Capítulo 24. Jenny
Jenny sintió alivio en el interior fresco de la casa, aunque no le sirvió para calmar los nervios.
Estaban sentados alrededor de una mesa ovalada en la cocina, esperando a que Ruth terminara de mezclar una jarra de té helado.
El tintineo de la cuchara contra el vidrio se mezclaba con el zumbido del ventilador en un rincón.
Bzzz. Tintín. Bzzz. Tintín.
Alice estaba sentada junto a ella. Enfrente, Simon.
William ocupaba la cabecera, con la espalda apoyada en la pared.
Jenny alcanzaba a ver la sala. La puerta principal estaba abierta de par en par y una puerta mosquitera protegía la entrada.
El suelo, de madera oscura, tenía marcas de uso y estaba gastado en el centro, donde más se caminaba.
Cuando Jenny había intentado quitarse los zapatos, Ruth la había detenido.
—Es una granja, cariño. Nos pasamos el día trayendo tierra. Limpio por la noche.
William y Simon hablaban sobre el tractor, que el anciano había dejado bajo el cobertizo.
Era viejo y estaba oxidado, pero William no quería comprar uno nuevo.
No sabía cuánto tiempo más podrían quedarse en la granja.
Tenían dos hijos y una hija, pero se habían marchado. Ninguno quería dedicarse al campo.
Jenny pensó en los padres de su madre. Eran granjeros también, y quizá habrían vivido en una casa como esa, con una manta de ganchillo colorida sobre el respaldo del sofá de felpa, tapetes de encaje en las mesas auxiliares.
Libros amontonados en un estante vencido.
Una chimenea con borde de piedras de río donde calentarse los pies y una cocina que olía a manzanas con canela y a pan recién horneado.
Jenny no podía imaginar a su madre en una granja.
No hacía otra cosa que quejarse de los interminables inviernos de Saskatchewan, de la lucha contra los mosquitos en verano y de cómo detestaba a sus padres, aunque Jenny nunca supo por qué.
Su madre prefería hablar de cómo había bailado en pointe a los once años, y a los dieciséis la habían elegido para el papel principal de El lago de los cisnes .
Planeaba mudarse a la ciudad y dedicarse a la danza profesionalmente, pero se había quedado embarazada.
El padre de Jenny sonreía cuando contaba que había estado enamorado de su madre desde que eran adolescentes, pero que ella no quiso salir con él hasta que tuvo trabajo y coche.
Él siempre había anhelado una familia y no le importaba casarse joven.
Su madre pensaba distinto. “No sacrifiques tus sueños por un hombre”, le repetía a Jenny. “Y por Dios, no termines embarazada”.
Su padre aseguraba que marcharse de Saskatchewan y mudarse a Vancouver había sido una decisión de ambos. Pero Jenny sabía que él había echado de menos el campo abierto, los cielos inmensos. Lo había hecho por su madre. Como premio consuelo por la vida que no logró tener.
El recuerdo hizo que apoyara la mano sobre su vientre. No quería que su bebé sintiera lo que había sentido ella.
Al otro lado de la mesa, Simon y William hablaban de los animales de la granja: cinco vacas, un ternero, dos caballos viejos y unos treinta pollos.
—Tienen una propiedad de buen tamaño —comentó Simon—. No se ven vecinos cerca.
Jenny tuvo un mal presentimiento al escuchar eso. Sintió que Alice, a su lado, se ponía tensa.
—Unas veinte hectáreas —respondió William.
Ruth acercó el té helado y sirvió un vaso a cada uno. Dejó un plato lleno de galletas y se sentó frente a William.
Mientras Huesos roncaba bajo la mesa, William les hizo muchas preguntas sobre el viaje, maravillado ante la idea de que la autocaravana tuviera aire acondicionado.
—Aquí solo logramos enfriar las cosas si las bajamos al sótano —dijo, dando un golpecito en el suelo con el pie—. Justo aquí tengo una trampilla para llegar hasta mis barriles de whisky.
Ruth soltó una risita.
—William se pasa todo el día fermentando cosas allí abajo —comentó, empujando las galletas hacia Jenny—. Coge una, querida. Son de avena con moras.
Jenny se sirvió una y bebió el té helado. Era dulce y ácido a la vez, refrescante, pero no podía disfrutarlo. No le gustaba que Simon fingiera amabilidad con esa gente. Le recordaba cómo se había comportado cuando habían conocido a Tom y Alice.
Alice bebió un buen trago de su vaso. Ruth miraba algo en su brazo, con los labios fruncidos.
—Vaya moratón tienes ahí —comentó.
Alice dejó el vaso y se miró el brazo.
—Está tomando un tono precioso, ¿verdad? Fue culpa mía. Me llevé por delante el brazo metálico del toldo —dijo con una sonrisita.
Jenny intentó recordar cuándo pudo haber ocurrido. ¿Estaría mintiendo?
Ruth le dio una palmadita en el hombro.
—Yo también siempre me choco con todo.
—¿Podría usar el baño? —preguntó Simon—. Me gustaría lavarme las manos antes de comer.
Jenny lo miró, tratando de descifrar su expresión, pero no pudo discernir qué estaba pensando.
—Es al fondo del pasillo —señaló William.
Siguieron tomando el té helado. William se pasó la lengua por los labios y le dijo a Ruth que era el mejor que había preparado. Ella movió la mano con displicencia y rio por lo bajo, como si él se lo dijera cada vez, y Jenny sintió una punzada en el pecho tan intensa que tuvo que frotarse la zona.
Alice murmuraba elogios mientras mordisqueaba una galleta. Ruth puso otra en el plato de William. Él le sonrió, pero enseguida ahogó una exclamación y quedó boquiabierto. Jenny fijó la vista en él. ¿Se estaba atragantando? A su lado, Alice dejó caer el vaso y el té salpicó la mesa.
Jenny levantó la mirada.
Simon estaba en la puerta de la cocina con el arma apuntando hacia William.
—¿Qué tipo de vehículo tienes? ¿Automóvil o camioneta?
—Camioneta —balbuceó William—. Una Ford 150.
—¿Tu esposa no tiene coche?
William negó con la cabeza.
—Dame las llaves.
—No funciona. La tengo en el garaje.
Ruth se aferraba la parte delantera del vestido y miraba a su alrededor, como tratando de entender lo que sucedía.
—¡No mientas!
—Muchacho, te daría la camioneta si pudiera. El diferencial trasero está roto. Tengo las piezas, pero no he tenido tiempo de repararlo. También hay que cambiar la cruceta y el eje de transmisión. Y los frenos. —Hizo una pausa—. Creo que eso es todo, pero igual ha estado fallando bastante.
—¿Me estás diciendo que tu camioneta es una chatarra?
—Es una gran camioneta —replicó William, ofendido—. Es vieja, nada más.
—Mierda.
Simon entró en la cocina y empezó a caminar de un lado a otro frente a las alacenas. Se detuvo de golpe y miró a William.
—¿Tenéis armas en la casa?
William vaciló. Antes de que pudiera negarlo, Simon añadió: —No me mientas, viejo. Puedo dispararle a tu mujer ahora mismo. —Simon apretó la pistola contra la nuca de Ruth. Ella soltó una exclamación y cerró los ojos con fuerza. Movió los labios como si estuviera rezando.
—Tenemos un rifle —respondió William—. Detrás de la puerta del dormitorio.
—¿Qué más? Los granjeros siempre tienen armas.
—Una escopeta en el armario.
—¿Dónde están las balas?
—En una caja junto a ella.
Simon apartó la pistola de la cabeza de Ruth y ella abrió los ojos, vidriosos de lágrimas. Una rodó por las arrugas de su mejilla redonda.
—Ve a buscar las armas, Jenny.
—Vámonos —dijo ella—. No necesitamos nada de ellos.
—Demasiado tarde. —Simon arrancó el cable de teléfono de la pared, desgarrando el bonito papel pintado y dejando un agujero. Partió en dos el aparato con violencia contra el borde de la encimera y lo dejó caer al suelo. Los cables y las entrañas del teléfono quedaron esparcidos sobre el linóleo.
Huesos gimió, confundido, y se refugió a los pies de Ruth bajo la mesa. Jenny temió que intentara morder a Simon, pero el perro se quedó junto a Ruth.
—Llevaos nuestro dinero —dijo William—. Las armas y la comida que deseéis. No queremos problemas.
—Nah… Creo que nos quedaremos aquí un rato.
—Tenemos que hablar. —Jenny se puso de pie, arrinconada entre la silla y la mesa. Apretaba las manos con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en la palma. Simon casi ni la miró.
—Más tarde. —Se volvió hacia Ruth—. Deja de mirarme o te parto el cuello.
Ruth bajó la mirada y entrelazó los dedos sobre la mesa. Tenía las manos pequeñas, surcadas de venas azules bajo la piel pecosa. El anillo de bodas estaba opaco y gastado.
—Jenny —ordenó Simon con los dientes apretados—. ¡Trae las armas!
Esta vez ella se giró y avanzó por el pasillo, tambaleándose. Abrió y cerró la primera puerta a la izquierda, un armario del pasillo, casi sin mirar lo que había dentro. La puerta de la derecha era un baño.
El rifle estaba detrás de la tercera puerta, que parecía ser el dormitorio principal.
La cama, hecha con esmero, tenía una colcha azul con flores; contra una pared había una cómoda antigua con espejo.
Al abrir el armario encontró la escopeta y, junto a ella, cajas blancas y verdes de municiones, algunas más grandes y pesadas.
Cogió dos cajas de cada tipo y se colgó las armas de los hombros con las correas.
El padre de Simon había tenido armas. Él decía que era porque habían robado en el puerto deportivo y se había vuelto paranoico.
Un par de veces había cogido el rifle sin que su padre lo supiera y habían ido a tirar al blanco en una de las islas.
Simon le había dicho que sería bueno que aprendiera a usar un arma, cosa que a ella le había parecido absurda.
¿Para qué iba a necesitar un rifle? Odiaba el ruido, la explosión súbita de fuerza, el retroceso del arma contra el hombro, y la aterraba cometer un error y hacerse daño o herirlo a él.
Pero ahora se alegraba de saber algunas cosas básicas, como comprobar que el seguro estuviera puesto y apuntar siempre el cañón hacia abajo.
—¿Las encontraste? —gritó él.
Jenny volvió a la cocina.