Capítulo 34. Jenny
Jenny oyó el golpe de la trampilla al cerrarse y se atrevió a mirar por encima del hombro.
Vio a Simon, que empujaba la mesa de vuelta a su lugar, y a Alice, de pie en la cocina.
Tenía la vista fija en Jenny y en los cristales rotos en el suelo.
Después se volvió a mirar a Simon y le vio el brazo herido.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Quién te disparó?
—Cállate —dijo Simon— y agáchate.
Alice frunció el ceño y, luego, se agazapó y siguió a Simon hasta el salón.
Jenny se dio la vuelta enseguida. No debería haberle quitado la mirada de encima al automóvil.
¿Todavía estarían los agentes escondidos detrás?
¿Y si habían cambiado de posición cuando miró para el otro lado?
Podrían haberse acercado a la casa. O haberse ido al granero.
El sol había bajado aún más y las sombras se alargaban.
Simon y Alice ya estaban a su lado. Sintió el calor del pecho de él cuando se le acercó y su aliento en el cuello mientras miraba por encima de su hombro a través del hueco de la cortina.
—¿Quién está ahí fuera? —preguntó Alice—. ¿Por qué te dispararon?
—Son policías. Le di a uno, tal vez a los dos. Pero hay alguien que me sigue devolviendo los disparos.
Alice ahogó una exclamación.
—¿Le disparaste a un policía? ¿Te has vuelto loco?
—Nos vamos a escapar. Tú vas a conducir la camioneta.
—¡No pienso dejar a mi esposo!
—No tienes alternativa. Nadie va a encontrar a Tom a menos que yo les diga dónde está.
—Registrarán la casa.
—Esos dos policías deben ser los únicos que hay en este pueblo. Van a estar ocupados persiguiéndonos. Sácanos de aquí y, en un par de días, llamaré para avisar dónde están los demás.
—¿En un par de días ?
—¡No tengo tiempo para estupideces, Alice! Es muy sencillo: vienes con nosotros o te llevo de vuelta al sótano y le prendo fuego a la casa.
Jenny miró a Alice, que se había puesto a llorar. No sabía por qué la angustiaba tanto verla llorar.
—Todo va a salir bien —dijo Jenny—. Te dejaremos ir cuando estemos a salvo.
Alice se rio con incredulidad.
—Nadie está a salvo con vosotros.
—Cállate, Alice. —Simon le tocó el hombro a Jenny—. Cuando te lo diga, coge el rifle y sígueme a la puerta de atrás. No te detengas por nada.
Jenny quería detenerse por todo. Aunque le daba miedo estar atrapada en esa casa, la sola idea de salir en la camioneta mientras la policía les disparaba la aterraba mucho más.
Simon se puso de pie, cogió a Alice del brazo y la obligó a levantarse. Después echó a correr y Jenny no tuvo más remedio que seguirlo para no quedarse atrás.
En la galería, Simon soltó a Alice y la empujó para que caminara delante de él.
—Vamos —le susurró—. No hagas ruido. Te dispararán igual que a nosotros.
Lograron bajar los escalones y llegar hasta la esquina de la casa, donde se detuvieron.
Alice miró a Simon por encima del hombro.
Tenían que cruzar un espacio estrecho para llegar al garaje.
Simon ladeó la cabeza para escuchar. A Jenny le pareció que todo estaba tranquilo; solo se oía el chirrido de los grillos.
Pensó en los caballos y las vacas sin su cena.
Los pollos que habían quedado sueltos. Huesos, escondido en algún lugar.
Tom, Ruth y William en el sótano. ¿Qué pensaría Tom al ver que Alice no regresaba?
Jenny escuchaba la respiración de Simon y también la de Alice. La miró, pero ella tenía la vista clavada al frente. Después Simon volvió a empujar a Alice hacia delante.
Habían llegado a la puerta trasera del garaje. Simon bajó el picaporte despacio. La puerta se abrió con un leve crujido. Entró en la penumbra y Alice lo siguió. Después, entró Jenny, que miró a su alrededor y divisó la silueta voluminosa de la camioneta.
—Cierra la puerta —le dijo Simon, y Jenny tiró de la puerta para cerrarla hasta que quedaron en la más absoluta oscuridad.
Se topó con Alice cuando estiró los brazos para tantear a su alrededor.
Rozó algo duro con la pierna. Simon y Alice se movían y giraban; parecía que avanzaban.
Jenny se apresuró para no quedarse atrás.
Con las manos extendidas, tocó algo tibio: el brazo o la espalda de alguien.
Un rayo de luz apuntaba al suelo. Simon había encendido una linterna. Hacía que le brillara la mano con un tono rojizo.
Él abrió la puerta del conductor.
—Jenny, siéntate en el medio.
Jenny se subió a la camioneta, seguida de Alice.
Simon empujó la puerta hasta que la oyó cerrarse con un clic. Apagó la linterna y Jenny ya no pudo verlo, pero oyó ruidos a sus espaldas. Estaba haciendo algo en la parte de atrás del vehículo. Se abrió la puerta del copiloto y Simon se deslizó en el asiento. Cerró la puerta con suavidad.
Volvió a encender la linterna y la colocó debajo de una pierna para atenuar la luz.
Trasteó con la pistola como para mover y desbloquear las piezas de metal hasta que extrajo el cargador.
Lo cargó con balas nuevas, lo volvió a poner en su lugar, encajó una pieza de metal en la parte superior de la pistola y la soltó.
El último sonido del metal la hizo estremecerse.
Alice cogió el volante con una mano, miró a Simon y, luego, señaló hacia delante.
—¿Qué hacemos con el portón?
—Vamos a embestirlo con la camioneta.
—Bromeas, ¿no? ¿O quieres matarnos?
—Es de madera vieja. Podría romperlo con mis manos.
Alice miró a Jenny.
—¿Estás de acuerdo con ese plan? Podrías salir lastimada.
Jenny clavó la vista en la oscuridad. Casi no divisaba el portón del taller. Recordaba que era ancho.
—¿Y si se rompe el parabrisas?
—La camioneta tiene mucha chapa y motor en la parte delantera —respondió Simon—. Atravesará la madera.
—Y el portón podría caer encima de nosotros.
—No dejes de acelerar. Pisa el pedal a fondo.
—Van a disparar a las ruedas.
—Ya te lo dije: ¡acelera a fondo! —Simon escupía las palabras; se había echado hacia delante para mirar a Alice, sentada junto a Jenny—. Van a pensar que eres de los nuestros. No lo olvides.
Alice guardó silencio por un momento y Jenny se preguntó si se negaría; la sorprendió la chispa efímera de alivio que sintió antes de que Alice dijera: —¿Las llaves?
Simon estiró la mano y las dejó caer en la palma de Alice. Las llaves tintinearon mientras ella buscaba la correcta.
Estaban tardando mucho. Jenny se restregó las piernas con las manos.
—¿Qué crees que están haciendo los policías? —preguntó.
—Están escondidos —contestó Simon.
Alice encontró la llave y la metió en el contacto. Simon apagó la linterna y Jenny lo oyó ponerla en el salpicadero.
—Alice, pasa muy cerca del coche de la policía. Que piensen que vas a chocar con él. Así se quitaran del medio. Jenny, no levantes la cabeza y sujétate.
—¿Listos? —dijo Alice.
—Vamos.
El motor arrancó, tosió un momento y la camioneta salió disparada hacia delante.
Simon tenía razón: atravesaron el portón del garaje.
El marco crujió cuando la camioneta lo arrastró hacia delante.
Jenny miró hacia atrás. El frente del cobertizo se derrumbaba.
Iban tan rápido que Alice tuvo que dar un golpe de volante para evitar que la camioneta se estrellara de lleno con el coche policial.
—¡Abajo! —Simon apoyó la mano en la nuca de Jenny y le empujó la cabeza hacia las rodillas.
La camioneta derrapó en el polvo. Sonaron varios disparos. Jenny ahogó un grito cuando estalló el espejo lateral. Se tapó los oídos con las manos, pero no sirvió de mucho. Alice gritaba; las balas impactaban en la camioneta. Simon disparaba por la ventanilla abierta y el ruido era ensordecedor.
Alice aceleró a fondo y el motor rugió con fuerza.
La camioneta pasó a gran velocidad por encima de las pequeñas lomas y los baches del camino de entrada.
Los tres se sacudían y chocaban entre sí en la cabina.
Al final del camino, Alice hizo un giro repentino que lanzó a Jenny contra Simon, que quedó aplastado contra la puerta.
El ruido se atenuó y las ruedas empezaron a zumbar. Habían llegado al pavimento.
Jenny se sentó derecha.
Simon comenzó a tocarle el cuerpo.
—¿Estás herida? ¿Te dieron?
¿Estaba herida? Creía que no, pero se sentía entumecida. Negó con la cabeza.
—¡Gracias a Dios! —Simon la abrazó y le besó el lado de la cabeza—. Casi no lo contamos. —Se volvió hacia la ventanilla y empujó el resto del cristal roto con la palma de la mano.
Alice se aferró al volante. Tenía el rostro pálido y los ojos vidriosos.
Jenny la miró. Notó el movimiento leve del mentón de Alice y el destello de sus ojos al posarse sobre la pistola en la mano izquierda de Simon.
Era la mano que estaba más cerca de ella, porque había usado la otra para sacar los trozos de cristal roto.
No sujetaba con fuerza la pistola, sino que la tenía apoyada en la pierna.
Hasta ese momento, Alice nunca había intentado arrebatarle la pistola, al menos estando ella presente.
Alice desvió la mirada y vio que la joven la observaba. Volvió a mirar el camino. Jenny le dio un empujoncito a Simon y señaló la pistola. Él la miró como si quisiera pedirle disculpas, probablemente porque creía que a ella le molestaba que no tuviera más cuidado con la pistola. La cambió de mano.
Ahora los tres miraban por la ventanilla.