Capítulo 16. Alice #2
Simon se mantuvo en el lado oscuro de la calle, con las manos en los bolsillos, los hombros encorvados y la cabeza gacha para ocultar el rostro. Ambos llevaban un pañuelo atado al cuello. Cuando estuvieron más cerca, Simon le indicó que se cubriera la boca y la nariz.
A unos dos metros de la puerta, le hizo señas para que se detuviera. Se ocultaron en la sombra del edificio, junto al contenedor de basura. Simon miró hacia ambos lados de la calle y sacó la pistola del bolsillo para verificar que estuviera cargada. Alice se sobresaltó con el chasquido seco.
—¡ Por favor , no le dispares a nadie!
—Solo si disparan primero.
Alice no quería que nadie disparara. Ni primero, ni después, ni nunca.
—Prepara tu arma.
Ella sacó la pistola de juguete de un bolsillo del peto.
En otro bolsillo llevaba una funda de almohada.
No sabía cuánto dinero creía Simon que se llevarían, pero supuso que era más práctico que tratar de guardarlo todo en los bolsillos.
Le desagradaba la sensación del arma falsa entre los dedos, y aún más la idea de tener que apuntarle a alguien.
—Déjala en tu bolsillo —le ordenó Simon—. Sácala lo justo para que la vean y parezca real. Yo me quedaré en la puerta con esta. —Alzó la pistola de Tom.
Faltaban diez minutos para la hora de cierre. Alice rogó que no apareciera ningún cliente de último momento. El peto la sofocaba y casi no podía respirar a través del pañuelo. La frente le ardía, húmeda, bajo la gorra.
Simon echó una última mirada a la calle y se adelantó. Debía seguirlo, pero las piernas no le respondían. Él giró, la aferró de la muñeca y la arrastró consigo. Ya estaban frente a la puerta. Simon miró por el cristal.
—Quédate detrás de mí —susurró. Alice podía oler su nerviosismo, un aroma metálico en la piel: sudor, miedo.
Empujó la puerta con violencia, el arma por delante.
—¡Manos arriba!
Se oyó el grito de una mujer. Alice, siguiendo las instrucciones, se quedó justo detrás de Simon y vio a la mujer que estaba detrás del mostrador, aterrorizada.
De mediana edad, cabello castaño hasta los hombros con raya en medio.
Una blusa blanca sencilla. Tenía los ojos muy abiertos, fijos en Simon.
Se cubría la boca con ambas manos y había retrocedido hasta pegarse a los estantes.
—Saca todo el dinero de la caja y deslízalo por el mostrador. Tranquila, no hagas tonterías.
La mujer bajó las manos y presionó varios botones de la caja registradora. Sollozaba entrecortadamente mientras sacaba fajos de billetes.
Simon señaló a Alice.
—Ve. —Ella avanzó con pasos vacilantes, la mano hundida en el bolsillo para que pareciera que el arma asomaba por allí.
—Haz lo que dijo y no te pasará nada —indicó a la mujer. Procuró que su voz sonara firme, grave. La mujer tenía que obedecer para protegerse.
Empujó los montones de dinero hacia Alice, que los metió en la funda.
—¿Tenéis caja fuerte? —preguntó Simon.
—Mi jefe nos hace depositar el dinero en el banco todas las noches. Todo lo que hay estaba en la caja —contestó ella, temblorosa—. Se lo juro.
—Coge esos cigarrillos.
Alice metió varias cajetillas en la funda. Simon llenaba la suya con productos de los estantes: patatas fritas, dulces, barras de chocolate, pilas, rollos de película. De pronto giró y apuntó a la mujer, que rompió en sollozos.
Alice se paralizó. No, no, no. No podía dispararle. No podía hacerlo.
—¿Dónde está la cinta?
La mujer señaló un estante.
Simon cogió un rollo de cinta plateada y pasó del otro lado del mostrador. La mujer retrocedía con pasos cortos, las manos por delante.
—¡De rodillas! —le ordenó. Ella palideció y se dejó caer detrás del mostrador, fuera de la vista de Alice. Simon se agachó. Alice solo alcanzaba a verle la coronilla cuando se movía, pero el sonido de la cinta despegándose del rollo llenó el silencio.
—¡Vámonos!
Alice logró que sus pies respondieran y lo siguió hasta la puerta.
Él miró a ambos lados.
—¡Corre!
Echaron a correr por la calle. Cuando llegaron a los escalones de la autocaravana, Simon abrió la puerta con violencia y la empujó para que subiera primero.
Ella tropezó en el último escalón y habría caído si Simon no la hubiera sujetado de la cintura.
Ese gesto, tan familiar, parecía incompatible con el hombre que acababa de amenazar a una mujer…
y que la amenazaba a ella. Estuvo a punto de romper en llanto, pero siguió moviéndose, un paso y luego otro.
Se dejó caer en el asiento del conductor, se arrancó los guantes y bajó el pañuelo para inspirar con bocanadas profundas. Simon estaba a su lado y le desató el pañuelo del cuello, y le quitó la gorra y las gafas. El extraño tono amarillo desapareció.
—Conduce. Te cambiarás luego.
Ella giró la llave y pisó el acelerador.
La carretera era un túnel de oscuridad a ambos lados.
Los faros iluminaban la línea central. Le temblaban las piernas y necesitaba con urgencia ir al baño.
Siguió la ruta que Simon había trazado, a través de un barrio residencial.
Él creía que eso daría la impresión de que la autocaravana pertenecía a algún vecino.
—Mantén la velocidad normal.
Alice lo miró por el espejo retrovisor. Su silueta era casi invisible con la luz del salpicadero. De pie en la parte central del vehículo, con las piernas firmes como un marinero, se desabrochaba los tirantes del mono. Parecía haberse quitado ya el sombrero.
—¿Salió todo bien? —preguntó Jenny desde la mesa.
—¡Fue muy fácil! —respondió Simon—. ¡Muy fácil!