Rehenes en la carretera Capítulo 36. Jenny #2
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Capítulo 36. Jenny #2

Jenny cerró los ojos, pero no estaba cómoda.

Las sábanas eran ásperas y le raspaban las piernas desnudas.

Le dolían la cintura y los pies de tanto caminar.

El hedor del cigarrillo todavía persistía en la habitación y se mezclaba con los demás olores desagradables del motel.

Cuando Simon ya roncaba, se soltó de su mano.

En la penumbra que se colaba por las cortinas, divisó la silueta de Alice.

—Nunca me va a dejar ir —susurró Alice.

Jenny se asustó… y enseguida miró a Simon a su lado. Seguía roncando.

—Sí lo hará —murmuró Jenny—. Tiene que hacerlo.

—No. Me va a matar.

—No lo hará.

—No lo ves como lo veo yo.

—Me quiere proteger y está asustado, pero no le gusta hacerle daño a la gente.

—¿En serio crees eso?

Jenny hizo una pausa. Al principio, no había tenido ninguna duda; luego, se había repetido una y otra vez que solo quería protegerla. Pero… ¿ahora? Ya no estaba tan segura.

—No se lo permitiré.

—Hasta ahora no has podido impedirle nada.

No podía ser cierto. Jenny pensó en todo lo que había ocurrido. Cada vez que ella le había hecho frente, él la había calmado, corriendo el límite de lo que a ella le resultaba inaceptable.

Alice cambió de posición y se masajeó el hombro con la mano que tenía libre. Jenny se levantó y tanteó el camino hasta llegar a la otra cama. Acercó la silla al colchón para que Alice pudiera apoyar el brazo.

—Gracias.

Jenny volvió a su cama, pero Alice siguió hablando.

—Sé que no tienes la culpa de todo lo que pasó. No querías que nadie sufriera daños. Pero no tener la culpa no es lo mismo que impedirlo.

Jenny se quedó sin aliento. No era verdad. ¿O sí? Quizás Alice tenía razón. Estaba en una balsa con Simon en el medio de un río torrencial y en ningún momento le había usado el remo. Solo se había dejado llevar.

—Puedes dejarme ir —dijo Alice— y decir que me escapé.

—No sé desatar los nudos que hace.

—El cuchillo está sobre el escritorio.

—Si lo uso, se dará cuenta de que te dejé ir.

—A ti no te hará daño.

Jenny no quería admitir el miedo que le daba que Simon la dejara. ¿Qué haría sin él? La sola idea le revolvía el estómago.

—Dejaré de tratar de escapar si llamas para que vayan a ayudarlos —dijo Alice—. Conduciré todo el tiempo que queráis. Tom es lo más importante del mundo para mí. La sola idea de que muera solo… —Se le quebró la voz en las últimas palabras. Estaba llorando.

Jenny no podía soportarlo. Las lágrimas de su madre eran distintas. Las usaba para manipular... hombres o mujeres. Le daba igual. Lloraba cuando le daba la gana. En cambio, el sufrimiento de Alice era real.

Volvió a mirar la silueta de Simon en la otra cama. Tenía la respiración pesada y regular, como si durmiera profundamente.

Necesitaría la llave de la habitación. ¿Dónde la había puesto Simon? Se acercó al escritorio y pasó los dedos por la superficie. Un borde de plástico. Metal. La llave.

Tanteó el piso en busca de los pantalones cortos de Simon, metió los dedos en los bolsillos, sacó las monedas y las apretó con la mano. Ojalá hubiera una moneda de diez centavos.

Avanzó a tientas hacia la puerta. No se atrevía a ponerse las sandalias. Iría descalza hasta el teléfono público que había visto cerca de la recepción. Se volvió para que Alice escuchara su susurro.

—Lo intentaré.

La puerta sería difícil de abrir.

Giró el picaporte y sintió el sonido de la cerradura. No podía recordar si había hecho ruido cuando entraron. ¿Habían chirriado las bisagras? Le dio un empujoncito suave y la abrió. Simon seguía roncando.

Cruzó el umbral, cerró la puerta detrás de sí y contuvo el aliento hasta que la cerradura encajó; luego, entró en pánico. ¿Qué estaba haciendo? Simon se enfurecería.

Ya era demasiado tarde. Ahora tenía que seguir adelante.

Sintió el asfalto todavía tibio del sol bajo sus pies descalzos mientras se dirigía a la recepción. Ojalá nadie la viera escabullirse en mitad de la noche. Miró a su alrededor. No había luz en ninguna ventana de las demás habitaciones.

La frase “Hay lugar” titilaba en el cartel de la recepción.

Se preguntó si la oficina estaría abierta.

No se veía desde la parte de atrás. Cuando llegó al teléfono público, abrió la palma de la mano.

Bajo la luz de neón del cartel del motel, cogió una moneda de diez centavos y la introdujo en la ranura del aparato. Pulsó el botón del cero.

—Operadora.

—Hola. Por favor, ¿podría conectarme con la policía de Fernie?

—Es una llamada de larga distancia. Cada minuto adicional cuesta diez centavos.

—Bueno.

Oyó varios sonidos en la línea.

—Policía de Fernie. —La voz de la mujer que respondió era grave, enérgica y con tono autoritario.

Jenny tuvo miedo de estar hablando con una agente de policía, no con una recepcionista o una operadora.

Tal vez la policía trabajaba así en los pueblos pequeños.

Solo sabía lo que había visto en televisión.

—Hola. Quiero informar… —¿Cómo debería plantearlo? —Eh… Hay unas personas encerradas en un sótano. Necesitan ayuda.

—¿En un sótano?

—En una granja.

—¿Tiene la dirección?

—No. —Trató de pensar—. Es una granja vieja, en las afueras del pueblo. Hubo un tiroteo… —Quizás la mujer ya estaba al tanto. Jenny imaginó al policía más joven corriendo por el campo en busca de ayuda.

—¿Un tiroteo ? ¿Cuándo ocurrió? ¿Hay heridos? —La mujer preguntaba con rapidez… como si sospechara. ¿Acaso podía averiguar de dónde procedía la llamada? Jenny no había pensado en eso. Tal vez lo había estropeado todo.

—Tengo que cortar. —Colgó el auricular en el teléfono y se quedó mirándolo, como si esperara que fuera a sonar y que la mujer la llamara para exigir una explicación, pero el aparato guardó silencio.

Apoyó la cabeza en el cristal de la cabina telefónica. No había comido suficiente para el bebé ni había dormido bien. Estaba mareada. Se despabiló. Debía regresar a la habitación.

Cuando llegó a la puerta, colocó la llave en la cerradura, pero se abrió antes de que tocara el picaporte. Simon estaba en el umbral, con el pecho desnudo y la mirada furiosa.

La cogió del brazo y la obligó a entrar.

—¿Dónde mierda estabas?