Rehenes en la carretera Capítulo 23. Jenny
54%

Capítulo 23. Jenny

Simon cogió la pistola, la dejó sobre la encimera y empezó a restregar sus zapatillas de deporte con la toalla húmeda.

A Jenny le ardían los ojos y tenía un nudo en la garganta por el esfuerzo de contener las lágrimas.

¿Por qué no le contaba lo que había pasado?

Él insistía en que todo estaba bien, pero era evidente que no era así.

Había visto llegar a la furgoneta y bajar al hombre y las dos muchachas.

Se había puesto furiosa cuando esas chicas zumbaban alrededor de Simon.

La furia se convirtió en miedo cuando todos entraron en la iglesia, pero luego vio marcharse a los tres.

No entendió por qué Simon quiso volver a entrar.

Alice y él pasaron una eternidad allí mientras ella aguardaba, sintiéndose inútil.

Un perro ladraba en la distancia. Simon se asomó por la ventanilla sobre el fregadero. Se puso una camiseta limpia.

Alice estaba sentada de lado en el asiento del conductor.

Los ladridos se hicieron más fuertes. Se oyó la voz de una mujer, gritándole algo al perro. Las palabras se tornaron más claras a medida que se fueron acercando a la autocaravana.

—¡Huesos! ¡Basta!

Simon ocultó la pistola bajo la camiseta y las miró.

—Tranquilas.

Abrió la puerta y bajó un escalón, sujetándose del marco. Jenny veía su hombro y su espalda.

—Buenos días —dijo a quien estaba fuera.

—Buenos días —respondió la mujer—. ¿Os habéis perdido?

—Sí, señora. Al intentar dar la vuelta, nos hemos quedado atascados. Enseguida saldremos de aquí.

—¿Estás con tu familia? —La mujer hablaba con desconfianza. Jenny se frotó las piernas temblorosas. Todo estaba saliendo mal.

—Con mi hermana y mi novia. —Metió la cabeza dentro de la autocaravana—. Alice, Jenny, venid a saludar.

Jenny se acercó a la puerta. Simon había bajado y estaba de pie frente a una anciana que llevaba un sencillo vestido de estar por casa de cuadros azules y cuello de encaje.

Tenía el rostro redondeado y las mejillas sonrosadas; de la trenza que llevaba enrollada sobre la cabeza se escapaban mechones de un tono gris plateado.

El perro tenía pelaje castaño rojizo, desgreñado; era tan viejo como ella, con canas en el hocico y en el contorno de los ojos. Iba y venía entre Simon y la mujer, jadeando; la cola les golpeaba las piernas.

—Hola —dijo Jenny mientras bajaba y se ubicaba junto a Simon.

La mujer le dedicó una sonrisa amable; Jenny intentó devolvérsela, pero tenía los labios secos y tensos, y la garganta aún cerrada. Acarició la cabeza del perro.

Alice salió después, limpiándose las manos en los pantalones cortos; la coleta se le había deshecho, dejándole los rizos alborotados. Jenny esperaba que la anciana creyera que sus ojos hinchados y enrojecidos se debían al cansancio.

—Lamento mucho esto. Espero no haber dañado su campo —dijo Alice, acomodándose el cabello; su anillo brillaba bajo la luz del sol. Jenny también debería haber pedido disculpas, pero nunca reaccionaba con la rapidez de Simon o Alice.

La mujer se asomó por encima del hombro de Alice para mirar dentro de la autocaravana.

—¿Su esposo duerme?

—Ah… Em… —Alice miró a Simon. La anciana esperaba con el entrecejo fruncido. Parecía más desconcertada que recelosa, pero Jenny contuvo el aliento.

—Mi cuñado está enfermo. —Simon bajó la voz—: No pudo venir al viaje.

—Ya veo. Qué pena. —La mujer guardó silencio unos segundos—. Bien, no es necesario que os pongáis a cavar. Mi esposo os sacará con el tractor. Venid a la casa.

—No queremos incomodar a su familia —dijo Alice, y Jenny vio que, sin que la mujer se percatara, Simon le lanzaba una mirada furiosa.

—Somos solo William y yo, estamos despiertos desde el amanecer.

—En ese caso, estaremos encantados de que nos remolquen. —Simon le tendió la mano—: Me llamo Río.

La mujer se la estrechó por un breve instante.

—Ruth Polanski.

Simon señaló a Jenny.

—Ella es mi novia, Azul, y ella es mi hermana, Alice.

—¿Azul y Río? ¿Son hippies?

—Algo así. Nos gusta viajar y conocer gente buena como usted. —Por un momento, Jenny pensó que había exagerado con tanta cordialidad, porque Ruth otra vez parecía desconcertada, pero enseguida se giró para regresar por el campo, con el perro a su lado.

—Vamos, entonces.

Jenny no apartó la vista de la espalda de Simon durante todo el trayecto por el camino de entrada hasta llegar al final, donde el terreno se nivelaba.

Él no se volvió a mirarla. Ni siquiera una vez.

El corazón le latía muy rápido; la sangre le corría, veloz, por todo el cuerpo al mismo tiempo.

Tenía que tranquilizarse. Se detuvo un instante para respirar.

La casa de campo, con la pintura blanca descascarillada, se elevaba hacia la derecha de la cuesta y daba hacia la pradera. Le faltaban barandales al porche, pero tenía jardineras con flores y dos mecedoras. A un lado, un garaje hecho de tablones desiguales parecía construido con restos de madera.

Al otro lado del camino de entrada, un granero desvencijado se apoyaba contra la ladera y junto a él descansaba un tractor verde bajo un cobertizo.

Las praderas estaban salpicadas de vacas y dos caballos pastaban en un corral.

Había pollos por todas partes, escarbando en la tierra y entre los macizos desbordados de arbustos en flor y rosales. El aroma dulce flotaba hacia ella.

Estaban frente al granero cuando un anciano con pantalones holgados sostenidos por tirantes salió a su encuentro, observándolos desde debajo de la visera de su gorra de béisbol roja.

—Buenos días.

Le devolvieron el saludo en un coro desigual: Simon con tono animado, Alice con voz apagada y Jenny en un susurro que casi no se oyó.

—William, cariño, a esta gente se le ha atascado la autocaravana en nuestro campo.

—¿En la pradera de abajo?

—En un surco —explicó Simon—. Intentamos sacarla, pero no se mueve.

—Parece que vais a necesitar que los remolque. —El hombre metió las manos bajo los tirantes y se balanceó sobre los talones de sus botas, sonriendo.

—Así es, señor. Se lo agradeceríamos. Solo llevamos unos días de viaje y no lo va a creer, pero atropellamos un alce con la autocaravana y luego me perdí —dijo Simon.

—Suele pasar —respondió William—. Entras en estos caminos rurales y todos los campos empiezan a verse iguales. Pero no os preocupéis. Os sacaré en un santiamén.

—Si queréis, podéis esperar en la casa —acotó Ruth—. Dentro está mucho más fresco.

Alice miró a Simon.

—No sé…

—Mejor vamos todos —dijo Simon—. Podríamos necesitar más manos.

Ruth se encogió de hombros, como si le diera igual.

William fue hacia el tractor, que arrancó con un bramido que hizo salir disparadas a todas las gallinas.

Lo sacó marcha atrás del cobertizo y bajó por el camino de entrada, indicando con un gesto que lo siguieran.

Simon, Alice y Jenny echaron a andar, pero Ruth se desvió y subió los escalones del porche.

Simon se detuvo.

—¿No viene?

—En un minuto —respondió Ruth. Abrió la puerta mosquitera y desapareció dentro de la casa. Jenny se volvió hacia Simon, que seguía observando a Ruth. Alice también se detuvo.

—¿Qué pasa? —preguntó Jenny.

—¿Y si nos reconoció? Podría estar llamando a la policía.

—Nos habría dejado atascados en el surco —dijo Alice.

Habló con mucha seguridad, como si realmente quisiera que Simon la escuchara. Jenny miró a uno y luego a otro.

—Han visto la autocaravana —objetó Simon.

—Son granjeros. Seguro que solo oyen las noticias para enterarse de cómo estará el tiempo.

Jenny sentía que le faltaba una pieza crucial, aunque podía unir parte de lo que sabía. Habían aparcado frente a la iglesia, y las personas de la furgoneta los vieron. Luego Simon había hecho algo dentro de la iglesia. Sabía que la policía buscaría la autocaravana.

Simon se quedó mirando la puerta durante varios segundos más; luego tomó la mano de Jenny. Ella se la apretó con fuerza. Necesitaba sentir su solidez, asegurarse de que la conexión seguía existiendo.

—Vamos —dijo él.

Los tres bajaron por el camino de entrada, manteniéndose lo suficientemente lejos del tractor como para evitar el polvo y el humo. Huesos trotaba tras ellos, ladrándole al aire. Cuando llegaron a la autocaravana, William le dio instrucciones a Simon sobre cómo enganchar la cuerda de remolque.

Alice y Jenny observaban desde unos metros de distancia. Alice miraba el vehículo con el ceño fruncido.

Cuando la cuerda quedó enganchada al eje delantero, Simon salió retorciéndose de debajo del vehículo. Se puso de pie, se limpió las manos en los vaqueros y echó un vistazo hacia la casa con los ojos entornados.

Jenny siguió su mirada. Ruth bajaba por el camino. Cuando se acercó, vio que llevaba una caja de huevos y dos calabacines grandes.

—Un pequeño obsequio para el camino.

Simon cogió los huevos y los calabacines.

—Muy amable de su parte. —Se los pasó a Jenny—. ¿Puedes guardarlos dentro, amor?

Jenny murmuró un agradecimiento a Ruth antes de subir a la autocaravana. Guardó la comida en la nevera. Tom la observaba desde la cama.

—Agua, por favor —susurró.

Simon se inquietaría si tardaba, pero Tom tenía el rostro enrojecido y la frente con gotas de sudor.

Llenó un vaso y se lo sostuvo para que bebiera.

Tom se lo bebió entero. Luego Jenny sacó una bolsa de guisantes y una de maíz del congelador.

Le colocó los guisantes sobre el hombro lastimado y el maíz sobre la frente.

Él cerró los ojos; parecía tan agradecido que Jenny sintió deseos de llorar.

—Abriré la ventana —susurró—. Pero tienes que quedarte en silencio.

Él asintió y ella abrió la ventanilla despacio y con cautela. Por suerte, daba al lado opuesto de donde estaban todos. Una brisa ligera entró en la autocaravana.

Cuando salió, William ya estaba sentado otra vez en el tractor.

—Perdonad. Necesitaba beber agua —dijo. Simon le dirigió una mirada penetrante. Ella fingió inspeccionar la cuerda de remolque.

—¡Atención, todos! ¡Apartaos! —dijo William.

Se alejaron y observaron cómo el tractor empezaba a tirar.

Los neumáticos enormes avanzaban sobre los surcos.

La cuerda se tensó. El motor rugió. Parecía que la autocaravana no iba a moverse ni un centímetro.

Simon empezó a caminar de un lado a otro, pero por fin el vehículo dio un respingo y avanzó.

William remolcó la autocaravana hasta el camino de entrada y condujo el tractor hacia la casa; les gritó algo sobre dar la vuelta en la cima.

Simon corrió tras él, mientras Alice, Jenny y Ruth caminaban juntas.

Ruth le hacía preguntas a Alice sobre el viaje, a dónde se dirigían, y de algún modo, ella lograba responder.

Jenny agradeció que la anciana no le hiciera ninguna pregunta.

Cuando llegaron a la casa, el tractor ya estaba girando en un claro de tierra cuesta arriba. Se detuvo cuando quedó orientado hacia ellos y la autocaravana quedó horizontal bajo la sombra de unos grandes arces.

William bajó del tractor y habló con Simon, que lo esperaba en el centro del claro. Las mujeres se quedaron junto al garaje, donde al menos había algo de sombra. Huesos había trotado hasta el granero y bebía agua ruidosamente del bebedero de los caballos.

Simon se deslizó bajo la autocaravana para desenganchar la cuerda de remolque y William empezó a enrollarla.

Tras salir de debajo del vehículo y volver a ponerse de pie, Simon se secó la frente sudorosa con el antebrazo y apoyó las manos en la cintura. Miró hacia donde estaban ellas.

—Vaya, ¡qué calor hace aquí fuera!

—¿Os gustaría pasar a tomar un vaso de té helado? —preguntó Ruth.

—No queremos molestar, pero la verdad es que estoy muerto de sed —respondió él.

Jenny lo miró, atónita. ¿Qué estaba haciendo? Tenían que volver al camino. ¿Qué podía querer de estos ancianos? Miró a Alice, que se había puesto pálida.

—No es ninguna molestia —respondió William—. Encantados de que nos hagáis compañía.

—En ese caso, un té helado nos vendría muy bien.