Capítulo 18. Alice
Jenny llevaba mucho rato en el baño.
Alice guardó los víveres, sorprendida ante algunas de las cosas que Jenny había comprado: acompañamiento para hamburguesas, pero no carne para prepararlas; copos de cereal de la Pantera Rosa; dos latas de queso en aerosol, y una caja de galletas Ritz.
Carne enlatada, pasta con salsa en lata, tres sabores de gelatina.
La puerta del baño se abrió con un clic y Jenny salió con la cabeza gacha. Alice se volvió y se apoyó contra la encimera; miró a Tom para asegurarse de que estuviera bien; él le dedicó una pequeña sonrisa. Simon estaba sentado a la mesa, estudiando el mapa. Levantó la vista hacia Jenny.
—Amor, cuando volvamos a echar gasolina, tenemos que comprar un mapa de Alberta.
Jenny se sentó frente a él. Tenía los ojos enrojecidos y la cara manchada. Ahogó un sollozo y se pasó la mano por la nariz.
—Creo que algo no está bien con el bebé.
Simon se incorporó y fijó toda su atención en ella.
—¿Qué?
El rubor en la cara de Jenny se había intensificado tanto que parecía como si hubiera pasado días al sol.
—Sentí unas punzadas… —Se tocó el vientre—. Así que revisé y tengo pérdidas de sangre.
A diferencia del de ella, el rostro de Simon perdió todo el color. Miró a Jenny y luego a Alice, y otra vez a Jenny y de nuevo a Alice.
—¿Qué significa eso? —le preguntó a Alice.
—No soy médica. —Alice no sabía qué expresión tendría su rostro, pero el estómago se le había revuelto y necesitaba sentarse.
Era demasiado. Jenny la miraba, asustada y preocupada, aguardando una respuesta, y lo único que Alice quería hacer era gritar.
“¡No deberías estar haciendo estas locuras! ¡No sabes lo afortunada que eres de estar embarazada!”.
—Algo tienes que saber —insistió Simon—. Eres mujer. —El considerable desprecio que Alice ya sentía por Simon nunca fue tan intenso como en ese momento.
Se volvió hacia Jenny.
—La sangre ¿es mucha?
—¡No lo sé! ¿Estoy perdiendo al bebé?
—Tienes que ver a un médico.
Jenny contrajo el rostro.
—Nunca me han revisado.
—¿Pero no viste a un médico cuando…? —Alice hizo un gesto hacia su propio vientre.
—Fui al médico solo una vez en mi vida, cuando tuve gripe.
Le dijo a mi madre que tenía que comer más y ella dijo que era un imbécil y que no comprendía a las bailarinas.
Así que… —Se interrumpió y apartó la mirada.
Estaba claro que iba a decir algo más, pero la madre de Jenny no era lo que preocupaba a Alice en ese momento.
—Simon puede acompañarte. —“Por favor, Dios, que acepte”. Si ella y Tom lograban quedarse solos, quizá podrían idear un plan.
—No deberíamos dejarnos ver juntos —dijo Simon—. Alguien podría reconocernos.
—¡No quiero ir sola! —exclamó Jenny; los ojos se le habían llenado de lágrimas otra vez, lo que hacía resaltar su color azul.
Alice nunca había visto a ninguna persona que siguiera siendo hermosa al llorar.
Podría pensar que la chica fingía, si no hubiera sido por el terror y la desesperación que veía en su mirada.
—Iré contigo. —No quería entrar en el consultorio de un médico. No quería escuchar hablar de embarazos ni de perder a un bebé. Pero si existía la posibilidad de que pudiera hablar con una enfermera o utilizar un teléfono para pedir ayuda, tenía que aprovecharla.
Jenny se mostró aliviada, pero Simon dijo: —Ni loco.
—Debe ir acompañada —insistió Alice—. Esto es duro para cualquier mujer y si se angustia más… —Dejó que la frase colgara en el aire.
—Quiero que Alice vaya conmigo —dijo Jenny.
—Podrían separaros.
—Diré que es mi tía, que, si no se queda conmigo, me voy.
Simon clavó la mirada en Alice, como si intentara leerle el pensamiento.
—No confío en ella.
—¡Pero la usas cuando quieres que te ayude! —exclamó Jenny.
—Tengo un arma —gruñó él.
—Y la sigues teniendo —dijo Alice—. Y tienes también a mi esposo.
Él volvió a mirar a Jenny.
—Esto no me gusta nada.
—Voy a ir, Simon. Necesito asegurarme de que el bebé esté bien.
Alice tomó nota mental de ese instante: la firmeza en la voz de Jenny.
Una y otra vez, ella había dejado que Simon decidiera.
Lo había elegido a él por encima de todos, a pesar de que le había hecho daño a Tom y le había apuntado a ella a la cabeza.
Pero si tenía que elegir entre Simon y el bebé, elegiría al bebé.
Alice tenía que encontrar la forma de utilizar eso a su favor.
Simon la miró unos segundos más y luego suspiró.
—No la pierdas de vista. Si pide ir al baño o quiere tomar agua o lo que sea, la acompañas. Y si se escapa, vuelves corriendo aquí. —Jenny asintió, y él prosiguió—: Si os piden documentos de identidad, decidles que os dejasteis los bolsos en el coche mientras nadaban y os los robaron.
Jenny volvió a asentir, pero su determinación pareció diluirse; frunció la boca e inspiró entrecortadamente, como si se estuviera esforzando por no echarse a llorar.
Simon se levantó y rodeó la mesa para sentarse junto a ella; le atrajo hacia él con un brazo.
—Todo va a salir bien —susurró.
—Debajo del lavabo del baño hay artículos femeninos —dijo Alice.
Ninguno de los dos la miró; estaban perdidos en su pequeño mundo.
Aprovechó ese momento para acercarse a Tom, que sonrió cuando Alice se tendió a su lado, frente a frente.
Entrelazó sus dedos con los de él, buscando consuelo en su mano firme, en la calidez de su palma.
Tom también necesitaba ver a un médico. Simon le había permitido ponerle hielo en el hombro y darle paracetamol, pero seguía con dolor.
No era justo que lo dejara sufrir así. Se recordó que la gente no moría por una clavícula rota.
Tom era fuerte. Observó su pecho, los moratones oscuros. Pronto se pondrían amarillos.
—¿Otra vez estás preocupada por mí? —La voz profunda de Tom vibró en su garganta. Alice apoyó la mano en el pecho de él y sintió sus latidos firmes.
—Por supuesto.
—Duele, pero sobreviviré. Más me preocupas tú.
—Estoy bien —mintió, ladeando la cabeza para que Tom no viera sus ojos. Deseaba poder hablar libremente con él. Quería preguntarle cómo hacer para pasarle una notita a una enfermera. ¿Sería demasiado arriesgado? ¿Debería esperar otra oportunidad? No sabía cómo reaccionaría Jenny.
—Alice, ven aquí —ordenó Simon—. Tenemos que buscar un médico.
Encontraron un teléfono público cerca de una lavandería de ladrillo blanco.
Jenny regresó con una dirección y una cita para esa tarde.
Pasaron las siguientes horas aparcados junto a un campo de béisbol donde se jugaba un torneo infantil.
Alice acomodó a Tom para que pudiera mirar por la ventana trasera.
Él hizo una mueca de dolor mientras lo movía, pero luego le apretó la mano, agradecido por la distracción.
Se quedaron así, tomados de la mano, viendo a los niños correr hacia las bases equivocadas o dejar caer el bate, mientras los padres gritaban en las gradas.
Algo tan simple: tomarse de la mano. ¿Por qué habían dejado de hacerlo?
No, no habían sido ambos los que habían dejado de hacerlo. Había sido ella. Se inclinó para besar con suavidad los nudillos amoratados de Tom y sintió una punzada de pesar cuando él se volvió y le sonrió.
Alice había sentido mucha rabia y había pensado que el dolor de Tom no era tan profundo como el suyo.
Él no había llevado al bebé en su vientre.
No había sentido sus movimientos, esa pequeña vida secreta que era toda suya.
No había sentido dolor en los pechos cuando se le llenaron de leche para un bebé que ya no la necesitaba.
Tal vez había sentido otras cosas y ella no se había enterado.
Había perdido a su hijo y, durante muchos meses, también a su esposa.
Simon no le pidió que preparara el almuerzo, sino que repartió lo que había robado. Alice no quería comer nada de ese botín, pero, por desgracia, los nervios no le quitaban el apetito. Comió dos barras de chocolate y le dio otra a Tom, junto con un paquete de patatas fritas.
Cuando llegó la hora, condujeron hasta el centro y aparcaron en una calle lateral.
Alice y Jenny echaron a andar por la acera, mientras una música alemana sonaba desde unos altavoces; al llegar al corazón de la calle principal —llamado The Platzl—, vieron cómo los turistas introducían monedas en un enorme reloj de cuco y reían cuando un muñeco salía de detrás de los postigos y cantaba desde el balcón.
Jenny no parecía reparar en nada de eso. Miraba hacia delante con expresión sombría y apretaba el bolso contra su estómago.
El consultorio del médico estaba en la planta baja de una de las casas de estilo alemán.
Jenny se registró con la enfermera usando el nombre de Azul, y Alice sintió un sabor amargo al recordar la primera vez que los había visto, cuando les había sonreído, encantada con esos nombres inventados.
No podían estar más lejos de los hippies pacíficos que ella había imaginado que eran.
Mientras aguardaban en la sala de espera, Alice hojeó unas revistas, y Jenny comenzó a morderse las uñas; se detenía un segundo y luego volvía a hacerlo, sin darse cuenta.
No había nadie más en la sala de espera, lo cual era decepcionante: cuanta más gente viera de cerca a Jenny, mayor sería la posibilidad de que alguien la reconociera. Alice se concentró en intentar que la enfermera estudiara sus caras, pero la mujer estaba ocupada en algo detrás del mostrador.
Sonó el teléfono con un timbrazo agudo y Alice dio un respingo. La enfermera contestó, colgó enseguida y se puso de pie.
—Pueden pasar, el doctor las atenderá ahora.
La siguieron por un pasillo hasta un consultorio pintado de verde claro y adornado con plantas en portamacetas colgantes de macramé y cuadros abstractos de colores.
Era más alegre que cualquier consultorio médico que Alice hubiera visto, aunque conservaba el mobiliario habitual: un escritorio grande, tres sillas, una báscula, un lavabo pequeño y una camilla, que Jenny observó en silencio.
La enfermera la pesó y anotó su estatura en una ficha que dejó sobre el escritorio.
—El doctor vendrá enseguida —dijo.
Cuando se fue, Alice señaló la silla junto al escritorio.
—Deberías sentarte ahí.
Jenny tomó asiento, algo tiesa, y Alice eligió una silla en el lado opuesto del consultorio.
El médico entró tras dar unos golpecitos a la puerta, sonriendo con amabilidad.
Debía de rondar los treinta años y tenía el cabello rubio tan rizado que a Alice le recordó un cupido, excepto que, en lugar de arco y flechas, llevaba una tabla con sujetapapeles, un estetoscopio al cuello y una bata blanca abierta, que dejaba ver una camisa celeste estampada.
Se movía con energía, como si cualquier cosa que le deparara el día le provocara entusiasmo.
Alice no pudo evitar alegrarse por Jenny: era menos probable que un médico joven la juzgara.
—Soy el doctor Halverson —dijo. Tras sentarse en la silla frente al escritorio, la giró para quedar frente a Jenny.
—Ella es mi tía. Quiero que se quede —dijo ella, de manera tan abrupta que Alice pensó que el impulso de sus palabras empujaría al médico hacia atrás.
—Muy bien —asintió él—. Entonces, Azul, me dijeron que tuviste un leve sangrado. ¿Puedes contarme cuándo comenzó? ¿Has tenido dolor?
Con voz entrecortada, Jenny repitió lo que ya había relatado a Alice y a Simon. El médico pidió detalles: color, cantidad, si seguía sangrando. Jenny se miraba los pies mientras respondía, y jugueteaba con la correa de su bolso.
—No suena demasiado alarmante —dijo el médico, poniéndose de pie—, pero voy a examinarte y a tomarte las constantes vitales. Te daré un momento para que te acomodes.
Cerró la puerta al salir y Alice se quedó mirando a Jenny, que la observaba con esos enormes ojos azules brillantes de lágrimas.
Parecía una niña, pensó Alice; no era la primera vez que tenía esa impresión.
Pero cuando Jenny retorció la correa del bolso, recordó el cuchillo de caza que llevaba siempre consigo… y el crimen del que había huido.
Podía tener aspecto infantil, sí, pero eso no significaba que fuera inocente.