Rehenes en la carretera Capítulo 41. Jenny #3
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Capítulo 41. Jenny #3

Transcurrió un año y medio. No logró aprobar el examen de ingreso.

Su madre quería que volviera a intentarlo el verano siguiente, pero esta vez, para convertirse en profesora de ballet.

Entonces podría trabajar en el estudio. Jenny se convenció de que se marcharía de White Cliff después.

Podría conseguir trabajo como profesora en otra ciudad.

No pensaba en enamorarse ni casarse. Le resultaba imposible ver a un chico sin pensar en lo que Robert había hecho. ¿Y si eran todos como él?

En el Día de San Valentín, él llevó a cenar a su madre y la trajo de vuelta completamente borracha. Tuvo que subirla al dormitorio casi en brazos. Jenny, que estaba leyendo en la sala, rogó que no la hubiera visto en el sofá y trató de volverse diminuta.

—¿Puedes ayudar a tu madre a acostarse? —dijo él, por encima del hombro.

A regañadientes, los siguió y sintió alivio cuando él salió de la habitación.

Le limpió el maquillaje a su madre, le quitó las horquillas del cabello y la cubrió con la sábana.

No pensaba desvestirla. Su madre no era pudorosa, pero Jenny no quería ver qué lencería había elegido para el Día de San Valentín.

Salió del dormitorio, fue directamente al suyo y cerró la puerta. Tenía que colocar la silla bajo el picaporte. Fue hasta la cama a oscuras y encendió la lámpara sobre la mesilla de noche. Al volverse, vio a Robert sentado ante su escritorio y ahogó un grito.

Él sostenía una cajita en forma de corazón.

—Bombones de chocolate —dijo, y le guiñó un ojo—. Uno de nuestros secretitos.

Uno de ellos. Se le erizó la piel. Lo decía como si compartieran un chiste privado.

Se quedó de pie junto a la cama. ¿Cómo hacer para que se marchara?

Las comisuras de los labios de él se curvaron hacia abajo en un gesto casi infantil.

—¿No vas a darme las gracias?

—Gracias.

Dejó la caja sobre el escritorio y se puso de pie. Jenny retrocedió, pero él no se acercó. Se colocó frente al espejo de cuerpo entero y la observó a través del cristal.

—Te veo cuando me miras en el espejo del estudio. Bailas para mí.

—No, no es cierto.

Él se giró en forma abrupta hacia el escritorio, levantó la silla, la llevó hacia la puerta y la encajó bajo el picaporte.

—Esto es lo que haces, ¿no?

Ella corrió al balcón. Bajaría por ahí. No le importaba si se caía.

Pasos a sus espaldas. El brazo de él la cogió por la cintura y la levantó.

Su mejilla contra la de ella. La fragancia de la loción para después de afeitarse, el aliento a alcohol.

Se retorció, trató de escurrirse por debajo de su brazo.

Él retrocedió hacia la cama, pero tropezó y ambos cayeron al suelo.

Ella quiso huir a gatas. Él la sujetó, la dio vuelta y se abalanzó sobre su cuerpo, inmovilizándole una pierna con la suya, clavándole la rodilla en el muslo.

No podía respirar; los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—Está desmayada.

Le sujetó la coleta, enrollándola en el puño. Ella sintió el ardor en el cuero cabelludo. Esta vez no fingía estar atormentado ni triste, ni siquiera intentaba aparentarlo.

—¡Se lo contaré mañana! —sollozó.

—No te va a creer. Te echará de casa.

Jenny conocía el resto de la historia. No tenía familiares. Ni amigos. Ningún profesor en quien confiar. Robert le caía bien a todo el mundo. Aun así, intentó gritar, pero él le cubrió la boca con la mano. Su cara estaba sobre la de ella.

Jenny apartó el rostro y cerró los ojos con fuerza hasta que todo terminó.

Durante todo el tiempo en el que estuvo hablando, Jenny no miró a Alice. No quería ver incredulidad ni reproches en su expresión. Pero Alice le apoyó una mano sobre la rodilla.

—Lo siento muchísimo. Espero que entiendas que no fue tu culpa.

Jenny levantó la mirada y vio su sinceridad. Alice lo decía de verdad, incluso después de todo lo que ella le había hecho pasar.

—La última vez fue cuando me quedé embarazada —dijo—. Simon me encontró sola en el muelle una semana más tarde y nos hicimos amigos. Fuimos solamente amigos durante meses. Él no supo que estaba embarazada hasta que mi madre me echó de casa. Pensé que no querría saber nada de mí, pero me acogió.

Siempre recordaría lo gentil que fue aquella noche.

Insistió en que se duchara, le dejó toallas y un pijama y le cedió su dormitorio.

Ella había amanecido a la mañana siguiente con el cabello revuelto y los ojos enrojecidos de tanto llorar, y lo había encontrado sobre el sofá, donde había dormido.

Él sonrió y le señaló una caja de zapatos sobre la mesa de café.

—Mira.

Jenny la abrió. Sus piedras y caracolas. Sus cristales marinos.

—¡No puedo creer que los hayas encontrado!

La sonrisa de él se desvaneció y habló con tono serio: —Haría cualquier cosa por ti.

Hacía meses que ella deseaba besarlo, pero tenía miedo.

De su madre, de Robert, hasta de sí misma.

Pero más tarde aquel día, cuando estaban en el sofá y sintió la tibieza de la pierna de él contra la suya, la piel suave de su brazo, el deseo de tocarlo se apoderó de ella.

Lo besó, emocionada y aterrada. Embriagada por la temeraria sensación de que ahora podía hacer lo que quisiera.

Él se estremeció y la sujetó del hombro, como para mantenerla a distancia, y ella se apartó, perpleja.

—Estoy nervioso —susurró él—. ¡Hace tanto tiempo que estoy enamorado de ti!

Ella se inclinó hacia él otra vez, envalentonada por su confesión. Esto estaba bien, era genuino. Su destino era estar con él. Era lo único que tenía sentido.

Estuvieron juntos desde aquel momento.

Ella aprendió cómo se sentía amar a alguien. Simon nunca le hacía daño. La escuchaba y respetaba su ritmo. Aprendían juntos.

Jenny necesitaba contacto físico constante con él. Absorber el aroma de su piel y de su cabello. Le encantaba recibirlo en la puerta cuando volvía de trabajar. Él la levantaba en brazos y ella enredaba las piernas alrededor de su cintura, hundiendo el rostro en la curva de su cuello.

Empezó a encariñarse con la vida que crecía en su interior. Podía pensar en el bebé sin recordar a Robert. Él no importaba. En el certificado de nacimiento figuraría el nombre de Simon.

Se habían hecho incontables promesas recíprocas, pero estas cayeron al abismo con el cuerpo de él y ahora también estaban rotas. Estaba sola. Volvió a apoyar la cabeza sobre el pecho de Simon y sollozó.