Capítulo 22. Alice #3
Alice se pegó a los armarios. No sabía qué hacer ni hacia dónde ir. La lucha se llevaba a cabo en toda la cocina. De pronto, colisionaron con ella. Su brazo embistió la colección de pipas. Algunas cayeron al suelo y se hicieron añicos. Un líquido marrón se desparramó sobre las baldosas.
Simon empujó a Phoenix hacia atrás sobre la estufa y lo estranguló con el antebrazo. Phoenix le empujaba el mentón con una mano mientras con la otra trataba de librarse del brazo que le rodeaba el cuello. Se retorcía y pateaba. Sus sandalias resbalaban sobre las baldosas, chirriando.
—¡Basta, Simon, basta! —gritó Alice.
Simon levantó el termo y lo estrelló contra la cara de Phoenix con un crujido terrible.
Lo alzó de nuevo, manteniéndolo suspendido en el aire.
Phoenix tenía la nariz ensangrentada y el labio partido.
Respiraba con un silbido ahogado y su rostro se había oscurecido; los ojos se le salían de las órbitas.
Alice aferró el brazo de Simon y tiró con fuerza.
—¡Basta, déjalo, por favor!
Él abrió el brazo súbitamente y la golpeó con fuerza en el pecho. El borde del termo le dio en los músculos del brazo. Manchas negras le nublaron la vista; los bordes se oscurecieron.
Cayó de bruces, jadeando.
Oyó ruidos de impacto. Golpes sordos. La sangre salpicaba el suelo, las paredes. La camisa de Simon. Tenía el rostro con manchas de sangre. Algo blanco resbaló por las baldosas hacia Alice.
Algo pequeño y blanco. Se quedó mirándolo.
Un diente. Era un diente roto.
Phoenix había dejado de luchar. Sus piernas ya no pateaban, pero Simon lo mantenía inmovilizado contra la encimera con el brazo en su cuello. Con la otra mano sujetaba el termo. Abollado y ensangrentado. Por fin, lo dejó caer y dio un paso atrás, respirando agitadamente.
Phoenix cayó de lado, con la mejilla contra el suelo. Tenía la boca abierta, los labios deformados; la cara, desfigurada por los golpes y la hinchazón.
Alice se arrastró hasta él. Buscó el pulso en su muñeca. Latía débilmente.
—Tenemos que buscar ayuda.
—Lo que tenemos que hacer es largarnos de aquí.
—¡No podemos dejarlo así!
Chilló cuando Simon la agarró de la muñeca y la arrastró fuera de la cocina.
Lo siguió, tambaleándose y tropezando. Sentía calor en la cara y el corazón le latía con fuerza.
Nunca había visto tanta violencia, tanta furia.
Saturaban el aire. Simon la soltó y ella lo siguió por la iglesia, aturdida y en silencio, pasando junto al círculo de tambores y cojines.
Salieron por la puerta, bajaron los escalones.
Alice perdió el equilibrio al llegar abajo y dio con la rodilla contra el camino de adoquines.
Sintió un estallido de dolor en la pierna y soltó un quejido.
Simon la cogió de las axilas y la obligó a levantarse.
Rodearon la esquina a toda prisa; él la sujetaba por la cintura.
Llegaron al aparcamiento. La parte posterior de la autocaravana estaba a la vista.
Alice cojeaba; el cabello le caía sobre los ojos.
Deseó que pasara un automóvil, que alguien viera la sangre en la cara y en la ropa de Simon.
¿Estaría ensangrentada ella también? La sangre había salpicado por todas partes…
El estómago se le revolvió y la boca se le llenó del sabor ácido de las náuseas. Tropezó y Simon apretó el brazo alrededor de su cintura.
Voces, al otro lado de la calle. ¿Venían por la acera? Tal vez estaban cerca. Alice intentó mirar, pero Simon abrió la puerta de la autocaravana con violencia y la empujó adentro.
Se quedó allí, en lo alto de los escalones. Jenny la miraba con la mano sobre la boca. Detrás, Tom intentaba incorporarse.
—¡Alice! —dijo—. ¡Ay, Dios mío!
Simon cerró la puerta con fuerza y la empujó al asiento del conductor. Ella se sentó y se aferró al volante con manos temblorosas. Simon se arrancó la camisa y la arrojó al fondo de la autocaravana. Luego se lanzó al asiento del acompañante.
—¡Vámonos!
Ella se miró en el espejo retrovisor y contuvo una exclamación al ver las manchas rojas en sus mejillas. Se las limpió con el dorso de la mano, pero solo logró extenderlas más. Lloraba y las lágrimas le caían por el rostro.
—¡Su puta madre! —Simon se incorporó de un salto y cogió un paño de cocina, lo humedeció en el fregadero y se lo alcanzó. Alice se limpió la cara, y las salpicaduras en las piernas y en las zapatillas. Seguía sintiendo el sabor amargo en la boca. Tuvo arcadas, tragó saliva.
—¿Qué pasó? —preguntó Jenny, desesperada. Simon no respondió—. ¿Esa sangre es tuya, Alice? ¿De Simon? ¿Os hicieron daño?
—Estoy bien. Está todo bien. —Simon cogió el paño de manos de Alice, fue a la cocina y se lavó la cara con agua, y luego las manos—. Alice, pon el vehículo en marcha.
Ella tanteó a ciegas las llaves, con la visión borrosa por las lágrimas.
—¿Entonces, de quién es la sangre?
—¡Cálmate ya, Jenny, te lo contaré después! —Se dejó caer en el asiento del copiloto—. ¡Vámonos!
Alice logró poner la marcha atrás, salió del aparcamiento y giró hacia la calle. Oía lloriqueos por encima de los suyos: Jenny lloraba sentada a la mesa.
—Bien. Sigue manteniendo esta velocidad —dijo Simon—. Compórtate con normalidad.
Ella miró por los espejos. No se veían luces policiales. Simon iba a salirse con la suya. Nunca lo iban a detener. Seguiría matando. Sentía el pecho tan comprimido que le dolía respirar.
Una vez que llegaron a la carretera, aceleró.
Sentía dolor en la rodilla y en el brazo donde Simon la había golpeado con el termo.
El moratón era una línea azul. Esperaba que los acólitos de Phoenix hubieran vuelto con la furgoneta.
Pero… ¿y si no entraban en la cocina? Si no lo encontraban pronto, tal vez fuera demasiado tarde.
Las lágrimas le caían por las mejillas y la boca.
Simon desplegó el mapa y trazó la ruta a seguir con el dedo.
—Estamos en la carretera Crowsnest. Cuando lleguemos a una bifurcación, mantente a la derecha.
La carretera los llevaba por zonas boscosas, llanuras abiertas y paisajes rocosos, con las montañas siempre presentes en la distancia. Alice miraba el camino sin verlo realmente; tenía los ojos hinchados. Intentaba no pensar, no recordar esos sonidos.
Cruzaron el ancho y turbio río Kootenay, de un color verde apagado, y la autopista empezó a bordear otro río. Unos treinta kilómetros después, llegaron a un cartel que les daba la bienvenida a Fernie.
—¡Mierda! —Simon se echó hacia atrás en el asiento, como si tratara de apartarse de algo. Alice se asustó tanto que pisó el freno.
—¡No! ¡No te detengas! —le gritó él.
Ella entendió entonces lo que había visto: un coche patrulla blanco y negro aparcado al borde de la carretera, un poco más adelante.
El agente estaba de pie junto a una camioneta detenida, pero no tenía encendidas las luces rojas y azules.
Él y el conductor estaban apoyados contra el capó, conversando.
—¡Gira aquí, ya! —Simon señaló un camino a la izquierda y ella viró tan repentinamente que los objetos dentro de la autocaravana se desplazaron y las botellas tintinearon en la nevera.
Dieron más rodeos mientras Simon consultaba el mapa.
Estaba cada vez más irritado y lanzaba órdenes tajantes.
En un tramo recto del camino desierto, sin nada más que bosque a ambos lados, le dijo que se detuviera en el arcén; luego buscó el sombrero de vaquero, los petos, las gafas del disfraz, los pañuelos, los guantes y las pistolas de juguete y los arrojó entre los árboles.
Siguieron avanzando. El camino se estrechó hasta volverse un pavimento áspero, resquebrajado, lleno de baches. No era una vía principal. Pasaron junto a un par de buzones. Entradas larguísimas. Campos cercados.
Simon golpeó el salpicadero con furia.
—Nos equivocamos de camino. Da la vuelta en ese campo. —Señaló a la izquierda, donde había una verja abierta y, más allá, un campo ondulado de pasto seco. Alice supuso que habría una casa cerca.
No se había metido más que unos metros en el campo cuando sintió que las ruedas traseras resbalaban y luego se hundían. La autocaravana se inclinó hacia un lado. Las ruedas patinaban, el motor rugía. Alice levantó el pie del acelerador.
—¿Qué haces? —dijo Simon.
—Estamos atascados.
—¡De puta madre! Apaga el motor. —Alice obedeció. Él arrancó las llaves del contacto, luego se levantó para pasarle la pistola a Jenny.
—No dejes que Alice se mueva.
Abrió la puerta con fuerza y bajó los escalones casi a la carrera.
Alice oyó los chasquidos del motor mientras esperaban. Tal vez debería haber seguido acelerando para intentar sacar la autocaravana al camino; quizá se habría recalentado el motor, pero esto era peor, estaban atascados.
Simon regresó un par de minutos después, limpiándose con el antebrazo el sudor y el polvo de la cara enrojecida.
—Voy a tener que cavar para sacarnos.
Alice vio por el espejo retrovisor que se acercaba a Jenny para recuperar el arma, pero ella no se la entregaba. ¿Qué estaba pasando? Se giró en el asiento.
Jenny miraba el calzado de Simon; luego alzó la vista hacia él.
—Tus zapatillas de deporte tienen sangre.