Capítulo 24. Jenny #2
—¡Qué bien! —Con un brillo de entusiasmo en los ojos, Simon cogió las cajas de municiones y las dejó sobre la encimera.
Ella le pasó el rifle. Lo inspeccionó y lo apoyó contra un armario.
Cuando cogió la escopeta, se detuvo y pasó la mano por la culata de madera reluciente—.
Mi padre tenía una como esta. —Miró a William—. ¿Dónde guardas la cuerda?
—No sé si tengo cuerda.
—No me mientas, viejo. —Simon apoyó el pie contra el borde de la mesa y la empujó, haciendo que golpeara el pecho de William—. ¡Eres granjero, carajo!
—¡No te estoy mintiendo! No he tenido ocasión de utilizar una cuerda —dijo—. Aparte de la de remolque, pero supongo que no es lo que tienes en mente. En el granero hay cordel para atar.
—¿Dónde?
—En la pared, encima del banco de trabajo.
Simon hizo un movimiento de cabeza en dirección a Jenny.
—Ve a buscarla. Yo me quedo aquí con ellos.
Jenny vaciló y miró a Alice, a Ruth y a William. Solo Alice le sostuvo la mirada y ella pudo ver el reproche en sus ojos, las palabras no dichas: “Ruth y William son mayores y los va a atar, les va a hacer daño. ¿Por qué se lo permites?”.
Jenny corrió hacia la puerta principal y la empujó.
La puerta mosquitera se cerró tras ella con un golpe.
El granero estaba justo enfrente. Cruzó el patio polvoriento; sus sandalias repiqueteaban contra el suelo.
Las gallinas cacareaban y escarbaban en la tierra.
Una avanzó hacia ella, balanceando la cabeza.
Jenny aceleró el paso hasta llegar al lugar.
El interior era fresco y sombrío; la única luz entraba por unas pocas ventanas sucias.
Olía a heno y a animales. A ambos lados se alineaban corrales vacíos.
Era más grande de lo que parecía desde fuera, con un amplio espacio abierto en el centro.
Cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra, caminó hasta el banco de trabajo y recorrió la pared con la mirada, buscando el cordel.
Vio el rollo, y cuando se disponía a cogerlo, el sonido repentino de un teléfono hizo que bajara la mano y se girara abruptamente. ¿De dónde venía?
Dio unos pasos y divisó el aparato en un extremo del banco de trabajo. La invadieron la culpa y la vergüenza, como si la persona al otro lado de la línea pudiera verla allí, escondida en la oscuridad.
La casa estaba en silencio ahora. Su madre había hecho caer el tocadiscos al suelo durante la pelea. O quizá hubiera sido Robert. Todo había ocurrido tan rápido.
Jenny se acurrucó en el suelo, con la espalda contra el sofá y los brazos alrededor de las rodillas. Podía ver el auricular del teléfono colgando del borde de la mesita.
Cerró los ojos y se obligó a desaparecer de allí, a dejar de respirar. Los pulmones le ardían, la cabeza le daba vueltas. Encontró el espacio negro entre sus pensamientos.
El vacío. Flotó hasta él.
Simon la estaba llamando. Parecía asustado, con la respiración entrecortada. Se obligó a abrir los ojos y deseó no haberlo hecho. Ahora podía ver la sangre en la alfombra color crema que su madre le hacía aspirar a la empleada siempre en la misma dirección, para que las líneas quedaran rectas.
Simon estaba de pie sobre esa alfombra hermosa, que ya no lo era, y tenía los zapatos puestos, cosa que habría enfurecido a su madre, pero su madre había caído entre la cocina y la sala.
Tenía un brazo extendido y el otro, sobre el pecho, con la mano sobre el corazón.
El frente del maillot rosa de gimnasia aeróbica estaba rasgado y oscurecido por la sangre.
Tenía mechones de cabello rubio sobre los labios, pegados allí por la sangre. Sus ojos, sin vida, miraban al techo.
Robert había muerto boca abajo, tratando de arrastrarse hasta la puerta trasera. Había dejado huellas de las palmas en las paredes, en la encimera de mármol y sobre la superficie pulida de los armarios, y también un rastro de sangre sobre las baldosas blancas del suelo.
—Amor, tenemos que irnos —dijo Simon, agachándose y apoyando la mano en la rodilla de Jenny. La palma le quemaba; tenía las mejillas encendidas y brillantes. Ella se preguntó si su piel estaría fría; la sentía así.
—¿Adónde? —Pensar que había otro lugar, en ese mismo momento, ayudaba de algún modo. Un sitio fuera de esa casa donde no hubiera pasado nada malo.
Él lo pensó.
—No lo sé. Al puerto, primero.
—Necesito ver mi habitación —dijo ella—. Mis cosas.
Él dudó, pero sabía por qué lo pedía. Por qué le resultaba importante.
—De acuerdo, pero date prisa.
Subieron a la planta superior. Los armarios de su dormitorio estaban vacíos.
Sus cajones, también. En los estantes no había nada.
Ni sus libros favoritos ni las flores secas de sus actuaciones en público.
También habían desaparecido las fotos enmarcadas de su padre y la caja con las piedras que habían recogido juntos. Su madre no le había dejado nada.
Se quedaron en silencio. Entonces Jenny corrió por el pasillo hasta el dormitorio de su madre y de Robert. Simon la siguió. Abrió el armario y empezó a sacar la ropa cara de su madre. Rasgó y desgarró las telas. Saltaron botones. Las blusas se abrieron en jirones.
Simon abrió las puertas que daban al balcón. Arrojaron toda la ropa a la oscuridad.
Luego, los tacones de su madre, seguidos de los abrigos, la estola de visón y la piel con la cabeza de zorro, que Jenny detestaba. Los guantes de cuero y los pañuelos de seda.
Después, los retratos enmarcados favoritos de su madre —todos de ella misma—. Fotos glamurosas. Una con el traje de El lago de los cisnes . Jenny dejó caer esa primero y oyó cómo se hacía añicos abajo, junto a la casa.
Se acercó a la cómoda de Robert. Sus gemelos, su colonia. Cuando su madre había empezado a salir con él, había olfateado todas las botellas de la tienda hasta encontrar la que él usaba. Luego había alzado la botella verde de Paco Rabanne Pour Homme como si fuera un trofeo.
—¡Es francesa, Jenny! ¡Francesa!
La foto de cuando él ganó un premio literario estaba enmarcada en dorado. Sonrisa grande, dientes blancos relucientes, cabello negro peinado hacia atrás. Al principio, Jenny pensaba que era una celebridad. Vestía con increíble elegancia, con cuellos altos y chaquetas de terciopelo.
La foto de la boda estaba en un marco plateado.
Era la que más odiaba. Los tres frente a una iglesia.
Jenny se había alegrado de volver a tener una familia.
Eso fue antes de darse cuenta de que Robert no había querido realmente una hija.
Solo deseaba impresionar a su hermosa madre y hacerla feliz.
No había entendido que la felicidad de su madre era algo que cambiaba constantemente.
Levantó el brazo y barrió todo al suelo con un estruendo. Se giró y vio que Simon estaba revisando el joyero de su madre.
—Es bisutería —dijo—. Lo importante está en la caja fuerte.
—¿Sabes el código?
Ella negó con la cabeza. Bajaron las escaleras. Simon sacó la cartera del bolsillo trasero de Robert, cogió los billetes y la dejó caer al suelo. Luego usó un paño de la cocina para recoger el cuchillo. Limpió el mango y lo arrojó al fregadero.
Cuando pasaron junto al cuerpo de su madre, a Jenny casi se le doblaron las piernas y se desplomó contra el brazo de Simon, pero él la sostuvo y la obligó a seguir avanzando.
Estaban en el recibidor. Él registraba el bolso de su madre; el espejo reflejaba su cabeza inclinada.
Se guardó el dinero en el bolsillo. Jenny bajó la mirada hacia sus pies descalzos.
Tenía sangre entre los dedos. Había dejado huellas por todas partes.
Se mezclaban con las marcas de los zapatos de él, siguiéndola, cruzándose, guiándola.
Simon se agachó para recoger las sandalias de Jenny y se las tendió. Ella se las calzó y salió tras él por la puerta, fijando la vista en sus hombros anchos, su espalda recta.
El mundo estaba en silencio Parecía imposible que no estuviera la policía esperando; los gritos habían sido terribles.
El teléfono del granero había dejado de sonar.
Jenny fijó la vista en el auricular cubierto de polvo, el disco de plástico amarillento, el cable en espiral.
Simon querría que lo destrozara. Sobre el banco había herramientas.
Cogió una llave inglesa oxidada y miró hacia las puertas del granero, luego a las pocas gallinas que la habían seguido y escarbaban en la paja.
Probó el peso de la llave, la imaginó cayendo sobre el teléfono. No haría falta demasiada fuerza.
Si aquella noche hubiera llamado a la policía, todo habría terminado ahí. Nada de esto habría sucedido. William y Ruth estarían comiendo galletas y bebiendo té helado.
La sensación de estar afiebrada había vuelto; sentía las mejillas ardientes, con la piel tensa. El polvo del heno y la paja le irritaba la garganta y la nariz. Se humedeció los labios resecos. Agua.
Dejó la llave en su sitio y cambió de lugar una pila de trapos para cubrir el teléfono. ¿Y si volvía a sonar? ¿Y si atendía? Negó con la cabeza. Necesitaba dormir. Necesitaba salir de ese granero polvoriento y alejarse de esos pensamientos desconcertantes.
Dejó las puertas entreabiertas para que las gallinas pudieran salir.