Rehenes en la carretera Capítulo 26. Alice
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Capítulo 26. Alice

De pie junto a una ventana de la sala, Jenny miraba por la cortina entreabierta. El rifle le colgaba del hombro; una mano iba y venía sobre el cañón, como si no supiera si lo estaba haciendo bien, y la otra estaba demasiado cerca del gatillo, lo que no dejaba tranquila a Alice.

Simon se detuvo para hablar con Jenny.

—Sigue vigilando la entrada, pero échales un vistazo a los demás de vez en cuando, ¿sí?

—¿Y si aparece alguien?

—Cierra las puertas con llave y aléjate de las ventanas. Yo me encargo.

Jenny asintió, pero parecía ausente; casi no miró a Alice antes de volver a concentrarse en la ventana. Alice se preguntó de qué habría estado hablando con Simon.

Él no la soltó en ningún momento mientras caminaban. Sus dedos le estaban dejando marcas rojas en la piel, que el cordel ya había irritado.

—¿Quieres hacer el favor de soltarme? No voy a escapar.

Él la ignoró y no la soltó hasta llegar a la autocaravana.

Abrió la puerta y la empujó escaleras arriba.

La nube espesa de calor que la envolvió le quitó el aliento.

Tom no habría aguantado mucho más allí dentro.

Sintió un impulso de encerrar a Simon en el vehículo, a ver si le gustaba.

Deseaba con todas sus fuerzas que acabara en la cárcel.

¿Existía la pena de muerte en Canadá? Sería demasiado rápida para Simon.

Quería que sufriera. Saboreó la idea de testificar algún día contra él en un juicio.

Simon le pasó las llaves.

—Retrocede un poco. Cuando estuve aquí con William vi un camino entre los árboles. Dijo que llevaba a su depósito de chatarra.

Alice puso la marcha atrás y retrocedió hasta ver una huella estrecha de tierra.

No habían recorrido muchos metros cuando llegaron al descampado que William usaba como vertedero de viejos vehículos agrícolas y chatarra: un camión oxidado sin ruedas, un tractor cubierto de maleza y enredaderas, bidones, arados y neumáticos viejos.

Simon señaló una zona todavía despejada.

—Ahí.

La autocaravana entraba justa. Alice maniobró hasta la franja angosta de hierba crecida y apagó el motor.

La asaltó una imagen de la autocaravana abandonada, oxidándose, manchada y enmohecida por la lluvia, cubierta de malezas.

¿Sería esa granja modesta y silenciosa lo último que ella y Tom verían?

¿Su lugar de descanso final? Parpadeó para contener las lágrimas.

Simon cogió el mapa que estaba sobre el salpicadero y lo desplegó. Con el ceño fruncido, se inclinó sobre él y siguió el trazo de rutas con el dedo.

—Nos equivocamos al girar y tomamos hacia el sur —dijo—. Si hubiéramos ido hacia el norte, habríamos rodeado Fernie. Un par de pueblos más y habríamos estado en Alberta.

Era la primera vez que sonaba derrotado. Alice no sabía por qué se lo decía ahora, o si solo estaba pensando en voz alta, pero aprovechó la rendija que se había abierto.

—Llévate la autocaravana. Solo han pasado un par de horas desde que estuvimos en la iglesia. Déjanos a Tom y a mí aquí, atados o lo que quieras. Reparar la camioneta puede llevarte días.

Él se quedó mirándola. Plegó el mapa y se levantó.

—Quédate aquí.

Cogió su mochila y la de Jenny, guardó el mapa en la suya y sacó las fundas de almohadas con el dinero y los objetos robados que estaban debajo de los asientos.

—¿Y nosotros? —dijo ella—. Necesitamos ropa limpia.

—De acuerdo. Pero date prisa.

Alice buscó la bolsa de playa y juntó un par de mudas para Tom y para ella, además de su neceser y el de Tom.

Simon se colgó la mochila al hombro.

—Vamos.

Cuando entraron en la casa, Jenny seguía junto a la ventana. Pareció sentir alivio al ver a Simon. Alice se preguntó si temería que algún día él la abandonara.

Simon envió a Alice al dormitorio principal y, tras ordenarle que se sentara en el suelo junto a Tom, procedió a atarla. La bolsa con sus pertenencias quedó cerca de su pierna, pero Simon no le dio oportunidad de cambiarse. Necesitaba desesperadamente quitarse esa ropa.

Simon no cerró la puerta al marcharse.

Alice esperó hasta que sus pasos se hubieran alejado por el pasillo antes de hablar con Tom; no quería darle una razón para que volviera o los separara.

—¿Cómo estás? —susurró.

Tom hizo una mueca.

—Me permitió tomar un par de analgésicos. Tengo el frasco en el bolsillo.

Alice había olvidado que Jenny había comprado paracetamol en la farmacia. ¿De verdad había sido esa mañana? Se alegró de no tener que pedirle más pastillas a Simon.

—Estaba aterrada de que fuera a dejarte en la autocaravana.

—Sabía que no se lo permitirías. —Tom trató de sonreír, pero la tensión era visible en su rostro—. Ruth y William me han puesto al tanto. Dicen que Simon golpeó a un hombre en la iglesia.

—Fue horrible. —Alice parpadeó para contener las lágrimas—. No puedo quitármelo de la cabeza.

—Lo siento —dijo Tom—. Lamento que hayas tenido que pasar por eso. Por todo esto. —Se miraron durante unos segundos; luego ella apartó la vista para no echarse a llorar.

—Simon está cada vez peor —dijo—. Jenny quería irse, pero él la ignoró.

—¿Crees que ella tiene dudas?

—Tal vez, pero sigue haciéndole caso.

—Me ayudó —dijo Tom—. Cuando volvió a la autocaravana, me dio agua y me puso paquetes congelados sobre el hombro.

Con razón Jenny se había retrasado tanto. Le había dicho a Simon que iba a buscar algo de beber. Quizá no estuviera tan del lado de Simon como Alice había pensado.

La nevera se abrió y se cerró. Simon y Jenny hablaban. El olor a cigarrillo llegó flotando. Tom se había quedado en silencio. Alice percibía la tensión en su cuerpo. El suelo de madera le resultaba durísimo; se movió, pero no había forma de acomodarse.

Simon dijo algo, pero Alice no pudo oír si Jenny respondió. Luego, el golpe metálico de la puerta mosquitera al cerrarse. Había salido a la galería trasera. ¿A trabajar en la camioneta?

Los pasos más livianos de Jenny salieron de la cocina y se fueron apagando. Alice supuso que estaba en la sala, vigilando las ventanas del frente. Giró la cabeza hacia Tom.

—¿La llamamos para que venga? ¿Así hablamos con ella?

—Podemos intentarlo.

—¿Jenny? —Alice levantó la voz para que la oyera, pero no tanto como para atraer a Simon—. ¿Jenny? Necesito hablar contigo.

Silencio.

Aguzó el oído. ¿Eran pasos?

—¡Jenny!

—¿Qué quieres? —Jenny no estaba lejos. Tal vez cerca de la cocina.

—Por favor. Es importante.

Pasos suaves. Apareció en la puerta, sosteniendo el rifle delante del cuerpo.

Tenía que encontrar la manera de hacerle entender. Recordó cómo se había alterado cuando vio que Simon estaba manchado de sangre.

—¿Simon te contó del hombre al que hirió en la iglesia?

—Por supuesto. —Irguió el mentón, a la defensiva; en sus ojos había preocupación.

—¿Te contó que lo molió a golpes con un termo hasta dejarlo inconsciente?

—¡Mentira! Simon solo le dio un puñetazo y le hizo sangrar la nariz.

—No, Jenny. Fue peor. Mucho peor. Simon le golpeó la cara una y otra vez. Dios…, le rompió los dientes. Oí cómo le crujían los huesos.

—¡Basta!

—Es cierto. Te lo juro. Traté de detenerlo, pero me golpeó. Mira mi brazo. ¡Estaba desquiciado! Siguió golpeando al hombre cuando ya estaba inconsciente. —Alice hablaba cada vez más rápido. Tenía que hacerle entender antes de que él regresara—. Por favor, déjanos ir. ¡Por favor!

Jenny la miró. Los ojos se le llenaron de lágrimas que rodaron por sus mejillas. Dio un paso dentro de la habitación.

Alice se inclinó hacia delante.

—Si me desatas, romperé la ventana. Parecerá que cortamos el cordel. No tiene por qué saber que nos ayudaste.

Jenny se limitó a alargar el brazo hacia el picaporte; luego dio un paso atrás y cerró la puerta.

Se quedaron en silencio. Con la ventana y la puerta cerradas, el aire era sofocante y Alice sentía que se derretía contra el suelo.

Alzó las manos atadas para secarse el sudor de la cara.

Tom y ella estaban sentados uno junto al otro, con la espalda apoyada contra la pared y los brazos pegajosos por el sudor.

Tom tenía los ojos casi cerrados y respiraba con dificultad, en bocanadas cortas. Necesitaban agua.

Ruth se movió varias veces en la cama, como para encontrar una posición más cómoda, pero Alice oyó otros ruidos, sonidos de frustración, como si estuviera forcejeando con las ataduras.

Huesos seguía sobre la alfombra, ya no jadeando, sino roncando y moviendo las patas de vez en cuando.

Con el paso del tiempo, a sus ronquidos se sumaron los de William.

Alice se alegró de que pudiera encontrar un poco de paz.

Trató de llenar la mente con imágenes de su casa en Seattle, de techos bajos y aleros amplios, con un porche delantero, similar a las otras de la calle arbolada.

Un seto de cedros bordeaba el frente y los laterales de la casa, lo bastante bajo como para permitirle saludar a los vecinos; una reja de hierro forjado daba paso a un sendero de adoquines, flanqueado por flores.

En verano, el aire zumbaba con el sonido de las abejas.

Cuando la compraron, la pintura blanca original estaba descascarillada, así que ella eligió un amarillo luminoso y Tom pasó todo un mes pintándola.

Había deseado tanto criar a su hijo en un hogar feliz.

Aunque ese sueño no se había cumplido, igual amaba su casa.

Todos los años, con la llegada de la primavera, Tom volvía a pintar los escalones de la entrada y los marcos de un blanco brillante.

Cuando regresaran, irían al Mercado de Pike Place a comprar café recién molido de Starbucks, el favorito de Tom.

Caminarían por la playa y recogerían caracolas para decorar los bordes de los macizos del jardín.

En otoño, plantaría bulbos de tulipanes.

Estaba imaginándolos en flor cuando la sobresaltaron la voz de Simon en la cocina y las respuestas apagadas de Jenny.

Ahora parecían estar corriendo muebles. Alice no podía distinguir si los ruidos venían de la sala o de la cocina. William había dejado de roncar.

Miró al matrimonio tendido en la cama.

—¿Qué podría estar moviendo?

—La mesa. Está en el sótano. —La voz de William sonaba áspera, furiosa, y Alice intuyó que se arrepentía de haberles contado lo de la trampilla y la destilería.

La cocina quedó en silencio. Tal vez Jenny también había bajado al sótano.

—¿Hay algo más allí abajo?

—Solo cajas y muebles viejos.

—Y mis conservas —añadió Ruth—. Pepinillos, cerezas, melocotones.

—¿Hay una puerta que dé al exterior?

—La clausuré —respondió William—. No quería que entraran animales.

Durante los minutos siguientes permanecieron callados, esperando, escuchando. Simon podía estar buscando más cosas para robar. El whisky, quizá.

Las voces de Jenny y Simon. Lejanas, luego más fuertes. Pasos en la cocina.

Alice aferró la mano de Tom y esperó a oír el ruido de la trampilla al cerrarse. Se oyeron los pasos pesados de Simon en el pasillo.

La puerta se abrió.

—Cambio de planes. Vais a ir al sótano.

—¿Por cuánto tiempo? —quiso saber Alice.

—El que sea necesario.

—Tenemos que meter los animales en el granero por la noche —dijo William.

—¡Estoy harto de tantas exigencias! —Simon rodeó la cama y desató a Ruth—. Arriba, señora.

Ella se incorporó despacio, y luego bajó las piernas para quedar sentada sobre el borde del colchón, frotándose las muñecas. Simon se había desplazado al otro lado y estaba desatando a William, que logró levantarse mucho más rápido que su mujer.

—A la cocina, los dos —ordenó Simon.

William dio unos pasos, pero se detuvo para mirar a Ruth. Simon lo empujó hacia la puerta.

Ruth avanzaba con dificultad detrás de William, llevándose una mano a la parte baja de la espalda. Huesos se puso de pie de un salto y fue tras ella.

—¡Más rápido! —dijo Simon.

—Caray, he estado demasiado tiempo en la misma posición —dijo Ruth—. Me duelen todos los huesos.

Desaparecieron de la vista, a pesar de que la puerta del cuarto había quedado abierta. Alice oyó el susurro de los calcetines de Ruth y William y el sonido más pesado de los pasos de Simon.

Ya estaban en la cocina. Se oyó la voz furiosa de Simon, luego el golpe sonoro de la trampilla al caer. Alice se sobresaltó y se apoyó contra Tom, que soltó un gemido de dolor.

—¡Perdón! —susurró ella.

Simon apareció unos segundos después. Les desató las piernas y las muñecas, y luego les ordenó que caminaran delante de él hacia la cocina.

Jenny estaba junto a la encimera, mordiéndose las uñas otra vez. Alice le clavó la mirada, deseando que levantara la vista, pero ella mantuvo la cabeza gacha.

Esperaron mientras Simon levantaba la trampilla.

—¿Y la comida y el agua? —preguntó Alice.

—Después.

—¿Y si tenemos que ir al baño?

—Usad las cubetas.

—¿Cubetas?

—Basta, no sigas tratando de ganar tiempo. —Hizo un gesto hacia el hueco, donde brillaba una luz tenue que dejaba ver los escalones y el suelo de cemento—. Bajad.

Alice siguió a Tom por la escalera.

Instantes después, la bolsa de playa con sus pertenencias cayó por el hueco y la trampilla volvió a cerrarse. Luego se oyeron ruidos: estaba arrastrando la mesa para dejarla otra vez en su sitio. Después de eso, ya no pudieron oír nada más. Ni voces ni pasos.

Y nadie podría oírlos a ellos.