Capítulo 37. Jenny
Jamás la había aferrado con tanta fuerza; le clavaba los dedos en la piel y ella sintió alivio cuando la soltó. Se dejó caer en la cama mientras él encendía la lámpara. Levantó una mano para protegerse los ojos del resplandor repentino. En la otra cama, Alice tenía los ojos cerrados con fuerza.
Simon se plantó frente a Jenny.
—¿Ibas a entregarme? —Había una mezcla de ira y dolor en su voz—. ¿Llamaste a la policía?
—¡No!
—Entonces, ¿por qué saliste a escondidas?
—Tenía las manos en las caderas y la pistola en el bolsillo.
Por un instante horrible, Jenny se preguntó si sería capaz de dispararle.
No sabía cómo sería sentir ese metal frío en la frente.
En todo momento, incluso cuando había amenazado a Alice, había creído que nunca llegaría a disparar. Pero tal vez lo haría.
No sabía qué decir. Lo miró. La verdad. ¿Por qué habría de tener miedo? Ya no la escuchaba ni la oía. Frunció el ceño.
—Quería llamar a la policía para que fueran a rescatar a los demás.
—Es broma, ¿no? —Parecía tan asombrado que ella sintió una oleada de ira. ¿La creía demasiado estúpida como para pensar por sí misma? Se tragó la rabia y se miró las manos. No quería gritar ni llorar. Ni sentir esas emociones horribles.
—Deja de gritarme, por favor.
—No puedo creer lo que estoy escuchando. ¿Cuál es el verdadero problema, Jenny? ¿Que me haya metido con tu familia de fantasía?
Levantó la cabeza de golpe para mirarlo, pero no encontró las palabras para responder.
—¿Piensas que no me di cuenta? —Seguía hablando con ese tono herido, cargado de rabia—. ¿Crees que no me doy cuenta de que desearías que Alice fuera tu madre?
El rostro de Jenny se encendió. No se atrevió a mirar a la otra mujer.
—Y Tom es igualito a tu padre, ¿verdad? Querías que tu madre se casara con alguien como él. Te entiendo, Jenny. A mí también me gustaría que mi padre fuera así.
Sentía que le ardía la cara. Quería taparse los oídos con la almohada.
—¡Basta! —dijo entre dientes, y Simon titubeó por un momento, pero enseguida recuperó la expresión furiosa.
—¿Crees que Ruth te va a cocinar galletas y te va a enseñar a recoger los huevos en el gallinero? ¿Crees que te lo agradecerá si llamas a la policía?
—Podrían morir —dijo ella.
—¡Nosotros vamos a morir! En cuanto hablen con Tom, nos va a buscar la policía de todo el país. ¡Le disparé a un agente, Jenny!
Ella lloraba sin disimulo, incapaz de contener los sollozos, que estallaban uno tras otro.
—¡No quiero que muera nadie!
—Entonces confía en mí, ¿de acuerdo? Confía en mí. —Simon se arrodilló frente a ella y le besó el vientre, las manos—. Sé cómo cuidarnos, pero tenemos que confiar el uno en el otro.
Ella asintió. Había tanta desesperación en su mirada, tanto dolor en su voz, que parecía que trataba de no llorar él también. Debió haberlo escuchado. Había dejado que Alice le llenara la cabeza y la confundiera.
—La llamada no funcionó. La operadora no pudo encontrar el número de teléfono de la policía de Fernie. Corté enseguida. —Quería tranquilizarlo. Era una pequeña mentira piadosa.
Simon exhaló con fuerza y se sentó sobre los talones.
—Bueno, es una buena noticia. Los demás van a estar bien. Solo serán un par de días.
—Lo dices como si fuera tan fácil —intervino Alice, escupiendo las palabras—. No tienen agua ni comida. Tom tiene la clavícula rota. ¡Están sufriendo !
Jenny miró a ambos. Simon se movió para recoger algo del suelo. Su camiseta. Se incorporó y fue hacia Alice. Mientras ella luchaba por apartarlo con la mano que tenía libre, él le cubrió la boca con la camiseta y se la ató en la nuca.
Alice lo miró con furia y sus protestas se oyeron a través de la tela.
Simon se acercó a Jenny; tenía el cabello revuelto y los ojos enrojecidos. La miró con expresión inquisidora y luego le cubrió el costado de la mejilla con la mano. Le secó la última lágrima con el pulgar.
—Lo siento, amor. Me volví loco. No quise decir todo eso. Sentí terror cuando me desperté y vi que no estabas a mi lado.
—También lo siento. —Estaba agotada. Simon se había retractado de lo dicho, pero había algo de cierto en sus palabras. Lo había sentido. Se recostó sobre las almohadas.
Simon le acarició el cabello con movimientos lentos y tranquilizadores.
—Dormiremos unas horas y después caminaremos hasta el pueblo antes de que amanezca. Conseguiré un coche.
Alice tenía razón. No podía ponerle un freno a Simon. Había tenido una oportunidad, pero la había paralizado el miedo. Quizás debería decirle que prefería tomar un autobús o el tren. No quería más robos, pero ahora le pesaban mucho los párpados. Hablarían por la mañana.
Se despertó cuando sintió los labios de Simon en la mejilla, pero cuando abrió los ojos, no vio su rostro apuesto; lo vio gritándole esas cosas horribles.
Vio la mueca de desprecio con la que se burló de ella por desear que Alice fuera su madre.
Vio la rabia en sus ojos cuando habló de Tom, como si tuviera celos.
Se frotó los ojos para despejar el sueño, como si también pudiera quitar el dolor, pero seguía allí.
—Ey… —murmuró Simon—. Nos quedamos dormidos. Son las nueve y media.
Jenny miró por la ventana. El sol entraba por los bordes de la cortina, haciendo brillar el color naranja.
—No vamos a poder hacer nada hasta que vuelva a oscurecer —dijo él—. Tendrás que pagar otra noche… y decirles que no queremos que nos molesten.
Jenny se sentó en la cama, bostezó y miró a su alrededor.
La habitación parecía más grande a la luz del día, y más deteriorado, con manchones desteñidos en la alfombra, los muebles rayados y marcas de vasos en las mesillas de noche.
Alice estaba despierta en la otra cama, observándolos.
Todavía tenía la camiseta atada como una mordaza.
Jenny se levantó y se la quitó.
Alice se pasó la lengua por los labios, que parecían secos y doloridos. Jenny llenó un vaso de agua en el baño y se lo trajo. Miró a Simon.
—¿Puedes desatarla?
Él le clavó la mirada con una pregunta en los ojos; quizás se había dado cuenta de que no lo había perdonado del todo porque se levantó de la cama y desató a Alice de inmediato. Jenny le dio el agua y ella se sentó y se la bebió toda.
—Tengo que ir al baño.
Simon asintió con la cabeza y Alice se levantó de la cama.
—Cuando vayas a pagar la habitación —le dijo Simon a Jenny—, pregunta si hay una cafetería o algún lugar donde puedas comprar el desayuno.
—De acuerdo.
Alice salió del baño. Jenny entró, se quitó la ropa de dormir y se vistió. Simon le dio dinero y un beso suave; cuando intentó abrazarla, ella tuvo que obligarse a devolverle el gesto. Sentía los brazos pesados, tiesos. Se apartó antes que él.
Colgó el cartel de “No molestar” en la puerta y se dirigió a la recepción, pero aflojó el paso al acercarse.
¿Y si la mujer le hacía más preguntas? No tendría que haberse preocupado.
Esta vez había un hombre detrás del mostrador, con el pelo peinado con cuidado para cubrir la calvicie y una camisa blanca metida dentro de unos pantalones color beis que llevaba tan arriba que parecía que no tenía cintura.
Pagó otra noche y sintió un gran alivio cuando él no hizo preguntas. Ni siquiera de dónde venía ni a dónde iban. Ni si estaban disfrutando su estancia.
Le indicó cómo llegar a una cafetería con voz monocorde y aburrida, como si hubiera respondido a esa pregunta un millón de veces.
La mañana se había vuelto calurosa y Jenny sudaba cuando volvió a la habitación del motel con una bolsa marrón con bollos y una bandeja con vasos de poliestireno llenos de café humeante.
Simon le abrió la puerta y la ayudó con la bandeja de los cafés.
Alice estaba sentada con la espalda apoyada en las almohadas. Habían estado viendo televisión.
—Todavía no salió nada en las noticias, amor —dijo Simon con una sonrisa.
Jenny trató de devolverle la sonrisa, pero había visto el dolor en los ojos de Alice y sabía que temía que eso significara que nadie había encontrado a Tom.
¿Y si los dos policías estaban heridos? Tal vez todavía estuvieran esperando ayuda.
Luego pensó en la amiga de Ruth que había pasado a visitarla.
Donna. Uno de los policías era su marido.
Lo habría ido a buscar cuando se hizo tarde y él no llegaba.
Era probable que estuvieran en el hospital.
No había nada en las noticias porque estaban en Alberta.
Se sintió un poquito mejor, pero solo logró comer algo cuando terminó el informativo.
En la televisión ahora había un programa infantil.
Recordó cuando lo veía con su padre y él le prometía que algún día tendrían un jardín.
Le iba a construir una casa en un árbol, como la que tenían Casey y Finnegan, los personajes del programa.
Se preguntó si ella y Simon algún día tendrían una casa con jardín.
Parecía un sueño tan lejano, imposible… como vivir en la Luna.
Cuando terminaron de desayunar, Simon le dio más dinero para que fuera a comprar tinte para el cabello.
Jenny había visto una farmacia cerca de la cafetería.
Después de salir de la habitación, cuando ya había recorrido la mitad del trayecto hasta la ruta, vio que un coche grande color granate entraba en el aparcamiento y se detenía frente a uno de los tipis.
Un hombre corpulento con una camisa hawaiana marrón y amarilla, un sombrero de paja y gafas oscuras salió del coche y fue al maletero.
Cuando sacó la maleta, el reloj de oro que llevaba destelló al sol.
Cerró el maletero con fuerza y se volvió.
Ahora Jenny pudo ver la gruesa cadena de oro que llevaba al cuello y otra que tenía en la muñeca.
Jamás había visto a un hombre con tanto oro encima.
Se preguntó si serían imitaciones. Al ver a Jenny, el hombre la miró y le sonrió.
—¿Adónde vas, guapa?
Iba a seguir caminando e ignorarlo, pero él dio un par de pasos hacia un lado y le bloqueó el paso. Incluso a más de un metro de distancia, apestaba a una desagradable colonia almizclada.
—¿No vas a responder? Me parece un poco descortés de tu parte.
Jenny miró hacia el tipi que ocupaban ellos. Había una ventana en el lateral. ¿Simon podía verla? No quería hablar con ese hombre, pero tampoco quería hacerlo enfadar.
—Voy a la tienda.
—¿Quieres que te lleve?
—Puedo ir a pie.
—¿Estás segura? Hace un calor infernal.
—Estoy bien.
—Bueno, si necesitas algo, preciosa, me avisas. Me quedaré un par de días. Soy vendedor de joyas, pero eres lo más bonito que he visto en todo el día. —Le guiñó un ojo, sacó la cartera y le tendió una tarjeta personal.
—No, gracias. —Pasó a su lado y siguió camino.
Cuando llegó a la carretera, miró por encima del hombro. El hombre todavía estaba de pie junto al coche. Se tocó el sombrero para saludarla. ¿Eso hacían los caballeros? No parecía serlo.
Le dio la espalda y apretó el paso.
En la tienda, consiguió una gorra para Simon, unas tijeras, hojas de afeitar nuevas, vendas y una diadema para ella.
Se vería distinta con el flequillo peinado hacia atrás.
Les echó un vistazo a los tintes y esta vez decidió optar por el castaño rojizo.
Eligió el castaño más oscuro, casi negro, para Simon.
Para Alice, compró desodorante, un cepillo de dientes, una camiseta con la bandera canadiense y un paquete de ropa interior de algodón. Cuando volvió al motel un rato después con una bolsa de papel, se sintió aliviada al ver que el hombre se había recluido en su habitación.
La pequeña camioneta Toyota roja con el remolque casero estaba junto a la recepción y dos niños jugaban a su alrededor. La niña llevaba un vestido sin mangas con el canesú fruncido y tenía el cabello negro con flequillo atado en una coleta. Arrastraba un perro de peluche con collar y correa.
—Vamos, Caramelo. ¿Quieres dar un paseo?
El niño, que parecía un par de años mayor, tenía el pelo rubio cortado en forma de tazón. Pateaba piedras pequeñas con la punta del zapato. La chica vio a Jenny y se sonrojó.
—Me gusta tu perro —le dijo Jenny—. Caramelo es el nombre perfecto.
El rostro de la niña se iluminó con una gran sonrisa.
—Se lo puse por el color de su pelo. —El chico pasó el brazo sobre el hombro de su hermana, como para darle confianza.
Jenny le devolvió la sonrisa y siguió caminando. Había deseado tener un hermano. Se tocó el vientre. Tal vez Simon y ella tendrían otro hijo juntos algún día. Podría ser un varón.
Luego recordó lo que él había dicho sobre su “familia de fantasía” y volvió a sentir la misma punzada de dolor.