Rehenes en la carretera Capítulo 29. Jenny #2
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Capítulo 29. Jenny #2

Nadie lo notaría, era cierto. No debería dolerle a estas alturas, pero le dolía.

Porque su madre regresaría tarde y estaría enfocada en sus compras.

Y cuando Robert se despertara, volvería a meterse en su despacho y se pasaría la noche allí.

Bebiendo bourbon. Escribiendo y luego rompiendo las hojas.

No tenía permitido interrumpirlo, y nunca lo hacía.

Jenny había cometido un gran error antes de que su madre se casara con Robert, cuando ella veía a dos hombres al mismo tiempo, esperando para ver cuál le gustaba más.

A su madre nunca le había faltado atención.

No era solo por su belleza, sino también porque los hacía sentir como si fueran absolutamente fascinantes.

En aquel entonces eran un abogado y un corredor de bolsa.

Uno de ellos telefoneó al apartamento y Jenny lo llamó por el nombre del otro.

Cuando descubrieron que eran dos, rompieron su relación con Isabelle, que luego dejó de hablarle a Jenny durante varios días.

Cuando su madre por fin volvió a dirigirle la palabra, fue solo para anunciarle su castigo.

Tendría que comer un bol lleno de tomates.

Sabía que Jenny detestaba su textura. Y aplastarlos entre los dientes.

El sabor le provocaba arcadas y le hacía arder la garganta.

Jenny reunió valor, se tragó el contenido del bol y se fue a la cama aliviada.

Al día siguiente, su desayuno fue tomates fritos.

Abrió el táper en la escuela y encontró más tomates. La cena consistió en sopa de tomates.

Fue así durante días. Jenny no quería que nadie se percatara de que no comía, así que se escondía en la biblioteca.

No tenía dinero propio para ir a una tienda ni amigos a quienes pedirles ayuda.

Estuvo a punto de desmayarse mientras bailaba, pero su madre no tuvo piedad.

Volvió a casa y se encontró con más tomates.

Tomates salteados. En salsa. Tomates al vapor.

Hervidos. Guisados. Sentía un ardor constante en la garganta, un escozor que no podía calmar.

Con sabor a sangre. Bebía agua, leche. Nada la ayudaba.

Pensó que iba a morirse. Por las noches se sentaba con las piedras que había recogido con su padre. Las sostenía, las hacía rodar como dados y miraba al techo.

“Por favor, papá, te echo tanto de menos. Por favor, ¡sálvame!”.

Entonces, una noche, su madre entró en su cuarto y se sentó en el borde del colchón. Se inclinó hacia ella, envolviéndola en su perfume floral. Jenny pensó que iba a besarle la mejilla y decirle por fin que la perdonaba. En cambio, le susurró al oído.

—Nunca jamás volverás a arruinarme una relación, ¿lo has entendido?

Jenny lo entendió perfectamente.

Su madre cambió de opinión sobre los hombres de negocios y dejó de ir al centro a la hora del cóctel.

En su lugar, rondaba teatros, eventos literarios y la ópera.

Cualquier sitio donde pudiera encontrar a un académico, a alguien culto.

Cuando empezó a salir con Robert, Jenny se cuidó de no hacer nada que pudiera causar que él no quisiera a su familia.

Se mostraba muy cortés. Mantenía su cuarto ordenado y no dejaba sus cosas tiradas por la casa.

Era callada. Y siguió siéndolo incluso después de que se casaron.

Porque entonces sería todavía peor si lo echaba todo a perder.

Pero ese chico salvaje, con el pelo desordenado y la sonrisa ladeada, le estaba ofreciendo una oportunidad. Qué tipo de oportunidad, todavía no lo sabía, pero era algo. Algo distinto.

Se puso de pie, todavía indecisa. Sus miradas se cruzaron y entonces vio la tristeza que él había estado tratando de ocultar.

La vergüenza. Debajo de la sonrisa, de las palabras seguras.

Su padre le pegaba y él había tenido que inventar una historia para que la gente no lo supiera. Pero a ella le había dicho la verdad.

Subió con cuidado a la lancha, sujetándose de los laterales metálicos y resbaladizos, y se sentó frente a él. Sintió el frío del asiento bajo su cuerpo. Estaban tan cerca que casi se tocaban las rodillas.

Mientras se alejaban del muelle, él miró hacia atrás, en dirección al puerto deportivo, escrutando el agua con el ceño fruncido, como si temiera que su padre los estuviera siguiendo.

Tal vez fue entonces cuando todo empezó de verdad. Cuando todo se puso en marcha. Ella había pensado que Simon era igual que ella, así que, cuando él volvió a mirarla, le contó también un secreto.

—Ojalá mi madre se muriera.

Jenny se acostó boca arriba sobre el colchón, se envolvió en la sábana y aspiró su olor a limpio. Se giró hacia el otro lado, para no ver la ventana. Cuando por fin oyó los pasos vacilantes de Simon, se quedó inmóvil, casi sin respirar.

Él empujó la puerta y se movió por el cuarto mientras se desvestía.

Tropezó con el pie de la cama y ahogó una exclamación.

El colchón se hundió bajo su peso. Olía a humo de cigarrillo y whisky.

Ella se puso tensa, esperando que le pasara las manos por el cuerpo, bajo la camiseta o por las caderas.

Simon exhaló con intensidad y se acomodó de lado, de cara a ella.

Jenny cerró los ojos con fuerza. El reloj marcaba los segundos en la mesa de noche.

Sintió el contacto con la piel de él, tibia contra su mano, y los dedos entrelazándose con los de ella. Al cabo de unos instantes, la respiración de Simon se volvió más profunda y se quedó dormido. Solo había querido cogerle la mano.