Capítulo 22. Alice #2
—Mierda —dijo Simon por lo bajo. Metió la mano en el bolsillo delantero, le hizo un movimiento de cabeza a Alice y se dirigió hacia la parte posterior de la autocaravana. Ella lo siguió.
La furgoneta tenía la música a todo volumen, pero de pronto se apagó. Alice no podía ver al conductor a través del parabrisas, solo el reflejo de los árboles y el cielo azul.
La puerta se abrió y bajó un hombre alto y delgado, con pantalones de pana color tostado y una camisa holgada estilo túnica. Tenía el cabello rubio dorado con flequillo recto y al sonreír mostró una dentadura muy blanca que contrastaba con su piel bronceada. Parecía un surfista californiano.
Se abrió también la puerta del copiloto y una chica bajó de un brinco, seguida por otra.
Tenían la misma sonrisa que el hombre, como si estuvieran felices de encontrarse con un par de desconocidos.
Se parecían entre sí: el cabello rubio oscuro con raya al medio, los rostros sin maquillaje, una trencita de cuero alrededor de la frente.
Iban descalzas bajo las faldas campestres estampadas.
La más baja tenía cascabeles diminutos en el cinturón, que tintineaban cuando se movía.
—¡Hola, viajeros! —saludó el hombre.
—Hola —respondió Simon—. Ya nos íbamos. ¿Puedes mover la furgoneta?
La chica más alta, de sonrisa soñadora, avanzó hacia Simon, entornando los ojos marrones. Sus pendientes con cuentas se balanceaban al ritmo de sus caderas. Simon dio un paso atrás, pero ella lo rodeó y le pasó las manos por los hombros. Se detuvo a su lado y entrelazó su brazo con el de él.
—¡Qué fuerte eres!
Simon frunció el ceño. La chica de sonrisa con hoyuelos, más baja y con más curvas, se había colocado al otro lado y le aferraba los bíceps.
—Sí, ¡qué fuerte! ¿Podrías ayudarnos?
El hombre rubio apoyó las manos en la cintura.
—¿Qué dices, hermano? ¿Puedes echarnos una mano para descargar las mesas de la feria de la iglesia? A cambio del agua.
—El agua es gratis —dijo Simon.
—¡Y la ayuda también! —El hombre abrió los brazos y soltó una carcajada.
Simon se deshizo del abrazo de las muchachas.
—Tenemos que seguir viaje.
—El tiempo es un invento, amigo. Puedes moldearlo a gusto. —Movió las manos como si tocara el acordeón y se dirigió a la parte posterior de la furgoneta. Las sandalias de cuero repiqueteaban con cada paso. Las puertas se abrieron de golpe. Alice oyó el chirrido del metal.
Las chicas ya habían perdido interés en Simon, aunque tampoco parecían tener prisa por descargar nada.
La más alta se detuvo a trenzar un mechón del cabello de la curvilínea; ladeó la cabeza mientras entonaba una canción de John Lennon.
La otra se sumó enseguida y sus voces dulces se entremezclaron.
— You may say I’m a dreamer…
Simon miraba alternativamente a las chicas y a la furgoneta; tenía los puños apretados y el cuerpo tieso. Alice lo observaba. ¿Sería capaz de hacerles daño a tres personas? Seguro que no. Menos en un lugar público, a la vista de todos.
—Podemos esperar en la autocaravana —le dijo Alice en voz baja.
Se oyó un estruendo desde detrás de la furgoneta.
Alice se estremeció. Siguieron más ruidos.
El hombre estaba arrastrando una mesa de madera larga con patas metálicas.
La dejó caer en el pavimento y luego se apoyó en el vehículo para mirar a las chicas, que seguían cantando con los brazos en el aire, balanceando las caderas.
Encendió un cigarrillo de marihuana y exhaló una nube espesa de olor penetrante.
Las chicas se acercaron a él bailando, dieron algunas caladas y lo pasaron de mano en mano.
—Por Dios, vamos a quedarnos aquí todo el día —murmuró Simon. Advirtió a Alice con la mirada y luego le indicó con un gesto que lo siguiera hasta la furgoneta.
El hombre le ofreció el cigarrillo, pero Simon negó con la cabeza.
—Solo venimos a ayudar.
—¡Excelente, hermano! —Apagó la punta del cigarrillo con los dedos y se lo guardó en el bolsillo. Entre los dos levantaron la mesa larga, con sus patas metálicas plegables.
Las chicas sacaban bolsas de papel.
—Es ropa usada —explicó la más alta, mientras le entregaba una a Alice. Luego cogió otra para ella y entrelazando su brazo con el de Alice la guio por la esquina de la iglesia, por un sendero de ladrillos y luego por los escalones del frente. Olía a marihuana, fogata y aceite de pachuli.
Atravesaron un pasillo corto y entraron en el área principal de la iglesia, distinta a todas las que Alice había visto.
Estaba vacía, salvo por los cojines de colores dispuestos en un gran círculo. En el centro había bongós, velas, campanillas y cuencos metálicos. El aire tenía el mismo olor a marihuana que la muchacha, pero mezclado con el dulzor empalagoso del incienso de sándalo.
A Alice empezaba a dolerle la cabeza.
Las chicas dejaron las bolsas contra la pared, donde Simon y el hombre estaban montando la mesa. Alice hizo lo mismo con la suya.
—¿Qué clase de iglesia es esta? —preguntó.
—Somos la Iglesia de la Divina Luna —respondió la chica alta, llevándose la mano al corazón—. Nuestro líder, Phoenix, estudió en la India. Es increíble. —Volvió a dedicarle una sonrisa soñadora. Tal vez no estaba solo drogada, sino también ebria de devoción.
—¿Dónde está? —preguntó Simon, sin molestarse en disimular su desconfianza.
El hombre rubio se encogió de hombros.
—Va adonde lo necesiten. A veces está aquí, otras en la granja. ¿Queréis conocerlo? Podéis uniros a nuestro círculo de tambores esta noche.
—Tenemos otros planes —respondió Simon, mientras se dirigía a la puerta.
Hicieron otro viaje. Alice dejó la ropa, mientras Simon y el hombre colocaban otra mesa. La mirada de Simon se detuvo en una puerta entreabierta a pocos metros. Alice no alcanzaba a ver qué le llamaba tanto la atención. Se preguntó qué estaría tramando.
Hicieron dos viajes más. Por fin, la furgoneta quedó vacía.
—Volved mañana para la venta —dijo el hombre mientras cerraba las puertas—. Tendremos frutas y verduras, y las chicas hacen jabón de leche de cabra.
—También tejemos —añadió la curvilínea—. Teñimos la lana nosotras mismas.
Como Simon no decía nada y el silencio se volvía incómodo, Alice intervino: —Sí…, quizá.
Regresaron a la autocaravana. Simon iba delante, pero se detuvo cerca del parachoques trasero y se quedó mirando cómo se alejaban los otros. Alice tuvo que detenerse también.
La furgoneta retrocedió hasta la calle. La chica alta saludó por la ventana y el hombre hizo sonar el claxon. Alice saludó sin entusiasmo.
En cuanto desaparecieron de la vista, Simon fue hasta la puerta y la abrió con fuerza. Subió al primer escalón y asomó la cabeza.
—¿Todo bien, amor?
—Sí, pero ¿quiénes eran esos?
—Dame un minuto. —Cerró la puerta antes de que Jenny pudiera decir algo más y le hizo un gesto a Alice para que lo siguiera.
—¿Qué pasa?
Caminaba deprisa. Alice tenía que esforzarse para seguirle el ritmo; rodearon la esquina y subieron los escalones. Simon entró en la iglesia y fue hasta donde estaban las bolsas. Alice seguía sin entender qué quería hacer o qué buscaba. Él cogió una de las bolsas y la vació en el suelo.
—Coge una —le ordenó, y ella la vació, desconcertada. La bolsa contenía una mezcla de camisas de vestir de hombre, blusas de mujer y pantalones.
—Vamos. —Simon empujó la puerta y entró en la habitación contigua.
Una cocina, con muebles de madera, una encimera amarilla, nevera blanca y estufa. Una mesa pequeña junto a la ventana. Alice la recorrió con la mirada… hasta que vio los frascos alineados sobre la encimera, todos llenos de marihuana seca. Frunció el ceño. Aquello no auguraba nada bueno.
Simon tomó uno de los frascos y lo metió en su bolsa vacía.
Alice dejó la suya junto a la de él. Colocados cerca de allí se veían todo tipo de utensilios para fumar: pipas, pipas de agua, tubos de vidrio, teteras de cerámica, decantadores y jarrones con boquillas. Uno tenía forma de anciano barbudo. Alice lo levantó, tratando de imaginar cómo funcionaba.
—Eso no me interesa —dijo Simon—. Coge los frascos.
De pronto, la puerta se abrió detrás de ellos. Alice se giró como un rayo. En el umbral había un hombre alto, de piel bronceada y cabello negro largo, vestido con una túnica blanca.
—Disculpad —dijo con una sonrisa—. No quería asustaros. —Cruzó la cocina y dejó un termo metálico, unas llaves y un periódico doblado sobre la encimera—. ¿Sois amigos de Tasha y Misty?
Simon estaba inmóvil, sujetando la bolsa.
—Los ayudamos a descargar la camioneta —dijo Alice.
—¿Sí? —El hombre se volvió hacia ellos—.
¿Os interesa uniros? Soy Phoenix. Dirijo las sesiones de oración.
—Dio unos pasos hacia ellos, tomó la mano de Alice entre las suyas y sonrió; sus ojos eran cálidos y sinceros.
Pero enseguida su expresión cambió. Ladeó la cabeza y frunció el ceño con preocupación—. ¿Todo en orden, hermana?
—Estoy bien —respondió ella, y retiró su mano.
Phoenix miró a Simon y solo entonces pareció reparar en las bolsas de papel. Fijó la vista en ellas y luego en Simon. Alice sintió que el estómago se le iba a los pies. El silencio se estiró y se tensó. Phoenix seguía mirando a Simon.
Estudiando su rostro.
Dios, no. El periódico.
Phoenix parpadeó, luego sacudió la cabeza.
—Ah, cierto, acabo de recordar que dejé mi desayuno en el coche. —Giró sobre los talones para dirigirse a la puerta.
—¿Las llaves? —Simon extendió el brazo; las llaves colgaban de su dedo.
Phoenix vaciló, pero regresó para cogerlas. Cuando sus dedos rozaron el llavero, Simon agarró el termo con la otra mano y lo lanzó a la cabeza de Phoenix. Él lo esquivó y el termo dio de lleno en su hombro, con un golpe sordo.
De un segundo a otro, los dos hombres se trabaron en una pelea feroz, a empujones y puñetazos; se estrellaron contra la pared y la nevera, que se sacudió sobre las patas. Phoenix era más grande, pero Simon se movía con rapidez, esquivando golpes y defendiéndose con el termo pesado.