Capítulo 41. Jenny
Alice parpadeó y se quedó mirándola.
—Simon lo sabía, pero no le molestaba. —Era la primera vez que se lo contaba a alguien. No se sentía avergonzada. Ya no le importaba. Solo quería recuperar a Simon.
—¿Tuviste otro novio?
Jenny negó con la cabeza.
—Entonces, ¿quién…? —Alice se interrumpió, frunciendo el ceño para pensar. Luego su expresión cambió. Se llevó los dedos a los labios y murmuró: —Tu padrastro…
Jenny miraba más allá de Alice. Necesitaba estar cerca de Simon, necesitaba tocarlo. Verlo con sus propios ojos. Impulsándose hacia delante, apoyó los pies contra una roca y se puso de pie. Alice trató de detenerla, pero Jenny se liberó, poniendo en peligro el equilibrio de ambas.
Comenzó a bajar la ladera, arrastrándose hacia atrás en partes, deslizándose sobre el trasero en otras. Cuando llegó hasta Simon, le pareció que dormía. Tenía la mano hacia arriba, con los dedos cerrados. La cogió y le besó la palma.
Con dedos suaves, le acarició el rostro apuesto. Las cejas, la boca. La línea de su nariz. La mandíbula. Apoyó la mejilla contra su pecho. ¡Cuántas noches habían pasado así!
Alice murmuraba detrás de ella. Jenny no le prestaba atención. Quería volver el tiempo atrás, hasta el día en que Simon le habló por primera vez en el muelle.
Alice le tocaba el brazo, la sacudía.
—Jenny, tenemos que conseguir ayuda.
A Simon ya no podían ayudarlo. Alice quería decir que debían llamar a alguien para que recogiera el cuerpo. Simon ya no estaba. Jenny levantó la cabeza del pecho de él. Sus lágrimas cayeron sobre la cara de Simon y se mezclaron con la sangre. Alice se acercó a ella y le apoyó la mano en la espalda.
Jenny la miró.
—Tenía quince años la primera vez que pasó…
La casa estaba en silencio y a oscuras cuando llegó de la escuela.
Encendió las luces y la araña de cristal sobre la mesa del comedor cobró vida.
Alzó la mano para tocar uno de los colgantes de vidrio.
Llevaban más de un año en White Cliff, pero todavía le costaba creer que viviera en una casa tan bonita.
A veces, cuando su madre y Robert no estaban, fingía que ya era adulta y que vivía allí con un marido maravilloso e hijos adorables.
Dos por lo menos, tal vez tres. Se servía zumo en una copa de vino, ponía un disco y bailaba lento en la sala abrazada a un cojín.
Se habría muerto de vergüenza si alguien la hubiera descubierto.
Ese fin de semana su madre había ido a Vancouver a comprar ropa de temporada. Robert solía acompañarla y se hospedaban en un hotel elegante, pero esta vez él había querido quedarse para trabajar en su libro. Seguramente estaría encerrado en su estudio hasta muy tarde.
Jenny puso un mantel individual bajo su cuaderno para no rayar la mesa de caoba y trabajó en la tarea de Lengua y Literatura hasta que su estómago empezó a rugir.
Sacó la ensalada de pollo que su madre había dejado en la nevera y comió en la mesa mientras terminaba la redacción.
Se detuvo cuando las luces titilaron. ¿Iba a irse la luz?
Se levantó y fue hasta el ventanal de la sala.
Fuera casi había anochecido, así que se cubrió los ojos con las manos y se inclinó hacia el cristal.
El cielo había estado todo el día cargado de nubes grises y el aire tenía un olor metálico.
Ahora el viento azotaba los árboles alrededor de la casa y la lluvia golpeaba con fuerza contra la ventana, como apedreándola.
Tan pronto como terminó de comer, se oyó un golpe sordo y todas las luces y aparatos se apagaron, dejando la casa en una oscuridad total. Avanzó a tientas hacia la sala para buscar las velas y las cerillas que estaban junto a la chimenea. Pasó las manos por la repisa.
—¿Todo bien, Jenny? —Robert había salido de su despacho con una vela encendida en la mano. La luz le cruzaba el rostro y se hundía en las sombras.
—No encuentro las cerillas.
—Toma. —Se acercó y encendió la vela que ella sostenía, y luego las de la mesa—. Ven a mi despacho. La chimenea está encendida.
Jenny lo siguió y se sentó en el sofá de cuero marrón, que estaba tibio por el fuego. Había cojines suaves a cada lado y una manta de punto. Se imaginó que él se recostaba allí cuando buscaba ideas. El despacho olía a cigarros especiados y cuero.
Robert estaba detrás del escritorio, contemplando la máquina de escribir con la hoja de papel en su sitio.
—¿Te importaría revisar unas páginas? Para ver si he cometido algún error.
¿Quería su ayuda? A ella le encantaba leer y a veces hablaban de libros, pero nunca le había pedido algo así. Se enderezó cuando él le acercó un fajo de hojas blancas impecables, con las letras negras bien marcadas. Podía sentirlas bajo la yema de los dedos.
Leyó junto al fuego mientras Robert caminaba de un lado a otro o miraba por la ventana detrás del escritorio, bebiendo whisky.
Cuando se acercó y le ofreció un vaso, ella levantó la vista, sorprendida.
—Solo un poquito —dijo él—. Las noches de tormenta piden whisky, pero no se lo digas a tu madre. —Le guiñó un ojo.
Nunca había probado el whisky. Ni ningún tipo de alcohol en realidad. Pero la idea de hacer algo sin que su madre lo supiera era emocionante y aterradora a la vez.
El primer sorbo le quemó la garganta y le encendió las mejillas al instante.
Tosió.
Robert se rio.
—El segundo no será tan malo —le aseguró.
Jenny tomó otro sorbo y, al ver que él parecía complacido, dio otro más. Durante los minutos siguientes se concentró en las páginas. Él le dio un lápiz para que marcara cualquier corrección.
—Todo lo que notes —dijo—. Erratas o cosas que no se entiendan.
En el despacho hacía cada vez más calor; las medias de lana le picaban. Robert volvió a llenarle el vaso. Dio pequeños sorbos, disfrutando del tintineo del hielo contra el cristal; se sentía mayor, leyendo un manuscrito. Quizás algún día sería escritora… o editora.
Entornó un poco los ojos. Las palabras parecían moverse y desdibujarse.
Robert se sentó a su lado y el sofá se hundió, lo que la hizo deslizarse hacia él. Se movió para dejarle sitio, pero él se acercó aún más y se inclinó sobre ella para señalar una marca en la página.
—Buen ojo.
Sintió que las mejillas le ardían más.
—Es una historia estupenda.
—¿Sí? —Le sonrió, mostrando sus dientes blancos—. Me alegra que lo digas. Yo ya no sé qué pensar. Si no queda perfecta, los críticos me van a hacer trizas. —La sonrisa se le borró y soltó un suspiro. A ella le daba pena. ¡Qué difícil debía de ser!
—Nunca se me ocurriría algo tan ingenioso.
Cómo la protagonista, Susan, recoge la madera arrastrada por el mar para construir una barrera contra la tormenta…
es una metáfora, ¿verdad? Porque la tormenta no es algo que ocurre fuera, como esta noche —dijo, señalando la ventana—, sino lo que está pasando en su corazón.
Quiere esperar a que su prometido regrese de la guerra, lo echa de menos, pero se está enamorando del otro hombre, el médico, y trata de protegerse.
Robert la miraba, serio. ¿Había dicho algo incorrecto?
Siempre le había costado hablar con él. Antes se ruborizaba y tartamudeaba cuando él la miraba y se moría de vergüenza cuando, tras empezar a salir con su madre, le llevaba flores a ella.
No estaba acostumbrada a recibir atención ni una palabra amable.
Ahora que vivían en la misma casa, por lo general, él la ignoraba.
Eso tampoco era mejor. Se sentía una intrusa. Una invitada no deseada.
Robert apoyó la mano en su pierna, justo por encima de la rodilla, y empezó a acariciarla. Ella se quedó mirándola, perpleja. Se le revolvió el estómago, como si fuera a vomitar. Quería irse.
Dejó el vaso de whisky en la mesita auxiliar. Él también dejó el suyo. Se dispuso a ponerse de pie y salir; necesitaba agua para sentirse mejor. Se deslizó hasta el borde del sofá. La mano en su pierna —la mano de Robert— presionó con más fuerza, inmovilizándola.
Ahora él la miraba con ojos brillantes, enrojecidos.
—Eres hermosa, ¿lo sabías? Por eso tu madre te tiene celos.
¿Celos? ¿De qué estaba hablando? Entonces su boca cubrió la de ella y quedó aturdida, tan paralizada por el contacto de unos labios carnosos y el sabor agrio del whisky que no lo apartó.
Cayó hacia atrás. Lo tenía encima, pesado, moviéndose con rapidez, manoseándola y apretándole los pechos.
Una mano se metió bajo su falda y tiró de las medias de lana, arrancándoselas.
Intentó detenerlo, pero los codos de él le inmovilizaban los brazos, se le clavaban en los músculos y tendones. Su peso le aplastaba el tórax. No podía respirar. Creyó haber dicho que no, pero después no pudo recordarlo. Solo recordaba el dolor.
Todo terminó tan de repente como había empezado. Llorando, se colocó la falda e intentó cerrarse la blusa. Lo intentó tres veces antes de darse cuenta de que le faltaban botones. Las medias estaban en el suelo. Las recogió y las apretó contra su pecho.
Robert estaba sentado en el otro extremo del sofá, con la cabeza entre las manos.
—Jenny, Jenny —dijo con voz desgarrada, como si el que sufriera fuera él—. ¿Por qué me mirabas así? Sentada tan cerca de mí, con esa maldita falda tan corta. No puedes provocar a un hombre de ese modo…
Sin saber qué decir, Jenny se cubrió las rodillas con la falda ofensiva. Él era quien se había sentado a su lado, ¿o no? Tal vez la falda era corta, pero llevaba medias de lana, no se le veía la piel. Sentía la mente nublada por el whisky y le ardían las mejillas.
Robert se levantó del sofá y recogió las páginas que se habían desparramado por la alfombra. Las ordenó en una pila impecable sobre el escritorio. Se entretuvo colocándolas hasta que quedaron perfectas. Luego se giró, cogió su whisky y bebió otro trago, mirándola por encima del vaso.
—No le contaré nada a tu madre, pero esto no puede volver a pasar. ¿Entiendes?