Rehenes en la carretera Capítulo 43. Jenny #2
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Capítulo 43. Jenny #2

La mirada de su madre fue de uno a otro.

Sus ojos bajaron al vientre de Jenny. Una expresión de angustia intensa le desfiguró el rostro.

Jenny nunca la había visto mostrar tanta emoción, tanto dolor.

No la creía capaz. Una chispa de esperanza se encendió en ella, atónita como estaba.

Su madre estaba indignada. Ahora entendería que nada de esto era culpa suya. La perdonaría.

Su madre se giró bruscamente.

—¡Isabelle, espera! —Robert fue tras su madre, empujando a Jenny contra el marco de la puerta. Ella los siguió.

Encontró a su madre en la cocina, sirviéndose una medida de whisky; Robert la miraba con las manos en los bolsillos.

—¿Me vas a escuchar? —dijo.

Su madre bebió el whisky de un solo trago. Luego agitó un dedo tembloroso hacia Robert.

—¡Eres un monstruo!

Jenny se acercó lentamente a su madre. La protegería. Su madre iba a pelear por ella. No tendría que volver a preocuparse. Su madre la ayudaría.

—¡Dijiste que no volverías a hacerlo! ¡Me lo prometiste!

Jenny repitió las palabras en su mente, pero no tenían sentido. Miró a Robert y luego a su madre. Él se había sonrojado; la cara le brillaba de sudor.

—¿A cuántas chicas vamos a tener que darles dinero para que no hablen, Robert?

—Estás equivocada. Si te calmas y me dejas explicarte… —Esquivó un vaso que su madre le arrojó. Le dio en el hombro y se estrelló en el suelo. Ella le tiró la botella de whisky. La bandeja. El salero y el pimentero de cristal.

—¡No puedo hablarte cuando te pones así!

—Robert dio media vuelta y se dirigió a zancadas a la sala.

Jenny lo veía por encima de la barra americana.

Su madre corrió tras él y cogió los candelabros de la mesa.

Ambos se estaban arrojando cosas. El cristal se hacía añicos.

Algo golpeó contra una pared. El tocadiscos se detuvo.

Su madre lanzaba acusaciones a gritos, pero Jenny no lograba concentrarse.

Lo único que escuchaba era lo que había dicho hacía unos instantes.

“¿A cuántas chicas vamos a tener que pagarles para que no hablen?”.

Recordó a las dos bailarinas que habían dejado de asistir ese año.

Nunca volvieron. Su madre dijo que habían abandonado.

Por eso ignoraban a Jenny cuando pasaban junto a ella en la escuela.

Sentían vergüenza porque no eran lo suficientemente buenas, pero a Jenny le habían parecido excelentes.

Las había visto quedarse a practicar por separado después de clases, mientras Robert tocaba el piano. No había nadie más en el estudio.

Y también estaba Hannah. Ella también se había quedado después de las clases. Luego lo había dejado. Y no le había hablado más. Ni siquiera la miraba a los ojos.

Su madre sabía lo que Robert hacía. Lo había sabido desde un principio.

No le habían importado las chicas y tampoco le importaba ella ahora.

Jenny ni siquiera era parte de la ecuación.

Su madre seguía sin mirarla. Ella y Robert se estaban gritando.

Él le gritaba sobre la ropa y los gastos. Ella le gritaba sobre las chicas.

Robert cerró la puerta del despacho de un golpe.

Por más que reviviera en su mente ese momento en las horas, días, semanas y años siguientes, Jenny nunca pudo recordar en qué momento cogió el cuchillo de la encimera.

Estaba de pie junto a la nevera, pero de pronto ya no estaba allí.

Siguió a su madre fuera de la cocina, con el cuchillo apretado en la mano.

Nunca había entendido la expresión “cegada por la furia”.

En ese momento supo qué significaba. Porque casi no pudo ver la cara de su madre cuando se volvió hacia ella, pero sintió el ardor de la bofetada que le dio en la mejilla.

—¿Después de todo lo que he hecho por ti? ¿Así me lo agradeces? ¿Acostándote con mi esposo? ¡No eres más que una puta desagradecida, una cualquiera!

Su madre volvió a abofetearla una vez, otra, otra más, y con cada bofetada la llamaba puta, una y otra vez, hasta que las palabras se convirtieron en un cántico. “¡Puta! ¡Puta! ¡Puta!”.

De pronto su madre empezó a gritar y a mirarse el cuerpo.

Jenny también bajó la vista. Su madre tenía un cuchillo clavado en el estómago: le había atravesado el maillot de gimnasia color rosa brillante.

El que usaba con un cinturón elástico blanco, que hacía juego con sus leotardos.

Los calentadores eran rosas con brillos y Jenny los reconoció como suyos. Su madre también le había robado eso.

Pero ya no importaba. La mano de Jenny seguía sobre el cuchillo y su madre se tambaleaba hacia atrás. Jenny tiró del cuchillo y se lo volvió a clavar en el lado del cuello.

Su madre emitió un sonido raro, un chillido áspero, un borboteo, y se aferró el cuello, pero Jenny no podía parar.

Su brazo se elevaba y bajaba una y otra vez.

Luego de lado a lado, como si limpiara una mesa.

Acuchilló los brazos de su madre, sus manos.

La ira se había apoderado de ella, la azuzaba, rugía en sus oídos, le gritaba que hiciera callar a su madre.

Luego, su madre cayó al suelo y había sangre por todos lados: salpicaba del cuchillo, le salpicaba la cara, se le pegaba a las manos.

Se dejó caer junto a su madre, se arrodilló junto a su cuerpo y le clavó el cuchillo en el estómago. Se atascó en las costillas, resbaló hacia un lado. El mango estaba resbaladizo por la sangre.