Capítulo 17. Jenny #2
Por la mañana, Alice preparó café y avena con leche, mientras Simon sacaba las fundas de las almohadas y le mostraba a Jenny todo lo que había robado.
Ella se sorprendió de cuánto había logrado llevarse.
Lo ayudó a contar el dinero y apilarlo ordenadamente.
Sabía que no estaba bien, pero le costaba no sentirse entusiasmada al ver todo ese efectivo.
El dinero los ayudaría a empezar una nueva vida.
Simon distribuyó los billetes: algunos fueron a su cartera; otros, al bolso de Jenny; otros, a su mochila, y el resto, a la de ella. Guardó todo lo demás en las fundas y las ocultó de nuevo.
Cuando terminaron de comer, se turnaron para lavar los platos.
Jenny deseaba darse una ducha, pues sentía el pelo opaco y sucio, pero estaban ahorrando agua.
Se lo recogió en una coleta alta. Al mirarse en el espejo, vio una imagen conocida: la chica que solía peinarse el cabello en un moño tan tirante que le provocaba dolor de cabeza.
Jenny no quería volver a verla nunca más.
Se soltó la coleta y sacudió el cabello.
Un rato después, llegaron a Kimberley. Jenny miró a su alrededor, desconcertada.
El pueblo se parecía a las fotografías de Europa que había visto en las revistas National Geographic .
Las montañas que lo rodeaban se recortaban con tanta nitidez contra el cielo azul que parecían irreales.
Las calles estaban bordeadas de construcciones de estuco blanco, crema o verde, decoradas con vigas oscuras y postigos pintados, como casitas de jengibre.
Muchas tenían balcones repletos de flores.
Los letreros de las tiendas estaban escritos con tipografía elegante; algunos ofrecían pretzels , schnitzel o cerveza.
—¿Qué carajo es un schnitzel ? —preguntó Simon.
—Un filete fino empanado y frito —explicó Alice—. Es alemán.
—Qué pueblo más raro —dijo Simon.
La zona céntrica estaba cerrada al tránsito, así que tuvieron que dar vueltas hasta que encontraron un supermercado.
El edificio era bajo y ancho, de aspecto moderno, con techo de metal naranja y un frente de cristal en el que la autocaravana se reflejó cuando pasaron.
Aparcaron debajo de un árbol detrás del local.
Alice hizo una lista de la compra y Jenny se puso uno de sus vestidos ligeros, el menos arrugado. Cogió su bolso y se dirigió a la entrada.
Cogió un carrito y apoyó las palmas en la barra de metal, agradecida de tener algo en lo que apoyarse.
Agradeció aún más el aire acondicionado después de cruzar el asfalto caliente con sandalias.
Oyó voces masculinas y miró hacia la esquina, donde había una pequeña cafetería con una vitrina llena de pastelillos dulces.
Unos hombres conversaban alrededor de una mesa y uno leía un periódico.
Jenny apartó la mirada de inmediato y avanzó por el pasillo. ¿Y si su foto estaba en ese periódico? Tal vez debiera irse. Se llevó la mano al cabello. No. Se veía distinta. Solo era una chica comprando. Esos hombres jamás pensarían que era una criminal.
Desplegó la lista. Salsa barbacoa. Estaba justo en el sector de aderezos. Observó la fila de salsas, encurtidos, kétchups y marinados. Alice no había especificado sabores. Jenny eligió un envase de Kraft.
Dobló en la esquina y frenó en seco; la botella cayó dentro del carrito, pero no la enderezó. Se había quedado rígida, mirando a la pareja que se abrazaba a mitad del pasillo. Su madre. Su madre estaba en la tienda, besando a un hombre de cabello oscuro. Robert.
Parpadeó. Volvió a parpadear. Seguían ahí. Fantasmas. Veía fantasmas. ¿Había perdido la razón? Necesitaba salir, pero sus piernas eran como bloques de cemento.
La mujer enredaba los dedos en el cabello del hombre.
Él le acariciaba las caderas, subiendo y bajando las manos.
Ella rio y se apartó. Entonces Jenny vio su rostro.
No era su madre. Se parecía, por el cabello rubio y la forma del cuerpo, pero era más baja, con la nariz más larga y los labios más finos.
El hombre vestía un traje, aunque no tan elegante ni pulcro como el de Robert. Tenía el cabello desordenado, la cara brillante y la barbilla redonda, no cuadrada. La mujer le enderezó la corbata y le alisó la solapa.
Recuerdos no deseados. Los hombres que su madre llevaba a casa, los besos en la puerta o en el sofá.
Su madre mimando exageradamente a Robert cuando él salía, cuando iba a una lectura de sus libros.
Cuando había otra mujer cerca. O incluso si Jenny estaba en la habitación.
Su madre se apoyaba contra él, apretaba los senos contra su brazo, le daba besos ruidosos con la boca entreabierta y se reía cuando Jenny huía.
Como si todo fuera un juego. Y lo peor: los sonidos desde su habitación al final del pasillo, que obligaban a Jenny a taparse los oídos con una almohada.
La mujer se giró. Al ver a Jenny en el pasillo, abrió mucho los ojos, pero enseguida curvó la boca en una mueca burlona, como si fuera Jenny la desagradable. Le dijo algo al hombre, que también se volvió y la miró.
Jenny se alejó. La tienda, que antes le había parecido un refugio fresco, ahora le resultaba gélida. Se le erizaba el vello de los brazos. Tragó saliva.
Terminar de comprar lo que estaba en la lista fue como avanzar entre sombras. Cogió lo que Alice había escrito y también algunas otras cosas que le llamaron la atención. No tenía idea de cuánto costaría. Se sentía mareada, como si fuera a vomitar. ¿El bebé se movía? ¿Era así como debía sentirse?
Se abanicó el rostro mientras avanzaba hacia la caja. La empleada era joven, quizá de su misma edad, con cabello rojizo largo y pecas en la nariz y los brazos; con tono alegre, se puso a hablar sobre el calor.
—¿Estás de visita?
Jenny la miró sin comprender.
—No eres de aquí. Conozco a todos los que viven en el pueblo.
—Ah… sí. Estamos de paso.
—¿Ya viste nuestro reloj de cuco? Es el más alto del mundo.
Jenny negó con la cabeza.
—Si metes una moneda, hace un canto tirolés. —Soltó una risita, como si esperara que Jenny comentara algo.
—¿Por qué tenéis un reloj de cuco?
La chica la miró, desconcertada, y Jenny se inquietó, como si debiera haber conocido la respuesta. Le daba vueltas la cabeza. Apoyó la mano en el mostrador.
—Somos la Ciudad Bávara de las Rocosas —explicó la joven—. Cuando cerró la mina, quisieron hacer algo para atraer turistas. —Se encogió de hombros—. Es divertido.
—Divertido, sí.
Se limitaba a repetir lo que oía, incapaz de encontrar sus propias palabras. Qué tonta era. Sintió una punzada en el costado y dio un respingo, llevándose la mano al vientre. ¿Qué era ese dolor? La cajera la miró, perpleja.
—¿Estás bien?
—Sí, solo comí algo que me sentó mal.
La chica le informó del total. Jenny le entregó un puñado de billetes y dejó que los contara. Salió deprisa con el carrito y al llegar al aparcamiento se dio cuenta del nuevo error: eran demasiadas provisiones para poder cargarlas sola. El pavimento ardía.
Empujando el carrito, rodeó el edificio por un lateral, tan rápido que casi se enganchó con su propia sandalia y terminó golpeándose el pecho contra la barra. Se sostuvo para no caer.
La autocaravana ya estaba a la vista. Miró por encima del hombro otra vez. Nadie la observaba. Pero había gente bajando de sus automóviles. ¿Habrían visto a la chica tonta que corría con un carrito?
Se detuvo detrás del edificio y cargó tantas bolsas como pudo.
La puerta de la autocaravana se abrió. Alice fue hacia ella para ayudarla con el resto.
La miraba con el ceño fruncido, pero Jenny no le dio la oportunidad de hacer preguntas.
Subió y dejó las bolsas sobre la mesa, sin dirigirse a Simon, que se había puesto de pie.
La mano de él le rozó el brazo cuando ella pasó a toda prisa rumbo al baño.
Cerró la puerta y se bajó la ropa interior.
Sangre.