Capítulo 21. Alice #2
Ella presionó el botón y empezó a sacar los billetes. En el suelo, los dos chicos eran solo siluetas en la penumbra, un bulto de sombras y llanto.
—¿Dónde está la caja fuerte? —quiso saber Simon.
—En la oficina —dijo el más valiente—. Pero no tenemos la clave.
—¿Qué cojones significa eso?
—Que solo nuestro jefe la sabe.
—Tonterías.
Dio un paso y le dio una patada al joven más robusto.
El golpe resonó con fuerza. Alice ahogó una exclamación y se apartó de la caja.
El muchacho estaba jadeando y tenía arcadas.
El más delgado había lanzado un grito y trataba de alejarse arrastrándose sobre el estómago. Simon le arrancó la cinta a Alice.
—Por favor. ¡No le tapes la boca, podría asfixiarse! —Pero Simon no le hizo caso y avanzó hacia el chico. Lo cogió de los brazos y lo giró. Él se retorcía, movía las piernas y lloraba.
Alice estaba tan aterrada que no podía moverse; se quedó delante de la caja registradora abierta, con los billetes en la mano. Oyó el sonido de la cinta despegándose del rollo, un forcejeo, un golpe, luego gritos ahogados. Simon se volvió hacia ella.
—¡Coge el dinero!
Alice siguió vaciando la caja, pero sin perder de vista lo que ocurría. Simon estaba levantando al chico mayor de los brazos; lo hizo girar.
Alice vio de pronto el rostro enrojecido del muchacho; las mejillas le brillaban por el limpiador de limón y tenía suciedad del suelo adherida a la piel. El flequillo le caía recto sobre los ojos desorbitados de pánico.
Trató de forcejear y liberarse, pero Simon era más alto, más fuerte, y estaba en posición de ventaja. Lo empujó hacia la freidora, pasando por donde estaba Alice.
Ay, no.
El chico luchaba con más fuerza: tiraba, se retorcía, pateaba las piernas de Simon con los talones. Él lo sujetó del cabello con una mano y empujó su cara hacia el aceite.
—¿Cuál es la combinación?
—¡Vete a la mierda! —exclamó el chico; Alice empezaba a pensar que era más insensato que valiente.
Simon acercó aún más su rostro al aceite.
El chico se defendía bien y al luchar se le marcaban los músculos del cuello.
Simon le soltó el cabello, luego sacó la pistola de su cintura y le dio un culatazo en la parte posterior de la cabeza.
—¡Dime los números! —le gritó.
—¡No los sabe! —chilló Alice—. ¡Vámonos!
—Sí que los sabe. —Simon cargo su peso para aplastar al chico contra el borde de la freidora. Su rostro estaba a centímetros del aceite.
—¿Prefieres que te dispare o que te queme la cara?
—¡Es una llave! —gritó por fin—. ¡Está debajo de la bandeja de la caja!
—¿Ibas a dejarte matar por un imbécil al que no le importas nada?
—Mi padre es el dueño —dijo el chico, aferrado a una valentía que quizá solo podía tener el hijo del jefe.
—Debería matarte por idiota.
—Mi padre te va a encontrar y te va a matar a ti —lo amenazó el chico, y Alice sintió deseos de golpearlo. ¿Por qué provocaba a Simon? ¿No tenía instinto de supervivencia?
Simon la miró.
—Muévete. Busca la llave.
Alice se volvió y levantó la bandeja; allí estaba la pequeña llave plateada. Cuando la sacó, Simon se volvió hacia el chico.
—Tienes suerte de que no mentiste.
Cualquier insolencia que el chico tuviera pensado soltar murió antes de salir de su boca cuando Simon le golpeó la cabeza con la culata del arma.
Dos veces. Con fuerza. El muchacho habría caído de cara en la freidora si Simon no lo hubiese sostenido.
Luego lo dejó caer al suelo; quedó tendido de lado, inmóvil.
Simon le dio una patada en el estómago. Luego una en las costillas. Alice recordó cómo había golpeado a Tom, incapaz de detenerse. Sentía esa misma impotencia ahora, la desconexión entre lo que veía y lo que tardaban su mente y su cuerpo en reaccionar.
Sin pensarlo, tomó uno de los paños de cocina sucios que estaban sobre el mostrador y se lo arrojó. Golpeó contra la mejilla de Simon y cayó al suelo con ruido. Simon dejó de patear y la miró, respirando con fuerza.
—¡Tenemos que vaciar la caja fuerte! —dijo ella, alzando la llave plateada.
Él dio una última patada al chico, con tanta fuerza como para mover su cuerpo, y se alejó.
Alice lo siguió; Simon buscó por el fondo del local hasta que dio con una pequeña oficina.
Encendió la luz. Ella parpadeó ante el resplandor repentino.
Simon encontró la caja fuerte debajo del escritorio y la abrió con la llave; rio a carcajadas mientras sacaba fajos de billetes.
Se los pasó a Alice, que los metió en la funda de almohada.
Sentía que hacía horas que estaban en el restaurante.
Seguramente alguien vendría. ¿Tendrían coche los muchachos?
¿Pasaría alguno de sus padres a buscarlos?
Tal vez algún padre estuviera esperando en el aparcamiento en ese mismo momento, preguntándose por qué estaban apagadas las luces.
Llamaría a la puerta, gritaría para saber si estaba todo bien.
Cuando Simon se incorporó, ella supuso que se dirigiría a toda prisa a la puerta trasera, pero se encaminó de nuevo hacia el frente y rodeó el mostrador.
Corrió tras él, rogando que no fuera a darles el golpe de gracia a los muchachos.
Simon frenó en seco y ella chocó con su espalda.
Él cogió uno de los vasos para batidos y empezó a manipular la máquina, presionando botones y moviendo palancas.
Sostuvo el vaso debajo de una boquilla y rio cuando comenzó a llenarse de un líquido rosado espeso que rebosó por los bordes.
Después cogió una cuchara larga de plástico rojo y la clavó en medio del batido.
Alice lo miraba, atónita. Un batido. Se había tomado el tiempo para prepararse un batido .
Simon bajó la vista hacia el muchachito, que seguía tendido en el suelo, la cabeza girada hacia un lado.
Alice ya veía mejor en la penumbra y podía distinguir sus rasgos.
Tenía el pelo completamente revuelto y la cara mojada de lágrimas y sudor.
La cinta que le cruzaba la boca le tensaba la piel.
Debía de ser doloroso; Alice deseó poder quitársela.
—Tu amigo es un imbécil —dijo Simon.
El chico parpadeó y asintió con cautela, deslizando la mejilla sobre el suelo.
—Deberías trabajar en otro lugar —añadió. El chico asintió otra vez, más rápido. Alice no se habría sorprendido si, después de esa noche, el pobre no volvía a dejar su casa.
Salió detrás de Simon a la oscuridad nocturna. Avanzaron rápido por el callejón y cruzaron la calle evitando los focos de luz y manteniéndose en las sombras. El pueblo estaba en silencio. Ajeno a todo. Subieron los escalones y entraron en la autocaravana. Nadie los siguió, salvo sus sombras.
Simon cogió la funda de almohada de manos de Alice.
Ella se sentó en el asiento del conductor, se arrancó el pañuelo y los guantes, dejó las gafas del disfraz sobre el salpicadero y giró la llave.
Miró por el espejo retrovisor. Simon le estaba dando el batido a Jenny.
En la penumbra del vehículo, Alice vio su sonrisa brillante.
Su novio acababa de asaltar un restaurante y golpear a un adolescente y ella estaba encantada porque le había traído un batido.
Un batido de treinta y cinco centavos. Simon se inclinó para darle un beso.
Alice pisó el acelerador de golpe, lo que hizo que la autocaravana se sacudiera hacia delante; Simon cayó encima de Jenny. Se liberó con movimientos torpes y fulminó a Alice con la mirada; el batido le chorreaba por la camisa.
—¿Qué cojones fue eso?
—Perdón —dijo ella—. Se me resbaló el pie.