Rehenes en la carretera Capítulo 33. Jenny
74%

Capítulo 33. Jenny

Golpes de puertas al cerrarse.

Luego, una voz masculina, grave.

—Huesos, ¿cómo estás, viejo amigo?

Los ladridos de Huesos se transformaron en gemidos de alegría.

Simon levantó dos dedos y movió la boca en silencio: “Dos”. Se agachó y tiró de ella para que hiciera lo mismo. Deberían esconderse. Jenny señaló el sillón.

—Quieta —susurró él, con los labios cerca de su oído.

Jenny asintió y apoyó la frente en la piel tibia de su hombro. Sentía las piernas temblorosas y débiles, como si los músculos se le hubieran convertido en líquido. Sostuvo el rifle con la culata apoyada en el suelo para usarlo como apoyo. Simon había girado la cabeza y miraba hacia la puerta.

Voces de hombres. Cada vez más cerca. Pasos pesados en el porche. El tintineo del collar de Huesos, que correteaba, emitiendo gemidos de felicidad. Jenny temblaba de pies a cabeza. Apretó la mandíbula e intentó tensar los músculos.

Dos golpes a la puerta. Se estremeció y se pegó a Simon.

—¿Ruth? ¿William? Somos el agente Jack y el agente St. Pierre. Donna me pidió que pasara a asegurarme de que estuvieran bien.

Jenny sentía la sangre zumbándole en los oídos. Era ahora. Iban a atraparlos.

—No los veo en el campo —dijo otra voz, más joven, con acento francocanadiense—. ¿Quieres que eche un vistazo en el granero?

—Démosles un minuto para que lleguen a la puerta.

Más golpes. Pasos. Imposible distinguir quién se movía.

—¿Ves a alguien? —La voz del hombre mayor otra vez. ¿Estaría el más joven mirando por la ventana? Podía estar muy cerca. Simon tenía el brazo derecho flexionado, con la pistola apoyada contra la pared. Jenny lo imaginó girando de pronto y poniéndose de pie para disparar a través del cristal.

—No veo nada a través de las cortinas —dijo el otro. Las botas se alejaron.

—Donna me va a arrancar la cabeza si no los veo con mis propios ojos.

—Tu esposa está muy preocupada, ¿eh?

—Es inaudito que Ruth no asista a la feria. Gana el primer premio por su pastel todos los años.

Jenny miró a Simon. Ruth no había mencionado que Donna estuviera casada con un policía. Tampoco había dicho nada de ganar premios.

Otra vez golpes a la puerta. Más fuertes.

—¡William, soy el agente Jack! —gritó el policía con voz sonora.

Jenny hundió las uñas contra la palma de su mano. “Por favor, por favor, ¡marchaos!”.

—Mejor entremos a ver. Esto es raro. —El ruido del picaporte—. Ah, está cerrado con llave. Debe de haber una llave por aquí. Fíjate debajo de las macetas.

No, no, no. No podían entrar.

Simon se lanzó hacia el sillón, resbalando sobre las rodillas, y le indicó que lo siguiera. Se parapetaron detrás del mueble, pero no era lo suficientemente ancho como para ocultarlos a ambos. Jenny mantuvo el rifle apuntando hacia arriba y se aferró al cañón.

Simon atisbó por el lateral del sillón y la miró.

—Aquí no cabemos. Me voy a la otra ventana —murmuró.

Antes de que ella entendiera lo que había querido decir, Simon se alejó gateando. Ella se colocó mejor y lo vio cruzar frente a la puerta. Ahora estaba debajo de la otra ventana.

Se sentía expuesta detrás del sillón. Incluso sin Simon, el escondite le resultaba muy pequeño.

¿Le alcanzaría el tiempo para ocultarse detrás del sofá?

Había un espacio entre la parte posterior del sofá y el aparador.

Se deslizó hasta ahí y, tan pronto como se metió en ese recoveco, oyó el sonido metálico de la llave en la cerradura.

La puerta se abrió con un crujido.

Jenny trató de encogerse lo más que pudo. El rifle estaba en el suelo a su lado. No podía dispararle a un policía. No quería dispararle a nadie.

—¿Hola? —La voz del policía mayor se oía nítida y cerca—. ¿William? ¿Ruth? Soy el agente Jack.

Las botas rasparon el piso cuando el policía se movió.

Jenny se pasó la lengua por los labios y sintió el gusto de la sangre.

Levantó la mirada hacia el aparador y se dio cuenta de que tenía un espejo en la parte de atrás, detrás de los estantes, y se veía la imagen del policía que entraba en el salón.

Gorra negra con una tira amarilla. Patillas oscuras. Nariz prominente. Cejas gruesas. Con bigote. No llegaba a ver si tenía la pistola en la mano. Miraba en dirección a la cocina.

Huesos estaba dentro. Jadeaba y su collar tintineaba cuando corría de un lado al otro.

—¿Dónde están Ruth y William, Huesos? ¿Puedes mostrarme dónde están?

¡Ay, Dios! ¿Y si Huesos los encontraba a ella o a Simon?

El policía desvió la mirada y abrió mucho los ojos. Casi parecía que la miraba fijamente. ¿Acaso podía verla en el espejo, como ella lo veía a él?

El policía desenfundó su pistola y apuntó al sofá.

Caminaba hacia atrás, en dirección a la puerta.

—¡De pie y arriba las manos!

—¡Suelta el arma! —Era la voz de Simon.

El oficial se giró. Jenny solo le veía la cabeza con la luz del crepúsculo que entraba por la puerta.

Un disparo sonó fuerte y cerca. Ella gritó y se tapó los oídos con las manos. Más disparos. Se lanzó al suelo, acurrucándose de lado con los ojos apretados. ¿Dónde estaba Simon? Se oyó el ruido de cristales rotos. Los policías gritaban. Ella lloraba y temblaba y solo quería que todo terminara.

De pronto, se hizo silencio.

Estaba acostada, con la mejilla apoyada en el suelo y el rostro mojado por las lágrimas. Abrió los ojos y vio trozos de cristal debajo del sofá. Se estremeció cuando la puerta se cerró de un golpe, pero después vio que Simon gateaba hacia ella.

Se detuvo, en cuclillas, contra la pared junto a la ventana. La miró a los ojos.

—¿Estás bien?

—Sí.

Simon se asomó por detrás de las cortinas. Respiraba rápido y tenía cortes en las rodillas por los cristales, pero le sangraba más el hombro.

Jenny se arrodilló.

—¡Simon! ¡Mírate el brazo!

—No te levantes —le gritó él en un susurro. Ella volvió a aplastarse contra el suelo, pero quería acercarse a él. Con los codos, se impulsó hacia el sillón, con el rifle a cuestas.

—¿Dónde están? —Todavía le zumbaban los oídos y oía su propia voz como si estuviera debajo del agua.

—Detrás del coche. Lo he acribillado a tiros, pero no me quedan muchas balas. Tengo la caja de municiones en la mochila. —Metió la pistola en el bolsillo de sus pantalones cortos—. Pásame el rifle.

Jenny empujó el rifle hacia él.

—¿El policía está herido?

—Le di en el pecho o en el hombro. Todo fue muy rápido. Tal vez le di otra vez cuando ya estaba fuera. —Las últimas palabras salieron con dificultad.

—Estás sangrando mucho. —Sintió náuseas al ver la sangre y se llevó una mano al estómago.

Simon movió el brazo para echarle un vistazo a su hombro. Tenía los ojos brillantes. ¿Eran lágrimas de dolor o de miedo? Jenny no lo sabía. Él se dio vuelta y miró otra vez hacia fuera.

—Busca algo para hacer presión sobre la herida.

—Sí. —Agachada, bordeó el salón. No veía a Huesos. Se preguntó si habría salido corriendo por la puerta del frente o si se habría escondido en el dormitorio. Ojalá estuviera a salvo.

Revisó el botiquín del baño con rapidez y encontró gasas, esparadrapo y un envase pequeño de pomada antiséptica. Mojó un paño y volvió corriendo a donde estaba Simon. Se arrodilló a su lado y le levantó la manga.

—No es tan terrible —le dijo, y trató de convencerse también. La bala le había cortado la piel, pero no había penetrado en el brazo. Presionó la herida con el paño.

Simon emitió un quejido y se apartó con brusquedad.

—¡Mierda, me dolió!

—¡Perdón, perdón! Quería frenar el sangrado.

—Solo véndamelo.

Colocó un poco de crema en una de las gasas, la puso sobre la herida y la sujetó con la cinta adhesiva. Lo miró de perfil. Escudriñaba el jardín con ojos inquietos y el sudor le bajaba de la frente a la mejilla. Se lo secó con el antebrazo.

—¿Todavía están detrás del coche?

—Creo que sí, pero es posible que traten de ir al granero.

—¿Qué vamos a hacer? —Se guardó las gasas, la crema y el esparadrapo en el bolsillo.

—Irnos de aquí.

—La camioneta…

—Venía a decirte que está lista.

Si los policías hubieran llegado un poco más tarde… No los habrían encontrado.

—Necesitamos a Alice. No puedo conducir y disparar.

—Yo podría conducir...

—¿Te parece que podrías sacar la camioneta del garaje mientras la policía nos dispara?

No supo qué responder.

Simon alineó las miras del rifle en la ventana.

—Ven. Quiero que les apuntes con el rifle mientras voy a buscar a Alice. Si ven el cañón que sale por la ventana, lo más probable es que no se muevan. Si lo hacen, dispárales.

—¡No puedo dispararle a un policía!

—Dispárales cerca o por arriba. Solo necesito que se queden donde están. —Agachado, se alejó de la ventana hacia la pared y luego corrió agazapado hacia la cocina.

Jenny percibía los olores de la granja que entraban por la ventana rota. Heno y polvo. Uno de los caballos o tal vez los dos corrían de un lado a otro de la cerca. Oía los cascos que golpeaban la tierra y los resoplidos de los animales.

Levantó la cortina y la apartó del rincón.

En efecto, un caballo corría de un extremo al otro, pero Jenny no alcanzaba a ver si estaba herido o no.

El coche blanco y negro de la policía estaba en el medio del camino de entrada.

Tenía las ventanillas rotas y las llantas parecían desinfladas.

La trasera ya había perdido casi todo el aire.

Entonces vio las marcas en la tierra alrededor del coche y los rastros de sangre.