Capítulo 25. Alice
Simon metió el cañón de la pistola dentro del bolsillo delantero de sus pantalones cortos y cogió el rifle.
Lo inspeccionó, girándolo primero hacia un lado y luego hacia el otro.
Lo levantó y se lo apoyó contra el hombro, haciendo que el corazón de Alice le subiera a la garganta; luego lo apuntó hacia la puerta trasera y entrecerró los ojos para mirar por el cañón.
Bajó el rifle, pero ella no sintió ningún alivio. Estaba abriendo una caja de balas y, con un movimiento seguro, metió una en la recámara. Alice se estremeció al oír el roce de metal contra metal. Introdujo otra bala. Una tercera. Una cuarta. Las imaginó alineadas, listas para salir disparadas.
William observaba con los ojos entornados. Ruth se había puesto pálida. Alice rezó para que el hombre no intentara arrebatarle el rifle a Simon. Tenían que quedarse quietos, mantener la calma.
Alice había contado ocho balas cuando Simon terminó.
Él fue hasta la nevera, abrió la puerta y examinó los estantes.
—Bien —dijo, mientras la cerraba con fuerza—. Alcanza para aguantar un tiempo.
Alice se despegó la camiseta de la clavícula sudorosa.
—¿Y Tom? Hace demasiado calor para dejarlo en la autocaravana.
—Después iré a buscarlo.
—No —insistió Alice—. Ahora, por favor.
William y Ruth escuchaban sin decir nada.
—Cálmate. Primero tengo que encargarme de todos vosotros. —Simon abría y cerraba armarios y cajones, hurgando dentro. Sacudió una lata de café y luego la volcó. Las monedas rodaron por la encimera. Metió los billetes en su bolsillo.
La puerta mosquitera golpeó contra el marco y se oyeron los pasos de Jenny cruzando deprisa la sala.
Entró en la cocina. Estaba sonrojada y respiraba con dificultad.
Alice le clavó la mirada, deseando que se fijara en ella, que se opusiera a Simon, pero Jenny se limitó a tenderle el rollo de cordel.
—Un momento —dijo Simon, mientras le pasaba el arma a Jenny—. Vuelvo enseguida.
Ella cogió el rifle. Nadie habló mientras él subía a zancadas las escaleras. Jenny estaba junto a la nevera, echándoles miradas furtivas.
Arriba, los tablones del suelo crujían. Se abrían y cerraban puertas.
Simon bajó y se dirigió por el pasillo. Abría y cerraba más puertas.
La última sonó cerca de la cocina. Cajones.
Puertas de armarios. Un ruido áspero, como si levantara la hoja de una ventana, luego un golpe seco.
Un momento después, apareció en la entrada de la cocina.
Volvió a intercambiar armas con Jenny, que sostenía el rifle con torpeza.
Simon señaló a William y a Ruth.
—Vamos, abuelos. Hora de que os ate.
—Tienes que permitirles usar el baño —dijo Jenny.
Simon frunció el ceño, la miró, luego movió el mentón en dirección a Ruth.
—Tú primero. No cierres la puerta.
Ruth apoyó las manos sobre la mesa y empujó para levantarse. Se quedaron en silencio mientras pasaba lentamente junto a Simon y avanzaba por el pasillo. Alice oyó que se cerraba una puerta, luego se descargaba el inodoro y corría agua de un grifo.
Ruth regresó y Simon señaló a William.
—No tardes.
William miró a su mujer, esperando que se sentara. Cuando lo hizo, sus miradas se encontraron y la expresión de él se suavizó. Se puso de pie y se alejó hacia el pasillo. Ruth apoyó las manos sobre la mesa y agachó la cabeza, meciéndose lentamente en la silla.
William volvió y Simon hizo un gesto a Alice.
El pasillo estaba tapizado de fotos familiares. Alice alcanzó a ver una de Ruth y William, más jóvenes, sonriendo con formalidad a la cámara. Entró en el baño.
Un espacio rosado y blanco, con los sanitarios de esmalte rosa claro y el suelo de mosaico blanco y rosa. Sobre la cisterna, un caniche tejido en rosa cubría un rollo adicional de papel higiénico.
Alice usó el retrete y dejó correr el grifo mientras abría con cuidado uno de los cajones. Tal vez hubiera una navaja o unas pinzas, pero estaba vacío. Lo mismo el siguiente. Miró debajo del lavabo. Nada de limpiadores ni aerosoles. Simon seguramente lo había tirado todo por la ventana.
Por Dios, qué rápido era, siempre iba un paso delante de ella.
Cuando salió del baño, Simon levantó una mano en dirección a William y Ruth.
—Bien… de pie, vamos.
—Son ancianos —dijo Alice—. Por favor, no les hagas esto.
—Ancianos pero no inofensivos. Cualquiera de los dos me dispararía si pudiera.
Alice oyó el chirrido de las patas de las sillas al correrse; Huesos arañó el suelo cuando salió de debajo de la mesa.
—Al dormitorio —les dijo Simon.
El matrimonio pasó junto a él, seguido por Huesos.
—Tú también —dijo Simon, y Alice los siguió hasta un dormitorio amplio con una gran ventana. Las cortinas estaban cerradas. Una silla, una mesita, unas gafas encima de esta última. Una colcha azul con flores cubría la cama. El cabecero estaba contra la pared; el colchón, paralelo a la ventana.
Se detuvieron en el centro de la habitación; Huesos daba vueltas, moviendo la cola, con la lengua fuera.
—Abuelos, a la cama.
William se sentó en el borde de la cama, luego subió las piernas y se recostó. Ruth rodeó la cama por el lado de la ventana y se acostó junto a su marido. Huesos se echó sobre una alfombra trenzada frente a la silla del rincón.
Simon les ató los pies y luego las manos. Le ordenó a Alice que se sentara en la silla y la ató también; luego dejó la puerta del dormitorio abierta y se alejó por el pasillo.
La nevera se abrió y se cerró. ¿Estaría comiendo? ¿Se estarían preparando algo para comer mientras Tom se cocinaba en la autocaravana?
Ruth estaba pálida y temblaba. William intentaba acariciarle la mano con los dedos.
—Vamos a estar bien, Ruthie —dijo—. Vamos a estar bien.
—¡Lo siento tanto! —susurró Alice—. Quería advertirles, pero mi marido, Tom, está dentro de la autocaravana. Hagan todo lo que Simon diga. Mataron a los padres de ella… y él también le ha hecho daño a otra gente.
—¡Madre mía! —murmuró Ruth.
Alice probó los nudos en sus muñecas e hizo una mueca de dolor cuando el cordel áspero le rasgó la piel. Simon y Jenny hablaban, pero sus palabras eran inentendibles. Simon sonaba insistente, seguro de sí. La voz de Jenny era más aguda. Asustada. ¿Le estaría contando lo ocurrido en la iglesia?
Por fin, se oyeron pasos cruzando la sala. Una sola persona: Simon. La puerta principal se cerró de golpe. Alice respiró como si fuera la primera vez desde que habían llegado.
—¿Los busca la policía? —preguntó William.
—Sus fotos salieron en el periódico; así nos enteramos —dijo Alice, bajando la voz por si Jenny escuchaba.
—¿No os conocíais?
—Los conocimos en un camping y les ofrecimos llevarlos. Nos preocupaba su seguridad. —No pudo contener una risa amarga—. Hace días que nos tienen cautivos. Mi marido tiene la clavícula rota y esta mañana Simon golpeó a un hombre tan brutalmente que temo que no sobreviva.
—Supongo que por eso quiere mi camioneta —dijo William.
—Sí. Algunas personas vieron la autocaravana. ¿La camioneta es complicada de reparar?
—Depende de si sabe lo que hace —dijo William—. Tal vez le lleve uno o dos días. Más si lo hace mal. Yo pensaba pedirle ayuda a un vecino.
Alice no sabía si Simon había trabajado alguna vez con el motor de un vehículo.
Solo hablaba de barcos, pero había sabido cómo reparar el radiador de la autocaravana, así que debía tener nociones de mecánica.
Si no podía repararla, supuso que la obligaría a seguir conduciendo la autocaravana hasta encontrar otra cosa.
—¿Tienen vecinos o familiares que puedan pasar a verlos?
—Nuestra hija vive en Vancouver —dijo Ruth—. Pero llama todos los días y se dará cuenta si no atendemos el teléfono. Al principio pensará que estamos fuera, pero lo seguirá intentando.
Bien. Una hija preocupada podría llamar a la policía.
—¿Crees que nos dejará ocuparnos de los animales? —preguntó William—. Los caballos y las vacas pastan durante el día, pero por la noche los metemos en el establo. Los pollos van al gallinero.
—Eso espero.
La puerta principal se abrió. Voces. Pasos. Ruido de agua en el lavabo del baño, luego la descarga. Tom apareció en el marco de la puerta, con Simon detrás. Alice ahogó una exclamación. Tom casi no se sostenía en pie; tenía la cara enrojecida y el cuerpo brillante de sudor.
—¿Estás bien? —le preguntó a Alice.
—Sí —respondió ella—. Estoy bien.
—Lo siento —les dijo a William y Ruth.
—Al suelo —le ordenó Simon.
Alice lo fulminó con la mirada.
—¡Te dije que hacía demasiado calor! ¡Necesita agua!
—Cálmate. Ya bebió un poco.
Tom se acuclilló cerca de Alice y apoyó la espalda contra la pared.
Simon lo ató y luego se acercó a Alice, que seguía en la silla, y empezó a aflojarle el cordel de las muñecas.
Ella intentó mirar, entender cómo hacía para desatar los nudos con tanta facilidad, pero las manos de él le tapaban la vista.
—¿Por qué me desatas?
—Hora de que te ganes la comida. —Soltó una risotada, y ella se estremeció al sentir el olor a cerveza en su aliento. Simon se agachó para desatarle los tobillos.
—Deja a Alice en paz —dijo Tom—. Ya la obligaste a hacer suficiente.
—Cierra la bocaza o no la traeré de vuelta.
Simon la sujetó de las muñecas, tiró con fuerza para levantarla de la silla y la sacó a rastras de la habitación.