Rehenes en la carretera Capítulo 39. Alice
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Capítulo 39. Alice

El Buick tenía más potencia de lo que Alice esperaba y, al acelerar para salir del aparcamiento, sin querer los hizo caer hacia el respaldo, mientras el parachoques rebotaba contra el pavimento. Ya en la carretera, el enorme coche parecía flotar por el camino.

Pasaron varios kilómetros antes de que Alice aflojara las manos sobre el volante y cediera la rigidez de su espalda, pero seguía sin sentirse cómoda.

No había tenido oportunidad de ajustar los espejos laterales ni el asiento y debía inclinarse hacia delante como una niña para alcanzar los pedales. Al menos el coche era automático.

El interior olía a colonia y colillas que desbordaban del cenicero.

Los asientos estaban tapizados de pana roja, a juego con el salpicadero, los paneles de las puertas, el volante y la alfombra del suelo.

Del espejo retrovisor colgaban unas fichas de dominó de fieltro en blanco y negro que se mecían lentamente.

Alice no sabía qué le había hecho Simon al dueño del coche, pero esperaba que su destino no hubiera sido tan brutal como el del hombre de la iglesia.

Observó a Jenny por el espejo. Tenía el rostro pálido y la mirada vacía. En el asiento del acompañante, Simon fumaba cigarrillos con filtros idénticos a los que llenaban el cenicero.

El coche tenía el depósito lleno, pero se detuvieron diez minutos después en una gasolinera del pueblo de Bellevue, donde Jenny compró café y dónuts para todos. El azúcar glas cayó sobre las piernas desnudas de Simon, a escasos centímetros de las de Alice. A ella la indignaba esa intimidad forzada.

En las horas que había estado encerrada en el motel con Simon y Jenny, había pensado mucho. Estaba dispuesta a arriesgarlo todo. No iba a pasar ni un minuto más ayudándolos a escapar y a arruinar vidas. Había intentado hacer entrar en razón a Jenny, pero no lo había logrado.

A un lado de la carretera, en los claros del bosque, había visto vías de tren que discurrían en paralelo al camino. Si lograba llegar hasta ellas, podría regresar corriendo al último pueblo. Simon no se molestaría en perseguirla: perdería tiempo. Se llevarían el coche y se irían.

Cuando calculó que ya habían recorrido suficientes kilómetros desde el café como para justificar su repentina necesidad de detenerse, dijo: —Necesito ir al baño.

Simon le lanzó una mirada. Sus ojeras se veían más marcadas. Alice se preguntó si habría dormido algo la noche anterior. Ella sí había dormido, pero inquieta, y cada vez que se despertaba él estaba junto a la ventana, una sombra oscura fumando, igual que ahora.

—No. Ya fuiste en el motel.

—Después me tomé un café grande.

—Tenemos que alejarnos más.

—¡Me duele la vejiga!

—Puedes aguantar unos kilómetros más.

Delante de ellos, una camioneta salió de un camino lateral y se incorporó a la carretera, levantando una nube de polvo. Ese camino tenía que ser de tierra y Alice estaba segura de que cruzaba las vías del tren.

—Podemos parar en el sitio de donde salió esa camioneta.

Simon negó con la cabeza.

—No.

—Déjala parar —dijo Jenny desde atrás, sorprendiéndolos a ambos. Él giró la cabeza hacia ella, como para discutir, pero Jenny añadió—: Solo será un momento.

Simon volvió a mirar al frente.

—Está bien.

Alice giró y redujo la velocidad en el camino de tierra, tratando de evitar que el coche diese con los bajos en los baches profundos o que derrapara sobre la grava suelta.

—¿A dónde vas? —dijo Simon—. Detente a un lado.

—Me quiero alejar de la carretera.

—Aquí está bien.

Detuvo el auto a un lado. Simon sacó las llaves del contacto.

—Vamos.

Alice abrió la puerta. En cuanto tocó la grava con los pies, los nervios se apoderaron de ella. Si fallaba, si Simon la alcanzaba, arrojaría su cadáver en ese bosque.

Simon salió del coche detrás de ella.

—Vamos, date prisa.

—Necesito privacidad.

—Elige un sitio y te daré la espalda.

Mientras se alejaban, Alice oyó que la puerta trasera del auto se abría y se cerraba. Jenny había salido. Ella había esperado que se quedara dentro.

Tragó saliva, intentando aflojar la tensión en la garganta.

Miró a su alrededor. No muy lejos del camino había un tocón.

Se dirigió hacia allí, estudiando el terreno en busca de un palo.

Uno grande, pesado. El bosque era tan denso, con árboles, arbustos y ramas caídas, que no podría atravesarlo a la carrera.

Tendría que correr por el camino y encontrar las vías del tren.

El plan solo funcionaría si lograba distraer a Simon.

Y “distraer” significaba dejarlo fuera de combate.

Ya casi había llegado al tocón; empezaba a preocuparse por haber elegido mal el sitio. Había demasiada hierba. A su espalda, los pasos de Simon crujían sobre la grava. Tenía que seguir adelante. Si se ponía a buscar otro lugar, él sospecharía.

Sus ojos se posaron en un árbol caído cerca del tocón. Se le había roto una rama. Parecía larga y robusta.

—Voy allí. —Señaló el tocón.

—De acuerdo.

Avanzó entre la hierba, aliviada de que Simon se quedara cerca, a la vera del camino. Antes eso la hubiera enfurecido, pero ahora, cuanto más cerca, mejor.

—Yo también voy a ir al baño —anunció Jenny—. En esos arbustos de allí.

Alice miró por encima del hombro y vio con alivio que Jenny se dirigía a un punto del otro lado del camino; el coche bloqueaba parcialmente la visión. Esperaba que eso significara que Jenny tampoco podía verla a ella.

Cuando estuvo en posición detrás del tocón, miró a Simon, furiosa.

—¿Me vas a dar algo de privacidad o no?

Él puso los ojos en blanco y se giró.

Alice se agazapó detrás del tocón, alargó el brazo hacia el palo y tiró para liberarlo de la vegetación, tratando de no hacer ruido. Ahora tenía que moverse sin que Simon la oyera. Estaba a solo dos metros de distancia.

Tomó aire, elevó una plegaria silenciosa y, en un solo movimiento, se puso de pie y avanzó por la hierba. Levantó el palo sobre el hombro como un bate de béisbol.

Lo llevó hacia atrás.

Jenny gritó: —¡Simon! ¡Cuidado!

Simon se giró, y en lugar de golpearlo en la parte posterior de la cabeza, Alice le dio en la cara. Él gritó y se llevó las manos a la nariz.

Alice soltó el palo y echó a correr por la hierba, en paralelo al camino, y luego saltó a la grava. Tambaleándose tras ella, Simon le agarró la camiseta.

Alice se volvió y le dio una patada entre las piernas. Él volvió a gritar y cayó de rodillas, llevándose una mano a la entrepierna. Con la otra, aún sujetaba la tela retorcida de la camiseta de Alice.

Ella le dio un puntapié en la cara ensangrentada, se soltó de un tirón y corrió a toda velocidad por el camino.