Capítulo 35. Alice
Con la ventanilla del acompañante destrozada, el aire de la tarde irrumpía en la camioneta y le azotaba el rostro con su propio cabello.
Alice subió el cristal de su lado para frenar un poco el viento, pero de todos modos había mucho ruido dentro de la camioneta.
El zumbido de las ruedas sobre el asfalto era incesante.
Tenía sed. Pensó en los demás, con solo media jarra de agua que les había quedado del desayuno.
¿Cuánto tiempo lograrían hacerla durar? Tom debía de estar muy preocupado.
No creía que Simon fuera a conseguirle ayuda.
Tampoco creía que fuera a dejarla en libertad a ella.
¿Y si daba un golpe de volante para hundir la camioneta en una zanja?
¿Podría hacerlo sin matarlos a todos? Lo mejor sería esperar el próximo semáforo rojo y bajarse de un salto.
Podría correr… a alguna casa, hasta otro coche.
Podría gritar y llamar la atención de alguien.
Simon solo querría escapar con Jenny antes de que llegara la ayuda.
Esta vez, como Simon tenía el mapa, pudieron cruzar Fernie y retomar la carretera Crowsnest. El sol se ocultaba detrás de las montañas y caía la tarde. Las luces de la vieja camioneta eran bajas y no iluminaban mucho el camino. El bosque a ambos lados de la carretera estaba oscuro.
Alice no dejaba de mirar por el espejo retrovisor, pero no veía luces de la policía. Tampoco se oían sirenas. Había habido muchos disparos. Tragó saliva con dificultad y se obligó a aflojar las manos sobre el volante.
Cuando llegaron a una pequeña comunidad, Alice se irguió en el asiento y se le aceleró el corazón, pero resultó ser solo una parada en la ruta, con una tienda, una gasolinera, un hotel y un bar. No había ni un solo poste de luz y, en minutos, ya había quedado atrás.
Recorrieron un tramo largo de la carretera a oscuras, cruzándose de vez en cuando con algún vehículo, hasta que llegaron a un pueblo llamado Sparwood, que tenía más casas y negocios. Bajó la velocidad. Se acercaban a una intersección; más allá, las luces brillantes de una estación de servicio.
Alice miró de reojo a Simon, que seguía vigilando la carretera detrás de ellos. Bien. Quería que estuviera distraído.
El semáforo cambió a rojo. ¿Era este el momento? Alice dudó. No quería hacerse daño con el pavimento. Ni que le dispararan. Entonces Simon volvió a girarse para mirar atrás.
Alice empujó la palanca del volante al punto muerto y, con la otra mano, abrió la puerta de la camioneta. Bajó de un salto y trastabilló antes de echar a correr en dirección al edificio más cercano.
Detrás de ella se abrió otra puerta.
—¡Ey!
Oyó pasos fuertes y una respiración forzada antes de que un cuerpo la derribara. El suelo se le vino encima cuando cayó hacia delante. Se quedó sin aire y se deslizó sobre el asfalto, raspándose el mentón, los codos y las palmas. Jadeó, tratando de recuperar el aliento.
—¡¿Qué cojones haces, Alice?!
No podía respirar. Tal vez Simon le había roto las costillas. Estaba a punto de entrar en pánico cuando por fin logró inhalar una buena cantidad de aire, pero él ya la arrastraba de la cintura con un brazo. Luego la cogió de la nuca con la mano y caminaron hacia la camioneta.
Intentó apartarse, retorcerse y golpearlo. Si tan solo consiguiera retrasarlo un poco, aparecería un automóvil. Alguien vería lo que ocurría. Lo golpeó con el codo y lo pateó, pero Simon era mucho más fuerte y siguió arrastrándola. Llegaron a la puerta abierta de la camioneta.
—¡Sube! —La levantó y la empujó hacia dentro. Alice se agarró al volante para sostenerse, giró y le dio un puntapié en el pecho. Simon soltó un insulto y la sujetó de los tobillos para torcerle las piernas. Apoyó el codo en el muslo de ella y le pegó un puñetazo en el bíceps del brazo extendido.
Alice gritó y soltó el volante.
Simon la empujó en el asiento casi hasta el suelo. Ella oía llorar a Jenny. Simon tenía la mitad del cuerpo dentro de la camioneta. Jenny se había cambiado de lugar al asiento del copiloto.
Alice se vio obligada a sentarse. Le palpitaban el brazo y el muslo.
Simon cerró la puerta del conductor de un golpe y cogió el volante.
Tuvo dificultades con la palanca hasta que logró ponerla en la posición correcta.
El motor rugió cuando la camioneta retomó la marcha.
Volvió a insultar cuando trató de poner el cambio y los engranajes rechinaron hasta encajar.
Alice y Jenny salieron impulsadas hacia delante.
A tientas, Alice se pasó los dedos por el mentón y por la palma de la mano. Tenía piedrecitas de grava clavadas en la piel. Trató de sacárselas. Le ardían las rodillas. Pensó en Tom y los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Y ahora cómo iba a conseguirles ayuda?
—No deberías haber tratado de escapar —la regañó Jenny.
Alice giró la cabeza para mirarla.
—¿Por qué no? No puedo creer que pienses que vamos a salir de esto con vida, Jenny. Los policías nos van a matar a todos. ¡A ti y a tu bebé!
Jenny abrió mucho los ojos.
—¡Cállate!
Alice sintió el metal frío contra la sien.
—No hables del bebé —le dijo Simon.
Se había extralimitado. No se atrevía a moverse. Cerró los ojos y sintió un movimiento a su lado, algo que se apoyaba en su costado: el cuerpo tibio de Jenny.
—¡Basta! —gritó Jenny. La camioneta se sacudió y la pistola cayó al suelo.
—¡Por Dios, Jenny! Tenía el dedo en el gatillo.
—¡Basta ya, Simon! Déjala en paz. Está asustada. ¡Yo estoy asustada!
Después se quedaron callados. Simon se concentró en conducir; tomaba las curvas demasiado rápido o muy despacio.
Alice se aferró al borde del salpicadero.
Él se excedió al enderezar la camioneta en una curva y cruzó la línea del medio hacia un automóvil que venía hacia ellos.
El conductor tocó la bocina y le gritó algo por la ventanilla.
Alice lo miraba por el rabillo del ojo. A pesar de la poca luz que emanaba del salpicadero, vio que tenía el brazo cubierto de manchas color ocre y había un círculo oscuro en el centro del vendaje.
Le brillaba el rostro por el sudor y los ojos saltaban continuamente del espejo retrovisor a los espejos laterales.
Poco tiempo después de pasar por Sparwood, encontraron otro cartel. Habían cruzado a Alberta. Simon pareció tranquilizarse a partir de entonces. Se apoyó en el respaldo del asiento y aflojó las manos sobre el volante.
Atravesaron Coleman y, poco después de que las luces del pueblo quedaran atrás, se oyó un chirrido fuerte y metálico que venía de debajo del suelo.
—¡Mierda! —Simon bajó la velocidad hasta que las luces delanteras revelaron un espacio más adelante a la derecha, donde el arcén se ensanchaba en un claro de tierra.
Forcejeó con la palanca para cambiar la marcha y, cuando giró para salir de la ruta, Alice vio el destello de unas vías de tren iluminadas por las luces de la camioneta.
En el momento en que se detuvieron, se oyó un estruendo, como si toda la parte trasera de la camioneta se hubiera derrumbado.
—¡De puta madre! —Simon le dio un golpe al volante y luego apagó las luces. Sacó las llaves de un tirón—. Jenny, dame la linterna.
Alice oyó ruidos, como si la joven tanteara en el salpicadero.
—¡Date prisa! —la apremió Simon.
—La estoy buscando. —Alice sintió una exhalación de alivio y un movimiento delante de ella. Era el brazo de Jenny, que le pasaba la linterna a Simon.
Él abrió la puerta y se encendió la luz de la cabina. Cerró de un golpe y señaló la ventanilla abierta con el dedo.
—No os mováis. —Encendió la linterna.
Alice lo observó por la ventana de atrás mientras daba la vuelta para llegar a la luneta trasera de la camioneta; el haz de luz se sacudía. Jenny también se giró, aferrándose al respaldo.
La luz descendió hasta desaparecer, pero Alice todavía alcanzaba a ver el resplandor. Simon estaba debajo de la camioneta. Ella miró hacia delante. La ruta estaba desierta.
Al oír golpes metálicos, volvió a mirar atrás. Simon ya estaba de pie y pateaba el panel lateral. La luz de la linterna le iluminaba la cara.
—¡Ay, no! —suspiró Jenny.
Él se les acercó.
—Salid. Vamos a caminar.
Jenny salió por el lado del copiloto. Alice se dispuso a seguirla, pero Simon metió la mano en la cabina y la cogió de la muñeca para hacerla salir por el lado del conductor. Sujetándola con una mano y sosteniendo la linterna entre los dientes, sacó la mochila de Jenny de la camioneta.
Cuando Jenny se volteó, se la dio. Luego levantó su mochila y la dejó caer al suelo. Siguieron las fundas de las almohadas y los rifles. Cuando había sacado todo, Simon revolvió su mochila sin soltar a Alice y extrajo un rollo de cuerda.
—No hace falta —dijo Alice—. No voy a escapar.
—¡No te creo! —masculló con la linterna en la boca. Le ató las manos rápidamente y después las dejó a ella y a Jenny junto a la camioneta para esconder los rifles debajo de las ramas más bajas de un abeto.
A lo lejos, aparecieron unas luces que avanzaban por la carretera.
Simon apagó la linterna y fue hasta donde estaban ellas.
—¡Agachaos!
Jenny y Alice se agazaparon junto a una de las ruedas traseras. Alice tenía la esperanza de que el vehículo disminuyera la velocidad para mirar la camioneta y quizás ofrecer ayuda, pero siguió de largo.
—Bueno. Jenny, quédate a un lado. Alice, tú me ayudarás.
Simon puso la palanca de cambios en punto muerto mientras Alice esperaba unos pasos más atrás. Luego, él se ubicó detrás de la camioneta, apoyó las manos en la puerta trasera y se echó hacia delante.
—Vamos, ven aquí, Alice.
—¡Tengo las manos atadas!
—Empuja con el hombro.
A regañadientes, sin prisa, Alice se acercó, deseando que pasara otro automóvil, pero, para su desesperación, era una noche muy tranquila.
—Tenemos que empujarla hasta que quede detrás de esos árboles.
Alice entornó los ojos para escudriñar entre las sombras y vio el grupo de árboles a los que se refería. Se puso de lado, apoyó el hombro en el portón trasero de la camioneta y usó las piernas para impulsarse, pero sin hacer fuerza alguna. Le dolía todo el cuerpo y no pensaba ayudarlo.
La camioneta se desplazó despacio; la pieza de metal que se había roto hacía ruido contra la grava.
Cuando terminaron de esconderla, Alice tenía calor y estaba agitada.
Regresaron adonde estaba Jenny, que los esperaba junto al equipaje.
Ahora que Simon había dejado de usar la linterna, los ojos de Alice ya se habían acostumbrado a la oscuridad.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Jenny.
Simon señaló en dirección a las vías del tren.
—Caminaremos hasta llegar a un pueblo.
—¿Y si no hay ninguno cerca?
—Habrá alguna casa o algo. —Simon abrió las bolsas de papel y sacó lo que parecía comida que habían cogido de la granja y la puso en las fundas de las almohadas. Cuando terminó, se colgó la mochila al hombro y levantó las dos fundas.
Jenny se cargó la mochila en la espalda.
Avanzaron a paso lento entre hierba y arbustos hasta llegar a las vías.
Alice llevaba la delantera, seguida por Simon; Jenny iba en la retaguardia.
Alice tropezó con un durmiente y, sin poder mantener el equilibrio, cayó a cámara lenta, primero sobre las rodillas y luego con el estómago en el suelo.
Se quedó en el suelo un momento, entre quejidos y palabrotas.
—¡Desátame! —le gritó a Simon.
—No. Te vas a escapar.
—¿Adónde, Simon? ¡Estamos perdidos en la oscuridad!
Simon la levantó de las axilas. Siguieron caminando. Alice estaba dolorida, sedienta y agotada. Por suerte, Jenny avanzaba despacio. Alice no había comido nada desde el desayuno y se sentía mareada. Se concentró en poner un pie y luego el otro sobre los durmientes.
Por fin Simon las dejó detenerse a descansar. Alice bebió toda el agua que pudo hasta que él le arrancó el termo. Cada uno comió una manzana. Alice la sujetaba con dificultad con las manos atadas. También comieron unas galletas y terminaron las fresas. Simon arrojó la basura a los matorrales.
Siguieron adelante. Alice trataba de recordar el mapa.
Si habían pasado Coleman, iban hacia Blairmore.
No había parecido lejos en un vehículo, pero no sabía cuánto tardarían caminando.
Las vías corrían bastante paralelas a la carretera y de vez en cuando veía los vehículos que pasaban, tentándola con sus faros.
Si las vías comenzaban a desviarse hacia las montañas, la situación se complicaría, pero, de momento, a la luz de la luna, el terreno parecía plano, con algunos grupos de árboles aislados.
Según los cálculos de Alice, habían recorrido varios kilómetros y habían cruzado un puente sobre un arroyo cuando aparecieron las siluetas de construcciones grandes a lo lejos. Simon entrelazó su brazo con el de ella para obligarla a caminar a su lado.
Las vías se acercaban a la carretera. Parecían estar pasando por una zona industrial con edificios bastante separados entre sí. Unos silos, un depósito de chatarra con vehículos aplastados, un taller de ruedas, una especie de depósito de contenedores y un taller mecánico.
Cuando llegaron a una tienda de tubos y a una ferretería, Alice se preguntó si ya estarían cerca del pueblo. Luego divisó un motel en la carretera. Simon se detuvo, obligándola a hacer lo mismo. Jenny se les acercó. Se quedaron en silencio mientras asimilaban lo que veían.
El cartel de neón naranja tenía forma de tipi, la tienda cónica que utilizaban los indígenas como vivienda; una flecha señalaba hacia abajo, a la recepción, un edificio de color amarillo claro en forma de carreta grande.
El nombre, Tipi Inn, estaba escrito en un lateral en letra cursiva.
Había tres construcciones grandes con forma de tipi alineadas detrás de la recepción, y más atrás se veía parte de una cuarta.
Cada tipi tenía un color pastel diferente: rosa, celeste, amarillo.
Una estatua enorme de un bisonte pastaba en el pequeño jardín delantero.
—¿Podemos quedarnos aquí? —preguntó Jenny—. Estoy muerta de cansancio.
—Está bien. —Simon sacó un manojo de billetes del bolsillo y se los dio a Jenny—. Te esperaré aquí con Alice. Pide una habitación. Diles que nuestro coche se averió. No digas camioneta.
Jenny asintió. Tenía el rostro pálido y demacrado.
Se ocultaron en las sombras y observaron a Jenny cruzar la carretera y caminar por el arcén, con el ruido de las sandalias en el silencio de la noche, hasta llegar a la recepción del motel.
La vieron brillar un momento bajo la luz de neón antes de desaparecer.