Rehenes en la carretera Capítulo 22. Alice
50%

Capítulo 22. Alice

Las líneas blancas de la carretera se desdibujaban.

Alice bajó la ventanilla para sentir aire fresco en la cara y movió la cabeza, primero hacia un lado y luego hacia el otro, tratando de aflojar los músculos tensos del cuello.

Los faros iluminaron dos pares de ojos a un lado del camino.

Mapaches, probablemente. Fuera lo que fuese, era pequeño y estaba cerca del suelo, pero también podían cruzarse alces, venados o incluso cabras montesas durante la noche.

Si chocaban con uno de esos animales grandes, perdería el control del vehículo por completo.

Necesitaba concentrarse, pero no podía dejar de pensar en los chicos del Dairy Queen.

El menor estaría bien, al menos físicamente, pero ¿y el mayor?

¿Y si moría? Simon había arrancado el teléfono de la pared.

¿Cuánto tiempo pasaría antes de que alguien los encontrara?

Alice miró de reojo a Simon, que seguía con una expresión de satisfacción.

Mientras ella conducía hacia la carretera, él había guardado los disfraces y luego se había sentado con Jenny a contar el botín.

A juzgar por sus risas, habían sacado una buena suma, pero no suficiente para pagar todo lo que deseaban.

Hablaron del coche que querían comprar y acordaron que sería una camioneta familiar.

Los dos soñaban con un jardín de buen tamaño y un televisor.

Simon quería un perro. A Alice le parecían criaturas jugando a las casitas.

No tenían ni idea de cómo cambiarían sus vidas con un bebé.

Ahora estaban atados el uno al otro. Sus secretos, sus crímenes, serían un lazo más fuerte que cualquier voto matrimonial.

—¡Estoy muy cansada! —se quejó Alice—. No debería estar al volante.

—Solo han pasado veinte minutos.

—Sí, pero ¡es casi medianoche!

—Yo también estoy cansada —dijo Jenny. Alice miró por el espejo retrovisor y, al ver el vaso de batido delante de ella en la mesa, sintió una nueva oleada de rabia.

—De acuerdo. Buscaremos un sitio —respondió Simon.

Cuando encontraron un desvío, tomaron por ese camino hasta que el pavimento irregular se convirtió en grava.

Cruzaron un puentecito sobre un arroyo y aparcaron en el arcén, donde el camino se ensanchaba para que los vehículos esperaran a que otro automóvil —o un camión maderero— terminara de cruzar.

Alice y Tom casi no tuvieron tiempo de utilizar el baño antes de que Simon los atara de nuevo.

Ella se preguntaba cómo de llenos estarían los depósitos de aguas residuales, si pronto se quedarían sin agua limpia, pero los pensamientos se fueron dispersando a medida que el agotamiento, el miedo y la adrenalina acumulada pudieron con ella.

Se sintió agradecida de que todo desapareciera por unas horas, hasta que, por la mañana, un coro de aves del bosque empezó a cantar junto a su ventana.

Después de turnarse en el baño, Tom pidió sentarse a la mesa.

—Necesito moverme un poco.

Simon lo pensó y accedió, aunque le dejó las muñecas y los tobillos atados.

Tom contuvo su enfado y hasta parecía agradecido de poder sentarse, aunque Alice veía que seguía sufriendo.

Solo quedaban un par de pastillas de paracetamol en el envase.

Jenny aún no había comprado sus vitaminas.

Tal vez Alice podría convencer a Simon de detenerse en una farmacia.

Abrió la caja de copos de cereales que Jenny había comprado y sirvió un tazón a cada uno.

Tom y Alice comieron sentados a la mesa para que ella pudiera ayudarlo, mientras que la pareja más joven ocupó los asientos delanteros.

Alice intuía que Simon sentía su mirada, porque se volvió hacia ella; apartó los ojos y hundió la cuchara en la leche.

—Después me ayudarás a vaciar los depósitos, Alice.

Asintió, pero no iba a decir “sí” ni “de acuerdo” ni dar ninguna otra señal de conformidad. Todo lo que hacía era bajo presión y quería que eso quedara claro.

Simon estaba sentado de lado y movía las piernas, nervioso, mientras devoraba el cereal a cucharadas, una tras otra.

Se puso de pie y dejó caer con estrépito el tazón en el fregadero.

Algo lo tenía alterado. Alice se preguntó si sería el atraco de la noche anterior.

¿Culpa? ¿O miedo a que los descubrieran?

Para su sorpresa, él se ubicó detrás del volante y arrancó el motor.

Jenny dejó de comer.

—¿Qué haces?

Simon giró los diales de la radio.

—Quiero escuchar las noticias, ver si dicen algo del Dairy Queen.

Una emisora le devolvió pura estática, así que probó con otras, pero no consiguió más que fragmentos metálicos de canciones y palabras entrecortadas que enseguida se perdían en los chasquidos de estática.

Apagó el motor.

—Tenemos que ir a algún sitio con mejor recepción.

Lavaron la vajilla y la guardaron. Tom volvió a la cama, donde Simon lo ató, y luego con Alice vaciaron los depósitos de aguas residuales (y otras cosas que prefería no nombrar) en el hoyo que él había cavado en la tierra blanda.

Tras regresar a la autocaravana, Alice se acomodó en el asiento del conductor y Simon, en el del copiloto.

—Jenny necesita las vitaminas —dijo Alice—. Y ya no queda paracetamol.

Jenny dejó escapar una exclamación angustiada desde atrás.

—¡Lo olvidé! —Alice la miró por el retrovisor: parecía realmente apesadumbrada.

—Pararemos en el próximo pueblo —dijo Simon.

Llegaron a Cranbrook un rato después. Era más grande que Kimberley y se extendía en un valle protegido por las imponentes Montañas Rocosas, cuyos picos eran tan afilados que parecían puntas de flecha apuntando al cielo, sombreadas en azul y gris y decoradas con blanco.

Los edificios de ladrillo rojo con ventanas arqueadas enmarcadas en piedra y techos planos se agrupaban como si buscaran resguardarse del invierno feroz.

Las aceras estaban adornadas con jardineras de cemento llenas de flores; en el centro se erguía una torre de reloj que vigilaba el constante ir y venir.

El sol de la mañana ya encandilaba a través del parabrisas y Simon, al notar que Alice entornaba los ojos, le alcanzó sus gafas de sol.

El cereal dulce se le revolvió en el estómago.

Ella era la que siempre le alcanzaba las gafas a Tom.

Se enorgullecía de saber siempre dónde estaban sus pertenencias.

La hacía sentir que tenía un propósito, que era una pieza esencial en su relación.

No quería ser esencial para Simon. No quería que él tomara en cuenta sus necesidades. Quería que desapareciera. Miró el camino con furia desde detrás de las gafas.

Habían dejado la radio encendida mientras viajaban y Simon cambiaba de emisora tantas veces que Alice estuvo a punto de apartarle la mano con violencia.

Todavía no había información sobre los robos.

Esperaba que los mencionaran pronto. Quería que la gente estuviera alerta ante cualquier indicio extraño.

Recorrieron las calles tranquilas hasta que encontraron una farmacia en una esquina, separada del resto de las tiendas del centro.

El edificio era bajo, de madera, y tenía toldos azules y blancos a cada lado, sobre los que se leía Farmacia Familia Harris.

Redujo la velocidad al pasar frente al local.

—Qué bien —dijo Simon—. Tienen el letrero de “abierto”.

El aparcamiento estaba a un costado del edificio. Vacío, de momento.

Alice miró a Simon.

—¿Quieres que aparque aquí?

—No. Busca algún sitio fuera de la vista.

Una calle más allá, vieron otro edificio de ladrillo rojo con aparcamiento, que era una iglesia con un campanario puntiagudo y una cerca blanca que rodeaba un pequeño cementerio.

—Aquí —le indicó Simon.

Alice le lanzó una mirada de reojo. ¿De verdad ese ladrón y asesino quería estar cerca de una iglesia? Simon hizo un movimiento impaciente con la mano.

—Anda, ve.

Muy bien. Alice estacionó la autocaravana y elevó una plegaria al cielo: “Señor, si puedes oírme, manda un rayo y acaba con este hombre antes de que vuelva a hacer daño”.

Por desgracia, el cielo se mantuvo de un azul sereno.

Jenny bajó de la autocaravana. No debió de estar fuera más de diez o quince minutos, pero Simon no paró de mover la pierna mientras miraba por la ventanilla.

Cuando la muchacha regresó, subió los escalones metálicos de un brinco; era tan liviana que el vehículo casi no se sacudió.

Simon giró en su asiento para recibirla.

—¿Todo bien?

—Sí. Compré vitaminas y paracetamol. ¿Le doy una pastilla a Tom ahora?

—Por favor —suplicó Tom desde el fondo—. Dos.

Jenny sacó un refresco de la nevera para Tom y lo ayudó a tomar las pastillas. Luego, le llevó lo que quedaba de la bebida a Alice y se la ofreció.

—¿Quieres?

Lo que Alice quería era que esta chica dejara de comportarse como la enfermera de Tom. Tomó el refresco y se bebió el líquido frío de un trago.

Simon miraba por el parabrisas con los ojos entornados. A Alice la sorprendió que no le hubiera dicho que se pusiera al volante o arrancara el motor. Vio por el espejo que Jenny sacaba otro refresco de la nevera, y luego se sentaba a la mesa y se tomaba las vitaminas.

—Hay una manguera —dijo Simon.

Alice siguió la mirada de Simon hacia un lateral de la iglesia, donde se veía una manguera enrollada junto a un grifo.

—Deberíamos llenar el depósito de agua —dijo Simon—. Acércate.

Alice arrancó el motor, avanzó en paralelo a la pared de la iglesia, dejando un espacio entre el edificio y el vehículo, y trató de aparcar junto al tanque.

Simon se inclinó y sacó las llaves del contacto.

—Vamos.

Alice lo siguió afuera. Desenroscó la tapa del depósito de agua mientras él abría el grifo y arrastraba la manguera hacia el depósito.

El chapoteo se volvió más suave a medida que el nivel del agua subía. Cuando el depósito estuvo lleno, Simon cerró el grifo. Todavía estaban fuera de la autocaravana cuando una furgoneta marrón entró bruscamente en el aparcamiento de la iglesia y se detuvo detrás de ellos, bloqueándoles la salida.