Rehenes en la carretera Capítulo 38. Jenny
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Capítulo 38. Jenny

Alice le cortó el cabello a Simon más corto, sin el flequillo largo, y se lo peinó hacia atrás.

Después de afeitarse la barba y el bigote y teñirse el cabello, se parecía a Elvis…

, pero al Elvis joven, de las películas en Hawái.

No el de la etapa de Las Vegas. Su madre decía que eran las drogas, que Elvis no se cuidaba, pero Jenny no se lo había creído del todo.

Tal vez estaba rodeado de gente como su madre, que lo obligaba a hacer cosas que no quería.

Jenny mezcló el tinte que había elegido para ella y se lo aplicó; luego se cubrió el cabello con una bolsa de plástico y se sentó en la cama a esperar. Simon le contó sus planes. Cuando anocheciera, irían caminando al pueblo.

—Seguro hay un bar o algo abierto. En estos pueblos pequeños, la gente deja llaves en los vehículos todo el tiempo.

—¿Y si no encontramos ninguno?

—Seguiremos intentándolo.

No sabía bien qué significaba eso. ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar? Ella no quería que entrara a robar en una casa. No preguntó. Encontrarían un coche con las llaves dentro.

Simon y ella se pusieron a ver la telenovela Los jóvenes y los inquietos . En la otra cama, Alice también parecía estar viéndola, aunque Jenny no podía decir si prestaba realmente atención.

Se hizo la hora de aclararse el cabello. Para no manchar las toallas con el tinte, se quitó la mayor parte del agua con las manos y lo dejó húmedo.

Simon emitió un silbido cuando ella volvió a la habitación.

—¡Qué guapa, amor!

Jenny le dio a Alice las cosas que había comprado y ella se metió en el baño a ducharse. Cuando salió, llevaba puesta la camiseta nueva. Se la estiraba todo el tiempo por delante, como si le quedara muy ajustada, pero a Jenny le pareció que le sentaba bien.

Simon se levantó para asomarse por la ventana lateral, la que estaba más cerca de la cama de Alice.

—Un tipo acaba de dar marcha atrás con un Buick y derribó parte de la cerca —dijo, riendo.

Jenny sabía que se refería a las pequeñas cercas blancas que bordeaban el césped frente a cada tipi. También sabía de qué coche hablaba.

—Está en el tipi amarillo. Lo vi esta mañana, quiso entablar conversación conmigo.

Simon se volvió.

—No me lo habías contado.

—Iba camino a la tienda. Cuando regresé, ya no estaba fuera y después nos pusimos a teñirnos el pelo. Se me olvidó.

—¿Qué te dijo?

—Me preguntó si necesitaba que me llevara a algún lado y me quiso dar su tarjeta. Va a estar aquí un par de días —dijo, haciendo una mueca—. Es vendedor de joyas.

Simon volvió a mirar por la ventana. Guardó silencio un momento.

—¿Qué edad tiene?

—No lo sé. Unos cuarenta, tal vez.

—¿Es corpulento?

—Más o menos, sí.

¿Por qué le hacía tantas preguntas? Ojalá no hubiera mencionado al hombre.

—Deberíamos llevarnos su coche.

—¿Qué? Pensé que íbamos a ir al pueblo.

—Esto es mejor. Es un coche seguro y no tenemos que caminar. Cuando vuelva esta noche, puedes llamar a su puerta y pedirle que te lleve.

Jenny abrió la boca, incrédula.

—¿Quieres que me suba a un coche con él?

—No. Yo voy a estar cerca. Cuando abra la puerta, le doy un golpe en la cabeza y lo derribo. Lo dejamos atado. Dijiste que se quedaba un par de días, ¿no?

—Sí.

—Colgaremos el letrero de “No molestar” y nadie lo va a encontrar.

El plan tenía sentido, dentro de la locura en la que estaban metidos, pero Jenny no pudo evitar sentirse traicionada. La estaba usando como señuelo. Para atraer a un hombre.

—¿Y si me mete en la habitación?

—Te daré el cuchillo de caza, pero no lo vas a necesitar, porque voy a tirar la puerta abajo.

—Si le robamos el coche, los del hotel sabrán que fuimos nosotros.

—Solo te vieron a ti, y además, hemos cambiado nuestro aspecto. Confía en mí, va a funcionar. Para cuando la empleada de limpieza o alguna otra persona lo encuentre, ya estaremos cruzando Alberta.

—Parece fuerte.

—No voy a pelearme a puñetazos con él.

Pero podía terminar así si Simon cometía algún error. Aun así, no había nada más que pudiera decirle. Por la tensión en su mandíbula y el brillo de sus ojos se notaba que estaba satisfecho con el plan. Tendría una respuesta para cualquier duda que ella planteara.

Jenny miró a Alice, que la observaba con expresión decepcionada. Sintió que se ruborizaba. Prefería cuando Alice se enfadaba. Esa mirada decepcionada la hacía sentir que Alice veía dentro de ella y la creía capaz de algo mejor.

Pasaron el día viendo televisión. Simon estaba inquieto; se levantaba continuamente para fumar junto a la ventana del baño. A Jenny le molestaba el olor, pero decidió no decir nada.

Se sentía rara después de la discusión con él.

Cuando Simon estaba a su lado, era cariñoso: le tomaba la mano, le masajeaba los hombros y las pantorrillas, pero aun así ella ansiaba estar sola para ordenar sus sentimientos.

¿De verdad las personas podían decir cosas que no sentían cuando estaban enfadadas?

En la habitación hacía calor, incluso con el aire acondicionado encendido.

Jenny fue hasta la máquina que estaba fuera de la recepción y llenó la hielera; cruzó rápido el aparcamiento con la esperanza de que el vendedor no regresara.

Le daba miedo la noche y lo que iba a tener que hacer.

Trató de convencerse de que todo saldría bien.

El hombre era desagradable; no tenía derecho a insinuarse a chicas adolescentes.

Siguieron viendo televisión, masticando hielo.

Simon se asomaba una y otra vez a la ventana junto a la cama de Alice, pero el vendedor no volvió hasta las cinco.

Cuando Simon vio su coche, se entusiasmó.

A Jenny se le aceleró el corazón. Guardó sus cosas.

Iban a esperar a que anocheciera para robar el automóvil, pero quería estar lista…

y necesitaba mantenerse ocupada. Alice no tenía bolso, así que Jenny metió las pertenencias de ella en su mochila.

A las siete, Simon volvió a mirar por la ventana.

—Mierda. No está.

—¿Cómo que no está? —Jenny fue hasta donde estaba él, como si pudiera ver algo que Simon no veía, pero la vista era la misma: el hombre se había ido.

—Seguro que salió a cenar —dijo Simon, y se volvió hacia ella—. Buen momento para que salgamos a comer nosotros también. ¿Viste algo además de la cafetería?

—Hay un local de comida rápida, pero ¿y si vuelve y me ve?

—Dile que necesitas que te lleve más tarde. Así se quedará esperándote.

A Jenny no le gustó nada cómo sonaba esa palabra: esperándote . La hacía sentirse sucia, pero no se lo dijo a Simon. Sintió otra vez la mirada de Alice sobre ella. Alice se daba cuenta de que estaba ofuscada. Fue un alivio salir de la habitación para comprar hamburguesas, patatas fritas y batidos.

Cuando regresó, el coche del hombre no había vuelto. Sintió algo de esperanza. Tal vez no le había gustado el motel y se había marchado antes de tiempo.

Mientras comían, Simon estudió el mapa de carreteras.

Después, empezó a caminar de un lado a otro por la habitación, sorbiendo ruidosamente el batido y mirando por la ventana.

Sus idas y venidas la mareaban. Sentía ganas de gritarle que se sentara.

No había vuelto a atar a Alice, que tenía un brazo sobre los ojos, como si durmiera, aunque probablemente estuviera tan irritada como ella con el deambular de Simon.

Las horas pasaron. Se hizo de noche y el hombre seguía sin aparecer.

Jenny se acurrucó en la cama. Estaba cansada de ver la televisión, cansada de estar tensa desde hacía horas.

El miedo se había transformado en otra cosa, algo más oscuro: una angustia lenta y persistente, mezclada con una tristeza que no lograba quitarse de encima.

Las palabras de Simon la perseguían. El hombre y sus joyas de oro.

Tom, Ruth y William en un sótano. Los policías.

¿Qué sentido tenía todo esto? Estaban huyendo, sí, pero ¿realmente la vida sería mejor? Se imaginó el futuro: trabajos miserables, mal pagados, con un bebé.

Se puso de pie y buscó el cristal marino verde en la mochila. Lo hizo rodar entre sus dedos, sintiendo los bordes suaves hasta que los párpados se le cerraron y se dejó llevar por el sueño.

—Amor, amor. —La voz insistente de Simon sonaba en su oído. Parpadeó y se volvió para mirarlo—. El vendedor ha vuelto.

—¿Qué hora es?

—Las seis de la mañana.

Se incorporó en la cama.

—¿Las seis?

—Sí, acaba de bajar tambaleándose del coche y entrar en su habitación.

¿Cómo podía mostrarse tan entusiasmado? Como si robar un automóvil fuera divertido. No estaba preocupado en absoluto. Simon se apartó de la cama y encendió la luz. Ella lo miró con los ojos entornados.

—Tenemos que darnos prisa —dijo él—. Antes de que caiga desmayado por la borrachera o se marche otra vez.

—¿Y si tiene un arma?

—No va a tener tiempo de usarla. Ven, vamos. —Dio unas palmadas.

Ella se levantó, fue al baño y se vistió con pantalones cortos vaqueros y su blusa estilo baby doll amarilla.

Simon le permitió a Alice usar el baño y volvió a atarla a la silla.

Enganchó la funda del cuchillo en la cintura de Jenny, bajo la blusa, y le mostró cómo sacar el cuchillo con un movimiento rápido.

—Iré por detrás de los tipis y pasaré entre uno y otro. No llames a la puerta hasta que te dé la señal.

Jenny asintió, respiró hondo y salió de la habitación. Se concentraría solo en el hecho de que necesitaban un coche. Era lo único importante. Sintió a Simon detrás de ella por un instante; luego, él desapareció por entre su tipi y el de al lado.

El sol ya estaba alto, filtrándose en diagonal entre las construcciones y alargando dedos luminosos sobre el pavimento.

El aire era cálido y olía a verano: hierba, flores, pinos.

Aromas agradables. Todo parecía tranquilo.

Las películas de terror se equivocaban al hacer que todo lo malo siempre ocurriera de noche.

Redujo el paso al acercarse al tipi del hombre y esperó hasta ver a Simon colarse por el pasillo estrecho. Ahora estaba a un costado del tipi. Le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba.