Rehenes en la carretera Capítulo 36. Jenny
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Capítulo 36. Jenny

La campanilla de la puerta sonó cuando Jenny entró en la pequeña oficina de la recepción del motel.

No había nadie. ¿Estaría cerrado? Pero, cuando llegó al mostrador, una mujer mayor de cabello rubio, con una permanente muy marcada y un chaleco de flores de ganchillo, apareció desde un rincón.

Jenny oyó los sonidos alegres de un programa de juegos de televisión.

La mujer sonrió.

—¿En qué puedo ayudarla?

—Queremos una habitación, por favor. —Se acomodó la mochila en el hombro con la esperanza de tener más aspecto de viajera de verdad.

—¿Queremos? ¿Quiénes? Aquí solo estás tú.

—¡Ay, sí, disculpe! —¿Qué debería decir? Tal vez no convenía que dijera que Simon era su novio—. Estoy con mi tía y mi primo, que se quedaron bajando las bolsas del coche.

La mujer desvió la mirada hacia la ventana oscura, entornando los ojos y frunciendo los labios. Jenny recordó a la bibliotecaria de su escuela, que siempre miraba por arriba de las gafas para ver que nadie hablara o doblara las páginas de los libros.

—¿Dónde aparcaron? No veo ningún coche.

—Se averió. Me enviaron a averiguar primero. —Jenny sacó algunos billetes del bolsillo—. Vamos a pagar en efectivo.

—Son diez dólares la noche.

Jenny dejó un billete de diez en el mostrador.

—¿Nos puede dar una habitación en una parte tranquila?

—Está todo tranquilo. No hay mucha gente esta noche. —La mujer se volvió, cogió una llave que colgaba de un gancho en la pared y se la alcanzó por encima del mostrador. El llavero de plástico naranja tenía forma de flecha y el nombre del motel. Les había tocado el tipi número cuatro.

—Es celeste. Solo tiene dos camas. Hay más mantas en el armario.

Jenny asintió.

—Muchas gracias.

—Que tengan una bonita estancia. —La mujer desapareció en dirección a la televisión. Jenny respiró aliviada. No los vería caminar a la habitación con las fundas de almohadas cargadas de cosas. Con un poco de suerte, la mujer no miraría las noticias vespertinas.

Jenny se dirigió a la oscuridad para buscar a Simon.

Las polillas flotaban alrededor de la lámpara situada encima de la puerta del tipi celeste cuando Simon metió la llave en la cerradura.

Alice esperaba frente a Jenny, del otro lado de Simon.

Antes de dejar las vías, Simon le había desatado las muñecas.

Ahora que estaban en un sitio iluminado, Jenny vio el mentón herido y ensangrentado de Alice.

Tenía las rodillas hinchadas y raspadas.

Alice la miró con el ceño fruncido. Jenny quiso devolverle el gesto de enfado, pero ella apartó el rostro.

Solo había un par de vehículos en el aparcamiento.

Un coche color bronce estaba frente a un tipi rosa delante y, al final del sendero, había una camioneta pequeña marca Toyota de color rojo frente a un tipi amarillo; llevaba un remolque de aspecto casero, con sillas de jardín y una nevera portátil roja atadas al techo.

Había diez tipis en total, cinco a cada lado, con un sendero pavimentado en el medio y sitios para aparcar frente a cada uno.

Los tipis eran de una especie de cemento y tenían esculpido el frente para que pareciera que las solapas de la tienda se abrían donde estaba la puerta.

A Jenny le gustaron los tonos pastel; le hacían recordar los malvaviscos con forma de cono de helado.

Simon abrió la puerta y le hizo un gesto a Alice para que entrara, seguida de Jenny, que dejó caer la mochila en una de las camas y miró a su alrededor. Jamás se había alojado en un motel. Por fuera, los tipis parecían redondos, pero por dentro las paredes eran rectas, con ángulos.

El ambiente estaba fresco, gracias a un aparato de aire acondicionado ubicado debajo de la ventana.

La alfombra era naranja, a juego con los cubrecamas a cuadros.

Las cabeceras tenían forma de rueda de carreta y había una mesilla de noche con una lámpara junto a cada cama.

En el medio estaba la puerta del baño. Jenny se asomó dentro: era estrecho y tenía la bañera y la ducha de un lado, el lavabo en el centro y el retrete en el otro extremo. Se veía limpio y había toallas.

La televisión estaba apoyada en una mesa con ruedas, junto a una silla y un escritorio, donde había un teléfono, una guía telefónica, un balde de plástico para hielo y vasos. El cenicero contenía una caja de cerillas con el nombre del motel.

Alice se sentó en la otra cama con los hombros caídos. Observaba a Simon, que recorría la habitación revisando todo.

—Podrías llamar a la policía y decirles que hay gente en el sótano —dijo Alice—. Ya estamos a varios pueblos de distancia.

—Quiero estar más lejos primero. —Simon arrancó el cable del teléfono de la pared y se volvió para mostrarle a Alice el extremo cortado.

Alice se cruzó de brazos. Simon revolvía el interior de una de las fundas de almohadas.

Extrajo una chocolatina para Jenny. Le arrojó una a Alice, que no la cogió y la dejó caer sobre el colchón, junto a su pierna.

Él sacó las galletas saladas y el queso; usó la guía telefónica como tabla para cortar el queso con el cuchillo de caza.

—Quiero ir al baño —dijo Alice.

—Pues ve tranquila. —Clavó un trozo de queso con el cuchillo y se lo llevó a la boca. Alice pasó por delante de él y cerró la puerta. Pronto se oyó el ruido del agua al correr.

Simon puso un montón de queso y galletas y se la llevó a Jenny, que tenía tanta hambre que no le importó comer lo mismo por tercera vez en el día.

Unos minutos después, Alice salió del baño. Tenía las mejillas rosadas y el cabello húmedo, como si se hubiera lavado la cara. No habían traído ninguna de sus pertenencias. No tenía cepillo de dientes ni para el cabello, tampoco ropa limpia. Debía de estar muy incómoda.

Simon estaba sentado junto al escritorio, comiendo su montón de galletas y queso. Jenny le clavó una mirada penetrante; él se la sostuvo, luego emitió un gruñido de fastidio y le llevó el resto a Alice.

Jenny cogió los vasos y los llenó con agua del baño.

Le hubiera gustado tener hielo. La comida no era bastante, pero les serviría para aguantar hasta la mañana siguiente, cuando esperaba que pudieran comprar comida de verdad.

Se dio una ducha, feliz de quitarse el polvo y el sudor de encima, pero con culpa porque Alice no podía hacer lo mismo.

Se puso la ropa que usaba para dormir —un pantalón corto de satén y una camiseta desteñida con la imagen de Snoopy— antes de salir del baño.

Simon todavía estaba sentado ante el escritorio. El paquete de galletas ya casi había desaparecido. Sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno. Enseguida el humo llenó la habitación del motel. Alice tosió.

—Tu cigarro apesta.

—Deja de quejarte.

—Es verdad que huele mal —dijo Jenny—. Me arden los ojos.

Simon miró primero a una y luego a la otra con los labios fruncidos en un gesto de fastidio.

Jenny sintió un impulso de acurrucarse en la cama para alejarse de él.

Jamás le había visto esa expresión en la cara dirigida directamente hacia ella.

Por lo visto, Simon se dio cuenta de que la había asustado, ya que sus facciones se relajaron.

—Perdona, amor. Voy a abrir la ventana.

Se dirigió a la pared lateral de la habitación, abrió la ventana corredera y se quedó allí de pie hasta terminar de fumar.

Jenny se recostó contra el cabecero de la cama y apoyó las manos en el vientre.

Estaba agotada, pero no podía dejar de pensar.

En la casa, en el motel, en la camioneta junto a la carretera.

Cuando Simon dejó de fumar, cerró la ventana y se volvió hacia Jenny.

—Voy a tener que robar otro vehículo.

—¿Cómo?

—Tengo algunas ideas. Hablaremos del asunto mañana.

Llevó la silla del escritorio al lado de la cama de Alice, tiró de su brazo y le ató la muñeca al respaldo de la silla.

Alice no se resistió. Tenía los ojos cerrados, pero Jenny sabía que no dormía. Seguro estaba preocupada por Tom. Y también por Ruth y William. Alice era así. ¿Se preocuparía alguna vez también por ella? A Jenny le gustaba pensar que sí, pero sabía que no era cierto.

Cuando Simon terminó, cogió su mochila y fue al baño. Dejó la puerta abierta mientras se duchaba. El vapor flotaba hacia la habitación. Alice estaba en silencio en la otra cama, hasta que Jenny oyó un ruido de papel: miró hacia ella y vio que se estaba comiendo la chocolatina.

Simon salió del baño con una camisa y un par de pantalones cortos limpios y arrojó la ropa sucia al suelo. Ya no tenía la venda en el brazo y se le veía la herida abierta.

—Traje la gasa —dijo Jenny—. Te puedo poner una venda nueva.

—Sí, buena idea. —Parecía aliviado y Jenny se alegró de haber pensado en guardarse esas cosas en los bolsillos.

Cuando terminó de vendarle el brazo a Simon, miró a Alice.

—¿Quieres un poco de crema antiséptica?

Alice guardó silencio por un momento prolongado y Jenny pensó que tal vez iba a ignorarla, pero al final respondió: —Sí, gracias.

Jenny le tendió el envase de la pomada. Alice usó la mano libre para coger un poco con el dedo y aplicárselo en el mentón, las rodillas y la palma.

Se dio cuenta de que Alice podría tener dificultades para meterse en la cama.

—¿Necesitas ayuda? Con las sábanas. —Le señaló la cama.

Alice asintió. Jenny tiró de la sábana superior para llevarla hacia los pies de la cama por debajo del cuerpo de Alice; luego la dejó caer encima de ella.

—Gracias —dijo Alice a regañadientes.

—Apaga la lámpara de su mesilla, amor —le pidió Simon desde la otra cama.

Jenny obedeció y regresó a la cama que compartía con él. El colchón se hundió y chirrió cuando se acostó. Simon apagó la lámpara de la mesilla de su lado y se quedaron a oscuras.

—Estoy reventado. —Entrelazó los dedos con los de ella—. Aprovecha para descansar.