Capítulo 32. Jenny #2
Su madre se dio la vuelta. Las nubes habían ganado la batalla y la lluvia caía sobre ellas. El pelo se le había aplastado y el maquillaje de los ojos era un riachuelo negro que corría por su cara.
—¿Cómo pudiste hacerme esto? —gritó.
—Lo siento. Yo…
—¡Vete!
—¿Qué?
—¡Que te vayas de mi casa! —Su madre la empujó hacia el dormitorio, golpeándole los hombros. Luego se dio la vuelta y sacó del armario la única maleta de Jenny. Sacó puñados de ropa de los cajones y los metió allí.
Jenny no podía hablar. No podía moverse. Solo mirar. ¿La iba a llevar a algún sitio? Imaginó un hogar para madres solteras. La iba a desterrar. Su madre pasó al baño, donde cogió sus artículos de aseo y los lanzó dentro de la maleta.
—Isabelle, ¿qué pasa? —Robert apareció en la puerta, anudándose la corbata. El pelo negro, peinado con cuidado, relucía. Miró más allá, hacia la maleta sobre la cama.
—¡Está embarazada!
Robert soltó la corbata. Miró a Jenny, fijando la vista en su rostro y luego la bajó a su vientre. Ella casi no podía respirar. Los sollozos le sacudían el cuerpo.
Su madre había vaciado los cajones. Se sentó sobre la maleta y cerró la cremallera.
—Isabelle, te estás precipitando —dijo Robert.
Su madre levantó la cabeza de golpe y el pelo se le despeinó.
—Ah, ¿sí? La desagradecida de mi hija ha dejado claro que no le interesa esta vida maravillosa.
—Hizo un gesto amplio que abarcaba la habitación—.
Prefiere vivir en el puerto deportivo y limpiar pescados.
—Volvió a mirar a Jenny—. Qué estúpida eres, qué estúpida.
Ese chico va a ser un borracho igual que el padre.
A Jenny se le cruzó una idea fugaz de que su madre habría estado menos furiosa si hubiera considerado más digno al padre del bebé. Si hubiera sido rico.
Su madre bajó la maleta de la cama y empujó a Jenny hacia la puerta.
—¿Adónde me llevas?
Su madre se rio.
—¿Llevarte? No, querida, te estoy echando.
Robert retrocedió hacia el pasillo. Se quedó allí, mirando. Jenny alzó la vista hacia él, suplicante. Pero sus ojos solo transmitían pesar.
—Puedes volver a buscar el resto de tus cosas —dijo—. O podemos enviártelas.
Hablaba como si todo aquello hubiera sido planeado. Como si se fuera de viaje. Todo sonaba tan normal que Jenny se encontró saliendo de la habitación y bajando las escaleras. Su madre ya estaba en el vestíbulo, sosteniendo la puerta abierta. La maleta de Jenny estaba fuera, bajo la lluvia.
—Mamá, yo…
—No quiero escucharte —dijo su madre, con el mentón en alto, mirando hacia la sala.
Jenny miró sus zapatos alineados debajo del banco del vestíbulo.
Seguía con el maillot de danza puesto, así que no podía ponerse sus sandalias favoritas de tiras multicolores.
Se calzó zapatillas Adidas y cogió las sandalias y un par de zapatos de tacón bajo.
Buscó en el perchero su bolso de ganchillo, el que le había hecho Hannah, y su chaqueta vaquera, pero no podía ponérsela con los zapatos en las manos. Sostuvo todo contra el pecho.
—¡Ay, por Dios! ¡Vete de mi casa! —Su madre la cogió de la muñeca con fuerza y la arrastró hacia la puerta, donde le dio un empujón hacia afuera, hacia la lluvia.
La puerta se cerró tras Jenny.
Juntó sus cosas, dio la vuelta a la casa y buscó sus joyas, pero no pudo encontrar nada entre la vegetación que cubría el suelo.
Tomó el sendero que cruzaba el bosque hacia el puerto deportivo y subió la escalera trasera hasta el apartamento de Simon, con la maleta a rastra. Se le cayó una sandalia, luego la otra, por los huecos entre los escalones. Resbaló y se raspó la rodilla. Se levantó.
Simon abrió la puerta y encendió la luz. Abrió los ojos como platos al ver a Jenny, empapada y temblando en maillot de baile, con la maleta mojada a los pies y sangre en el labio.
—Dios santo, Jenny, ¿qué pasó? —La hizo entrar y cogió la maleta.
Ella había pensado qué decirle. Iba a ir poco a poco. Tal vez esperaría hasta la mañana. Pero en cuanto sus ojos se encontraron con los ojos castaños de él, llenos de preocupación, las palabras le brotaron de golpe.
—Estoy embarazada.
Simon dejó caer la maleta y se quedó mirándola. Ella esperó las preguntas, pero él guardó silencio. Pensó que quizá debería irse. Entonces Simon dio un paso adelante y la estrechó en un abrazo.
—Todo va a estar bien —le susurró—. Ya veremos cómo resolverlo.
Un cacareo estridente sacó a Jenny de sus recuerdos. Dos gallinas batían las alas y se picoteaban mutuamente. Una más grande fue tras ellas y las separó.
Le rugía el estómago. Ya no podía esperar más. Necesitaba comer algo. Se puso de pie y estiró los brazos por encima de la cabeza; luego se frotó la parte baja de la espalda.
De pronto, se paralizó.
¿Qué era ese ruido? Giró la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro. ¿Una cortadora de césped? ¿Una moto? Miró a Huesos, tendido en la hierba. No se había movido. El ruido se hizo más fuerte.
Huesos levantó la cabeza y se dio vuelta de lado. Miraba hacia el camino. Podía ser alguien pasando de largo. Jenny contuvo la respiración.
Huesos empezó a ladrar en el mismo momento en que ella vio el polvo.
La vecina. Debía de haber vuelto. Jenny cogió el rifle, corrió dentro de la casa y cerró la puerta con llave. Fuera, los ladridos de Huesos eran cada vez más fuertes.
Cruzó la cocina corriendo y abrió la puerta trasera; casi embistió a Simon, que la sujetó de los brazos, evitando que ambos cayeran.
—¡La vecina! —exclamó ella—. ¡Ha vuelto!
—Mierda.
Simon corrió hasta la ventana de la sala con el arma en la mano y Jenny lo siguió con el rifle. Él apoyó un hombro en la pared y enganchó la cortina con un dedo para asomarse por la diminuta abertura. Ella se aplastó contra la pared a su lado.
Además de los ladridos de Huesos, se oía un motor que se acercaba. Sonaba distinto al de la camioneta, menos ruidoso.
Silencio. Habían aparcado junto a la casa.
Simon retiró la mano de la cortina y giró el cuerpo hasta quedar hombro con hombro con ella. La miró con ojos enormes y la boca entreabierta.
—¡Es la policía! —susurró.