Capítulo 28. Alice
Alice se despertó desorientada. Parpadeó para despabilarse y acostumbrarse a la luz tenue de la única bombilla. Alargó el brazo y tocó a Tom, que dormía a su lado.
Un ruido. Eso era lo que la había despertado. Aguzó el oído y contuvo la respiración. ¿Venía del sótano? Tal vez un ratón. ¿O venía de arriba? Se incorporó despacio.
Oyó el sonido de la trampilla al abrirse. Pasos en la escalera.
Tom se movió junto a ella. Lo miró: estaba despierto y atento.
Primero aparecieron unos pies; luego, unas piernas. Simon se agachó para observarlos, apiñados contra la pared de enfrente. Sosteniendo la pistola delante de él, movió la cabeza de una pareja hacia la otra, como para asegurarse de que todos seguían allí.
—Alice, sube.
No le gustaba su voz pastosa, la manera en que arrastraba las palabras por el alcohol.
—¿Por qué?
—Tengo hambre.
Miró a Tom, que frunció el ceño, preocupado, y le apoyó una mano en la rodilla.
—Puedes negarte —susurró—. Si quiere que vayas, tendrá que bajar.
—¿Y luego qué? ¿Más luchas?
—Ahora somos más.
Pero dos eran ancianos y el otro tenía la clavícula rota.
—Basta de hablar —dijo Simon—. Estáis haciendo que me cabree.
—Dame un segundo. Tengo las piernas dormidas.
Alice rozó los labios de Tom, como si se despidiera con un beso, y murmuró contra su boca: —Voy a averiguar qué piensa hacer.
Simon se retiró por la escalera. Cuando ella subió a la cocina, dejó caer la trampilla con fuerza y volvió a poner la mesa y las sillas en su sitio.
El reloj de la pared marcaba las dos de la madrugada; quedaba claro que Simon no se había acostado.
Sobre la mesa de la cocina, el humo de un cigarrillo, apoyado en el borde de un plato con colillas, subía en espiral.
Simon apartó una silla de un puntapié y la empujó para que ella se sentara.
Luego sacó un vaso del armario, cogió una botella de whisky y llevó ambas cosas a la mesa, donde otro vaso, casi vacío, lo esperaba delante de la silla frente a Alice.
Ella sintió una brisa ligera en el cuello.
Miró por encima del hombro: la puerta trasera estaba abierta.
—Ni se te ocurra. Tengo el arma.
Alice suspiró.
—Soy consciente de la situación.
—“Soy consciente de la situación” —repitió él con voz aguda y burlona, mientras se acomodaba en la silla.
Sirvió whisky en los dos vasos y cogió un paquete de cigarrillos. Golpeó el fondo hasta que uno asomó y se lo ofreció.
—No fumo.
—Esta noche fumas.
—No. No fumo.
—Un cigarrillo no te va a matar.
Dejó la pistola sobre la mesa y la hizo girar con fuerza. Alice contuvo la respiración mientras daba vueltas y vueltas. Por fin se detuvo. El cañón quedó apuntando hacia el fregadero.
Soltó el aire y alzó la vista hacia Simon; vio sus ojeras profundas, las manchas de sudor alrededor del cuello y las axilas de la camiseta amarilla. Tenía las uñas negras de grasa y el pelo apelmazado, como si se hubiera pasado las manos una y otra vez por la cabeza.
—¿No querías que cocinara?
—Relájate un minuto.
Volvió a ofrecerle el paquete. Al ver que ella no se movía, se inclinó y, con una mano, le apretó el filtro del cigarrillo contra la boca, mientras con la otra apuntaba el arma contra su cabeza.
Alice esperaba ver alguna vacilación en su rostro, un atisbo de duda, pero solo encontró una mirada inexpresiva.
—Abre la boca.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Ya no soportaba la presión de la pistola contra la piel.
Separó los labios y él empujó el cigarrillo.
Luego sacó un encendedor plateado, lo hizo chasquear hasta que brotó la llama y la acercó al cigarrillo.
Alice dio una calada pequeña, vacilante.
Sintió que se le cerraba la garganta y le ardían los pulmones.
Empezó a toser y expulsó el humo de golpe.
Simon soltó una carcajada y empujó un vaso de whisky por la mesa. A ella siempre le había dado asco el whisky, pero bebió un poco para tranquilizarlo. Simon tomó un trago abundante y se echó hacia atrás en la silla, con el cigarrillo entre los labios. Un hilo fino de humo se elevó en espiral.
—¿Dónde está Jenny? —preguntó Alice.
—Se fue a la cama. Está enfadada porque estoy bebiendo —respondió, encogiéndose de hombros.
A Alice la sorprendió su indiferencia. Otras veces siempre se había preocupado cuando Jenny estaba molesta. Tal vez fingía que no le importaba.
—Mi madre me hacía sándwiches de queso a la plancha cuando no podía dormir —dijo Simon, frunciendo el ceño—. He intentado hacerlos yo, pero nunca saben igual.
—Los recuerdos son así.
—Se ahogó en la bañera —dijo él.
Alice se estremeció al escucharlo. No sabía cómo responder. La mente de Simon se disparaba en cualquier dirección y ella no quería tocar ninguna fibra sensible.
—Lo hizo adrede —continuó él—. Tomó un montón de pastillas.
Quería que mi padre la encontrara, pero llegué yo primero, porque él estaba de juerga.
Cada vez que él le pegaba, ella me subía al coche y nos íbamos a dar vueltas, a mirar apartamentos.
Yo me ilusionaba un montón, ¿sabes? Y luego él se disculpaba…
Alice buscó algo que decir.
—Debió de haber sido muy duro.
—Te acostumbras —dijo él, y dio otra calada—.
Solo duele si esperas que sea distinto, pero yo ya sé que mi padre es un imbécil.
Incluso después de que echaran a Jenny de su casa y se viniera a vivir conmigo, no quiso darme más horas de trabajo en el puerto deportivo. Le daba igual que estuviera embarazada.
—¿A Jenny la echaron?
—Sí. La sacaron a empujones, sin nada. Ni siquiera quisieron hablar con ella.
—¿Y su padre?
—Murió hace unos años. Después, su madre se le pegó a Robert como una sanguijuela.
La gente creía que él era lo máximo solo porque escribió un libro.
¡Qué va! Tuvo un éxito de ventas… ¿a quién le importa?
Además, heredó casi todo su dinero —dijo con desdén—.
Una vez fue al puerto a preguntarle a mi padre por veleros.
Él le dijo una cantidad de disparates —rio—. Fue graciosísimo.
—Jenny ha mencionado a su madre. Parecía muy estricta.
—Joder, sí. Era un témpano. —Dio otra calada—. Quería que Jenny fuera una estrella a toda costa. Le dio clases de baile clásico desde muy pequeña. Le daba igual si tenía ampollas o desgarros, lo que fuera. Hasta la hacía tomar unas pastillas rarísimas para adelgazar.
—Está muy delgada.
—Deberías haberla visto antes. Nunca sonreía. Yo pasaba en la lancha frente a su casa y la veía en el balcón, con ese pelo tan rubio… parecía una princesa.
—Y tú eras su caballero de armadura reluciente.
Se encogió de hombros.
—A muchos chicos del pueblo les parecía hermosa, pero eran demasiado cobardes para invitarla a salir. Nadie pensaba que yo fuera suficiente para ella. Ni siquiera mi propio padre: estaba segurísimo de que me iba a dejar.
—¿De verdad crees que vivir como fugitivos es bueno para ella?
—Es mucho mejor que la cárcel, ¿no?
—Demasiadas personas terminaron lastimadas.
—Yo no quería hacerles daño. Protejo a mi familia.
—Simon, yo estaba allí. Lo vi todo. Perdiste la cabeza.
Dio una calada furiosa.
—No me interesa que te quedes ahí sentada, criticándome. Toda la vida la gente me ha mirado con desdén. Yo era el tonto que trabajaba en el puerto deportivo y que nunca iba a llegar a nada. Pues ahora sí que se van a acordar de mí.
—Por matar a los padres de Jenny. ¿Qué pasó aquella noche?
—¿De verdad crees que te lo voy a contar?
—Quiero entenderlo. Me queda claro que sus padres no intentaban separaros. Si lo hiciste para que ella heredara dinero, no habrías huido, y tampoco me da la impresión de que intentaras encubrirlo. ¿Fue por venganza? ¿No te gustaba cómo te trataban?
—Joder… me estás cortando el rollo. —Señaló el vaso—. Termínatelo.
Ella bebió un par de tragos más de whisky y apagó el cigarrillo en el cenicero. Él no parecía haberse dado cuenta de que casi no había fumado después de la primera calada.
—Tengo hambre —anunció Simon.
La conversación ya había terminado. Alice se levantó. Mientras calentaba la sartén, untó mantequilla en ambos lados del pan casero y luego untó mayonesa por dentro, y puso el queso. Le sirvió el sándwich y se sentó frente a él.
Simon dio el primer mordisco y asintió mientras masticaba.
—Está bueno.
Alice deseaba que comiera rápido para poder volver con Tom. Se sentía mal por el humo, el alcohol y el día interminable. Solo quería dormir.
—¿Y ahora qué? ¿Después de que arregles la camioneta? —preguntó.
Él se dio un golpecito en la sien.
—Todavía lo estoy pensando.
—Pero nos vas a dejar aquí, ¿no? Así puedes viajar más rápido.
Él siguió comiendo, mirando hacia un lado, en dirección a la puerta trasera; tenía los ojos apagados, vidriosos. Tal vez ya tenía un plan. Tal vez no quería dejar testigos. El whisky le revolvió el estómago. Podía matarlos a todos de un disparo. Podía hacer un sinnúmero de cosas horribles.
Simon la miró.
—Lo voy a pensar.
Ella esperó en silencio a que terminara de comer. Cuando dio el último bocado, se puso de pie y se limpió los dedos en los pantalones cortos.
—Hora de que vuelvas al hoyo.
Alice se levantó y se tambaleó por un instante.
El whisky lo había empeorado todo. No lograba sacudirse de encima esa sensación de angustia.
Tenía que decir algo más, convencerlo de que los dejara allí.
Pero ya no había tiempo. Simon movió la mesa y levantó la trampilla.
En cuanto la cabeza de Alice pasó por la abertura, la cerró con estrépito.