Capítulo 38. Jenny #2
Jenny llamó suavemente a la puerta. No hubo respuesta. Simon le hizo una seña. Llamó un poco más fuerte.
Se oyeron un gruñido y unos murmullos fuertes y la puerta se abrió.
El hombre parpadeó y se frotó la barbilla descuidada.
Tenía la camisa de seda naranja abierta hasta la hebilla del cinturón, dejando a la vista la cadena de oro sobre su pecho velludo.
Una sonrisita desagradable se le dibujó en el rostro.
—Hola, tesoro. ¿Cambiaste de idea?
La mente se le quedó totalmente en blanco. Tenía que decir algo. Pensar.
—¿Podrías llevarme?
Él arqueó las cejas y enganchó el pulgar en el cinturón, lo que hizo que Jenny bajara la mirada sin quererlo. Levantó los ojos enseguida, pero él ya sonreía con suficiencia.
—En el coche —agregó ella—. A la tienda. —Buscó una idea a la que aferrarse—. Para comprar cigarrillos.
—Tengo cigarrillos aquí, bonita. No malgastes el dinero. —Dio un paso atrás, invitándola a entrar. ¿Dónde estaba Simon? Jenny miró hacia un lado.
Error. Al hombre le cambió la expresión.
Intuyendo el peligro, se dispuso a cerrar la puerta. Ella metió el zapato en el marco. Él bajó la vista.
Un brazo apareció por detrás del hombro de Jenny, empujó la puerta y pasó junto a ella. Simon se abalanzó sobre el hombre antes de que pudiera reaccionar.
Un golpe seco, brutal. Metal contra hueso.
Jenny se cubrió los oídos con las manos. Simon golpeó al hombre con la pistola hasta que cayó de rodillas y luego se desplomó hacia delante, boca abajo. Se quedó inmóvil.
Simon la miró.
—¡Sal de la puerta!
Ella entró y la cerró. Simon estaba a horcajadas sobre el hombre; le llevó los brazos hacia atrás, le flexionó las piernas y le ató las muñecas y los tobillos juntos con cordel, como si fuera una vaca.
—¿Está… está vivo?
—Creo que sí.
Simon le sacó la cartera del bolsillo y, tras revisarla, cogió el dinero, que metió en su propio bolsillo. Examinó su carnet de conducir.
—Hay que tener cuidado con quién dejas entrar en tu habitación, Bruce.
¿Tu madre no te enseñó a desconfiar de los desconocidos?
—Soltó una risotada y arrojó el carnet a la habitación con un chasquido de dedos como si fuera la chapa de una botella.
Luego dejó caer la cartera del hombre y la pateó debajo de la cama.
A Jenny no le gustaba su actitud bravucona.
Cuando se había comportado así ante Alice y Tom, ella creyó que estaba actuando, que era una forma de asustarlos.
Este hombre estaba inconsciente. No era necesario regodearse de ese modo.
Simon se movía por la habitación, revisando el equipaje del hombre; se metió camisas bajo el brazo y olió su frasco de colonia.
Hizo una mueca de asco y la dejó caer en la maleta.
Encontró un maletín con las muestras de joyas y las revisó con cuidado.
—No sé distinguir si son reales o falsas.
Ella no dijo nada, pero era evidente que Simon no esperaba que opinara. Ya había cogido el maletín, las llaves y un paquete de cigarrillos de la mesa.
—¡Vámonos!
Abrió la puerta, miró en ambas direcciones, colgó el cartel de “No molestar” del picaporte y le hizo un gesto a Jenny: —Listo. Vamos.
Se escurrieron por detrás de los tipis hasta llegar al de ellos. Jenny se sentó frente al escritorio mientras Simon metía todo lo que le había robado al hombre —incluso las muestras de joyas— en una funda de almohada. Ocultó el maletín de cuero vacío debajo de la cama.
Alice los miraba, estudiando sus rostros. Quería parecer fuerte, con la barbilla levantada y un brillo de rabia en los ojos, pero a estas alturas Jenny ya le conocía las expresiones.
Alice estaba asustada. Y ella también.
Había visto cómo Simon golpeaba a un hombre. Y no lo detuvo. Se quedó paralizada, como si estuviera viendo una película. Alice había dicho que no impedir algo era tan malo como hacerlo. Jenny sentía esas palabras clavadas en el estómago.
Simon desató a Alice y guardó la cuerda en su mochila. Luego le apuntó un dedo a la cara.
—Ya casi hemos terminado. Ni se te ocurra hacer algo para estropearlo.
Alice se sentó en el borde de la cama y se masajeó el hombro. Después se puso de pie y estiró la espalda con una mueca de dolor. Miró a Jenny, pero ella no pudo sostenerle la mirada.
Simon se echó la mochila al hombro y cogió la funda más pesada, la que había llenado con las joyas. Jenny hizo lo mismo con su mochila y la otra funda.
Simon sujetó a Alice de la muñeca con su mano libre y la llevó hacia la puerta, donde se detuvo un momento para mirar alrededor. Luego salieron y Jenny se pegó a ellos.
Al llegar al Buick, Simon inspeccionó el manojo de llaves que le había quitado al hombre. Jenny recorrió el aparcamiento con la mirada. Todo estaba en calma. No se veía personal de limpieza ni otros huéspedes.
Simon abrió la puerta trasera.
—Jenny, entra.
Ella subió al coche. Sintió la suavidad del asiento de pana en sus piernas. Se quitó la mochila del hombro. Simon lanzó la suya y la funda al asiento junto a ella.
Tras abrir la puerta del copiloto, Simon empujó a Alice, obligándola a correrse hasta quedar frente al volante. Luego se metió él y cerró la puerta, que era pesada e hizo un ruido fuerte. Jenny miró alrededor otra vez. Nadie parecía haberlo notado.
—Arranca el maldito coche de una vez y sácanos de aquí.