la pelota y le construirá una casa en un árbol.
Sé que tú le enseñarás a hacer los sándwiches de atún más ricos.
Nunca se sentirá estúpida porque se le quedaron unos trocitos de cáscara en los huevos.
Tendrá amigos y fiestas de cumpleaños. Será valiente porque sabrá que vosotros la amáis.
No quiero que os preocupéis pensando que yo vaya a cambiar de idea o que tengáis que enviarme cartas o fotos.
No tendréis que hablar conmigo nunca. Mi abogado es un hombre bondadoso y puede encargarse de todos los trámites de una adopción privada.
El expediente será confidencial. Ahí viene la segunda parte.
Si decidís aceptar, no quiero que ella sepa quién soy. No quiero que sepa nada de lo que hice ni tampoco quién fue su padre. No quiero que sepa que nació de algo tan horrible. No quiero que sienta vergüenza por algo que no fue su culpa.
Por favor, pensadlo. Me dará mucha paz saber que está segura con vosotros, pero entenderé si es demasiado pedir. A continuación figuran la dirección y el número de teléfono de mi abogado.
Con esperanza, Jenny Había silencio en el jardín; solo se oían el canto de los pájaros y el ruido ocasional de algún coche que pasaba.
La gata saltó y se sentó en la falda de Alice para frotarse contra su pierna mientras ronroneaba.
Ella le acarició el suave pelaje gris. Tom dobló la carta y volvió a guardarla en el sobre.
Ninguno de los dos dijo nada, pero él la acercó más a su cuerpo. Alice estiró el brazo sobre el pecho de él y deslizó los dedos debajo del cuello de la camisa para sentir la cicatriz que tenía en el hombro.
Se mecieron lentamente.
—Sería una locura —dijo ella para romper el silencio.
—Poco común, tal vez —replicó él—, pero no me parece tan descabellado.
Alice clavó la mirada en el arce de los vecinos. Los colores habían comenzado a cambiar. Pronto las hojas caerían en su jardín y Tom las juntaría con el rastrillo en un montón.
—No tenemos nada para un bebé. —Habían donado la mayor parte de lo que tenían. Alice no había soportado ver la habitación llena de cosas.
Tom la cogió de la mano.
—Podemos comprar lo que haga falta.
—Todavía tenemos la cuna en el sótano. —Era lo único de lo que no se había podido desprender. La habían armado juntos. Su hijo jamás la había usado. No había llegado a casa.
—Podemos volver a pintar la habitación.
Azul cielo. Alice había probado un montón de muestras. Todas con distintas luces.
—Acabo de empezar a trabajar en la guardería.
—Sí. —No dijo nada más. Sabía que la guardería era importante para ella, así que no iba a sugerirle que dejara ese trabajo, pero ella sabía que no era un verdadero problema. Solo trabajaba unas horas al día. Podría tomarse una excedencia. Incluso hasta podría llevar al bebé con ella.
—¿Y si Jenny cambia de idea?
—Necesitaremos nuestro propio abogado.
—Es solo… —Se le quebró la voz—. ¿Y si tiene alguna enfermedad?
Tom ladeó la cabeza para mirarla a los ojos.
—A mí también me da miedo. No puedo asegurarte que todo vaya a salir bien, pero te prometo que, pase lo que pase, lo enfrentaremos juntos.
—Es un riesgo enorme. Es muy complicado. —Hundió el rostro en la camisa de Tom; él impulsaba la hamaca con el pie.
—No es necesario que decidamos ahora mismo —dijo—. Podemos pensarlo un poco.
Esa noche, mucho después de que Tom se quedara dormido, Alice seguía despierta. Se levantó y se puso la bata y las pantuflas para bajar de puntillas al sótano. Encontró la cuna en un rincón, detrás de los adornos de Navidad. Le pasó el dedo por el borde y sopló para quitarle el polvo.
Arrastró la cuna por la escalera, golpeándola contra la barandilla y dejando marcas en la pintura de la pared.
Estaba acalorada y se distendió un músculo, pero no podía parar.
Por fin llegó con la cuna a la planta alta.
Las ruedas pequeñas chirriaron cuando la empujó por el pasillo hasta la habitación.
No temía despertar a Tom. Dormía como un tronco.
Empujó la cuna contra la pared. Se imaginó inclinándose para alzar a un bebé. El cabello suave, el perfume encantador de la loción y el champú para bebés. Esos dedos diminutos, los sonidos de arrullo.
Se quedó allí un rato, pensando, y luego volvió a meterse en la cama con Tom; acurrucó su cuerpo frío contra el de su marido. Escuchó los latidos regulares de su corazón hasta que se quedó dormida.
Esa noche soñó que le entregaban una niñita envuelta en una manta rosa. No podía verle el rostro, pero no importaba. Alice ya sabía quién era.
Era su hija.