Rehenes en la carretera Capítulo 31. Jenny
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Capítulo 31. Jenny

Simon la apartó a un lado para pasar, la tomó de la mano que tenía libre y la arrastró tras él. A Jenny le costaba sostener el rifle y seguirle el paso; Simon subió los escalones de dos en dos.

Irrumpieron en la cocina y la puerta mosquitera se cerró de un golpe tras ellos.

El vehículo debía de estar cerca. La persona quizás estuviera subiendo los escalones del porche.

Tal vez incluso ya hubiera oído el ruido.

Simon le soltó la mano, sacó la pistola de la cintura de los pantalones cortos y corrió al frente de la casa.

—¡Echa el cerrojo! —le ordenó en un susurro vehemente.

Jenny obedeció. ¿Debía poner una silla bajo el picaporte?

Algo para bloquear la puerta. Pero ¿y si tenían que salir corriendo?

Fue adonde estaba Simon, junto a la ventana a la derecha de la puerta principal; había levantado un poco la cortina con la yema del dedo.

El sol entraba en diagonal, partiéndolo en dos: un lado dorado, el otro en sombra.

—Viene una camioneta blanca por el camino —anunció Simon.

Jenny ya oía el ronroneo del motor.

La camioneta se detuvo. Una puerta se cerró con fuerza. Simon se apartó de la ventana y se puso frente a la puerta maciza de madera. Le hizo señas a Jenny para que se pusiera detrás de él.

—Estate preparada con el rifle, pero no le quites el seguro todavía.

Ella se apoyó contra su espalda, con el rifle a un lado. Sentía el miedo de él. El calor de su cuerpo a través de la camisa. Su respiración acelerada. No entendía por qué estaban frente a la puerta. ¿No deberían esconderse? Simon levantó la mano que sostenía la pistola.

—¡No dispares! —suplicó ella.

Él la miró y movió solamente los labios.

—Silencio.

Pasos de botas en los escalones y en el porche. Quizás un hombre, ahora del otro lado de la puerta. ¡Tan cerca! Llamó rápido, como un pájaro carpintero: toc, toc, toc.

Jenny sintió que el sonido le atravesaba el cuerpo. Se estremeció y enganchó el dedo en la cintura de los pantalones cortos de Simon. El brazo de él se tensó, la mano se cerró alrededor del arma.

El hombre volvió a llamar varias veces. Las tablas del porche crujieron cuando cambió el peso del cuerpo. O tal vez miró por las ventanas. Jenny se quedó inmóvil.

—¿William? ¿Ruth? ¿Estáis ahí? —Era la voz de una mujer. Alegre.

Jenny alzó la cabeza, sorprendida.

Más pasos. Ligeros y rápidos. Alguien subía corriendo los escalones del porche.

—¿Dónde está Huesos, mamá?

Jenny ahogó una exclamación. No. Un niño. Por la voz, debía de ser pequeño.

—No lo sé —dijo la mujer, y volvió a llamar a la puerta.

Momentos después, ambos se alejaron y bajaron los escalones.

Jenny soltó el aire y se inclinó hacia delante, apoyando la frente en la espalda de Simon; él se hizo a un lado, se agachó, avanzó arrastrándose hasta la ventana y miró por el borde de la cortina.

Jenny esperó detrás de la puerta a que se encendiera el motor. Tenían que irse pronto.

—¿Qué pasa? —susurró.

—No lo sé. Están en medio del camino de entrada.

Jenny se arrodilló y se acercó a él, arrastrando el rifle sin hacer ruido. La ventana era lo bastante baja como para que pudiera quedarse de rodillas. Miró por encima del hombro de Simon, a través de la misma rendija.

La mujer era alta y esbelta, con el cabello rubio recogido en una coleta alta, vaqueros ajustados metidos dentro de botas vaqueras y una camisa azul a cuadros anudada en la cintura.

El niño tenía el mismo pelo rubio, pero llevaba una gorra roja de béisbol; sus vaqueros estaban gastados y sucios en las rodillas. No se le veía bien la cara.

Hablaban. Ahora él señalaba el granero. Se giraron y caminaron hacia allí; la coleta de la mujer se balanceaba. El niño echó a correr delante.

—No se van. Vigila. Yo iré rápido. —El calor del cuerpo de Simon se apartó de ella, dejándola inestable. Miró por encima del hombro; él se arrastraba hacia la cocina.

—¿A dónde vas?

—A traer a Ruth, por si empiezan a buscar.

Cuando estuvo lejos de la ventana, se puso de pie y corrió a la cocina. Apartó la mesa de la trampilla.

Ella se volvió hacia la ventana y observó la entrada del granero.

Le pareció oír que el niño llamaba a William, pero no podía estar segura.

Esperaba que Simon se diera prisa. ¿Y si no podía hacer subir a Ruth?

La mujer y el niño podrían ir a la puerta trasera.

Tal vez había una llave de repuesto. Pensó en mentiras que podía decir: que eran parientes, que William y Ruth habían salido de viaje y les estaban cuidando la granja.

Pero todas las ideas se desintegraban enseguida.

La mujer y el niño salieron del granero.

Jenny contuvo el aliento. El pequeño se detuvo para colocarse la gorra: la levantó y se la aplastó sobre el pelo rubio.

La mujer esperó mientras él caminaba hacia el cercado, pateando la tierra con las botas; los pollos se apartaban, corriendo.

Uno de los caballos asomó la cabeza por encima de la cerca y el niño le dio unas palmadas en el cuello.

Jenny oyó movimientos. Miró hacia la cocina. Simon traía a Ruth con él. Se la veía aterrada. Huesos los seguía.

Simon movió los labios en silencio: —¿Dónde están?

—Con los caballos —respondió Jenny. Huesos trotó hasta ella y le lamió la cara.

—Ve a sentarte en el sofá —le ordenó Simon a Ruth—. Si vienen a la puerta, deshazte de ellos. Diles que estás durmiendo la siesta o algo.

—Por favor, no les hagas daño. —Ruth juntó las palmas de las manos como si rezara—. Ese niño tiene diez años. No quieren causar problemas, son solo buenos vecinos.

Simon debió de habérselos descrito a Ruth. Hablaba casi llorando. Jenny se preguntó si serían gente con la que Ruth y William pasaban mucho tiempo. Tal vez hasta sintieran afecto genuino por ellos.

—Entonces será mejor que te esmeres en lograr que se vayan —dijo Simon—. Te estaré vigilando de cerca. —Señaló hacia donde Jenny estaba en cuclillas.

Ruth asintió. Estaba tan pálida que su piel parecía transparente.

Jenny podía verle en la frente el azul tenue de las venas.

La mujer se alisó el vestido sobre las caderas regordetas, se acomodó el moño trenzado y se quitó unos mechones sueltos de la cara.

Luego se sentó en el sofá con la espalda recta y las manos sobre el regazo.

Simon se escondió detrás de la cortina junto a Jenny. Ambos vieron a la mujer y al niño al mismo tiempo. Pasaron junto a su camioneta y el tractor. Volvían hacia la casa.

Simon lanzó una mirada fulminante a Ruth y señaló la pistola. Jenny se apretó una mano contra el estómago. Sentía que iba a vomitar. Como si tuviera una insolación y escalofríos.

Ruth los miró por un segundo y luego clavó la mirada en la puerta. A primera vista, parecía serena, pero Jenny vio que tragaba varias veces y se retorcía las manos.

La mujer y el niño subieron los escalones. Huesos empezó a ladrar y corrió a la puerta, brincando en círculos y gruñendo como si quisiera atacar la madera.

Ruth miró a Simon con los ojos muy abiertos y llorosos.

—No sé qué… —Pero ya no había tiempo. Tres golpes enérgicos a la puerta les hicieron dar un respingo. Huesos ladró más fuerte.

—¿Ruth? ¿William? —gritó la mujer.

Simon levantó una mano, contando con cada dedo y diciendo los números con los labios. Luego asintió. Ruth se puso de pie y fue a la puerta. Este era el momento clave. Ruth podría echar a correr. Todo podría salir mal otra vez. Jenny no sabía qué haría Simon después.

Ruth inspiró hondo y abrió la puerta.

—¡Donna!

—¡Ruth! ¡Gracias a Dios, estaba tan preocupada!

—¿Todo bien? —Ruth sonaba algo agitada a oídos de Jenny, que veía un lado de su cara. Simon también mantenía la vista fija en ella.

Huesos había salido al porche; sus uñas sonaban sobre la madera y el collar tintineaba. Ya no ladraba, solo lanzaba pequeños aullidos de emoción.

El niño le hablaba: —¡Hola, Huesos!

—Me dijo Carrie que no atendíais el teléfono. — Carrie . Jenny recordaba el nombre. Era la hija de Ruth. Había estado llamando. ¿Cuántas veces habría intentado comunicarse?

—Hemos tenido problemas con la línea. Quería avisar a la compañía telefónica, pero hemos estado con un virus estomacal que nos ha dejado fatal.

—¿William también está enfermo?

—Ha estado en cama todo el día. Ese hombre se comporta como si tuviera la peste bubónica.

La mujer rio.

—Son todos iguales, te lo aseguro. ¿Necesitáis ayuda con los animales? ¿O que os haga la compra?

—Gracias por ofrecerte, pero nos arreglamos bien. —Ruth sonrió; estaba tan pálida que con suerte la mujer la creería.

—Puedo llevar a Huesos a dar un paseo —dijo el niño.

—Gracias, cariño, tal vez otro día.

—¿Tienes galletas?

—¡Steven! —lo regañó la madre—. ¡Así no se piden las cosas!

—No pasa nada —dijo Ruth—. Steven es mi mejor catador de galletas, pero hace días que no horneo nada.

—Pero irás a la feria, ¿no es cierto?

—Creo que este año me quedaré en casa. No tengo fuerzas, realmente.

—Ah. —Una larga pausa—. Bueno, no te haremos perder más tiempo. —Jenny no podía decidir si la mujer sonaba desconcertada o lo había imaginado. ¿Qué había pasado? ¿Ruth había dicho algo raro?

Echó una mirada a Simon, que tenía el ceño fruncido.

—Le diré a Carrie lo del teléfono —dijo la mujer.

—Gracias, Donna. —Ruth cruzó los brazos sobre su cintura—. ¡Huesos, ven aquí!

El perro entró en la casa lentamente, con la cabeza gacha. Los pasos de los vecinos se alejaban. Ruth seguía mirándolos, con una sonrisita en los labios. Saludó con una mano. Se cerraron dos puertas del vehículo y se encendió el motor. Ruth entró en la casa y cerró la puerta.

—¿Por qué actuaba raro la mujer? —quiso saber Simon.

—Se fueron. Era lo que querías. —Ruth ya no parecía tan asustada. Ahora estaba molesta, lo que inquietaba más a Jenny. Podía hacer enfadar a Simon. Apoyó una mano sobre la pierna de él.

—Fue después de que hablaras sobre hornear.

—Tal vez se sorprendió porque horneo algo todos los días. No tiene ninguna importancia.

Jenny le apretó suavemente la pierna para que la mirara.

—Está bien —dijo—. Va a creer que Ruth está enferma de verdad.

—Eso espero. Porque si regresan me voy a cabrear. —Simon se puso de pie e hizo una seña a Ruth para que fuera con él.

Jenny también se levantó y vio cómo Huesos seguía a Simon y a Ruth hacia la cocina, haciendo tintinear el collar. Tras abrir la trampilla, Simon sujetó a Huesos del collar.

—El perro se queda.

—Es viejo —dijo Ruth—. Necesita estar con nosotros.

Incluso desde la ventana, Jenny podía ver la angustia en el rostro de la anciana, pero Huesos no parecía notarlo. Miraba a Simon con la lengua fuera, moviendo la cola.

—Va a estar bien. Vamos, baja.

Ruth se dio la vuelta y descendió. Cuando se cerró la trampilla, Simon volvió a la sala, seguido por Huesos.

—Ten al perro fuera contigo, ¿vale?

Ella asintió.

—¿Cuánto te falta?

Él hizo una mueca de fastidio.

—Espero poder partir esta noche, pero rompí una herramienta y el viejo tenía piezas por todos lados. Tengo que seguir.

—¿No tienes hambre?

—Comeré después. Quiero salir antes de que aparezca alguien más.

La rodeó con los brazos y la besó. Ella se apoyó contra él, deseando quedarse así para siempre, pero, tras unos segundos, Simon se apartó; le dio un último beso rápido y rascó a Huesos en el cuello.

—Cuida a mi chica, ¿eh? —Huesos golpeó la cola contra el suelo. Cuando Simon llegó a la puerta trasera, se detuvo junto al equipaje—. Voy a cargar todo en la camioneta.

—Te ayudo.

—Yo me encargo, amor. —Se colgó las mochilas de los hombros—. Ve a vigilar.

Ella asintió y llamó a Huesos. Fuera, se meció en la silla, con la vista fija en el camino donde había visto levantarse el polvo por primera vez.

Era una buena señal que Simon cargara la camioneta. Pronto se irían.