Epílogo
Temprano por la mañana, Jenny cogió el autobús que cruzaba la frontera.
Miraba los coches y camiones que pasaban, y su propio reflejo le devolvía la mirada.
Tenía treinta y tres años. Su piel seguía siendo pálida y el cabello, largo y rubio, pero su cuerpo lucía más lleno tras años de comida carcelaria cargada de harinas.
Estaba aprendiendo a comer mejor. Estaba aprendiendo muchas cosas.
Llevaba tres años preparando su salida: primero, libertad condicional diurna; después, el hogar de transición.
Seguiría en libertad condicional de por vida, pero al menos le habían concedido permiso para volver a Vancouver. Echaba de menos el océano.
Era media mañana cuando llegó a la estación de autobuses de Seattle.
Cogió un taxi hasta la dirección que había memorizado, pidió que la dejara en la esquina y luego esperó del otro lado de la calle, sentada en la franja de césped entre la acera y el bordillo.
Oculta bajo la sombra de un árbol, tenía vista directa a la casa a través del hueco entre dos automóviles aparcados. Bebió agua de su termo.
La casa, pintada de un amarillo suave, era más pequeña de lo que había imaginado.
Los escalones de la entrada, el porche y el portón de hierro estaban impecables, pintados de blanco reluciente.
El seto del frente tenía la parte superior bien recortada.
Una calle bonita, con árboles frondosos y casas cuidadas.
Ya había pasado el mediodía cuando la puerta se abrió por fin unos centímetros, con un leve chirrido.
Jenny contuvo la respiración, clavando la vista en la rendija oscura, hasta que se abrió más.
Tom salió con una bolsa de deporte. Tenía el cabello salpicado de canas, sin las patillas de antaño, pero aún se veía en forma, con pantalones cortos y camiseta.
Bajó del porche, recorrió el sendero de ladrillos hasta el garaje lateral y desapareció unos momentos. La puerta del garaje se levantó. Un automóvil azul salió marcha atrás y se alejó.
Pasó el tiempo. Jenny estiró las piernas y comió algo de lo que llevaba. Alguien cortaba el césped. Dos chicas adolescentes pasaron escuchando música en sus walkmans . No la miraron.
La puerta de la casa volvió a abrirse. Apareció Alice. Jenny se quedó inmóvil, con miedo de moverse y romper el instante. Habían pasado muchos años, pero ahí estaba, inconfundible.
Tenía el cabello castaño más claro, más largo, peinado en rizos sueltos y elásticos. Iba informal pero elegante: gafas de sol, pantalones cortos blancos y una camisa ligera abierta sobre una camiseta a rayas. Llevaba una bolsa de playa colgada del hombro, de la cual asomaba una toalla enrollada.
—¡Katie! —gritó, risueña—. ¡Date prisa!
Una chica salió disparada por la puerta, que se cerró con estrépito tras ella.
—¡Perdón!
Bajó las escaleras a toda prisa. Cabello largo, negro y brillante.
Camiseta negra, pantalones cortos negros, rotos.
Un cinturón con tachuelas plateadas. Maquillaje oscuro en los ojos, labios rojo profundo.
Llevaba en brazos un perrito blanco y esponjoso.
Lo dejó en el suelo y este se adelantó, trotando, mientras ella sostenía la correa.
Se llamaba Katie. Jenny susurró su nombre.
Alice y Katie caminaron por la acera, conversando.
Sus voces se mezclaban y se superponían, tanto que, a veces, Jenny no podía distinguir una de otra mientras las seguía a cierta distancia, oculta bajo una gorra de béisbol y gafas de sol.
Caminó tras ellas por el vecindario, pasando frente a casas cada vez más elegantes, agradecida por la sombra de los árboles, hasta que llegaron a una playa y extendieron una lona.
Desde un banco del parque, Jenny observó cómo compartían comida, inmersas en su propio mundo. Katie movía las manos en el aire al hablar; su rostro era muy expresivo. Alice echaba la cabeza hacia atrás y reía.
Jenny sonrió casi sin darse cuenta. Ahora podía ver mejor los rasgos de Katie.
Era realmente preciosa. Tenía casi quince años.
Jenny no era mucho mayor cuando se quedó embarazada.
Buscó en su cara algún rastro de la suya, pero Katie no se parecía a ella ni a Robert, salvo por el cabello negro.
Era ella misma, única. Jenny se preguntó si le gustarían los deportes o bailar.
Tal vez era un ratón de biblioteca o tenía inclinaciones musicales. Podía ser infinitas cosas.
Katie se puso de pie y se quitó la camiseta y los pantalones cortos dejando ver un biquini rojo. Corrió hacia el agua, gritando: —¡Otis, ven!
El perrito blanco salió tras ella. Katie chilló cuando el agua fría le tocó los pies. Otis ladraba a las aves y perseguía las olas por la orilla. Katie se agachó y empezó a buscar en el agua poco profunda. Sacó un puñado de piedras o caracolas y las revisó una por una.
A Jenny se le quedó el aire atrapado en la garganta. Sintió el ardor de lágrimas en los ojos.
Alice llevó una bolsa para unirse a Katie. Caminaron por la orilla. A veces Katie encontraba una piedra, a veces era Alice la que lo hacía. Guardaban algunas y arrojaban otras mientras Otis intentaba atrapar el agua que salpicaba.
Al final regresaron a la lona desplegada.
Pasaron otra hora allí, leyendo revistas y conversando.
A ratos se quedaban en silencio, mirando el agua o el cielo despejado.
Jenny también echó la cabeza hacia atrás y se preguntó qué pensaría Katie al ver las estelas de los aviones surcando el cielo, las nubes esponjosas.
Otis descansaba entre las dos, con las patitas hacia arriba.
Jenny deseaba grabarse ese momento en la memoria, como había hecho con el brevísimo tiempo que tuvo a su bebé.
Le había dado un biberón, había admirado el remolino perfecto y oscuro en la coronilla, sus pequeños labios fruncidos, sus mejillas suaves.
La besó y le susurró al oído todos sus deseos para ella.
Alice y Katie sacudieron la lona, enrollaron las toallas y guardaron los recipientes de comida en la bolsa de playa.
Luego le pusieron la correa a Otis. Jenny las imaginó de vuelta en casa, sentadas a cenar en familia, con el olor del protector solar y el aire salado en la piel.
Tal vez mirarían sus caracolas y piedras mientras le contaban a Tom cómo había sido el día y él les contaría el suyo.
Se quedó en el banco unos minutos después de que se marcharan.
No pensaba seguirlas. Pronto tendría que ir a la estación.
Bajó a la playa, se quitó los zapatos y sintió la arena tibia entre los dedos.
Encontró el lugar liso donde Alice y Katie habían extendido la lona.
Se tumbó boca arriba y miró el cielo, empapándose de azul. Sonrió.
Su hija era feliz. Ella le había dado la mejor vida posible. Le había dado a Alice.