Rehenes en la carretera Capítulo 43. Jenny #3
97%

Capítulo 43. Jenny #3

Robert estaba allí ahora, manoteando el cuchillo, pero ella se movió y las manos de él resbalaron por la hoja. Gritó y lo soltó, y en ese momento ella le lanzó una puñalada hacia arriba, en el estómago, y él se alejó, tambaleándose.

Jenny se puso de pie y corrió tras él cuando trataba de llegar a la puerta trasera. Sus manos dejaban un rastro de sangre en la pared; le suplicaba que se detuviera.

Ella recordó cómo le había suplicado lo mismo. Y se lo dijo. Le dijo que recordaba cada una de las veces que le había hecho daño. Cómo había gritado igual que él, pero él no se había detenido. No, la había culpado, había dicho que era todo culpa de ella y ella le había creído .

Le hundió el cuchillo en la espalda, en la carne blanda sobre la cadera, y él cayó.

Arrastrándose, trataba de alejarse, llorando, gimoteando.

Ella era mucho más menuda, pero él tenía miedo.

¡Le tenía miedo a ella! Siguió atacándolo con la hoja del cuchillo; le dolía el brazo, sudaba, estaba pegajosa de sangre, tenía el pelo en la boca.

Robert había dejado de moverse, de hacer ruidos.

Se puso de pie, mareada. El cuchillo cayó con ruido sobre las baldosas.

Avanzó tambaleándose hacia el vestíbulo, pasando junto al cuerpo de su madre.

Perdió fuerzas y cayó de rodillas. Simon.

Él sabría qué hacer. Él la ayudaría. Se arrastró hasta el teléfono junto al sofá.

La trasladaron en avión al Penal de Mujeres de Kingston, escoltada por un guardia armado, que no le dirigió la palabra salvo para indicarle que se sentara, se pusiera el cinturón de seguridad y guardara silencio.

Masticaba chicle de menta, pero ella igual podía oler el alcohol en su aliento.

La gente la miraba mientras pasaba por el pasillo.

Nunca había estado en un avión, pero no tenía miedo.

La sensación de temor constante, con la que había convivido desde aquella noche, había desaparecido, dejándola insensible. Ya no le temía a la muerte.

El verdadero castigo era la vida.

La cárcel era mucho peor de lo que jamás había imaginado. El húmedo y desolado edificio de cemento era ruidoso; el aire, viciado, y los pasillos, estrechos y laberínticos. Las ratas la despertaban por la noche, corriéndole por encima del cuerpo. Tenía picaduras de araña y sarpullidos por el jabón.

La mayoría de las mujeres la ignoraban, pero algunas le sonreían.

Su compañera de celda era mayor que ella, de cabello rojizo y ralo, cortado casi al ras del cuero cabelludo.

Se comunicaba con gestos e inclinaciones de cabeza.

Jenny pensó que no hablaba el idioma hasta que la oyó conversar con una de las guardias.

El patio de ejercicio no era más que un cuadrado de tierra, rodeado de muros y alambre de púas.

Ella caminaba en círculos por el perímetro hasta que su vientre creció tanto que casi no pudo avanzar, balanceándose con pasos torpes.

Llegó el otoño. Noviembre en Ontario era más frío que en la costa oeste de la Columbia Británica. Ya no le permitían salir tan a menudo. Desde las ventanas de la prisión veía cómo los árboles se teñían de naranja oscuro, amarillo brillante, rojo intenso.

Una noche, ya tarde, se puso de parto. Al principio no entendía qué le estaba pasando, pero cuando el dolor se convirtió en contracciones agudas que le atravesaban el abdomen, lo supo.

Se retorció, gritó. La cabeza de su compañera de celda asomó por encima de la litera.

Señaló el vientre de Jenny y ella asintió, para luego jadear cuando otra contracción la atravesó.

Su compañera comenzó a golpear los barrotes.

Cuando las vecinas entendieron lo que estaba ocurriendo, se sumaron al estruendo y por fin llegaron las guardias.

La llevaron en camilla a la enfermería. Las horas posteriores eran un caleidoscopio de imágenes distorsionadas en su mente. Recordaba a las enfermeras con uniformes y gorras gritándole órdenes. Recordaba el uniforme blanco del médico, sus manos duras.

El trabajo de parto duró horas. Las enfermeras desaparecían de su mente, reemplazadas por la imagen de su madre, que le susurraba: “Mereces sufrir por lo que hiciste”.

El cuerpo se le partía en pedazos. Se preguntó si se estaría muriendo. Jadeaba como un animal. Gruñía y gemía. Las enfermeras le gritaban. No quería que volvieran a gritarle en su vida.

Una de ellas le sujetaba la pierna. Tenía expresión satisfecha y la nariz aplanada. Le hundía los dedos en la piel como si quisiera hacerle daño. Con la siguiente contracción, Jenny levantó la pierna y le dio una patada en el estómago. La mujer ahogó una exclamación y cayó hacia atrás.

Jenny soltó una carcajada, que se perdió entre sus gemidos.

Las enfermeras ya no le gritaban. La que había recibido la patada se marchó.

Buscó fuerzas en lo más profundo de sí. Gritó y pujó con los últimos vestigios de energía.

No podía librarse de esa presión. Estaba por todas partes.

Le oprimía el cuerpo, le hacía temblar las piernas.

Luego, por fin, el alivio. El ardor y el desgarro cesaron.

El llanto de un bebé llenó la habitación.