Rehenes en la carretera Capítulo 20. Alice
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Capítulo 20. Alice

Sentada en el asiento del conductor, Alice miraba por el parabrisas cómo la gente pasaba con galletas saladas y conos de helado, mientras Jenny ponía al tanto a Simon sobre la consulta con el médico y la emoción de haber escuchado los latidos del bebé.

A Alice le ardían las lágrimas en los ojos ante la cruel ironía.

Ese viaje, que iba a alejarla de su casa, de los recuerdos constantes de su pérdida y de los pensamientos sobre lo que podría haber sido, ahora le restregaba todo eso en la cara minuto a minuto.

Simon decidió que se quedarían otra noche para cerciorarse de que el sangrado se hubiera detenido, así que dieron vueltas hasta que encontraron un parque natural y aparcaron en un rincón apartado, arbolado, a la sombra fresca de un dosel de árboles; Simon les permitió entreabrir las ventanas.

Había varios vehículos más, todos vacíos, aparcados cerca del inicio del sendero, donde había un baño exterior y un letrero con un mapa.

—Se irán todos al anochecer —dijo Simon—. Deberíamos estar bien.

Alice tenía esperanzas de que sucediera lo contrario.

Que tal vez alguien oliera la parrilla o viera el humo y tal vez llamara a los bomberos.

O que tal vez la policía local recorriera la zona de noche buscando actividades sospechosas o caminantes perdidos.

Demasiados “tal vez”. Necesitaba certezas.

Estar esperando la siguiente desgracia era agotador.

Jenny entró varias veces al baño y salió con las mejillas encendidas.

—Ya no hay sangre —dijo en voz baja.

En ningún momento miró a Alice, que estaba sentada junto a Tom, temiendo que Jenny le contara a Simon lo de la nota.

¿De verdad se guardaría la información? ¿Y por qué?

Alice solo podía pensar en dos posibilidades: o la muchacha no quería que Simon los castigara porque los apreciaba o temía quedarse sin chofer y sin autocaravana.

El aparcamiento se había vuelto más oscuro; los coches se fueron yendo uno a uno, hasta que se quedaron solos.

Simon bajó la mesa y convirtió los asientos en una cama, para poder descansar con Jenny; se ubicaron de espaldas al parabrisas, mirando hacia la cama del fondo, donde estaban Tom y Alice.

Se mantuvo sentado, con la cabeza de Jenny sobre su regazo, y le acarició el pelo.

—¿Tienes hambre, amor?

—No hago otra cosa que pensar en patatas fritas y aros de cebolla.

Pasé por un local de Dairy Queen en el pueblo cuando fui a hablar por el teléfono público y el aroma era delicioso.

Solo comía aros de cebolla fritos con mi padre cuando era pequeña.

—Lo miró—. Pero no hay problema: sé que no podemos volver al pueblo en la autocaravana.

Simon se encogió de hombros.

—Vamos. Me aburro sentado sin nada que hacer.

—¿En serio?

—Sí. Nos lo merecemos.

Alice resopló contra la almohada. ¿Por qué creía que se lo merecían?

¿Sería una recompensa por el arduo trabajo de mantenerlos prisioneros?

¿O por estar prófugos? Pero no tenía intención de quejarse: cada vez que Jenny o Simon salían de la autocaravana, se abría la posibilidad de que los atraparan.

Rogó que hubiera algún policía al que le apeteciera tomarse algo frío en una noche calurosa.

Volvieron al pueblo, ahora más tranquilo, con menos gente paseando.

La luz suave del atardecer bañaba los edificios con un brillo rosado y proyectaba sombras largas sobre la calle.

El local de Dairy Queen era fácil de distinguir, con su techo de metal rojo y su letrero con forma de labios.

El restaurante ocupaba una esquina, con aparcamiento delante.

Justo enfrente, a la derecha, estaban la lavandería y el teléfono público que habían encontrado antes.

—Aparca junto a la lavandería, pero deja espacio para que Jenny pueda bajar por detrás de la autocaravana.

Jenny parecía pequeña cruzando la calle; se detuvo para mirar a ambos lados antes de desaparecer dentro del restaurante. Simon se dejó caer en el asiento del pasajero y mantuvo la vista fija en el local. Tamborileaba los dedos sobre la rodilla, con ritmo rápido y nervioso.

Jenny volvió a aparecer y avanzó entre los vehículos aparcados con una gran bolsa de papel entre las manos, que apretaba contra el pecho por el peso. Simon abrió la puerta para ayudarla a subir y cogió la bolsa. El aire se llenó con el aroma a aros de cebolla fritos y hamburguesas.

Simon dejó la bolsa sobre la mesa y Jenny la vació mientras Alice buscaba servilletas y refrescos.

Tom, desde atrás, lo observaba todo. Cruzó una mirada con ella e intentó sonreír.

Alice se preguntó si él recordaría cuánto había deseado comer helado cuando estaba embarazada.

Volvió a la realidad con el sonido de arcadas de Jenny detrás de ella.

Se giró y la vio presionarse una servilleta contra la boca mientras miraba con horror su hamburguesa abierta. Alice siguió su mirada, esperando ver un insecto o algo repugnante, pero solo había una rodaja de tomate sobre la carne con queso. La otra mitad del pan tenía lechuga, cebolla y pepinillos.

—¿Qué pasa? —Simon se incorporó, como preparándose para lanzarse sobre la mesa.

—¡Les dije que la quería sin tomate!

Alice recordó que el tomate le desagradaba.

—Devuélvela —dijo Simon.

—Tal vez esta no sea la mía.

Simon revisó las demás. Todas tenían tomate.

—Está bien —murmuró Jenny—. Voy a intentarlo.

—Con la servilleta levantó la rodaja y la apartó, pero se deshacía en trocitos blandos.

Alice le alcanzó un tenedor y observó cómo raspaba todo rastro de jugo y semillas, llevándose casi todo el queso en el proceso.

Logró meter todo en la bolsa vacía, volvió a montar la hamburguesa, pero cuando se la acercó a la boca, no pudo morderla.

La dejó caer sobre el papel de aluminio y apretó la servilleta contra sus labios, sacudida por un estremecimiento.

Simon negó con la cabeza; a Jenny se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Perdón… —Intentó decir algo más, pero la servilleta ahogó sus palabras.

—No es tu culpa. —Simon envolvió la hamburguesa y la metió en la bolsa—. Te traeré otra.

—No es necesario…

Simon colocó la pistola sobre la mesa delante de Jenny y la hizo girar de manera que la culata quedara cerca de su cuerpo y el cañón apuntara hacia delante. Luego salió por la puerta antes de que ninguno de ellos pudiera procesar lo que sucedía. Alice miró a Jenny, que enseguida cogió el arma.

—Sé disparar —dijo con voz temblorosa y los ojos todavía húmedos, quizá por el tomate, quizá por el miedo a que Alice la llevara al límite—. Simon me enseñó.

Jenny nunca la había amenazado antes. Siempre era Simon quien decía lo que les haría, pero ahora Jenny sostenía el arma con firmeza, el dedo peligrosamente cerca del gatillo.

—Quiero darle la hamburguesa a Tom.

Jenny vaciló, mirando primero a Alice y luego a Tom, tumbado en la cama, como si estuviera calculando los riesgos.

—Espera a que vuelva Simon. Quédate donde estás.

—¿Puedo comer la mía? —Alice no quería probar bocado antes que Tom, pero tal vez Jenny se tranquilizara al verla ocupada con algo entre las manos.

Jenny sacó una de las hamburguesas envueltas y se la alcanzó. Alice la cogió con cuidado y se apoyó contra la encimera. Mordió un bocado pequeño y bebió un trago de su refresco.

Transcurrieron algunos minutos, los suficientes como para que se preguntara si Simon habría tenido algún problema. Jenny tampoco dejaba de mirar la puerta.

Se oyeron pasos fuera y luego, el chasquido de la manija de la puerta al abrirse. Simon subió de un salto, haciendo que la autocaravana se sacudiera, y la cerró con estrépito. Dejó una nueva bolsa de Dairy Queen sobre la mesa y se sentó frente a Jenny, agitado.

—Son unos idiotas —dijo. Sacó la hamburguesa y la desenvolvió con movimientos rápidos y nerviosos antes de colocarla delante de Jenny—.

¡El tipo pretendía calentar otra rebanada de queso y usar el mismo pan!

Le dije: “Hermano, más vale que lo hagas bien. Mi chica no puede oler ni probar el tomate”.

Al final la hizo de nuevo, pero cuando estuvo lista, la tiró dentro de la bolsa y la empujó hacia mí como si nada.

Ni una disculpa. Ni un helado gratis. ¡Nada!

Comió un bocado de su propia hamburguesa, que a esas alturas debía de estar fría, y con la boca llena, añadió: —Esta noche les vamos a dar una lección.