Rehenes en la carretera Capítulo 40. Alice
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Capítulo 40. Alice

Los pies de Alice golpeaban contra la tierra compactada.

Miraba hacia delante, buscando las vías del tren.

Cuando las vio al otro lado de la curva, giró hacia allí.

Sus zapatillas de deporte resbalaban sobre los durmientes de madera.

Movió los brazos con fuerza. Iba hacia el oeste, en dirección a Bellevue, o al menos esperaba que fuera así.

Buscó un claro entre los árboles para volver al camino. Le haría señas a algún vehículo. Pero las vías parecían curvarse y adentrarse cada vez más en el bosque.

Intentó escuchar. ¿La estaría siguiendo Simon? Sentía un dolor punzante en el costado. Jadeó, respirando a bocanadas. No podría mantener ese ritmo mucho más.

Se arriesgó a mirar por encima del hombro.

Simon estaba a unos cincuenta metros de distancia y Jenny corría detrás de él. El puntapié le había dado algo de ventaja, pero él la estaba alcanzando.

Volvió la vista al frente y siguió corriendo.

Los árboles se abrieron. Se acercaba a un largo puente de madera sobre una especie de barranco.

No podía ver la profundidad ni si por debajo corría un río.

Solo tenía un instante para decidir si iba a cruzarlo.

Simon no se atrevería a seguirla por el puente.

No arriesgaría a Jenny. Intentó escuchar si venía un tren, pero su respiración agitada no se lo permitía.

Llegó al inicio del puente. Se detuvo por un segundo y contuvo el aliento. No se oía un rugido cercano ni un silbido distante. Decidió cruzar.

Había llegado a la mitad cuando oyó el estallido de un disparo, que se distorsionó en un eco, y sintió un dolor agudo y lacerante en la parte posterior de la pantorrilla. Cayó hacia delante y se estrelló contra la madera áspera. Jadeando, miró por encima del hombro.

Simon había subido al puente. Estaba a unos treinta metros. Tal vez menos. Se le veía la cara ensangrentada.

—¡Vuelve aquí! —gritó.

Ella lo miró, incrédula.

—¡No! ¡Me disparaste!

—¡Tenía que detenerte!

Se giró como pudo, manteniéndose pegada a las tablas. Quería mirarse la herida, ver cómo de grave era, pero solo podía mirar a Simon, que avanzaba por el puente.

Jenny lo había alcanzado y jadeaba a su lado.

—¡Simon, por Dios! ¿Le disparaste?

—¡Me rompió la nariz!

—¡Vámonos! —dijo, tirando de su brazo—. Conduciré yo.

—No, déjame. —Simon levantó el arma de nuevo y apuntó a Alice—. Baja del puente.

Alice tenía solo unos segundos para convencer a Jenny. Era su única oportunidad.

—Nunca va a dejarme ir, Jenny. Ha estado planeando matarme desde el principio.

—No es verdad —dijo Simon—. Vuelve y lo hablaremos.

Jenny le dijo algo, tironeando de su brazo con expresión suplicante.

—¿Por qué cojones te importa tanto ella? —le respondió Simon. El arma seguía apuntando a Alice. Ella se pegó a los durmientes, aunque no era suficiente. Se preguntó si podría descolgarse por un lado del puente, usando las vigas. Mala idea. Se caería.

—¡Me reventó la cara de un golpe y tú te preocupas por ella! —Simon seguía gritando—. Si la dejamos ir, nos atraparán.

—¡No es verdad! —gritó Alice—. Podéis iros en el coche.

—¡Cállate, Alice!

—¿Por qué nunca me escuchas? —le gritó Jenny.

—¡Porque estás tan obsesionada con caerle bien a Alice que no usas la cabeza!

—Ah, ¿la que está obsesionada soy yo? —Jenny estaba furiosa, no había dudas. Alice nunca la había oído levantar la voz de ese modo—. ¿Y tú? Escuché todo la noche que te emborrachaste y obligaste a Alice a hacerte sándwiches. ¡Eres tú el que querrías que fuera tu madre!

—No digas idioteces.

—¡Yo quería dejarla en la granja! Y podríamos haberla dejado en el motel.

—Perfecto. Le disparo ahora mismo.

Levantó el brazo otra vez.

—¡Me rindo! —Alice se puso de pie y levantó los brazos—. Conduciré el coche.

—¡No, quédate allí! —le gritó Jenny.

—¿Qué coño te pasa? —la increpó Simon.

—¡No la necesitamos!

—Muy bien. —Apuntó el arma hacia Alice y disparó una bala que astilló la madera a menos de medio metro de ella. Alice ahogó un grito y se lanzó boca abajo.

—¡Basta! —Jenny estaba llorando.

—Estás conmigo o contra mí, Jenny. Tú decides. Porque si la dejamos ir, estoy muerto.

—¡Si le disparas, jamás te lo perdonaré!

Alice comprendió al instante que era justo lo que Jenny no debió haber dicho.

—¿No me vas a perdonar ? ¿Después de todo lo que hice por ti?

—No puedes hacerle daño a Alice. A ella no.

—¿Me quieres, acaso? Quizás solo has estado usándome desde el principio.

—No digas eso.

—¿Entonces qué decides? La matamos y la dejamos aquí o la llevamos con nosotros.

—¡La llevamos! Lo siento. Tienes razón. La necesitamos. —Jenny hablaba rápido, con tono suplicante.

—¿Ves? Ahora ya no confío en ti. —Simon alzó el brazo y afirmó su postura, con expresión sombría y decidida. Alice abrió la boca para rogarle a Jenny que lo detuviera, pero ella ya había alargado el brazo.

¿Para agarrarlo? ¿Para quitarle el arma?

No. Las manos de Jenny golpearon contra el hombro de Simon y lo empujaron. Estaba junto al borde del puente. No había barandillas de protección. No tuvo tiempo de colocarse y se tambaleó hacia un lado en un paso torpe, como de borracho, en cámara lenta. Abrió los brazos, intentando enderezarse.

—¡Jenny! —gritó.

Ella no se movió.

Su propio peso fue demasiado. Abrió la boca, el rostro desencajado por el pánico. Un brazo se elevó hacia el cielo. Alice lo vio todo. Cayó hacia un lado, de cabeza, arrastrado por la gravedad.

Quedó allí, suspendido, y un instante después ya no estaba.

Un grito largo mientras caía.

Alice también gritó; su voz se unió al alarido agudo de Jenny.

Un golpe seco abajo. Rodaron piedras, chocaron entre sí. El eco resonó en el barranco.

Luego, silencio.

Jenny se dejó caer de rodillas y se aferró al borde, inclinándose luego hacia delante para mirar hacia abajo. Gritó su nombre.

—¡Simon! ¡Simon!

El eco devolvió su voz desde el fondo del barranco.

Alice se puso de pie y cojeó hacia Jenny. Iba a caer ella también si se inclinaba un poco más.

—¡Jenny! —gritó—. Aléjate del borde.

Jenny se volvió para mirarla, con la cara empapada de lágrimas y la boca abierta como si todavía quisiera gritar pero se hubiera quedado sin aire.

Alice llegó hasta ella y la cogió de los brazos para levantarla y alejarla del borde.

Jenny se dejó caer contra ella y, tambaleándose, permitió que la guiara fuera del puente.

Alice la soltó y se acercó al borde del barranco.

Una senda estrecha, marcada por animales o personas, bajaba por la ladera.

No quería resbalar, pero existía la posibilidad de que él siguiera con vida.

Se volvió hacia Jenny.

—Corre hasta la carretera y hazle señas a un coche.

Jenny la miraba sin reaccionar, temblando. Se dejó caer de rodillas sobre la grava, junto a los durmientes, y se llevó una mano al pecho.

Quizás era mejor que no fuera a ninguna parte.

—Está bien. Quédate aquí.

Alice empezó a bajar por la senda, de lado, inclinando el cuerpo hacia la ladera para que su propio peso no la arrastrara. Resbaló un par de veces y se aferró a unos arbustos secos, rogando que no cedieran. Se detuvo y escudriñó la ladera más abajo, pero no había rastros de Simon.

Entonces vio la sangre.

Brillantes gotas rojas sobre las rocas. Una mancha en el polvo.

Siguió descendiendo. El puente había quedado muy arriba. No veía a Jenny, aunque creía oírla llorar. Recorrió la ladera con la mirada.

Un destello de color. La camisa de Simon.

Alice frenó en seco y casi perdió el equilibrio. Logró afirmarse, pero el corazón le latía desbocado por el miedo. Unos metros más abajo, Simon yacía boca arriba sobre una parte de la ladera que se ensanchaba formando una pequeña repisa. Unas rocas grandes habían impedido que siguiera rodando.

—¿Simon?

No hubo respuesta. Ni gemidos ni gritos. Podía estar inconsciente, pero algo en la forma en que había quedado su cuerpo… tenía algo raro. Sintió que se le cerraba la garganta.

Con cuidado, se acercó a él. Una de sus manos estaba extendida hacia ella. Alice le cogió la muñeca y apoyó los dedos sobre su piel, aún tibia.

Contuvo la respiración, esperando sentir un latido. Tal vez no estaba tocando el punto correcto. Deslizó los dedos un poco más hacia arriba y presionó con más fuerza sobre las venas. Buscó pulso en el cuello.

Nada.

Tenía los ojos cerrados. La cara, ensangrentada por el golpe que ella le había dado y quizá también por la caída, mostraba un raspón profundo a lo largo de la mejilla, con pequeñas incrustaciones de tierra y piedrecillas.

Tenía otra herida abierta en el cuero cabelludo.

El cuello estaba torcido en un ángulo antinatural y sus piernas estaban separadas.

Tendría que decírselo a Jenny. ¿Intentaría huir?

Debía convencerla de que se entregara. No le gustaba ver los brazos de Simon doblados de esa forma, y aunque sabía que él ya no podía sentir nada, se los colocó a los lados del cuerpo y le juntó un poco las piernas.

Le enderezó también el cuello, dejándolo alineado con el torso.

De no ser por la sangre, parecía dormido.

Sintió su propia pierna mojada y pegajosa.

Con la impresión por la caída de Simon, se había olvidado de su herida.

La inspeccionó. La sangre le había empapado el calcetín y el zapato.

El orificio de entrada estaba en el costado de la pantorrilla.

No alcanzaba a ver la salida, pero era difícil distinguir algo entre tanta sangre.

Se quitó el otro calcetín, lo presionó contra la herida y se lo ató alrededor de la pierna.

No había rastros del arma cerca de Simon. O había caído más abajo o la había perdido durante la caída. Pensó en el cuchillo y levantó el borde de su camisa. No lo tenía.

Empezó a trepar de nuevo por la ladera del barranco, respirando entrecortadamente. La pantorrilla herida le latía de dolor. Supuso que debía de estar en shock y que el dolor sería peor cuando volviera a la normalidad.

Trepar la pendiente empinada era más difícil y exigía más esfuerzo. Estaba completamente exhausta cuando encontró a Jenny a medio camino, sentada con las piernas cruzadas cerca de una zona de rocas grises y afiladas.

La muchacha miraba algo en su regazo. Alice se acercó un poco más.

Jenny se movió y descruzó las piernas. Entonces Alice vio que sostenía el arma. Se quedó inmóvil.

Jenny alzó la vista hacia ella.

—La encontré. Estaba ahí tirada —dijo, señalando las rocas—. ¿Está muerto?

—Sí.

Alice esperaba más gritos, más llanto, pero Jenny parecía haberse ido a otro lugar dentro de su cabeza. Tenía una expresión vacía, la piel aún húmeda de lágrimas y la mirada apagada. Alice conocía esa sensación: cuando el dolor es tan grande que te lo arrebata todo.

Alargó el brazo.

—Dame el arma.

Jenny frunció el ceño.

—No.

Levantó el brazo y Alice ahogó un grito y se agachó. Alzó la mano en un gesto inútil de defensa, pero el disparo no llegó. Abrió los ojos.

Jenny tenía el arma apoyada contra su propia sien. Miraba más allá de Alice.

—Es mi culpa —dijo.

—Se cayó —respondió Alice—. Jenny, escúchame, es importante. Se cayó.

—Yo lo empujé.

—Iba a dispararme, intentaste detenerlo y perdió el equilibrio. Es lo que le diré a la policía.

Jenny la miró con el entrecejo fruncido, pero no bajó el arma.

—Por favor, baja el arma. Por favor. No quiero que te hagas daño.

—Mucha gente terminó herida por mi culpa.

—Tú no obligaste a Simon a hacer nada de lo que hizo.

Jenny empezaba a inquietarse otra vez. Respiraba más rápido y le temblaba la mano.

—Lo quería y él me quería a mí.

—Lo sé. Lo siento.

Apretó el arma con más fuerza contra su sien. Frunció el rostro y entrecerró los ojos, como reuniendo valor para apretar el gatillo.

—Sé que quieres ser una buena madre. Las madres hacen todo por su bebé, aunque les duela. Siguen adelante. Por el bebé. Aunque les cueste mucho. Es el precio que pagamos.

Jenny la estaba mirando.

—Yo tuve un hijo. Murió durante el parto. Habría cambiado mi vida por la suya mil veces. Piensa en tu bebé, tan pequeño. ¡Por favor!

Alice avanzó hasta quedar más cerca. Extendió la mano, rodeó con la suya la de Jenny que sostenía el arma y la apartó de su cabeza. Despacio. Con cuidado.

Jenny seguía mirándola. Inspiró hondo. Alice se quedó paralizada. ¿Iba a apartar la mano de golpe? ¿A disparar?

Jenny soltó el arma y se desmoronó hacia delante, cubriéndose la cara con las manos mientras sollozaba. Alice apoyó la mano sobre su cabeza inclinada y le acarició el cabello.

—Vas a estar bien. Todo va a salir bien.

Jenny lloró con más fuerza.

—¿Cómo puedes decir eso? Simon está muerto. Voy a ir a la cárcel. Mi vida se acabó.

—Eres muy joven. Algún día obtendrás la libertad condicional y podrás empezar de nuevo. Todo es posible.

—No para mí.

—Sí. Para ti… y para tu bebé. Una parte de Simon siempre estará contigo.

Jenny respiró hondo varias veces, entre estremecimientos; Alice pensó que se estaba calmando, pero cuando levantó la cabeza, tenía una expresión amarga y la cara empapada de lágrimas.

—El bebé no es de Simon.