Capítulo 42. Alice
Jenny tardó mucho en dejar de llorar. Demasiado como para estar sentadas bajo el sol sin agua. A Alice le ardía la piel y la sentía tirante. También le latía la cabeza.
—Tenemos que irnos —dijo—. Nos va a dar un golpe de calor.
Jenny parpadeó y la miró. Tenía una expresión ausente, vacía. Alice la cogió del brazo y la animó a ponerse de pie. Jenny se levantó con cuidado.
—¿Dónde está el cuchillo? —preguntó Alice.
—Lo guardé en la mochila. No me gustaba llevarlo encima.
—Está bien. Vamos.
Alice siguió una senda casi invisible que se desviaba hacia la derecha.
Creía que era la misma por la que habían bajado, pero el terreno estaba más suelto y las piernas le temblaban.
Sentía ardor en toda la zona alrededor de la herida de bala.
Resbalaba con cada paso. No habían avanzado mucho cuando cayó hacia delante y se raspó el vientre al resbalar varios metros ladera abajo.
Jenny iba justo detrás, así que perdió el equilibrio cuando Alice chocó con ella y resbaló también.
Se aferraron a la pendiente mientras las piedras y la arena cedían bajo sus pies y rodaban cuesta abajo.
Jenny miró a Alice con ojos enormes mientras ella trataba desesperadamente de idear un plan para salir de allí sin terminar rodando hasta el fondo del barranco.
A lo lejos, hacia la derecha, la ladera de piedras sueltas daba paso a parches de tierra salpicados de árboles y arbustos que habían logrado echar raíces.
Si conseguían llegar hasta allí, podrían empezar a subir.
Señaló hacia los árboles.
—Intenta llegar hasta allí, pero no te pongas de pie.
Avanzó de lado, como una araña, clavando los dedos de los pies, apoyando las rodillas en la tierra y aferrándose a rocas que parecían firmes. Cuando por fin alcanzó el primer árbol, había sudado tanto que tenía la camiseta pegada a la espalda y al estómago, y el pelo empapado en la nuca.
Descansó a la sombra para bajar la temperatura del cuerpo, pero solo podía pensar en agua. Agua limpia, fresca. De haber habido un río, se habría zambullido vestida.
Jenny había seguido el mismo recorrido, aunque unos pasos más abajo, y también estaba en la sombra. Se quedaron allí unos instantes.
—¿Lista? —dijo Alice, volviéndose hacia ella.
Jenny asintió.
Treparon por la ladera, aferrándose a las raíces y arbustos, avanzando hacia arriba en ocasiones y de lado en otras. Una partida de ajedrez peligrosa. Por fin, la pendiente se suavizó y se encontraron en un bosque cerrado.
Cuando Alice se puso de pie, todo a su alrededor se volvió borroso y empezó a girar.
Alargó el brazo y se apoyó en el tronco de un árbol hasta que recuperó la estabilidad.
Jenny estaba muy cerca, igual de exhausta.
Tenía la cara enrojecida por el sol, y los brazos y las piernas llenos de polvo y arañazos.
El rostro de Alice estaba tan quemado que el sudor le escocía, y cuando intentó secárselo, notó el calor que irradiaba su piel.
Dentro del bosque estaba más fresco, pero el suelo era una maraña de vegetación y madera seca, de modo que el avance fue lento hasta que por fin salieron a las vías.
Caminaron de regreso por los durmientes, sintiendo la creosota pegajosa en los zapatos.
Alice había corrido más lejos de lo que pensaba.
Encontraron el camino de tierra y luego, el coche.
Para Alice fue un alivio ver que las llaves seguían en el contacto.
Cuando abrió la puerta del conductor, una oleada de aire caliente impregnado de olor a colonia y cigarrillo brotó del interior.
Se sentó detrás del volante, haciendo una mueca de dolor cuando sus piernas desnudas tocaron la pana ardiente.
Cuando se inclinó para abrir la puerta del copiloto, Jenny ya estaba subiendo al asiento trasero.
Alice miró por encima del hombro.
—Puedes sentarte adelante.
Pero Jenny no la oía. Había visto la mochila de Simon en el asiento y el rostro se le contrajo de dolor. La apretó contra el pecho.
Alice se esforzó por no llorar también. A pesar de todo lo que Simon había hecho, se le revolvió el estómago al ver su vaso de café vacío en el suelo en el lado del copiloto. Hacía solo unas horas estaba vivo.
Bajó la ventanilla y miró a Jenny por el espejo retrovisor. Seguía aferrada a la mochila como si fuera lo último que la mantenía ligada al mundo.
—¿Puedes bajar tu ventanilla, Jenny?
Jenny sorbió por la nariz un par de veces, se secó la cara y bajó la ventanilla, aunque tuvo que intentarlo más de una vez, como si el cuerpo no le obedeciera del todo.
—Necesito el cuchillo.
Jenny tanteó los cierres de la mochila. A Alice, cada movimiento le pareció interminable. Se preguntó si estaría tratando de ganar tiempo. Tal vez fuera un engaño. Su cuerpo se tensó en estado de alerta.
Cuando por fin sacó el cuchillo, seguía dentro de la funda. Se lo pasó por encima del respaldo. Alice lo dejó a su lado.
Dio marcha atrás hasta que el camino se ensanchó lo suficiente como para girar el Buick.
En solo dos minutos llegaron a la carretera y enfilaron hacia Bellevue, pero al llegar al pueblo comprobaron que era demasiado pequeño como para tener hospital.
Alice ni siquiera vio un puesto sanitario.
Tendrían que regresar a Blairmore, donde se habían alojado en el motel.
La pierna le latía con fuerza. Bajó la mirada y, al ver que la sangre le había empapado el vendaje improvisado con el calcetín, miró a Jenny por el espejo. Seguía aferrada a la mochila y tenía un aspecto preocupante, con los ojos vidriosos y las mejillas arreboladas.
Llegaron a Blairmore; Alice recorrió el pueblo hasta que por fin encontró un edificio blanco con un letrero: HOSPITAL DE BLAIRMORE. Se detuvo en el aparcamiento y, tras apagar el motor, se volvió hacia Jenny. ¿Se daría a la fuga?
Jenny la miró.
—¿Qué va a pasar ahora?
—Vamos a entrar y decirles quiénes somos.
—Llamarán a la policía.
—Así es.
Jenny inspiró hondo y se estremeció.
—Me van a arrestar. —Se llevó una mano al vientre y se lo acarició mientras las lágrimas le caían por las mejillas—. Lo lamento muchísimo.
Alice no sabía si se estaba disculpando con ella o con el bebé. Jenny alzó la cabeza y la miró. Sus ojos azules brillaban contra la piel quemada por el sol.
—Entonces es la última vez que nos veremos.
Alice no sabía qué responder. Jenny hablaba como si fueran amigas que partirían de viaje con destinos diferentes.
—Seguramente habrá un juicio.
—Ah… —Jenny se giró para observar el hospital—. Bien… —Alice seguía sin poder adivinar qué le pasaba por la mente. Debía de estar en shock, o a punto de desmayarse por insolación y golpe de calor.
—Ven, vamos. —Salió del coche, dejando las llaves en el contacto y el cuchillo en el asiento.
Jenny también bajó y se cargó la mochila en los hombros. Sostuvo la de Simon delante de su cuerpo.
Alice oyó el ulular de una sirena que se acercaba. ¿Una ambulancia? Ambas se volvieron para mirar hacia la calle.
Un coche policial blanco y negro con las luces encendidas frenó con un chillido de neumáticos en el aparcamiento, bloqueando la salida del Buick. Jenny ahogó una exclamación y se tambaleó hacia atrás. Alice se quedó paralizada.
Dos policías salieron de un salto. Uno de cada puerta, con las armas en mano. Gritaban algo, pero Alice no podía concentrarse en las palabras, eran solo ruido furioso.
Varias personas se habían vuelto a mirar. Una mujer con un niño entró corriendo en el edificio.
Uno de los agentes gritó: —¡Manos arriba! —Alice creyó que le hablaban a Jenny, así que no se movió, pero él avanzó hacia ella, apuntándole con la pistola, rojo de furia.
—¡He dicho manos arriba!
Ella obedeció. Ahora le ordenaba que se girara. La empujaba contra el lateral del Buick. Le separaba los pies de un puntapié; una punzada de dolor le subió por la pierna.
—¡Despacio! ¡Me han disparado!
¿No veía la sangre? Sentía el metal caliente del coche contra la mejilla, el pecho, los muslos. La registraban en busca de armas; sentía manos en los bolsillos, alrededor de la cintura.
—Soy estadounidense. Mi marido y yo fuimos tomados de rehenes.
Jenny gritaba algo sobre Alice mientras ella hablaba.
—¡No hizo nada! ¡Suéltenla!
Jenny estaba en el suelo con la cara contra el asfalto. Un policía estaba arrodillado sobre sus piernas. Le habían arrancado la mochila y la de Simon estaba a unos metros. Sus gafas de sol estaban rotas.
—¡Está embarazada! —gritó Alice—. ¡No le hagan daño!
Alice sintió que le esposaban las manos detrás de la espalda. El agente que había reducido a Jenny ahora la estaba obligando a levantarse. La vio trastabillar; luego los ojos de Jenny se pusieron en blanco y su cuerpo se aflojó. El policía la sujetó justo antes de que se desplomara en el suelo.