Capítulo 41. Jenny #2
No, no entendía. ¿Había sido culpa suya? Tenía que salir de ese despacho. Se puso de pie, con las piernas temblorosas y la garganta cerrada, y subió corriendo a su cuarto. Cerró con llave la puerta del baño y se dio una ducha tan caliente que la piel se le enrojeció.
Quizá se había sentado demasiado cerca. Su risa había sido demasiado atrevida.
Sus preguntas la habían hecho parecer demasiado interesada.
Él había hablado de la manera en que lo miraba, pero lo único que recordaba era haber querido que se sintiera mejor con su libro.
Había cometido algún error. No sabía exactamente cuál, pero no podía permitir que volviera a ocurrir.
Esa noche, incapaz de dormir, practicó ballet en su cuarto. No se detuvo cuando se le abrieron las ampollas de los talones ni cuando se le acalambraron los muslos y las pantorrillas. Recibió con gusto el ardor en el pecho. Cuando por fin cayó rendida sobre la cama, se quedó dormida vestida.
No bajó a desayunar y esperó hasta muy entrada la noche para escabullirse a la cocina a buscar la cena, que casi no pudo probar. Tiró la mayor parte por el balcón.
Temía que Robert fuera a acercarse a su puerta. Podría querer hablar. O algo peor. A veces lo oía moverse por la planta baja, pero nunca subía. Cuando no logró dormir, se puso a practicar ballet. Su sombra bailaba con ella en el espejo.
Su madre regresó el domingo por la noche. Jenny se quedó en su cuarto hasta que la llamaron a cenar. Pensó en decir que se sentía mal, pero cualquier excusa daría pie a preguntas.
“¿Por qué te sientes mal? ¿Te mojaste con la lluvia? No quiero a mis bailarinas moqueando en las prácticas”.
Su madre la sometería a alguno de esos horrendos remedios caseros que sacaba de revistas femeninas, como caldo de huesos de res o cataplasmas de mostaza con jengibre rallado.
Robert se sentó a la cabecera de la mesa.
Su madre a la derecha y Jenny a su izquierda.
Mantuvo la vista fija en el plato y giró las rodillas hacia un lado.
Robert y su madre se tomaban de la mano sobre la mesa; con su pulgar, él le acariciaba el dedo anular.
Su madre le habló de la ropa que había comprado y la tela para cortinas nueva.
Terciopelo. Tal vez deberían tapizar de nuevo el sofá.
Ya se había cansado del color. También hablaron del estudio de danza.
Robert le pidió que le pasara la sal. Jenny se la pasó y él se lo agradeció con una sonrisita distraída y volvió a concentrarse en su madre.
Se rio de algo que ella dijo. No había vergüenza alguna en sus ojos.
Ni temor. Era como si no hubiera pasado nada.
Jenny se tocó las piernas debajo de la mesa, los puntos en los muslos y las caderas donde todavía sentía dolor.
Los moratones redondos que le habían dejado los dedos de él.
Transcurrieron los meses. Aunque era imposible evitarlo del todo, Jenny se aseguró de no pasar nunca demasiado tiempo a solas con Robert. No se acercaba a su despacho. Si él entraba en una habitación, ella se retiraba. Se convirtió en un fantasma en su propia casa. Ya no le parecía hermosa.
El otoño se convirtió en invierno, en primavera, en verano.
Su madre le daba píldoras para adelgazar, que la dejaban mareada y aturdida.
No podía concentrarse en la escuela. Su madre se quejaba de que se la veía agotada, de que las ojeras la afeaban.
Entonces empezó a darle Valium. Jenny se despertaba en el suelo del dormitorio o abajo en el sofá.
En una ocasión, se despertó en el balcón, con el cuerpo cubierto de rocío.
Ese sonambulismo nocturno, que no controlaba, la asustaba.
Empezó a partir las píldoras en dos sin que su madre lo supiera. Con menor dosis, le bastaba para dormirse con facilidad y pasar por alto las punzadas de hambre en el estómago; además, ya no se despertaba en sitios raros. Se sintió aliviada. El problema estaba resuelto.
Hasta que ya no lo estuvo.
Una noche se despertó de golpe. Robert estaba junto a su cama. La silueta oscura de su cabeza y sus hombros se cernía sobre ella. Le cubría la boca con una mano. Olía a colonia y cigarros. Ella forcejeó, se retorció, le empujó el pecho.
—¡Shhh! Jenny, cálmate. Estabas teniendo una pesadilla. Tuve que despertarte antes de que tu madre te oyera. Vuelve a dormir.
Su silueta se apartó con tanta rapidez que ella se quedó golpeando el aire.
La puerta se cerró con un sonido suave. Crujieron las tablas del pasillo. Volvía a su habitación, donde su madre estaría durmiendo con la mascarilla y los rulos puestos.
Soltó el aire, con la mano sobre el corazón desbocado.
No había pasado nada. Lo había ahuyentado.
Entonces sintió el aire frío en las piernas y se dio cuenta de que tenía el camisón subido hasta la cintura; la sábana había quedado a los pies de la cama.
¿Cuánto tiempo había estado Robert en su habitación?
Se levantó y colocó una silla debajo del picaporte para bloquearla. Hizo lo mismo todas las noches siguientes. Su madre seguía dándole Valium, pero ella tiraba las píldoras por el váter.
Cuando cumplió dieciséis años, su madre volvió a viajar a la ciudad. Robert tenía planeado acompañarla. Durante el último año habían hecho varios viajes juntos y Jenny había disfrutado cada segundo de su ausencia. Podía fingir que su vida era distinta. Podía fingir que era feliz.
En el último momento, Robert anunció que tenía que quedarse en casa. Habló largo rato. Su madre y él discutieron a gritos. Robert cerró la puerta del despacho con estrépito.
Jenny vio desde el balcón cómo el coche de su madre salía a toda velocidad. Nunca había querido pasar tiempo con su madre, pero en ese momento deseó poder correr tras ella.
Más tarde bajó en puntillas para buscar su almuerzo.
Comería en su cuarto. Robert estaba en su despacho.
El tecleo constante de la máquina de escribir la tranquilizaba.
Estaría concentrado y no oiría sus pasos.
Pero entonces se le cayó una cuchara en la cocina y vio, horrorizada, cómo giraba y repiqueteaba por el suelo. Se agachó para recogerla.
—¿Jenny? ¿Me traes el sándwich que me preparó tu madre?
Cerró los ojos con fuerza y respiró hondo. Había pasado más de un año desde aquella noche en el despacho. Ahora era más lista. No se sentaría a su lado. Se marcharía enseguida.
Sacó el sándwich de la nevera, mirando con envidia el queso grueso y las lonchas de embutido, la mayonesa rebosante, y le sirvió un vaso de agua.
Al entrar en el despacho, reparó en el decantador de whisky sobre el escritorio. Estaba sin tapa y Robert tenía un vaso a medio llenar junto a una mano. Era mediodía, pero ya tenía las mejillas arreboladas y los ojos brillantes. Se preguntó si habría estado bebiendo desde que su madre se había ido.
Dejó los platos con cuidado sobre el escritorio y se dispuso a marcharse.
—Espera un segundo. He estado trabajando todo el día en un capítulo. ¿Te molestaría leerlo?
Claro que le molestaría. Lo mismo había sucedido antes.
—Tengo que hacer los deberes.
—Es solo un minuto, te lo aseguro. De verdad que necesito tu ayuda.
Parecía desesperado. Tal vez esta vez hablaba en serio.
—Por favor, Jenny.
Se mordió el labio inferior. Él le sonrió con expresión esperanzada e hizo un gesto hacia el sofá.
El que ella había evitado desde aquella noche.
Se sentó en el borde, con las rodillas juntas y las manos sobre el regazo, como se sentaban en el manual de etiqueta para mujeres que su madre le había dado en una ocasión.
Robert le alcanzó las páginas y empezó a caminar de un lado a otro. Del escritorio a la ventana y de vuelta hasta la chimenea. Cada vez que pasaba cerca, ella se desconcentraba y tenía que volver a empezar.
—Está bien —dijo por fin, aunque no había entendido casi nada. Había pensado que se trataba de una novela histórica, pero esto parecía más sombrío, deprimente, con demasiados detalles. Páginas y páginas sobre un hombre que vivía en una isla remota y su lucha por salvar el faro.
—No lo sé. Algo no me gusta, pero no logro identificar el problema. —Se sentó a su lado. Jenny se puso rígida—. Esta novela tiene que ser perfecta. Hay mucho en juego.
—Ya lo resolverás. Trabajas mucho.
Él se volvió para mirarla.
—Ojalá tu madre tuviera tanta fe en mí.
—La tiene.
Él soltó un bufido irónico.
—Tengo que ir a hacer los deberes. —Se puso de pie.
—Quédate aquí conmigo un ratito. Por favor. —Tiró de ella para que volviera a sentarse. Ella se sentó, muy tiesa, con los codos apretados contra los lados. Las rodillas juntas. Él la miró con ojos brillantes.
—No tengo a nadie con quien hablar.
¿Estaba llorando? Jenny nunca había visto llorar a un hombre adulto. Le palmeó el hombro con torpeza. Su intención fue solo consolarlo, pero él le aferró la mano y le besó los nudillos y el brazo.
—Jenny, Jenny. Mi hermosa Jenny.
—¡Basta!
Trató de liberarse, pero él era mucho más fuerte. La empujó, aprisionándola en el sofá. “¡No, no, otra vez no!”. Le cubrió la boca con la mano, mientras suplicaba que lo comprendiera, que no podía controlarse, que no era su culpa, que había tratado de no acercarse a ella.
Después, sollozó y la amenazó. Su madre no podía enterarse nunca. Su madre, que por fin tenía una casa hermosa, un marido rico y su estudio de ballet. Todo lo que anhelaba.
Jenny había regresado a su cuarto y había tratado de olvidar. Cuando no lo logró, hizo planes. Se esforzaría más. Entraría en la escuela de ballet. Y no regresaría jamás.