Rehenes en la carretera Capítulo 27. Alice
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Capítulo 27. Alice

Hacía menos calor en el sótano, pero no había ventanas y el aire olía a encierro y humedad.

El techo era bajo y estaba sin terminar, con vigas a la vista.

El aislante de fibra de vidrio rosa se deshacía por tramos, y colgaban láminas de plástico rotas.

Alice sintió que se le enredaban telarañas en el pelo y se las quitó de un manotazo.

Había luz, pero muy poca: una sola bombilla con una cuerda para encenderla.

Alice ayudó a William y a Ruth a hurgar entre las cosas guardadas. Muebles, ropa vieja, adornos navideños, revistas, vajilla desparejada, juguetes y cajas de libros.

—Adoro mis novelas románticas —dijo con un destello travieso en los ojos.

William soltó una risita.

Entre todo eso encontraron algo de ropa de invierno y sacos de dormir que habían sido de sus hijos. Con lo que tenían, montaron dos camas improvisadas: Tom y Alice contra una pared y Ruth y William contra la otra. Podían verse, pero aun así daba cierta sensación de intimidad.

La destilería de William estaba cerca del pie de la escalera, donde Alice encontró varias cubetas galvanizadas que podían usar para sus necesidades. Las colocó en un rincón discreto.

Si les entraba hambre, podrían recurrir a las conservas de Ruth.

Alice esperaba que no hiciera falta. La camioneta estaría en funcionamiento pronto.

No se permitía pensar en la posibilidad de que Simon y Jenny simplemente se marcharan y los dejaran encerrados en el sótano. Seguro que Jenny no haría algo así.

Las camas improvisadas no eran grandes, pero Alice y Tom cabían si ella se mantenía de su lado y evitaba rozarle el brazo.

Deseaba tener un poco de agua para beber y para lavarse.

Lo único que pudo hacer fue desenredarse el cabello y pasarse un poco de pasta de dientes por el interior de la boca.

Ayudó a Tom a ponerse una camiseta y le peinó el cabello.

Después de eso, no quedó nada más que hacer que acomodarse en la cama.

Hablaron un poco con el otro matrimonio: de sus familias, de cómo eran sus vidas antes de todo eso.

Uno de los hijos de William y Ruth estaba en la Marina; el otro era capataz en una plataforma petrolera en Alberta.

Su hija se había casado con un abogado y ahora tenía tres hijos.

Ruth revolvió las cajas hasta encontrar algunas manualidades escolares antiguas que acarició con suavidad mientras ella y William las contemplaban.

Alice contuvo las lágrimas. No podía imaginar cuánto debían de echar de menos a sus hijos ni el miedo que debían sentir ante la posibilidad de no volver a verlos.

William, el único que tenía reloj, anunciaba el paso lento de cada hora. Después de un rato, se quedaron en silencio. William se durmió. Alice casi no veía a Ruth, que estaba en la sombra detrás de él, en silencio. Deseó que también estuviera durmiendo.

Tom tenía los ojos cerrados, pero ella sabía que solo estaba descansando porque le sujetaba la mano con el brazo sano y, de vez en cuando, se la apretaba con suavidad.

Huesos estaba hecho un ovillo sobre una manta en el suelo de cemento, junto al colchón de Ruth y William, con el hocico escondido bajo la cola.

Tom giró la cabeza para mirarla.

—Eres increíble, ¿lo sabías?

—¿Por qué lo dices?

—Por todo lo que has hecho. Nos estás manteniendo enteros a todos.

—Tú habrías hecho lo mismo.

—A mí me dejaron fuera de combate en el primer asalto.

—No fue tu culpa.

—Estoy muy orgulloso de ti. Creí que lo sabía todo sobre ti y de pronto te veo lidiando con estos desquiciados y conduciendo la autocaravana como si fuera un coche de carreras.

—¿Significa que me vas a dejar conducir más nuestro coche? —Le sonrió, segura de que diría que no. Tom detestaba viajar como copiloto. Pero la miró, serio.

—Sí. Debería hacerlo.

—¿Qué?

—¿Qué quieres hacer después de esto?

—No entiendo a qué te refieres.

—Dijiste que podrías buscar trabajo y yo lo descarté porque no quería que te sintieras obligada a hacerlo. Pero ahora he tenido días para pensarlo. ¿Te gustaría trabajar?

Alice se sorprendió al sentir ardor en los ojos y un nudo en la garganta. No comprendía por qué sus palabras la afectaban de ese modo. Inspiró y espiró varias veces y pensó en lo que le estaba diciendo. ¿Qué quería realmente?

—Podría trabajar con niños —dijo, sorprendida por su respuesta—.

Creía que sería demasiado doloroso cuidar a los hijos de otros, pero tal vez me equivoqué…

porque por primera vez puedo imaginármelo.

Una guardería o un aula, el olor a pinturas, ceras y pegamento.

Decorarla para cada festividad. Los niñitos corriendo a saludarme, llamándome señora Bell.

—Lo harías muy bien —dijo Tom.

—Sí, creo que sí —respondió, sintiéndose casi esperanzada. Al mirar a su alrededor, recordó dónde estaban y la sonrisa se le borró. Tom le apretó la mano.

—Saldremos de esto, ¿sabes? Y luego decidiremos qué hacer.

Ella le apretó la mano, agradecida.

Alice no sabía qué hora era. Debía de estar cayendo la noche.

A Tom le hacía ruido el estómago y, a pesar de la presencia constante del temor, ella también sentía vacío el suyo.

Dirigió la vista hacia el techo y siguió la línea de tuberías que zigzagueaban entre las vigas.

Se sobresaltó al oír el ruido de la trampilla al abrirse. Miró hacia la escalera.

—¡Alice, tenemos que cenar! —gritó Simon.

Supuso que no quería bajar por si le tendían una emboscada, algo que deberían considerar. Lo hablaría con Tom.

—¿Por qué no se hacen ellos su comida? —dijo él, frunciendo el ceño.

—No lo sé, pero al menos así me aseguro de que nos den comida y agua. —Se puso de pie.

—Tenemos todos los ingredientes para una cazuela —dijo Ruth—. Ayer asé un pollo.

—¿Puedes preguntar por los animales? —dijo William, ya despierto—. Los mapaches matan a los pollos si se quedan fuera toda la noche.

—Haré lo posible.

—Huesos también tiene que salir y comer —añadió Ruth.

—¿Por qué cojones tardas tanto? —volvió a gritar Simon—. Os estoy oyendo hablar.

—¡Voy! —gritó Alice. Huesos levantó la cabeza y la miró—. ¿Quieres cenar? —Al oír eso, el perro se puso de pie, se estiró con un largo gemido y la siguió escaleras arriba.

Alice pensó que Simon se quejaría del perro, pero cuando llegaron arriba lo saludó como a un viejo amigo y le rascó el cuello y las orejas.

Jenny estaba acurrucada en el sofá de la sala, leyendo un libro, con un vaso de té helado delante.

Le dirigió una rápida mirada, con expresión de fastidio, y luego se cambió de postura para que Alice no pudiera verle la cara.

A sus pies había una canasta con ropa doblada. Habían lavado la ropa. Qué bien.

Alice no creía que Jenny le hubiera contado a Simon su conversación anterior; de haberlo hecho, él estaría furioso. Simon cerró la trampilla y volvió a empujar la mesa y las sillas a su sitio.

Se dirigió a la galería trasera, palmeándose la cadera.

—¡Vamos, amigo! —Huesos trotó tras él y Simon abrió la puerta. El perro desapareció en la penumbra de la noche.

—Me cae bien ese perro. —Simon miró hacia el patio trasero—. Deberíamos llevarlo con nosotros. ¿Qué dices, Huesos? —gritó hacia el exterior—. ¿Quieres salir de viaje? —Soltó una risotada y miró a Alice como esperando que riera también. Ella le dio la espalda.

La cocina estaba ordenada; los platos y vasos se secaban en el escurridor. Supuso que Jenny había limpiado. Después del fresco del sótano, el calor parecía más intenso. El ventilador de pie estaba al máximo, pero solo removía aire caliente.

Simon se sentó en una de las sillas y puso los pies sobre la mesa.

—Pásame una cerveza.

Alice sacó una de la nevera y se la dio. Con un abridor que tenía en el bolsillo, él la abrió con facilidad, haciendo girar la chapa entre los dedos antes de lanzarla hacia un rincón. Alice se preguntó cuántas se habría tomado ya.

—¿Cómo van las reparaciones?

—Van. —Le sostuvo la mirada y tomó un trago largo de cerveza.

—¿Y eso qué significa?

—Que no es asunto tuyo. Ponte a cocinar.

Alice suspiró y abrió la nevera; vio el pollo asado. Una cazuela sería fácil, pero no le agradaba la idea de usar el horno con el calor que hacía. Dirigió una rápida mirada a Simon. Él también debía de sufrir el calor. Tal vez bebería hasta quedar inconsciente.

Encontró una fuente de horno en el armario y reunió los ingredientes. Se sentía como una invasora: era extraño moverse por la cocina de Ruth, ver su pulcra caligrafía en tarjetas con recetas, su delantal rojo a cuadros colgando de un gancho, mientras ella estaba encerrada en su propio sótano.

Sobre la encimera había un contenedor de plástico con galletas de avena y moras, con la tapa apoyada en la parte superior. Alice presionó sobre los bordes para cerrarla.

Abrió cajones hasta que encontró el de los cubiertos y vio de inmediato que no había cuchillos. Revisó el cajón contiguo y encontró cucharones, batidores, espátulas.

Miró por encima del hombro a Simon, que sonrió con satisfacción: —No quedó ninguno —dijo.

Alice le dio la espalda. Si se atragantaba con un trozo grande de pollo, bien merecido lo tendría.

Sin cuchillos, tuvo que ingeniárselas con otros utensilios de cocina, pero logró preparar una fuente de pasta con pollo bastante desordenada.

Mientras se horneaba, le dio de comer a Huesos lo que encontró en la despensa, y luego le preguntó a Simon por los animales.

—Hay que atenderlos.

—No confío en ese viejo.

—¿Y Ruth? Podría hacerlo ella.

—Sí, lo que sea. Que suba luego.

—La cazuela tarda media hora. Me gustaría esperar en el sótano.

—No tengo ganas de mover la mesa. —Apartó una silla con el pie—. Siéntate.

Alice miró a Jenny. Seguía absorta en su libro. Si le molestaba que su novio no estuviera en el sofá con ella, no lo demostraba.

Alice se sentó. Simon empujó un periódico hacia ella, abierto en el crucigrama. Algunas casillas ya estaban rellenadas. También le acercó un bolígrafo.

—Ayúdame a terminarlo. Lee las pistas.

Simon era bueno con los crucigramas y respondía rápido, pero más que nada parecía disfrutar sorprendiéndola. Cada vez que acertaba, sonreía con satisfacción.

—Pensabas que era estúpido, ¿no?

—No. Lo que pienso es que tomas decisiones estúpidas.

Él se rio y dio una calada a su cigarrillo, entornando un ojo. Ya había fumado tantos que el aire estaba cargado. La nube llegaba hasta la sala de estar y se arremolinaba en la luz del atardecer. Por el rabillo del ojo, Alice vio que Jenny arrugaba la nariz y espantaba el humo con la mano.

Cuando sonó el temporizador, Alice se puso de pie de un salto, aliviada de estar a punto de terminar con ambos.

Les sirvió la cazuela y luego buscó una bandeja para llevar platos al sótano.

Añadió tenedores y una cuchara, pan, mantequilla, una jarra de plástico con agua, vasos y una botella de vidrio de un litro de leche de la nevera.

Había dos botellas más que le habría gustado llevar, pero la bandeja ya estaba llena y Simon empezaba a impacientarse.

Arrastró la mesa y las sillas a un lado y levantó la trampilla. Alice bajó con cuidado, manteniendo equilibrada la bandeja. Huesos la siguió. Se detuvo y miró hacia arriba, a Simon.

—Los animales. Habrá que darles de comer pronto.

—Sí, sí. —Soltó la trampilla y ella tuvo que agacharse para que no la golpeara.

Tom podía comer con su brazo útil, así que Alice se concentró en su plato y les contó lo poco que había averiguado arriba: que la reparación de la camioneta no parecía estar avanzando y Simon estaba bebiendo en exceso.

Pensar en lo que podría pasar si no lograba repararla hizo que los pocos bocados que tenía en el estómago se convirtieran en piedra.

—Está delicioso, querida —dijo Ruth, pero tampoco parecía tener apetito. Masticaba despacio, como obligándose a comer.

Un par de horas después, Alice empezó a preocuparse de que Simon se hubiera olvidado de los animales. Se acercó e inspeccionó la trampilla. Estaba aislada como el techo, pero era de madera y la madera transmite el sonido. Golpeó una de las vigas. No hubo respuesta desde arriba.

Buscó en las cajas y dio con una lámpara de bronce.

—¿Te importa si abollo tu lámpara, Ruth?

—En absoluto, querida.

De pie en los escalones y apuntando por encima de su cabeza, Alice golpeó la lámpara contra la madera con todas sus fuerzas. Lo hizo un par de veces más, pero ya le dolían el cuello y los hombros. Estaba a punto de rendirse cuando oyó un ruido arriba. La trampilla se levantó.

La luz se derramó hacia abajo y la silueta de Simon apareció recortada. Le estaba apuntando con la pistola. Pensó en hacerlo tropezar, tal vez agarrarle las piernas y hacerle perder el equilibrio. Quizá soltaría el arma. Pero también podía apretar el gatillo.

—Suéltala —le ordenó él.

Alice obedeció. La lámpara rebotó por las escaleras y rodó con estrépito.

—¿Qué coño te pasa?

—Los animales.

—Ay, por Dios…, está bien. Que suba la vieja.

Ruth subió con Huesos. Cuando regresaron más tarde, Ruth tenía las mejillas sonrosadas por el aire fresco y Huesos olía a heno. William tomó la mano de Ruth y le acarició el dorso con el pulgar.

—Los animales están bien —le dijo ella.

—Solo me importa que estés bien tú, cariño.

—El muchacho ese no dijo ni dos palabras. ¿Y la chica? Estaba ahí sentada, leyendo uno de mis libros. —Ruth hizo una pausa—. Hay algo muy muy raro en esos dos.