Rehenes en la carretera Capítulo 29. Jenny
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Capítulo 29. Jenny

Jenny miraba la puerta del dormitorio. ¿Vendría Simon a acostarse ahora? No sabía qué le diría, ni siquiera si quería que supiera que lo había oído todo. Había hablado y hablado antes de enviar a Alice al sótano otra vez. Jenny había bajado allí con Simon cuando abrió la trampilla por primera vez.

El sótano era oscuro y le daba miedo; seguramente estaría lleno de arañas. Simon dijo que estarían más cómodos porque no habría que atarlos. Aun así, era un sótano y tenían que usar baldes. Se repetía una y otra vez que no estarían allí mucho tiempo, pero no lo sabía con certeza.

Simon no había respondido a la pregunta de Alice sobre si pensaba dejarlos allí ni tampoco había respondido antes, cuando Jenny le había preguntado lo mismo.

A ella le gustaba que Alice estuviera con ellos.

Alice sabía de todo. Sabía sobre cosas de adultos.

Pero a Simon también le gustaba tener a Alice cerca.

Eso no le agradaba tanto. La hacía sentirse inútil.

Simon nunca le había contado que su madre le preparaba sándwiches tostados de queso. Tal vez se sentía solo esa noche. Tal vez debería haberse quedado con él, pero el olor a cigarrillos le había dado náuseas y no le gustaba su mirada perdida ni cómo arrastraba las palabras.

Jenny no le había contado lo que Alice había dicho sobre la iglesia. No quería que Simon pensara que no le creía. La verdad era que no sabía a quién creer.

Ahora Simon caminaba de un lado a otro por la cocina.

Oyó que abría la nevera. Luego, más pasos; la puerta trasera chirrió al abrirse y se cerró de un golpe.

La casa quedó en silencio. Jenny esperó unos momentos y luego se levantó con cuidado de no golpear el rifle y la escopeta que él había dejado junto a la cama, apoyados contra la pared.

Los había dejado cargados, con el seguro puesto.

Las municiones estaban apiladas cerca. Daba la sensación de que se estaba preparando para usarlas.

Esa sensación tampoco le gustaba.

Caminó hasta la ventana, corrió un poco las cortinas y miró la silueta oscura del granero.

Simon no había visto el teléfono cuando salió con Ruth a dar de comer a los animales.

Jenny se había quedado entonces junto a la ventana de la sala, esperando que volviera enfadado, desconfiando de ella.

Pero nada de eso había sucedido, lo que significaba que el teléfono seguía allí.

Jenny flexionó los pies y se puso de puntillas, sintiendo un estiramiento familiar en el arco.

Antes le encantaba girar haciendo piruetas.

La mente se le vaciaba y su cuerpo tomaba el control.

Los músculos y las extremidades sabían qué hacer.

No tenía que pensar. Se le había dado muy bien eso de no pensar en muchas cosas.

Podía ir a la escuela y al estudio de danza, pero por dentro no estaba allí. No estaba en ningún lado.

Sus pensamientos la aturdían. Aquella noche. Su madre. Simon. Podía llamar a la policía. Podía salir por la ventana o por la puerta principal. Podía correr a toda velocidad hasta el granero. Simon no oiría sus pasos desde el taller.

Los arrestarían a los dos. A él lo enviarían a Ontario.

El chico que amaba el océano quedaría encerrado en una celda pequeña y fría.

Tal vez habría una cárcel de mujeres en la misma ciudad.

¿Le permitirían escribirle? No tendría visitas.

Tendría que pasar años allí. Tal vez toda la vida.

Solo tenía dieciocho años. No había viajado a ningún lado ni hecho nada. Anhelaba casarse. Tener una familia.

Su bebé iría a una familia de acogida. ¿Crecería pensando que Jenny era una mala persona?

Tal vez no querría verla. La miraría como la miraba su madre.

Como la miraba Hannah, su antigua amiga, que se esforzaba por evitarla en la escuela.

O las profesoras que pensaban que sus calificaciones paupérrimas se debían a que era tonta.

Como los jueces del Ballet Real de Winnipeg cuando el verano anterior quedó eliminada en la prueba de ingreso.

Como su madre, que la había humillado en el viaje de vuelta en tren, diciéndole que los billetes habían sido una pérdida de dinero.

Y que ella, Jenny, le había hecho perder el tiempo.

No había practicado lo suficiente. Había aumentado de peso.

No tenía arreglo. Y luego en la primavera, cuando su madre se dio cuenta de que estaba embarazada y ya no habría una segunda prueba de ingreso… Las cosas que le había gritado.

La única persona que nunca la hacía sentirse avergonzada era Simon.

Estaba sentada en el muelle, enfundada en su abrigo de invierno, con las rodillas contra el pecho.

El gorro de lana le cubría las orejas y una bufanda le tapaba la mitad inferior del rostro.

Tenía las mejillas mojadas, las pestañas con lágrimas.

Las escaleras estaban tan resbaladizas por el hielo que casi se había caído al bajar y tuvo que aferrarse a la baranda.

¿Por qué no soltarse de una vez? Se habría ido hasta abajo, quizás directa al agua.

Con la ropa pesada, se habría hundido de inmediato.

El cielo de la mañana de febrero estaba surcado de nubes color carbón que rodaban por el horizonte. A lo lejos se veían las formas oscuras de las pocas islas pequeñas que salpicaban el canal. Las gaviotas volaban sobre su cabeza, elevándose y luego planeando de lado con el viento.

Oyó el sonido bajo del motor de una lancha que venía desde la bahía, un ronroneo sobre el golpeteo de las olas con crestas blancas y el crujido del muelle sobre los pilotes.

El ruido se volvió más fuerte y una lancha de metal a motor dobló por el cabo.

Un hombre iba sentado atrás, con un impermeable amarillo y la capucha puesta, y un chaleco salvavidas naranja.

El hombre giró la cabeza hacia ella. ¿La estaba mirando? Venía directo al muelle. Tal vez pasaría de largo. No. Estaba reduciendo la velocidad. Jenny se puso rígida. Si era alguien que conocía a su madre o a Robert, podría contarles que la había visto allí.

El hombre se quitó la capucha al acercarse. El cabello castaño, húmedo, se le rizaba alrededor del rostro. ¿Simon Gray? Se sorprendió tanto que sacó la cara fuera de la bufanda.

Simon estaba en su último año cuando ella empezaba la secundaria.

No lo había visto mucho desde que se había graduado.

Había oído cosas, eso sí. Las chicas de danza hablaban de él, el misterioso chico de cabello y ojos oscuros que no tenía novia fija, aunque todas se morían por salir con él.

Decían que pasaba más tiempo en el agua que en tierra.

Su padre era el dueño del puerto deportivo.

Circulaban rumores de que usaban sus embarcaciones para ayudar a desertores a huir hacia el norte durante la guerra de Vietnam. Su madre los llamaba criminales.

—¿Estás bien?

Jenny nunca había hablado con Simon, pero él la miraba como si eso fuera lo más normal, con la mano apoyada en la palanca del motor, como si hablaran habitualmente.

—Estoy bien, sí.

Avanzó despacio, extendió el brazo para amarrar la lancha al muelle y ató rápidamente una cuerda a uno de los ganchos. Ahora estaba frente a ella. A menos de dos metros.

—Hace demasiado frío para estar sentada en el muelle.

—Y tú estás en una lancha.

Se encogió de hombros.

—Estoy acostumbrado.

Ella vio una sombra violácea bajo su ojo, con un raspón abierto. Había sangrado hacía poco, quedaban rastros de sangre.

—¿Qué te pasó en el ojo?

Él levantó la mano y tocó el moratón como si se le hubiera olvidado que lo tenía.

—Mi padre lleva varios días bebiendo. Mejor estar fuera de casa unos días.

Solo entonces ella vio la bolsa de lona en la lancha.

—¿Dónde te quedarás?

—Hay una cabaña vieja en una de las islas. No queda lejos. Tengo provisiones allí.

—¿Estabas allí la vez que desapareciste?

—Habían pasado más de dos años, creía, desde que él había desaparecido en el mar durante una tormenta, pero Jenny recordaba lo asustada que se había sentido imaginando cómo habría sido aquello.

Sin noticias de él durante días, todos pensaron que había muerto.

Fue una sorpresa cuando él y su lancha a motor aparecieron ilesos.

Corría el rumor de que había encontrado una isla y construido una choza con restos de madera traídos por el mar, que había encendido un fuego y se había alimentado de pescado y frutos silvestres. Pero ella no sabía si era cierto.

—¿Te cuento un secreto? —dijo él.

—Okey.

—No estaba desaparecido. Me estaba escondiendo de mi padre.

—Ah. —No sabía qué decir. Había visto a su padre en el pueblo, con su piel bronceada y curtida por el viento, surcada de arrugas alrededor de los ojos por pasar tanto tiempo en el agua. Era un hombre grande, de brazos musculosos cubiertos de tatuajes. Un golpe suyo debía de doler mucho.

—A veces te veo en la playa —dijo Simon—. ¿Qué buscas?

—Piedras. Caracolas.

—¿Para qué?

—Hago joyas.

—Qué bien. ¿Alguna vez has encontrado cristal marino?

—¿Qué es eso?

—Botellas rotas y trozos de vidrio que llevan mucho tiempo en la orilla. Las olas los van puliendo hasta dejarlos lisos. ¿Quieres dar una vuelta? En mi isla, en otras ocasiones, he encontrado algunos.

—No me permiten pasar tiempo con chicos.

—¿Pero quieres pasar tiempo conmigo? —La miró a los ojos, esperando una respuesta, pero ella tenía la boca seca y la mente en blanco.

Nunca le había preguntado a su madre si podía salir con un chico, porque nadie la había invitado.

Pero su madre tenía planes firmes para que volviera a hacer la prueba de ingreso al Ballet de Winnipeg.

El destino de Jenny se había decidido la primera vez que su madre le dijo que estirara la punta de los pies.

—Sí —logró decir por fin—. Pero mi madre… se volverá loca.

—¿Sabe que estás en el muelle?

—Se ha ido a la ciudad todo el día. De compras.

—¿Con tu padrastro?

—No. Él estuvo trabajando hasta tarde. Seguramente dormirá casi todo el día.

—Entonces nadie notará que te has ido.