Capítulo 30. Jenny
Cuando despertó, Simon estaba junto a la cama, poniéndose una camiseta sin mangas limpia. La azul con ribetes blancos. Tenía el pelo enmarañado y ojeras marcadas. Estaba pálido, con resaca. Vio que ella lo miraba. Una sonrisa fugaz asomó en sus labios y desapareció.
—Voy a decirle a la vieja que les dé de comer a los animales y nos prepare el desayuno.
—Ruth. Deberías llamarla por su nombre.
—Me da igual. —Se dirigió a la puerta—. Vuelve a dormir.
Jenny rodó boca arriba y miró el techo. Fuera, las vacas mugían y los caballos relinchaban, reclamando alimento. El sol se filtraba por las cortinas, dibujando formas.
Simon le había dicho que se volviera a dormir. Como si fuera una niña. Intentaba ser cariñoso —le importaba que descansara—, pero sus palabras le molestaban. Eran como pequeñas espinas que se le clavaban en la piel.
Se levantó y se duchó, pensando en Alice y los demás. ¿Oirían el agua? Seguramente también deseaban ducharse. Pero Simon no los dejaría subir.
Vestida con ropa limpia, se dirigió a la cocina y, tras ver que estaba vacía, salió a la galería. Ruth y Simon estaban en uno de los cercados, donde Ruth alimentaba a los caballos. Simon estaba apoyado contra un poste, observando. Se volvió para mirar a Jenny.
Ella le hizo un gesto fugaz con la mano, al que él respondió levantando el pulgar.
Jenny regresó a la cocina. Tal vez podría preparar café, pero no veía una cafetera automática como tenía en su casa. Sobre la estufa solo había una gastada cafetera de metal con una perilla de vidrio en la parte superior. No sabía cómo se utilizaba.
Lavó la vajilla sucia que Ruth había traído del sótano y cuando estaba colocando el último plato en el escurridor, la puerta del frente se abrió con estrépito.
Se giró, sobresaltada, y vio que Simon entraba en la cocina, arrastrando a Ruth detrás de él.
En la mano tenía el teléfono verde, con los cables colgando.
—¿Viste esto?
—¿Qué? —Le ardía la cara, como si hubiera estado junto a una chimenea. Se secó la frente, sin percatarse de que tenía la mano enjabonada—. ¿Dónde lo encontraste?
—En el granero. Sobre la mesa de trabajo.
Ella negó con la cabeza.
—Fui a buscar cordel.
—Estaba sonando. Ruth dice que se le había olvidado. —Soltó una risa amarga, llevó el brazo hacia atrás y lo arrojó contra la pared, donde se estrelló con un tintineo. Cayó al suelo desparramando sus entrañas de metal y resbaló hasta golpear contra el cubo de basura.
Huesos, que debía de haberlos seguido hasta la casa, se enredaba en las piernas de Ruth y le ladraba a Simon.
—Dile que se calle —le ordenó Simon.
—¡Huesos, basta! —Ruth intentó hablar con firmeza, pero Jenny percibió el temblor en su voz. El perro dejó de ladrar, pero soltó unos gemidos nerviosos.
Simon abrió la puerta trasera, cogió unas galletas para perros de un recipiente sobre la encimera y las lanzó afuera. Huesos salió trotando y Simon cerró detrás de él.
A empujones, hizo sentar a Ruth en una de las sillas y se inclinó hacia ella.
—¿Quién te estaba llamando?
—No lo sé.
—No te sorprendiste. ¿A quién esperabas?
Ruth miró a Jenny y luego volvió la vista hacia Simon. Jenny contuvo la respiración.
—Nuestra hija llama a veces.
—¿Y qué hará si no logra comunicarse contigo?
—Tal vez llame a un vecino.
—¡Su puta madre! —Simon dio una patada a una de las sillas de la cocina, que cayó al suelo, y Jenny se estremeció. Ruth se llevó las yemas de los dedos a los labios, con los ojos muy abiertos.
Tras varios segundos en los que Simon respiró agitadamente con las manos en la cintura y la mirada clavada en la silla caída, se volvió otra vez hacia Ruth.
—Desayuno. Necesitamos comida y café.
—¿Ahora? —preguntó Ruth en voz baja.
—No es necesario que… —Pero Jenny no llegó a terminar; Simon asió a Ruth del brazo con fuerza y la levantó de la silla. Ella hizo una mueca de dolor.
—¡Simon! ¡Le estás haciendo daño!
Él miró la cara de Ruth y la soltó, negando con la cabeza. Jenny no podía decir si estaba enfadado con ella o consigo mismo por lastimar a la mujer.
—Que alcance para todos. —Se sentó en la silla, puso el arma sobre la mesa y encendió un cigarrillo.
Ruth llenó la cafetera con agua, luego puso café molido en el filtro. Volvió a montarla la colocó sobre uno de los quemadores y encendió la llama. Durante todo ese tiempo, Jenny se quedó cerca de ella, sintiéndose inútil. Pensó en sentarse con Simon, pero Ruth la miró y señaló un armario.
—Puedes sacar las tazas, la leche y el azúcar.
Ruth era más lenta que Alice para cocinar.
Colocaba con cuidado cada tira de beicon en la sartén para que no se tocaran, les daba la vuelta cuando estaban crujientes y las sacaba, alineándolas enseguida en un plato cubierto con papel absorbente.
Revolvía los huevos con suavidad, añadiendo pequeñas cantidades de leche y sal.
No le habló, salvo para hacerle pedidos breves, siempre con un “por favor” o “gracias”, como si Jenny fuera una invitada.
La única vez que pareció fastidiada fue cuando dijo que deseaba tener sus cuchillos para poder preparar patatas ralladas.
Jenny temió que Simon la oyera, pero cuando lo miró, estaba bebiendo café a grandes tragos con el rostro inexpresivo, y daba caladas rápidas al cigarrillo, para luego sacudir la ceniza sobre un platillo.
Cuando el desayuno estuvo listo, Jenny se sentó frente a Simon, que empezó a comer dando grandes bocados.
Le miró los ojos enrojecidos y las manos llenas de raspones con sangre seca.
Olía a grasa de mecánico y cerveza rancia.
Él levantó la vista y su mirada se suavizó al posarse en ella; le dedicó una pequeña sonrisa.
Seguía ahí, su Simon seguía ahí. Jenny inspiró hondo.
Se oyeron unos rasguños en la puerta trasera. Simon cogió la pistola.
—Es Huesos —dijo Ruth, y echó a andar hacia el porche—. Quiere comer.
—¡Alto! —exclamó Simon—. No te dije que pudieras abrir esa puerta.
Ruth se paralizó con las manos en alto.
—Perdón, no me di cuenta.
—Regresa.
Ella retrocedió despacio hasta quedar cerca del fregadero y bajó las manos. Miró a Simon.
—¿Puedo prepararle la comida?
Simon asintió y se volvió hacia Jenny.
—Deja entrar al perro, amor.
Cuando abrió la puerta, Huesos entró de un salto y fue directo al plato que Ruth había dejado en el suelo. Durante un par de minutos, los únicos sonidos fueron los del perro zampándose la comida mientras la cadena de su collar tintineaba contra el borde del recipiente.
Jenny tenía hambre, pero con el aire cargado de repentina tensión, no pudo terminar lo que le quedaba en el plato. Tomó unos sorbos de café y esperó a Simon. Cuando terminó, ella recogió la mesa. Simon apartó los muebles y luego levantó la trampilla.
Mientras comían, Ruth había lavado la sartén, había cargado la bandeja de la noche con platos de comida y una botella de leche, y vuelto a llenar la jarra de plástico con agua.
Jenny la vio desaparecer por la escalera hacia el sótano.
Cada peldaño hacía tintinear los platos sobre la bandeja.
Llevaba también el recipiente con las galletas. Huesos se lanzó detrás de ella.
Cuando la trampilla se cerró, Simon se volvió hacia Jenny.
—¿Puedes preparar algo de comida? Y también agua. Tenemos que estar listos por si hay que salir de aquí. Esa llamada me ha dejado intranquilo.
—Está bien.
Mientras Simon iba a buscar sus mochilas, Jenny encontró en un cajón varias bolsas de papel dobladas, pero no sabía bien qué comida llevar.
No podrían cocinar y no tenían nevera portátil.
Metió dos cajas de galletas saladas, un queso, una canasta de fresas y algunas manzanas rojas.
Revolvió los armarios hasta encontrar un termo de metal y lo llenó con agua.
Por último, cogió una hogaza de la panera.
Simon volvió con las mochilas y las fundas de almohadas con lo que quedaba de los robos. Las dejó junto a la puerta trasera. Jenny añadió la comida al montón.
—Necesito que vigiles el frente mientras voy por los rifles.
Ella fue hasta la ventana de la sala. Las cortinas seguían cerradas desde la noche anterior. Al correrlas, sintió el calor del sol a través del cristal.
Oyó a Simon en la cocina y miró por encima del hombro. Tras dejar la escopeta y las cajas de munición junto al resto de sus cosas, Simon caminó hacia ella con el rifle y una caja de balas. Dejó la caja sobre la mesita y le tendió el arma.
—Está cargada.
Ella la cogió con cuidado.
Simon miró hacia fuera desde cada ventana y volvió a correr las cortinas.
—Desde aquí casi no se ve el camino de entrada —dijo—. Vas a tener que sentarte fuera, en el porche.
—¿De verdad crees que pueda aparecer algún vecino?
—Puede ser. O alguien de quien ella no nos habló.
Jenny no había pensado en eso. Ruth podía estar mintiendo igual que ellos. Podía tener un hijo, o un amigo, o algún empleado. Alguien que ella sabía que vendría a ver si estaban bien.
—¿Cuánto vas a tardar?
—No lo sé. Bastante, quizá. —Se pasó la mano por el pelo y frunció el ceño, frustrado—. La cagué, así que tengo que volver a desarmar la parte de atrás.
Ella quería tomarle la mano. Quería sentir sus brazos alrededor del cuerpo. Se sentía más segura cuando él la abrazaba, pero era demasiado tarde. Simon ya estaba avanzando hacia la nevera, de la que sacó un par de botellas de cerveza. La miró.
—Solo me gusta el sabor. No voy a emborracharme.
—Anoche…
—Lo sé. Lo siento. Fue una estupidez.
Ella asintió, porque no sabía qué decir. Sintió una oleada intensa de alivio y amor. Había cometido un error y se disculpaba. No intentaba dar vuelta las cosas y echarle la culpa a ella.
Lo siguió hasta la cocina y esperó mientras Simon abría la puerta y salía a la galería. A último momento, él se volvió y la miró a los ojos: —Ánimo, amor. Ya falta poco para que termine todo.
Sentada fuera, Jenny pensó en sus palabras durante toda la mañana y parte de la tarde.
Sabía que Simon se refería a que su estancia en la granja estaba a punto de terminar, pero no lograba quitarse de encima la pesadez que le oprimía los hombros y el pecho.
La sentía incluso en las pantorrillas, como un dolor sordo.
Intentó distraerse con una novela romántica que había encontrado en la casa.
El cabello se le pegaba a la cara y tenía el cuello y la frente húmedos de sudor.
Necesitaba ir al baño. Beber agua. Comer.
Simon no había vuelto a almorzar. Se puso de pie y recorrió con la vista el campo en dirección al camino. No se veía ni se oía ningún coche.
Cogió el rifle y entró deprisa en la casa.
Usó el baño, luego preparó una jarra de té helado y sacó un paquete de galletas saladas y una manzana de las bolsas que había preparado antes.
Llevó todo afuera. Ya instalada en la mecedora, apoyó el rifle contra la barandilla del porche.
Bebió un sorbo de té y dormitó, entreabriendo los ojos de vez en cuando para observar a los pollos.
Se preguntó si habría gatos en el granero.
Le gustaban los gatos. Abrió los ojos y recorrió con la mirada el granero y luego el prado donde comían los caballos y las vacas.
Algo le llamó la atención por el rabillo del ojo. Giró la cabeza para mirar hacia la entrada, donde el camino se perdía fuera de la vista. Algo como una bruma. ¿Humo?
Entornó los ojos y fijó la vista en el punto hasta que se volvió más nítido.
No era humo. Era una nube de polvo.
Recogió todo y corrió adentro. Al pasar por la cocina, dejó el libro y el vaso sobre la mesa. Con el rifle en las manos, salió por la puerta trasera, bajó los escalones del porche casi tropezando con las sandalias y corrió a toda velocidad hasta el garaje.
Abrió la puerta con violencia.
El sitio era estrecho y estaba abarrotado; la única luz entraba por una ventana lateral sucia. Una camioneta azul estaba levantada por la parte trasera, sin las ruedas; una lámpara que colgaba de un cable iluminaba la zona del portón. Desde debajo del vehículo llegaba un golpeteo metálico.
—¡Simon!
Él asomó por el otro lado.
—¿Qué pasa?
Ella inspiró una bocanada de aire, agitada.
—¡Viene alguien!