Rehenes en la carretera Capítulo 21. Alice
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Capítulo 21. Alice

Alice oía el borboteo de la gasolina que llenaba el depósito de la autocaravana, deseando que terminara de una vez.

El empleado, un hombre enjuto de mediana edad, con el cabello revuelto y patillas demasiado largas, sumergió la escobilla de goma en una cubeta y la pasó por el parabrisas, despegando el polvo y los insectos muertos.

Frotó con fuerza los restos resecos de un bicho grande que había quedado estampado en la esquina, cerca de Simon.

Alice lo miró de reojo. Estaba recostado en su asiento, con la visera de la gorra inclinada para darle sombra en los ojos, como si estuviera dormido, pero ella vio que tenía la mandíbula tensa y tamborileaba los dedos.

Por fin, el empleado se apartó del parabrisas y los depósitos quedaron llenos. Alice pagó en efectivo y sintió alivio cuando el hombre agradeció y fue a atender al siguiente vehículo.

El Dairy Queen no cerraba hasta las once y Simon no quería regresar al parque, así que tomaron un camino polvoriento que quizá había sido utilizado para la tala en otros tiempos, pero que ahora estaba lleno de baches.

Avanzaron un par de millas sacudiéndose entre arbustos y ramas crecidas que rozaban la autocaravana hasta que llegaron a un claro donde Simon le indicó que se detuviera.

Fue entonces cuando reveló su plan de asaltar el restaurante a la hora del cierre.

Tom trató de hacerlo desistir.

—Un local de esos no va a tener mucho dinero en la caja. No vale la pena.

—Todo dinero es buen dinero.

—¿Y arriesgarías la vida por él?

—¿Crees que no sé defenderme? Te molí a palos, ¿o no?

Tom apretó los puños, como si estuviera pensando en lo mucho que disfrutaría de borrarle esa sonrisa del rostro. Alice sentía lo mismo.

Tom intentó con otra táctica.

—No lleves a Alice. No la necesitas.

—Lo que no necesito es que sigas hablando. —Simon sacó el arma de su cintura y miró a Tom con las cejas levantadas—: ¿Vas a quedarte callado ahora?

—Sí, claro —intervino Alice—. Y yo necesito descansar. —Caminó hacia el fondo de la autocaravana y se tumbó en la cama junto a Tom. Simon se sentó a la mesa con Jenny para jugar al Uno.

Alice se durmió y soñó con hamburguesas deshechas de las que caían trocitos de lechuga a la alfombra del vehículo.

Ella trataba de limpiar, pero caía más comida.

Un bebé lloraba en algún rincón de la autocaravana y ella buscaba debajo de los asientos, en los armarios.

Despertó cuando Tom la llamó con suavidad y casi no tuvo tiempo de despabilarse antes de que Simon se pusiera de pie.

—Ya es hora. Vamos.

Alice se levantó con movimientos torpes, cogió un refresco de la nevera, se frotó los ojos para sacudirse los sueños y el cansancio y se sentó detrás del volante.

Cuando llegaron al pueblo, volvieron a aparcar junto a la lavandería; esta vez, detrás del edificio.

Según Simon, si alguien veía la autocaravana, pensaría que estaban lavando ropa, cosa que a Alice le habría gustado hacer.

Habían abierto las ventanas, pero el aire seguía siendo sofocante.

El edificio de ladrillo, que había absorbido el calor todo el día, lo irradiaba ahora hacia ellos.

Alice se abanicó sin éxito con uno de los folletos del viaje.

—Son solo niños —le dijo a Simon en voz baja; él esperaba en el asiento del copiloto a que los últimos coches se marcharan del Dairy Queen.

No podían ver la fachada, pero sí el aparcamiento y la puerta trasera que daba al callejón, por donde unos minutos antes uno de los empleados había salido con una bolsa de basura para tirarla en el contenedor.

Alice no quería participar de ningún atraco, y menos aún de uno donde los empleados eran adolescentes, por más que Simon los detestara.

—Mejor todavía —respondió él—. Se van a cagar encima.

—Con dos empleados en el local, hay más posibilidades de que algo salga mal.

Simon le dirigió una mirada fulminante, luego se puso de pie y se dirigió al armario donde había escondido los disfraces. Revolvió dentro de una de las fundas y luego esgrimió un rollo de cinta adhesiva gris plateado.

—Me guardé esto.

Alice se hundió en el asiento. Quizá el local de Dairy Queen tuviera una alarma. Simon volvió a sentarse en el asiento del copiloto. Cuando no quedaron vehículos en el aparcamiento y faltaba un minuto para el cierre, dijo: —Primero probaremos por la puerta trasera. Seguro que está sin llave.

—No lo hagas —suplicó Jenny—. Fue solo un error.

—El muy idiota fue grosero conmigo. Ese fue un gran error.

Alice observó por encima del hombro mientras Simon sacaba los disfraces y le entregaba a Jenny el cuchillo de caza.

—Si algo sale mal, te pones al volante y te vas.

Jenny asintió, pero parecía aún más asustada que Alice.

La imaginó al volante, viendo cómo esposaban a Simon y a Alice.

O peor aún, cómo salían en camillas. Alice no creía que los empleados del local estuvieran armados, pero la policía sí lo estaría, y si la veían con la pistola falsa que Simon acababa de pasarle, podrían pensar que era real.

Su palma sudorosa se pegó a la culata de plástico.

—Como la otra vez —dijo Simon—: Se la muestras para que entiendan que hablamos en serio.

—Creo que lo entenderán.

Simon le lanzó el peto vaquero.

—¡Date prisa!

Cuando estuvieron vestidos con los disfraces y los guantes, Alice salió de la autocaravana detrás de él y bordeó la pared del edificio, manteniéndose en la sombra, hasta llegar al contenedor de basura.

—Voy a entrar primero. Quédate justo detrás de mí.

Al cruzar la puerta trasera, la golpeó el olor potente a limpiador de limón.

Simon señaló el suelo: baldosas mojadas.

Ella asintió y lo siguió por la cocina, pasando junto a estantes metálicos y máquinas de helado.

Miró entre los equipos, buscando a los empleados.

Se oían voces en el frente, discutiendo sobre quién tenía que limpiar la plancha.

Simon avanzaba más rápido ahora; rodeó el mostrador sujetando el arma delante de él con los brazos extendidos, como si actuara en una película policial.

—¡Arriba las manos!

El movimiento fue tan abrupto y sorpresivo que los dos empleados que estaban detrás del mostrador, con pulverizadores y bayetas en las manos, se quedaron mirándolos, boquiabiertos.

—¡Manos arriba, joder!

Los muchachos dejaron caer todas sus cosas sobre el mostrador. Una de las botellas rodó y cayó al suelo con estrépito. Levantaron los brazos.

Desde su lugar en el pasillo, entre el mostrador y la cocina, Simon bloqueaba el paso de los dos empleados, que estaban junto a las máquinas de helado. Alice se mantenía a su lado. Él le señaló la puerta con un movimiento del mentón.

—Cierra la puerta de delante y vuelve.

Alice fue a toda prisa hacia la entrada.

Por un instante pensó en salir corriendo; luego miró hacia atrás y vio que Simon la observaba.

¿Alcanzaría a huir antes de que él le disparara?

Simon entornó los ojos, se giró levemente hacia ella y puso un pie detrás del cuerpo, como quien se prepara para impulsarse.

Alice cerró la puerta y regresó junto a él.

—¿Hay alguien más aquí? —preguntó Simon a los muchachos, que estaban uno al lado del otro y habían retrocedido unos pasos.

El más bajo tenía cabello castaño que asomaba debajo del gorro de papel blanco y las mejillas marcadas de acné; la camisa roja del uniforme, con ribetes a cuadros, le colgaba sobre el cuerpo flacucho.

No debía de tener más de dieciséis años.

El otro parecía algo mayor y más corpulento, con torso ancho y piernas robustas. Su cabello rubio y largo también asomaba bajo la gorra del uniforme y le caía sobre las orejas; la manera en que miraba a Simon le hizo pensar a Alice que quizá fuera del tipo que intentaría resistirse.

—Volveos y tumbaos boca abajo con los brazos detrás de la espalda.

Ambos obedecieron, aunque el rubio lo hizo más despacio, con actitud desafiante, como si quisiera demostrar que no le tenía miedo. Se echaron en el suelo y extendieron los brazos.

Simon miró a Alice, que estaba detrás de su hombro derecho.

—Átalos con la cinta.

Ella sacó la cinta del bolsillo delantero del peto y fue hacia los muchachos.

Se agachó junto al más menudo; tenía muñecas delgadas y omóplatos huesudos que sobresalían de su espalda estrecha.

Los pantalones del uniforme le quedaban holgados y se los sostenía con un cinturón ajustado.

El gorro del uniforme había caído al suelo.

El cabello se le ondulaba suavemente en la nuca.

—No nos miréis —gritó Simon, y ambos muchachos mantuvieron la cabeza girada hacia un lado.

Alice forcejeó con la punta de la cinta, intentando levantarla con los dedos enguantados.

Sentía detrás de ella la creciente impaciencia de Simon, el chirrido de sus zapatos sobre las baldosas mojadas mientras iba y venía, nervioso.

Por fin, despegó la cinta y ató las muñecas de los chicos con suficiente fuerza para que no se soltaran, pero sin ajustarla hasta el punto de cortarles la circulación.

Los tenía tan cerca que, si ellos hubieran girado la cabeza un instante, le habrían visto la cara, los ojos, pero se mantuvieron inmóviles. El más menudo se había echado a llorar y suplicaba entre sollozos: —¡Por favor, no nos hagan daño! ¡No quiero morir!

—Por el amor de Dios, ¡cúbrele la boca! —ordenó Simon.

Alice lo ignoró y le habló al muchacho en un susurro: —Tranquilízate.

Él trató, en vano, de contener los sollozos.

—¡Cúbrele la boca, hostia! —volvió a gritar Simon.

—Necesitamos que nos diga dónde está el dinero —dijo Alice—. No podía taparle la boca con cinta. No podía hacerle daño. No lo iba a hacer. Se puso de pie.

Simon apagó las luces y quedaron sumidos en la oscuridad, salvo por la tenue iluminación de emergencia en la cocina. Rodeó el mostrador, arrancó el teléfono de la pared y lo dejó caer con estrépito.

—¿Cómo abro la caja? —preguntó.

El muchacho que no lloraba respondió: —El botón rojo de arriba.

—Coge el dinero —ordenó Simon a Alice.