Rehenes en la carretera Capítulo 43. Jenny
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Capítulo 43. Jenny

Pasó la primera noche en el hospital del pueblo, sin pegar ojo.

Cada vez que se movía, las esposas tintineaban contra la barandilla de metal de la cama.

Cuando cerraba los ojos, veía la cara de Simon, su cuerpo abandonado en la montaña, y las lágrimas volvían a brotar.

Tal vez nunca habían cesado. Tal vez había estado llorando durante horas.

Todo se había vuelto oscuro desde que él había muerto. Cada momento se volvía interminable.

Le dolía la cabeza y tenía los labios secos. El pecho también le dolía. Revivía el momento de la caída de Simon una y otra vez en su mente. ¿Tuvo miedo? ¿Se sintió traicionado?

Las enfermeras entraban y salían de la habitación.

Eficientes. Serias. Tenía una vía intravenosa por la que le suministraban suero.

Le habían vendado los cortes y raspones.

Sus piernas estaban manchadas de moratones.

El médico dijo que el bebé estaba bien. Le hablaba a la tablilla que tenía delante; en ningún momento la miró a los ojos.

Los policías le hicieron preguntas con la mandíbula apretada y expresión sombría. Ella solicitó un abogado.

Al día siguiente, la trasladaron a Vancouver en un vehículo policial, esposada. Veía el mismo paisaje por el que habían pasado unos días antes, pero ahora a la inversa. Se durmió apoyada contra la puerta.

La alojaron en la unidad femenina de la cárcel provincial de Vancouver. A solas en una celda, se acurrucó bajo una manta delgada sobre el colchón duro. No miró a su alrededor. No quería ver el váter y el lavabo de metal. Ni los barrotes. Trató de poner la mente en blanco.

El abogado que designó el tribunal era un hombrecillo bajo, no mucho más alto que ella, con gafas, una mata de pelo negro rizado y bigote tupido. Llevaba un traje arrugado y su maletín era un caos, pero tenía una mirada bondadosa y le llevó té. Le explicó todas las pruebas que pesaban en su contra.

La policía sostenía que había ayudado a Simon con los homicidios, como venganza porque su madre la había echado de casa.

Las huellas dactilares con sangre de Simon y ella estaban por toda la casa.

No tenía importancia quién había cometido el homicidio en sí: Jenny era culpable solo por estar allí y luego huir con él.

Después estaban los otros delitos que habían cometido.

El abogado enumeró tantas acusaciones adicionales que ella perdió la cuenta.

Existía algo llamado “coacción”, pero tendría que declarar que le temía a Simon. Sería difícil de demostrar, y Alice y Tom podrían dar testimonio de que ella había seguido a Simon por voluntad propia. Jenny no deseaba ir a juicio. No quería tener que hablar de todo aquello delante de la gente.

No quería seguir mintiendo.

Si se declaraba culpable, el fiscal reduciría los cargos a homicidio en segundo grado, intencional, pero sin premeditación.

Supo que cumpliría condena en el Penal de Mujeres de Kingston, en Ontario, justo enfrente de la cárcel de hombres.

Si Simon hubiera seguido viviendo, habrían estado cerca.

Recordó aquella noche junto a la fogata en que hablaron de la cárcel.

Él creía que nunca los atraparían. ¡Estaba tan seguro!

Rompió a llorar y su abogado le alcanzó un pañuelo mientras le daba unas palmaditas suaves en la espalda.

Si el juez aceptaba el acuerdo, podría obtener la libertad condicional en quince años. El número la dejó sin aliento. Era casi tanto tiempo como el que llevaba viva. El abogado dijo que aún podía tener un futuro. Existían programas. Podría terminar el bachillerato.

No sabía dónde estaban Alice y Tom ahora. Esperaba que la herida de bala de Alice no fuera muy dolorosa y que el hombro de Tom estuviera bien. Se preguntaba si habrían llegado a los Juegos Olímpicos o si habrían regresado a Seattle. Los imaginó felices de haberse librado de Simon y de ella.

Pensó en William y Ruth y se sintió muy mal por las ventanas rotas y todos los problemas que Simon y ella les habían causado. La granja era vieja, pero Jenny sabía que había sido un hogar feliz. Esperaba que estuvieran tomando té helado en la cocina y riéndose juntos como antes.

El abogado le dijo que el agente joven estaba ileso y había podido conseguir ayuda para el policía mayor, que se estaba recuperando de su herida de bala. Jenny lloró de alivio cuando se enteró, pensando en su hijito y su bonita esposa.

Su madre y Robert tenían deudas. Todo iría a la venta, incluso la casa. Si quedaba algo, pasaría a manos de un tío de Robert. Era raro pensar en todas sus pertenencias desparramadas por cualquier lado. ¿Quién tendría el sofá? ¿Quién estaría utilizando su escritorio?

Pasó los siguientes dos meses en la cárcel provincial esperando la audiencia para su sentencia. Tenía mucho tiempo para pensar. Le recordaba las semanas que había pasado escondida en el apartamento de Simon.

Mientras él trabajaba, ella miraba telenovelas como Otro mundo y Los jóvenes y los inquietos en su televisor en blanco y negro.

Había pasado horas durmiendo o llorando, preguntándose qué le estaría diciendo su madre a la gente.

Quería ayudar a Simon en la tienda del puerto deportivo, pero el padre de él la había visto una sola vez allí y le había dirigido una mirada tan torva que ella había subido corriendo al apartamento.

Había dejado la escuela. No le gustaba salir de la casa.

Las personas eran crueles. Sentía sus miradas y las escuchaba susurrar.

Se sentía muy sola. Simon hacía turnos en el puerto deportivo y luego limpiaba barcos.

Había querido buscar más trabajos, pero al final del día estaba agotado.

Cuando veían la tele, él se quedaba dormido con la cabeza en su regazo.

Tenía que hacer algo. ¿Por qué Simon tenía que matarse trabajando mientras Robert no se hacía cargo de nada?

Eligió una noche en la que Simon estaba descargando mercancía en el puerto deportivo y su madre estaría en su clase de aeróbic. Caminó por el sendero del bosque hasta la casa.

Solo quería hablar.

Robert alzó las cejas oscuras cuando abrió la puerta y la encontró en el umbral. Enseguida miró por encima de su hombro para comprobar si estaba sola.

—Jenny —dijo—. No deberías estar aquí.

—Tengo que hablar contigo.

—Tu madre no está.

—Ya lo sé.

Antes no le había preocupado quedarse a solas con ella. Él lo deseaba. Él había creado esas situaciones.

Su mirada bajó hacia el vientre de Jenny y luego se apartó.

Ella vaciló; le ardían las mejillas y sentía las conocidas náuseas. Tal vez debía irse. Pero entonces volvió a pensar en Simon y en todo lo que estaba haciendo por ella.

Ese hombre no podía mirarla a los ojos. Quería echarla y hacerle sentir vergüenza por lo que él le había hecho.

Jenny dio un paso adelante y lo obligó a retroceder un metro. Ahora no quería tocarla, claro. Si ella no hubiera estado haciendo tanto esfuerzo por no llorar, se habría reído.

Ya estaba dentro de la casa. Cerró la puerta tras ella. Desde la sala llegaba la voz de Frank Sinatra en el tocadiscos.

Robert se metió las manos en los bolsillos.

—¿De qué quieres hablar?

No pensaba tener esa conversación en el vestíbulo.

—Me gustaría sentarme —dijo.

Él miró a su alrededor, hacia la sala, como si nunca la hubiera visto antes. Jenny pasó delante de él y eligió el sofá de pana dorado. El que su madre había vuelto a tapizar.

Robert vaciló, balanceándose sobre los talones, con las manos en los bolsillos. Jenny veía su reflejo en las ventanas. Por fin, se sentó en un sillón frente a ella.

—No deberías estar aquí —dijo.

—Necesito dinero.

—Tu madre me dijo que no te diera nada. Está muy enfadada contigo.

El cálido escozor de la rabia le subía por la garganta. No recordaba haber estado tan furiosa en su vida.

—Se enfadaría contigo si supiera lo que hiciste.

Él se sonrojó. Antes le parecía guapo, pero ahora lo veía demasiado atildado, con el pelo peinado hacia atrás como un muñeco Ken de plástico. Se le adivinaba una papada incipiente. Se preguntó si su madre lo habría notado.

—No sé de qué hablas.

—Sí que lo sabes.

—No te creerá.

—Acudiré a la policía.

—Tampoco te creerán.

Sabía que era cierto. La única prueba estaba en su vientre y aun así él podría darles vuelta los hechos y decir que ella lo había deseado, que había consentido en hacerlo.

Clavó la mirada en él mientras se aflojaba el cuello de la camisa. Hacía calor en la casa, incluso a esa hora de la noche, y Robert sudaba.

—Quizás el bebé se parezca a ti —dijo—. Quizá tenga el cabello negro. La gente hablará. Si me das dinero, nos iremos del pueblo. ¡Me lo debes! No puedo trabajar ni terminar el bachillerato. —Había levantado la voz y él estaba nervioso, miraba a su alrededor como si alguien pudiera oírlos.

—De acuerdo. —Se puso de pie—. Está en la caja fuerte.

Lo siguió hasta su despacho y se quedó cerca de la puerta, evitando mirar el sofá de cuero. Robert descolgó un cuadro de frutas pintado al óleo y, tras dejar al descubierto la puerta de la caja fuerte, giró el dial. Clic. Clic. Clic.

Lo primero que Jenny percibió fue la fragancia floral. Rosa y jazmín. Una oleada que le llegó desde atrás. Debería haberse dado cuenta de lo que significaba, pero estaba concentrada en Robert. Él se equivocó, maldijo por lo bajo y volvió a empezar; el pelo engominado le caía sobre la frente.

Robert miró a Jenny y luego por encima de su hombro. Sus ojos se agrandaron por la sorpresa y soltó la rueda.

—Llegaste temprano, cariño.

Jenny se giró de repente. Su madre estaba en la puerta, con su maillot de gimnasia rosa brillante, los labios rojos entreabiertos por la conmoción.

—¿Qué haces aquí? —Su voz era casi como veneno escupido hacia Jenny.

No respondió. Su madre miró a Robert, que seguía junto a la caja fuerte. Él se apartó, pero era demasiado tarde: Jenny vio el instante exacto en que su madre hizo la conexión.

—¿Ibas a darle dinero?

Robert apretó la mandíbula.

—Me pidió ayuda.