Capítulo 32. Jenny
Le dolía la espalda por la silla de madera y tenía franjas rosadas en las piernas donde el sol le había dado por entre la barandilla.
Había terminado el libro y se había pasado las horas observando a los animales y siguiendo el recorrido del sol en el cielo.
Ahora estaba sobre las montañas, bañando todo en la cálida luz del atardecer.
La granja se hallaba en silencio. Los caballos pastaban moviéndose lentamente y algunas vacas dormían en el prado.
Hasta los pollos cacareaban por lo bajo.
Había estado observando los pollos tanto tiempo que les había puesto los nombres de los personajes de Días felices . No sabía cuáles eran machos o hembras, así que los bautizó al azar: Fonzie, Joanie, Richie, Potsie y Chachi. Su preferido era Fonzie, que tenía plumas negras y brillantes.
En un momento, entró en la casa para usar el baño y tomar algo; comió unos pepinillos en vinagre que encontró en la nevera y unas cucharadas de mantequilla de cacahuete. Se sentía mal sabiendo que Alice y los demás también tendrían hambre, pero no se atrevía a levantar la trampilla sola.
Se preguntó si debería ir a ver qué hacía Simon y llevarle comida, pero decidió no hacerlo. No quería que se enfadara porque no estaba vigilando.
Huesos estaba echado sobre la hierba a la sombra. Al menos parecía cómodo. Suspiró, se quitó las sandalias y se meció en la silla. Le pesaban los párpados.
Aleteos en el vientre. El bebé se movía. Apoyó la palma contra la piel. ¿Cómo se podía amar tanto a alguien sin siquiera haberlo conocido?
No siempre se había sentido así.
Al principio, pensó que se había pillado algún tipo de gripe.
Una que la hacía correr al baño por la mañana para vomitar.
El olor de la laca para cabello perfumada, del jabón o de la carne le provocaba arcadas.
Nunca había sido regular con la menstruación, así que no se dio cuenta cuando no la tuvo el primer mes.
Pero luego pasó otro mes, y otro más. Se plantó frente al espejo y se miró el vientre, esa redondez que antes no estaba.
Los pechos estaban más llenos, y le dolían.
¿Qué iba a hacer? No podía contárselo a Simon.
Todavía no. En casa y en la escuela se vestía con ropa suelta.
Dejaba desabrochado el botón superior del pantalón y se colocaba blusas y camisetas sobre el vientre.
Pero los leotardos eran ajustados. Se subía la falda de danza hasta la cintura y contraía el abdomen durante las clases. Se vendaba los pechos.
¿Podría ocultarlo hasta el verano? ¿Seguir yendo a danza?
No. Claro que no. Pero tal vez podría terminar el bachillerato.
¿Y después qué? No lo sabía. No sabía nada sobre estar embarazada.
No entendía cómo calcular de cuántas semanas podía estar.
Si iba al médico, se lo dirían a su madre.
Todavía tenía esperanzas de estar equivocada.
Tal vez no estuviera embarazada. O quizá perdería al bebé. Era algo que podía pasar.
Se le acabó el tiempo a mediados de mayo.
Era uno de esos días primaverales caprichosos en los que el sol y las nubes se disputan el cielo.
Estaba sentada delante de su tocador, puliendo un hermoso trozo de cristal marino verde que Simon le había regalado.
Al levantarlo a contraluz, le recordaba las botellas verdes de Alicia en el País de las Maravillas .
Ojalá pudiera beber una pócima y encogerse hasta desaparecer.
Se suponía que debía estar practicando, así que llevaba puesto su maillot negro.
El espejo de cuerpo entero la provocaba.
“Ven, muéstrame tu secreto. No puedes esconderte de mí”.
Las zapatillas de punta se burlaban desde el suelo.
“Te duelen los pies. Ya no puedes girar. Todo se acabó para ti, tonta”.
Unos golpecitos a la puerta. Dejó caer el cristal, que tintineó sobre la bandeja metálica de joyas, y se giró en la silla en el momento en que entraba su madre.
¿Cómo no la había oído? Siempre llevaba tacones.
Jenny bajó la mirada a los pies de su madre.
Medias de nailon. ¿Habría intentado sorprenderla?
Su madre no la saludó. Caminó hacia el espejo, suspiró y se alisó el vestido cruzado de tela estampada en blanco y negro, con las manos en las caderas.
—Te ves hermosa —dijo Jenny.
Su madre se inclinó más cerca del espejo y apartó un mechón imaginario de los ojos. Había ido a la peluquería. El cabello rubio platino le brillaba y las cejas dibujaban dos arcos perfectos.
—¿Adónde vais a cenar? —preguntó Jenny. Había oído a Robert hacer la reserva, pero sabía que su madre querría contárselo.
—Al nuevo restaurante de mariscos que está costa arriba. Algunas mujeres de mi clase de aeróbic hablaban de él. Sirven bisque de langosta.
Jenny no sabía qué era eso del bisque , pero procuró mostrarse impresionada.
—Suena maravilloso.
Su madre la miró con los ojos entornados.
—Hoy estuviste descuidada.
—Estaba un poco mareada. Ya se me pasó —dijo, con una sonrisa ni muy grande ni muy pequeña. La que parecía irritar menos a su madre.
Ella se acercó más y reparó en la bandeja de objetos sobre el tocador.
Pasó la yema de los dedos por encima de ellos.
Trozos de cristal. Piedras bonitas. Caracolas.
Plumas. Simon le había dado hilo de pesca, algunos señuelos brillantes y unas pinzas.
Guardaba fragmentos de bronce y latón que encontraba en los barcos, tiras de madera de teca.
Jenny adoraba cada pieza. Clavó las uñas en las palmas de sus manos.
—Tu cena está en la nevera.
—Gracias.
Mientras su madre se daría un festín con bisque de langosta, a ella le tocaría ensalada, pollo al vapor y, con suerte, una ración de arroz. Había pasado de vomitar todas las mañanas a querer comer todo el tiempo, y se sentía tan cansada que casi se dormía en clase.
Su madre ladeó la cabeza y volvió a estudiar su rostro, como si viera algo distinto pero no lograra identificarlo. Luego miró de nuevo los tesoros. Su dedo se detuvo en los señuelos.
—¿De dónde los sacaste?
—De la playa. Los trae el mar. —Contuvo el aliento.
¿La habría visto alguien con Simon? Ese miedo la acompañaba desde su primer viaje en lancha hasta la cabaña de él.
Se habían sentado junto a la estufa de leña para comer sopa de pollo directamente de la olla y habían hablado durante horas.
Debería haberle puesto fin entonces, pero ¿cómo?
Por fin tenía a alguien que la escuchaba, que la entendía.
Había tratado de ser cuidadosa. Lo llamaba por teléfono solo cuando no había nadie y, si salían en la lancha, se ponía su impermeable y el gorro de pescador.
Simon había ido a su casa algunas veces cuando su madre y Robert no estaban, pero casi siempre se veían en el apartamento de él.
Ella se escabullía por el bosque y subía por la escalera de atrás, pues le tenía terror a su padre.
Dios. Tal vez él se lo había contado a su madre.
—Hum…
Su madre apartó la mano y se giró como para marcharse, pero se detuvo con la mirada fija en el frente del maillot.
—¿Qué es eso?
Jenny bajó la vista y vio el error de inmediato.
El terrible error. El escote del maillot se había corrido hacia un lado y la venda que usaba para aplastarse el pecho se había aflojado y asomaba por un lateral.
Antes de que pudiera cubrirse, su madre sujetó el borde de la venda y empezó a tirar de ella, obligando a Jenny a levantarse de la silla.
—¡Basta! —Jenny apartó la mano de su madre con una palmada. Se quedaron mirándose, agitadas. Nunca había tocado así a su madre.
Ella alargó el brazo y le bajó el maillot de ambos hombros, dejando al descubierto sus pechos vendados. Jenny intentó cubrirse, pero su madre tiró de la venda con los labios apretados. Dio una vuelta a su alrededor como si fuera un maniquí.
Le quitó la venda y Jenny quedó paralizada, a medio vestir, cubriéndose los pechos con los brazos; su madre alzó la venda y la sacudió.
—¿Y esto qué es?
—Nada. —La peor respuesta posible. Porque tanto ella como su madre sabían que eso era mucho más que nada ; entonces su madre arrojó la venda a un lado.
Mientras Jenny la veía volar por el aire y caer sobre la cama, su madre hundió sus uñas rojas, recién pintadas, en los antebrazos de Jenny y se los separó del cuerpo.
Ella trató de resistirse, pero su madre era más alta, más fuerte y más cruel.
Jenny quedó allí, con los pechos completamente expuestos.
Con un tirón violento, del que ni siquiera intentó resistirse, su madre le bajó el maillot hasta dejárselo enrollado en la parte alta de los muslos y los glúteos.
Con la vista fija en su vientre, la cogió de las caderas y la hizo girar de lado. A Jenny le ardía la cara: se le llenaron los ojos de lágrimas, que le cayeron por las mejillas.
De pronto, su madre la soltó y dio unas zancadas hacia el baño. Mientras registraba los armarios, Jenny se subió el maillot a toda prisa. Su madre estaba revisando las compresas. Hacía meses que Jenny no le pedía ninguna.
Salió del baño hecha una furia y le apuntó con el dedo.
—¡Estás embarazada! —chilló. Se veía horrible de pronto. El labial corrido. La cara desfigurada, los ojos desorbitados—. Es el chico ese, ¿no? El pescador.
Se acercó al tocador de Jenny y señaló los señuelos y las caracolas.
—¿Esto? ¿Echaste a perder tu futuro porque un chico te regala basura? —Cogió la bandeja.
—¡No! ¡No! —Pero ella ya había abierto la puerta del balcón y salía.
Jenny la siguió y le sujetó el brazo. Su madre se soltó de un tirón y le dio un golpe en la cara con el antebrazo. Jenny sintió el sabor de la sangre. Tenía el labio partido. Se llevó la mano a la boca y lloró mientras su madre arrojaba sus tesoros por encima de la barandilla hacia el bosque.